viernes, 22 de julio de 2016

Cambio

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Ha pasado un tiempo considerable desde la última vez que publiqué algo en este blog. Y tiene su explicación. "Estará ocupado", "no estará inspirado", "no le ha pasado nada digno de mención"... Pues no. Es verdad que desde que volví de Portugal estoy más ocupado que nunca y que necesito dosis extra de disciplina Lacerta para poder hacer las cosas medianamente bien en este entorno de superestímulos y perdederos de tiempo.

Podría escribir alguna reseña de un juego o de un libro; he jugado a algunos clásicos y a algunas novedades muy interesantes, y poco a poco pero sin detenerme voy dejando atrás una pila de libros leídos que aumenta. Pero... hay otra cosa.


En este blog he escrito muchas cosas con las que ahora mismo no me identifico en absoluto. No me arrepiento de ellas, porque creo que trazan mi recorrido y cuentan una historia, pero ya no las volvería a escribir. He visto dar un giro de 180 grados (o incluso de 720 grados) al panorama político en España y en el resto del mundo. Conceptos, ideas y organizaciones que contaban con mi simpatía, la han perdido. Yo siempre he pensado que la derecha era la opción de la ideología inflexible, de la religión dogmática. Que era la opción fácil, pero que nos llevaba a un desastre inevitable. Y he visto a la izquierda como la opción de los librepensadores, de quienes razonan y escuchan, de quienes luchan por cambiar el sistema y mejorarlo. En pocas palabras: los tontos y borregos frente a los listos e iluminados. Pero ya no lo tengo tan claro, ahora todo me parece mucho más gris y ya no lo veo en blanco y negro.

Los conceptos subyacentes, políticos y económicos, pueden ser objeto de debate (más o menos impuestos, mejorar al individuo o a la sociedad, economía libre o controlada por el Estado...), y lo han sido durante siglos. Pero se ha instalado en el seno de la izquierda una cultura de lo políticamente correcto que se sabe en posesión de la verdad, y que por lo tanto se considera legitimada para silenciar y censurar a las opiniones contrarias. En temas de inmigración, de género, de medio ambiente... nunca se trata de debatir y sopesar dos opciones igualmente válidas. No, una de ellas tiene que ser "la opción buena, la opción del progreso", y la otra es simplemente una aberración fruto de mentes rancias, y que es digna de vergüenza, y de ser silenciada. Las políticas de identidad son la norma: tu color de piel, tu sexo o tu orientación sexual nos dicen todo lo que necesitamos saber de ti, y permiten asignarte cualidades y defectos alegremente, y decidir si necesitas ser alabado y apoyado como víctima de las injusticias del sistema, o bien criticado y humillado por ser el niño mimado del sistema. El prejuicio y la discriminación (racial y sexual, entre otros), legal y políticamente aceptados de manera selectiva.


Y cuando se le da a una de esas ideas o posiciones políticas el poder absoluto de ser "lo bueno, lo que hay que apoyar", se abre una vía para el abuso de poder, para instaurar poco a poco una verdad ideológica incuestionable, un dogma que ocupa el lugar que antes ocupaba la religión. No me cabe duda de que hay muchas personas que no confían en la religión, pero que aun así sienten la necesidad humana de agarrarse a algo fijo, a algo que "sepan" que es verdad. No engañan a nadie, no son más iluminados que los demás, ni más valientes por atreverse a "salir del redil". No, se han creado su propio redil, se han encerrado en él y han tirado la llave.


Antiguamente, la manera de demostrar que tenías superioridad moral, que estabas en el lado de los buenos, que te merecías el aprecio de tus vecinos, era afirmar la fortaleza de tu fe, o la pureza de tu raza, o la virginidad y castidad de tu sexualidad. Ahora, hemos ido destruyendo todo eso pero, incapaces de mantenernos en pie por nosotros mismos, hemos creado nuestro propio ídolo. Ahora, si una persona quiere ganarse a sus iguales, ¿qué es lo que tiene que decir, y qué es lo que bajo ningún concepto tiene que decir? Pensadlo, y pensad en las consecuencias de que existan temas tabú, cuestiones que se dan por hecho. Igual que los iraníes, que son todos religiosos oficialmente pero entre ellos (incluso entre amigos íntimos) prefieren no hablar de su verdadera opinión religiosa por miedo a que alguien los denuncie. O los de Corea del Norte, que son todos muy patrióticos de cara al líder. Y aquí (a otro nivel, claro está; aquí todavía no te fusilan ni te ahorcan), está empezando a haber consecuencias sociales, económicas y laborales para el que manifieste la opinión "incorrecta", y por lo tanto la gente prefiere callarse la boca y no decir lo que piensa, asentir con la cabeza haciendo una reverencia para seguir disfrutando del aprecio de sus conocidos y poder tener la posibilidad de trabajar. Es la misma mierda que hemos tenido siempre los seres humanos, no os engañéis.


En mi experiencia, la izquierda ha sido la opción de los jóvenes rebeldes. Aquellos que empiezan a experimentar las limitaciones del sistema, y que desean derribarlas y cambiarlas por algo que les permita disfrutar de la libertad que se empieza a perder, en cierto sentido (en otros muchos sentidos, se gana), cuando uno se hace adulto. Pero ahora, en este momento, tanto en España como en Estados Unidos y en muchos otros lugares, la izquierda se está convirtiendo en la opción del dogma (del dogma laico, pero un dogma de padre y muy señor mío) y del razonamiento emocional. Y la derecha, por algún extrañísimo giro del destino, se está convirtiendo en la opción de la libertad de expresión. Veremos qué forma va tomando todo esto.



viernes, 13 de mayo de 2016

Cómo leer este libro

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Lugares para precipitar ya se ha convertido en un objeto físico y palpable. A manera de homenaje a mis buenos amigos y a su obra, he escrito esta suerte de epílogo, repleto de referencias absurdas y sabiduría oculta. Una biografía ficticia de los dos poetas y un análisis de los temas de la obra y el porqué de su genialidad. Disfrútenlo, si pueden.



Por Lt. Martínez

“Muchos los tachan de absurdos, de juntaletras, a veces incluso ellos mismos dudan, como dudan todos los hombres geniales, del valor artístico de su trabajo, pero perdónalos, Señor, porque no saben lo que dicen.”   (De viris illustribus), San Jerónimo de Estridón.

Lugares para precipitar es, sin el menor atisbo de duda, una de las obras más notables del siglo XXI; la conjunción astral que supuso el esfuerzo conjunto de dos excepcionales autores, y del extensísimo bagaje acumulado a sus espaldas tras años de viajes, contactos y experiencias, fue algo que probablemente no volveremos a ver hasta dentro de uno o dos siglos. Dejó boquiabierta a la crítica, enamoró al público y arrasó en las librerías. Hoy en día es el poemario de referencia para cualquier poeta principiante, y su lectura y análisis son obligatorios en todos los institutos de Educación Secundaria del país. Es para mí un placer, por lo tanto, apartarme por un momento de mis deberes para con la patria y guiarles a ustedes por los entresijos del libro, como tantas otras veces guie a mi sección por caminos tortuosos plagados de insurgentes, bajo un sol abrasador; confío en que el viaje, en esta ocasión, sea mucho más placentero. Merece la pena, antes de entrar de lleno en la obra, dedicar unas pocas líneas a sus autores y sus sorprendentes vidas. Agradezco desde ya la valiosa ayuda de Corpas el Joven, amigo personal y biógrafo oficial de nuestros dos protagonistas, que llegó incluso a prologar y a participar en Lugares con algunos poemas de cosecha propia. De no ser por su libro El vals abrasador: vida y obra de dos poetas egregios[1], poco o nada sabríamos de la vida real de Valls y Brasero.

La infancia de Brasero no está marcada, como la de tantos otros, por la inquietud poética. No encontramos poemas garabateados en hojas cuadriculadas y emborronadas, ni diplomas de participación en certámenes de poesía infantil. Antes al contrario, siempre sintió una fuerte inclinación por las ciencias, y para él supuso un grandísimo esfuerzo el estudio, en su juventud, de Garcilaso, Quevedo, Góngora o Lorca. Tan pronto como termina la educación obligatoria en Madrid, se decide a estudiar Medicina. Se produce así el primero de sus grandes viajes, que podríamos considerar como iniciático, un rito de paso de la adolescencia a la juventud: se traslada a la Universidad Estatal de Medicina de Odessa, en Ucrania, tras aprender ucraniano de manera autodidacta. La rapidez y dedicación con la que llega a dominar el idioma sugieren que ese era su plan desde el principio, y revelan la meticulosidad de Brasero a la hora de llevar a cabo cualquier empresa. Ucrania tendrá una importancia capital en el desarrollo personal del autor, pues allí conocerá a quien sin duda fue su mayor influencia, su mentor e iniciador literario: el poeta itinerante Boris Varai Derrosa.

Se ha llegado a insinuar en numerosos simposios y mesas redondas sobre Lugares para precipitar que Brasero se decidió a acercarse a la poesía cuando se percató del éxito de los versos de Derrosa con las frías ucranianas. Mito o verdad, lo único cierto es que Corpas nos revela cuál fue el primer poema de Brasero[2], en el que se dan algunas pistas de la frustración que podría haber llevado al autor a abrazar la poesía[3]; se trata de una quintilla de métrica irregular, cuya rima no sigue el patrón tradicional; sin duda, un grito de rabia de Brasero contra los encorsetados requisitos de la poesía clásica:

Mi experiencia
trató de besar
a alguien en la cama
pero las mujeres eran reacias
a su destino.

Brasero traba amistad con el viejo poeta y pasa sus años de estudiante debatiéndose entre el bisturí y la pluma. Su gran sentido de la responsabilidad le mantiene en el camino de la ciencia, concediéndose sólo algunas tardes ociosas para acudir a encuentros literarios y lecturas públicas, o para escribir él mismo sus primeras y tímidas composiciones; Derrosa ve rápidamente el gran potencial de nuestro autor, potencial que intentará liberar y desarrollar. Licenciado ya en Medicina, Brasero se instala de nuevo en Madrid y se trae consigo a Derrosa (que ya había visitado la capital española en una ocasión), que insiste en acompañarle con el pretexto de visitar a un conocido (que no es otro que Corpas el Viejo, el eminente lexicógrafo español). El poeta itinerante, políglota y conocedor de los círculos literarios de todo el mundo, mueve algunos hilos y presenta a su joven promesa a las personas indicadas. A partir de entonces, ya nada será igual. Brasero se introduce progresivamente en el bohemio mundo del arte, y pasa el tiempo en compañía de poetas alcohólicos y prostitutas (de forma similar a Fernando VII, «acudía de incógnito a tabernas y colmaos para refocilarse con rameras baratas y trasegar vinazo en compañía de arrieros y majos»), incluso tras la partida de Derrosa, que regresa a Odessa para publicar una nueva edición ampliada de su obra cumbre, Noches en Madrid; esa será su última publicación antes de morir. Brasero homenajeará a su mentor al incluir en su obra varios poemas suyos, traducidos al castellano por él mismo. No obstante, continúa con sus estudios, y consigue el título de Doctor en Medicina, pero progresivamente va quedando claro que la poesía va a ser su ocupación principal, casi su obsesión[4]. Una vez doctorado, sólo utilizará su nuevo título para componer su pseudónimo literario: «Dr. Brasero»; el certificado en sí ocupará un lugar de honor sobre la chimenea victoriana de la casa familiar, convertido en un objeto decorativo más.

Esta intensa convivencia con el lumpen de Madrid se verá reflejada en el estilo de Brasero, que desea convertirse en un poeta maldito lo más rápido posible, y se dedica a la tarea con el mismo ahínco y tesón con el que aprendió ucraniano. La sexualidad explícita, el morbo y la obsesión con el cuerpo son reflejo y consecuencia de tantas horas pasadas en compañía de mujeres de mala vida en su burdel favorito, un antro llamado Ónice. Sus jugueteos con el alcohol, las drogas y las celebraciones de carácter orgiástico envuelven sus poemas en un halo nebuloso, exótico, foráneo, casi etéreo. La obra de Brasero es ruda, gutural, desgarradora y única. Las palabras se atropellan y avanzan a trompicones por el papel, se descuelgan desde el borde de un verso y caen de bruces sobre el siguiente, olvidado ya todo orden, todo patrón métrico y formal; desuella el verso y deja a la vista la carne viva del mensaje. Jamás habrá otro como él.

Brasero escribe y publica sus primeros poemarios, Anecdótico Patriarca y Glanduleando. Acerca del primero de ellos (para el cual consideró durante mucho tiempo el título de Cirrosis, y así lo denominan todavía sus primeros seguidores) él mismo declaró, y así fue recogido en la obra de Corpas, que «no se puede hablar de aceptación. Un minuto después de publicarlo, me arrepentí y traté de que nadie lo supiera». En cambio, el segundo era «lo mejor que he escrito jamás; ha tenido un recibimiento muy poco favorable para sus muchos méritos». Tras Glanduleando, Brasero inicia un viaje que le llevará por todo el mundo, en busca de inspiración para un tercer libro. Considera que su tercer libro debe ser también el último, y el mejor. Lo dejaremos en la estación de Atocha, a punto de comprar los pasajes hasta París, y volveremos a él a su debido tiempo; nuestro segundo protagonista nos reclama.

La vida de Valls[5] contrasta radicalmente con la de Brasero por su pronta iniciación en la poesía. Corpas nos regala divertidas anécdotas sobre la infancia de Valls, contadas de boca de su familia y amigos; por ejemplo, la ocasión en que declamó un soneto de lamentación improvisado a la tierna edad de cinco años, cuando su madre le preparó un plato de acelgas sin más aderezo que una pizca de sal; o aquella otra vez en que escribió un ditirambo dionisiaco completo en la puerta de los aseos masculinos de su instituto, dedicado a los exuberantes atributos de una profesora sustituta, y tuvo la osadía de firmarlo con su nombre completo, ganándose una expulsión de tres días. Estos dos ejemplos bastan, creo yo, para ilustrar el carácter de nuestro segundo autor: respiraba poesía.

Tras una secondary education accidentada (y varios meses encerrado en el presidio de Cuttinwing, en el condado de Manitowoc, acusado erróneamente de tráfico ilegal de prótesis mamarias[6]) le llega el momento de decidir qué hacer con su futuro. Para todos los que le rodean está claro que cualquier carrera no relacionada con las Humanidades equivale a un desperdicio de su talento, y que necesita encontrar una manera de canalizarlo. Empieza Filología Inglesa, pero la abandona al cabo de un año. Después lo intenta con Filología Clásica, Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, sin éxito. Realiza cursos de escritura creativa, talleres de poesía… toca absolutamente todos los palos, pero los abandona sucesiva e indefectiblemente[7]. Durante estos años no deja de escribir y experimentar con estructuras poéticas de toda índole, aunque de momento no se decide a reunir sus composiciones en ningún libro. Se acerca al expresionismo alemán (y le causan gran impacto los poetas alemanes muertos en el frente durante la primera guerra mundial, sobre todo los más jóvenes como Adler, Ferl, Hecht, Hinz y Leybold), a la lírica renacentista, al romanticismo y al dadaísmo. Partidario inicialmente de los clásicos, se decanta poco a poco por los modernos, y sus composiciones comienzan a centrarse en la forma y a dejar que el contenido se deduzca de esta (será su eterna marca personal). En Valls el significado no está oculto tras las palabras como en tantos otros autores; el significado ES las palabras, hasta la última de sus curvas y trazos significan; la palabra, el signo lingüístico, ya despojado de su aleatoria denotación convenida, revela al lector atento la belleza de su misma forma hueca.

Debido a su afición por la música, Valls acaba por descubrir al guitarrista argentino Luis Alberto Spinetta, el Flaco. Completamente fascinado, pero incapaz de entender ni una palabra de lo que dice el músico, Valls abandona por vez primera su país y viaja en barco a España[8], concretamente a Barcelona, donde estudia durante unos meses Filología Catalana e Hispánica. Este viaje coincide con el regreso de Brasero y Derrosa a Madrid. Los pasos nómadas de nuestros autores están a punto de encontrarse, y el mundo jamás podrá recobrarse.

Su interés por la música de Spinetta no hace sino aumentar una vez entiende sus letras, enormemente poéticas y experimentales. Rápidamente se convierte en su músico favorito, y en su inspiración poética; llega incluso a intercambiar correspondencia con el Flaco, que le da consejos creativos y termina por tomarle cariño y convertirse en una especie de mentor a distancia. Hay quien dice incluso que llegaron a verse en persona una o dos veces, pero se trata de meros rumores sin base documental. Valls no tarda mucho en interesarse por la intensa vida cultural de Barcelona; deja sus estudios a un lado y se introduce en los círculos literarios bohemios, asiste a lecturas públicas de poesía y poco a poco se va atreviendo a presentar sus obras, de fuerte inspiración spinettiana, que resultan muy bien recibidas por el público. En unas semanas, el nombre de este poeta estadounidense que escribe en castellano corre de boca en boca, y llega a oídos del veterano Varai Derrosa (el cual, recordemos, se encuentra en Madrid en compañía de Brasero). En una visita fugaz a Barcelona, Derrosa asiste a uno de los viscerales recitales de Valls y queda profundamente conmovido por su estilo innovador. Se presenta a Valls (que, por supuesto, ya conocía bien la obra del afamado «poeta itinerante») y acuerdan verse de nuevo en Madrid a no mucho tardar. Efectivamente, un mes después, Valls se desplaza hasta Madrid.

En el bohemio café Boadicea se reúnen nuevamente Valls y Derrosa, que esta vez se ha traído consigo a su protegido, Brasero. Y así fue, señoras y señores, cómo se conocieron estos dos titanes del verso: a través del ya talludo Derrosa, que sin duda tenía mucho interés en poner en contacto a los jóvenes talentos de la nueva generación antes de ponerse fuera de circulación. Valls y Brasero charlan animadamente durante horas; por aquel entonces, Brasero está terminando su doctorado y prepara el borrador de Anecdótico Patriarca; Derrosa está planificando ya su viaje de vuelta a Odessa. Valls permanece unos días más en Madrid antes de regresar a Barcelona, donde seguirá carteándose con Brasero durante un tiempo.

Valls ya ha reunido una abundante obra literaria, desordenada y caótica pero sublime. Sus amigos y admiradores le recomiendan que publique un libro de poemas dedicado a Spinetta, su inspiración, pero Valls se resiste; todavía no está satisfecho con lo que puede ofrecer al público. Él quiere que su primera obra bien pudiera ser también la última; dejar dicho todo lo que tenga que decir.

Pasa el tiempo, y a Valls se le ocurre la idea de volver a escribir a Brasero (con el que poco a poco había ido perdiendo el contacto) para proponerle escribir una obra conjunta. Corpas el Joven habla de una carta, hoy perdida, en la que el propio Spinetta le habría sugerido a Valls esta idea. Jamás lo sabremos. Pero el caso es que Brasero se encuentra en ese momento presentando Glanduleando, y sumergido en un mar de papel, traspapela la carta. Valls se siente desairado, pero no renuncia a la que —está seguro de ello— puede ser la mejor de sus ideas. Se apresura a viajar hasta a Madrid, pero la casera de Brasero le dice que ese mismo día el poeta parte a un largo periplo por el mundo que le llevará varios meses. Por suerte, Valls llega a la estación justo cuando Brasero está comprando los billetes para París. Tras una entusiasmada conversación, los dos poetas deciden que lo mejor es emprender conjuntamente ese viaje, y que de tamaña expedición deberá nacer la famosa obra conjunta.

Brasero y Valls visitan prácticamente todos los países de Europa, Asia y América durante casi dos años de peregrinaje. A menudo evitan las urbes más populosas, y recorren las maravillas naturales que esconde cada territorio; el talento poético de los autores, potenciado por las sobrecogedoras vistas, las extravagantes costumbres extranjeras, los vinos espirituosos, las mujeres embriagadoras… parece no tener límites. Las cuartillas llenas de poemas frenéticamente escritos se amontonan en sus mochilas hasta tal punto que se ven obligados a enviar varios legajos de vuelta a Madrid, por miedo a perderlos o a que se estropeen por culpa de las inclemencias del tiempo. Valls insiste en pasar por Argentina para visitar el país natal de Spinetta, pero no consiguen dar con él y continúan su viaje. Sin saber muy bien por qué —casi se diría que por inspiración de las musas—, sus pasos les llevan hasta el inseguro y elevado promontorio de Preikestolen, en Noruega; también visitan el glaciar de Dachstein, en Austria, y atraviesan el precipicio por el estrecho y frágil puente que lo cruza. Un buen día, mientras amanece en los acantilados irlandeses de Moher, se les ocurre la gran idea: ¿qué es un acantilado sino un lugar para precipitar? La obra estaba lista. A su regreso, la noticia fatal: Derrosa había fallecido. Y Spinetta también[9].
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En la segunda parte de este epílogo, que empieza a ser demasiado shandiano, es mi intención mencionar algunos de los temas y elementos principales de la obra. Seguiremos un modelo de análisis mixto que aborde tanto la semiótica como la semántica. Tal enfoque es imprescindible en un libro de las características de Lugares: si ya ambos autores, considerados por separado, presentan un estilo que experimenta con la relación entre significado y significante, entre el signo lingüístico y la realidad, en su obra colaborativa este rasgo es elevado a la máxima potencia.

Dejaremos a un lado las interpretaciones de corte lorquiano, en las que todo simboliza la muerte, porque sinceramente no me convencen y me resultan tediosas. En efecto, todo puede ser la muerte (y es casi seguro que algunos símbolos, como el de las manzanas de cuerda blanca, se refieren a ella), porque somos seres destinados a morir y cualquier palabra articulada o escrita por nosotros lleva impreso ese mensaje de finitud y fatalidad… pero en ese caso todo resulta muy aburrido. Prefiero con mucho las interpretaciones de Lugares para precipitar como una monumental metáfora sobre el absurdo del universo. La aleatoriedad de nuestra realidad, encarnada en la elección de las palabras, es triple: por un lado, las palabras parecen escogidas al azar; por otro, parecen estar diseminadas aleatoriamente; por último, también su significado es una convención, algo que no tiene conexión con el mundo más que en nuestra mente colectiva y cultural: el superego.

Pero en esa aleatoriedad y ese absurdo surge el significado: un significado personal que creamos nosotros individualmente, a caballo entre lo instintivo y lo racional; los significados hilados de las palabras construyen imágenes y escenas costumbristas de algún extraño mundo alienígena, de un universo alternativo, en el escenario de nuestra mente. Con los mismos ladrillos morfológicos y el mismo mortero sintáctico con los que pedimos una barra de pan en la tienda de la esquina, Brasero y Valls nos transportan a una realidad paralela en la que las leyes de la física y la lógica no se conocen. Saussure[10], en su Curso de lingüística general, y Peirce[11] nos dicen que el signo lingüístico permite referir a una realidad que no está presente; nuestros dos autores van un paso más allá, y demuestran que el signo lingüístico puede referir a una realidad que no existe y, lo que es más, conseguir que exista.

El juego con las palabras es la esencia de Lugares. Este juego es, por supuesto, de doble intención, ya que el libro nos está desvelando indirectamente el cómo se llega a conocer cualquier cosa. Trata de la realidad más intensamente que la mayoría de las obras poéticas, y la poco concluyente conclusión queda, más que plasmada, simplemente intuida: el hombre es un misterio y el mundo es inescrutable; los modos ordinarios de aprehensión y análisis son absolutamente inadecuados a las tareas que se pretende lleven a cabo; la vida misma es inefable, ineluctable, y sin duda trágica, redimida sólo en la medida en que la redención es posible a través de la risa, que se burla del misterio; del amor, que lo acepta; y del arte, que lo recrea.

A pesar del título de la novela, los protagonistas verdaderos no son los lugares, sino esa «precipitación» a la que se hace referencia. Los lugares no son otra cosa que los espacios vacíos de nuestra mente, que los poetas someten a un rociado constante con agua de escorrentía que sabe a absenta, a Bovril y a fluidos corporales. Cuando esa lluvia pase, con el pasar de las páginas, los autores esperan que algo de todo ello haya precipitado, en el sentido químico de la palabra: que un residuo sólido de pura poesía haya cubierto el fondo de nuestra mente, y que cualquier nuevo líquido literario que vertamos sobre ella quede inevitablemente impregnado por esas sales precipitadas[12].
Basten estas palabras de Gil de Biedma para resumir mi posición acerca de este asunto y darle carpetazo, introduciendo a la vez el próximo tema: «Y en lo que se refiere a esto, señor, tengo un humor tan delicado y singular que si por un momento creyera que podía usted formarse el más mínimo juicio o hacer la menor conjetura plausible sobre lo que iba a acontecer en la página siguiente, la arrancaría del libro inmediatamente y me la comería».

En efecto, la esencia de Lugares es el reflejo del caos y de las posibilidades infinitas del lenguaje, pero todo ello no sería nada si no se construyera sobre un cimiento constante de sorpresa y singularidad: las metáforas y los símbolos se transforman continuamente (hay quien diría que, al igual que la materia, ni se crean ni se destruyen); se erigen ante nuestros ojos complejas efigies, para derrumbarse acto seguido como un castillo de naipes y dar paso a la próxima representación. Lugares es un ejercicio de alarde creativo: «Fijaos en cómo le damos la vuelta a vuestra simplona realidad de mil maneras distintas», parecen decirnos los autores con cada uno de sus poemas.

Y al mismo tiempo, la obra nos sirve como estímulo mental, porque nos obliga a ir tras ella e intentar seguir su ritmo, si queremos aprehenderla en su totalidad. Nos agiliza y estimula el intelecto de forma que sea capaz de desplazarse en zigzag de una imagen a la siguiente entre gráciles brincos y volatines, como un mono gibón que pasa ágilmente de una rama a otra mediante braquiación. Lugares para precipitar se revela, así, como la iniciadora del género que se ha dado en llamar Litareteratura; es toda aquella literatura que sigue el precepto de la Areté griega, la persecución de la excelencia intelectual y moral del individuo, con un claro propósito eugenésico de mejora de la especie humana. Son obras conscientemente difíciles de leer y de entender, de esas que «te estrujan el cerebro». Ese esfuerzo es el que nos hace enorgullecernos al decir que hemos leído Crimen y castigo, Ulises, la Divina Comedia o En busca del tiempo perdido[13], porque creemos que ahora somos mejores de lo que éramos antes de su lectura.

Finalizamos ya este epílogo presentando aquí un «protocolo» que, según Corpas el Joven, era el que empleaban Brasero y Valls (o al menos el que fantasearon con emplear alguna vez) cuando querían asimilar verdaderamente una obra que les hubiera causado una profunda impresión; una obra que, empleando los términos litareterarios, los hubiera hecho mejores. A criterio del lector queda, pues, decidir si Lugares para precipitar es esa obra. Yo, por mi parte, me despido, con la boca llena de papel (¡y qué excelente papel el de Gráficas Greco!).

Fragmentos de correspondencia entre Valls y Brasero, describiendo un curioso método de lectura contemplativa que han dado en denominar, en otro de sus giros poéticos, «asimilación estomacal».
Brasero: Cuando ya se haya leído uno el libro, habría que volver a leerlo […]
Valls: Yo lo que haría es dividir el libro en páginas e ir descartando cada día una página que no te convenza […].
Brasero: […] arrancar la página que no nos ha gustado y quemarla en la chimenea, hasta que sólo quede una, y […]
Valls: […] cuando entre las tapas desnudas no quede sino una única hoja huérfana y solitaria, esa será para el lector la esencia de la obra.
Brasero: Yo iría un paso más allá: arrancamos la hoja cardinal y la desmenuzamos en pequeños trozos. Después, nos metemos los restos en la boca y nos los comemos. Sólo así se asimilará verdaderamente el libro […]
Valls: Y cuando se termine la operación, sería conveniente enmarcar las cubiertas del libro y colgarlas a modo de cuadro como recuerdo de esas palabras que ya forman parte de ti. Después, ya puedes rociarte de gasolina y prenderte fuego; tu objetivo se ha cumplido.
(CORPAS, Jr. El vals abrasador: vida y obra de dos poetas egregios. Madrid: Editorial Prometeo, 2015. Pág. 564)





[1] Animo a los lectores curiosos a acudir a dicho libro, porque dejando a un lado a sus protagonistas, es una obra de un gran valor estilístico y humano, un auténtico ejercicio de Literatura con mayúsculas por parte de Corpas el Joven, que revolucionó el género biográfico de inspiración renacentista al fusionarlo con las vitae moralizantes grecolatinas y los diálogos puer-senex medievales; en relación a este último género, el intercambio que se establece entre el propio Corpas (o más bien su yo literario) y un personaje ficticio, Patronio, remite inmediatamente a El conde Lucanor.

[2] El lector perspicaz se dará cuenta de que dicho poema fue ampliado posteriormente, y aparece en Lugares como poema número XLII; sin duda un guiño de Brasero a sus orígenes y un homenaje a Derrosa.

[3] Recordemos las palabras del escritor argentino Alejandro Dolina (otra de las influencias de Brasero) en Lo que me costó el amor de Laura: «Se ha dicho que el hombre hace todo lo que hace con el único fin de enamorar mujeres».

[4] Este hecho es muy fácil de comprobar si examinamos su tesis doctoral, mención cum laude, que lleva por título Rompecorazones: el simbolismo en la cirugía cardiovascular.

[5] Aunque su nombre real era Balls, tan pronto como pudo se hizo cambiar el apellido de una forma sutil pero efectiva, hecho que coincidió con su viaje desde su país natal, Estados Unidos, a Barcelona. Fue su manera de mimetizarse con el entorno, por así decirlo. No obstante, Valls no olvidó por completo sus orígenes y mantuvo el título inglés Mister en su pseudónimo literario.

[6] Aunque su culpabilidad nunca llegó a demostrarse claramente, se dice que Valls perdió el juicio cuando le dijo al juez Patrick Willis que aquellas prótesis «eran para que jugasen los chavales». La broma le costó una considerable temporada a la sombra, una experiencia que sin duda marcó sus composiciones de esa época, especialmente el poema Ballad of Manitowoc Gaol y una larga epístola a sus padres que lleva por título De poco profundis, ambas de clara inspiración wildiana.

[7] En opinión de este epiloguista, este ir rebotando de aula en aula no hace más que dejar claro el carácter sumamente humano de nuestro autor. Recordemos a Laurence Sterne en Tristram Shandy (Alfaguara, 1999, p. 33): «Porque si es un hombre con un mínimo de espíritu, se encontrará en la obligación, durante su marcha, de desviarse cincuenta veces de la línea recta para unirse a este o a aquel grupo, y de ninguna manera lo podrá evitar. Se le ofrecerán vistas y perspectivas que perpetuamente reclamarán su atención, y le será tan imposible no detenerse a mirarlas como volar».

[8] Al lector astuto le extrañará esta decisión, teniendo en cuenta que Spinetta era argentino y no español. Valls no lo sabía por aquel entonces, y para cuando aprendió el suficiente castellano como para darse cuenta de su error geográfico, la vida cultural barcelonesa ya le tiene atrapado en sus garras.

[9] En este punto me veo obligado a hacer un alto. Ningún ser humano con un mínimo de imaginación podrá negarme que es una extraordinaria casualidad que Boris Varai Derrosa y Luis Alberto Spinetta, los mentores e inspiradores absolutos de Brasero y Valls, respectivamente, fallecieran al mismo tiempo, y precisamente cuando sus dos «ahijados» acababan de completar su obra conjunta. La misteriosa desaparición de Spinetta en el momento exacto en que los poetas pasan por Argentina, y su inmediato fallecimiento, levantan un sinnúmero de sospechas. Los autores nunca quisieron pronunciarse al respecto, ni tampoco Corpas el Joven, así que me atreveré a decir lo que todos piensan: Derrosa y Spinetta eran la misma persona: Catáfito, Buttadeus, Larry el Caminante, el Joseph Cartaphilus borgiano; efectivamente, el mismísimo judío errante condenado por Dios a la inmortalidad y que, queriendo expiar su pecado, tuvo a bien orientar las vidas de Brasero y Valls para que convergieran y dieran lugar a una obra que es ya tan inmortal como él mismo. Lo digo sin ningún tapujo: Derrosa/Spinetta no murió, sino que simplemente retomó su peregrinaje, o acaso ascendió por fin a los cielos, redimido con creces de su desplante al Redentor.

[10] Saussure consideraba que el significante lingüístico es una «imagen acústica». Esta evidente sinestesia (¿acaso puede una imagen, que se percibe por la vista, ser «acústica»?) parece más propia de Brasero y Valls que del serio y metódico lingüista suizo, padre de la lingüística moderna. En realidad, muchos pensadores y estudiosos consideran que Saussure se adelantó a su época, y por lo tanto no es del todo descabellado pensar que, de haber coincidido con Varai Derrosa, tal vez hoy tendríamos que hablar de tres autores de Lugares para precipitar: Brasero, Valls y Saussure. La «imagen acústica» de Saussure tiene un sabor tan claramente derrosiano y spinettiano que no descarto la posibilidad de que nuestro viejo amigo Catáfito también se ocultase bajo el espeso mostacho del ginebrino.

[11] PEIRCE, Charles S. Collected Papers of Charles Sanders Peirce, vols. 1-8. Cambridge. Normalmente soy algo reticente a recomendar esta edición de los escritos de Peirce, porque presenta ciertos criterios de selección que, por ser temáticos y no cronológicos, imprimen a la obra de Peirce un halo de incoherencia que el fundador del pragmatismo y la semiótica no tenía. Mucho mejor, a este respecto, es The Essential Peirce (en 2 volúmenes), publicado entre 1992 y 1998 por Indiana University Press, que funciona como una excelente presentación breve de Peirce. Para el neófito, sin duda recomiendo que comience por la segunda, y que sólo después se atreva a atacar la primera.

[12] Espero que sepan perdonar este arrebato literario que rompe con un estilo por lo general sobrio y objetivo. Si lo que desean es leer un estudio completo y exhaustivo de los símbolos y los temas de Lugares, les invito a consultar el capítulo séptimo de mi Antología poética comentada (Martínez, Lt. Madrid: Editorial Prometeo, 2016).

[13] El lector atento, que espera siempre el mínimo error del autor para sonreír de forma conmiserativa, apuntará aquí que no es posible que Lugares fuese la obra iniciadora de la litareteratura, si acabo de citar cuatro títulos que también se pueden considerar parte de ella. Hablando ahora en términos biológicos, esos cuatro libros son litareteratura por analogía, no por homología: se encuentran cumpliendo la misma función, pero no comparten un mismo origen o propósito. Mejoran al hombre, pero no lo pretendían, como sí lo pretenden Lugares para precipitar, Alá Sazón, Don Fistro o el can de amor, Bocata de sartén o Roberto Alcázar y el tejón de jade, libros que nacen ex profeso con esa intención.

miércoles, 9 de marzo de 2016

Vanquish

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Hace mucho, jugué una demo en la PS3. Y me quedé flipando. Era un juego evidentemente japonés, lleno de robots, velocidad, tiroteos, armas estrafalarias y… cigarrillos. Me pareció muy curioso. Pero claro, al precio que van los juegos, lo dejé pasar. Y hace unos meses lo encontré de saldo en el GAME y lo compré. Y en mi opinión es uno de los mejores juegos de disparos y acción de la PS3. Se llama Vanquish, y de él vamos a hablar hoy.


Vanquish salió en 2010, de manos del estudio japonés Platinum Games (los responsables de Mad World y Bayonetta, entre otros). Nos presenta un futuro en el que la Tierra está superpoblada y la lucha por los recursos es feroz. Los Estados Unidos construyen una estación espacial con un generador de energía solar, pero unos ultranacionalistas que han derrocado al gobierno ruso asaltan la estación espacial y utilizan su energía en forma de microondas para destruir San Francisco. Amenazan con destruir Nueva York si EEUU no se rinde. La presidenta de EEUU, Hillary Clinton (es coña, se llama Elizabeth Winters) decide enviar al veterano coronel Robert Burns y a su compañía Bravo para reconquistar la estación espacial y acabar con el líder de los rusos Victor Zaitsev. Junto con los soldados viaja nuestro protagonista, Sam Gideon. Sam pertenece a la Agencia de Investigación de Proyectos Avanzados de Defensa (DARPA), y su misión es doble: por un lado, rescatar al profesor Candide, creador de los sistemas de energía de la estación; por el otro, probar en combate real el nuevo juguete que ha inventado la agencia, un supertraje de combate llamado ARS, dotado de propulsores en brazos y piernas, además de la capacidad de escanear y replicar cualquier arma.


Si juntamos ese argumento delirante con un montón de robots gigantescos, modificaciones cibernéticas, alta velocidad, explosiones y cinemáticas dignas de los mejores juegos japoneses… el resultado es un juegazo. Recorreremos la estación junto con la compañía Bravo, cumpliendo objetivos. La gran mayoría de las veces, las grandes zonas en las que se desarrollan los combates son un campo de juegos para que Sam pruebe las capacidades del traje, aprovechando la supervelocidad para flanquear a los robots enemigos o colarse entre las patas de los enormes jefes finales, utilizando la concentración (una especie de tiempo bala) para ser muy preciso a la hora de acertar en sus puntos débiles. Visitaremos los diferentes lugares de la estación, una estructura gigantesca (con sus propios transportes y “ciudades”, zonas verdes, fábricas...) y disfrutaremos de los rifirrafes entre Sam y el coronel, un marine de la vieja escuela. El juego no pretende tener un argumento profundo: apuesta todo lo que tiene a la jugabilidad, el diseño de personajes, armas, enemigos y localizaciones, con un buen puñado de cinemáticas y una banda sonora que acompaña pero no destaca. El argumento exagerado y los clichés forman parte de su encanto, y no puedes evitar pasar por alto eso que en cualquier otro caso sería imperdonable, porque la jugabilidad es a prueba de bombas. Porque todo lo demás mola un huevo. Salvando las diferencias, lo compararía con Machinarium: el argumento de esa aventura gráfica no es nada. Un robot que tiene que entrar en una ciudad, derrotar a los malos, salvar a sus amigos y largarse. Pero todo lo demás es de 10. Pues aquí pasa igual: Sam es socarrón y maleducado, Burns es el típico soldado, Zaitsev es un malo de opereta.

Veamos la jugabilidad: el juego se basa en avanzar y despejar la zona de las oleadas y oleadas de robots que intentan rechazar nuestro ataque, con la ocasional aparición de algún enemigo mastodóntico que requerirá nuestra atención. Hay momentos en los que la acción cambia: una zona que se derrumba y por la que tendremos que avanzar rápidamente, al mismo tiempo que combatimos (el rendimiento del juego nunca baja, por muchos enemigos y muchos objetos en movimiento que haya); algún momento de sigilo en el que tendremos que neutralizar cámaras o torretas con un fusil de francotirador; un par de secciones de disparos desde un tren en movimiento… Todo, absolutamente todo gira en torno a los disparos y al movimiento. Hay coberturas, claro que sí, pero el juego siempre te invita a arriesgarte, a aprovechar las ventajas de tu traje; a menudo los robots más pesados cargarán contra tu cobertura o la destruirán, obligándote a salir a “bailar” (algo similar a lo que pasaba en Max Payne 3). Es la marca inconfundible de un juego que confía en que sus mecánicas son sólidas y no van a resultar torpes ni ridículas; otros juegos te obligan a disparar desde la cobertura sin más, porque no tienen otra cosa. Aquí podremos salir de un salto, activar el tiempo bala y acabar con el enemigo más cercano, poner el turbo y deslizarnos por el suelo a toda pastilla mientras cambiamos de arma, seguir disparando a diestro y siniestro contra un Romanov (un robot pesado), y acabar con un devastador ataque cuerpo a cuerpo que termine con él. El traje tiene un tiempo limitado de uso antes de que se recaliente, momento en el cual tendremos que esperar unos segundos antes de volver a utilizarlo (y nos puede dejar vendidos), así que habrá que administrarse bien su uso.

Nuestro traje nos permite también escanear cualquier arma que encontremos, de manera que podremos llevar tres a la vez, y cambiará de forma a voluntad. Es una forma ingeniosa de explicar esa mecánica tan habitual de “llevar dos armas” de los shooters. Las armas son fácilmente identificables por el color con el que las marca el traje, de modo que podremos saber de qué arma se trata incluso a cierta distancia, para saber si nos merece la pena dar un acelerón hasta allí para recogerla. También tenemos un sistema de mejoras muy curioso: si recogemos un arma que ya llevamos seleccionada, repondremos la munición. Si recogemos un arma que ya tenemos al máximo de munición, subirá de nivel, y podremos conseguir mejoras de munición, velocidad de disparo (francotiradores y lanzamisiles) y daño. Si morimos, perderemos algunas de esas mejoras. No nos será posible subir todas las armas al máximo durante una partida, así que el jugador va creando su estilo de juego y dando preferencia a unas armas sobre otras. En cuanto a las armas en sí, tenemos el típico rifle de asalto, la ametralladora ligera, el francotirador, la escopeta y el lanzamisiles, pero también tenemos un lanzadiscos (capaz de arrancar extremidades de robots, y rebotar de uno a otro), el láser (que marca a varios enemigos y hace llover un rayo sobre ellos, negándoles la cobertura) y el arma LFE (una especie de escopeta de energía que atraviesa superficies sólidas y puede golpear a varios enemigos seguidos).


El diseño del juego es otro de sus puntos fuertes. Los escenarios de por sí ya quitan el hipo por lo espaciosos que son, las magníficas vistas que ofrecen, y la destrucción que ocasionalmente tiene lugar (cambios de gravedad, estructuras que se te vienen encima, puentes que se caen…); pese a que predomina el gris metalizado, el juego es tremendamente colorido y variado. Los soldados de la compañía Bravo son los típicos soldaditos americanos, con algunos añadidos tecnológicos; el personaje de Robert Burns está muy bien hecho, con su armadura, un brazo robótico y una ametralladora pesada con escudo incorporado; Sam Gideon y su traje se llevan la palma gracias a las múltiples partes móviles del traje y las mil formas diferentes que tiene de moverse. El diseño de enemigos es muy variado:


Por un lado tenemos los Gorgies, robots de infantería de aspecto humanoide pero con un ligero toque entre felino e insectil. Podremos distinguir los diferentes tipos por sus colores: los rojos son los soldados rasos, con armas corrientes; los dorados son más duros, llevan armas pesadas y granadas; los verdes son francotiradores, y los azules llevan propulsores que les permiten volar y atacar desde el aire. En el juego tendremos Gorgies para dar y tomar. Si los debilitamos mucho sin llegar a matarlos a veces se lanzarán contra nosotros para autodestruirse

Después tenemos a las esferas, que son, como su nombre indica, esferas metálicas que ruedan rápidamente hasta una posición ventajosa, para después sacar las armas y freírnos a disparos. Sólo son vulnerables en el momento en que sacan el arma. Muy extravagante.

Y si hablamos de extravagancias, no podemos dejar fuera a los Chicane. Es un robot pequeño y con cuatro patas, que suele acompañar a los Gorgies. Cuando empiezan los tiroteos, el Chicane se planta en el suelo y despliega un muro ante sus aliados; es una cobertura móvil. Por si fuera poco, también nos dispara. Para eliminarlo, tendremos que hacerlo desde atrás, o bien cuando se asome para dispararnos desde su propia cobertura. Ya veis a qué clase de bichos raros nos vamos a enfrentar.

El Romanov es un robot pesado (el doble de alto que un hombre), mucho más complicado de destruir. Podremos destruir distintas partes de su cuerpo para debilitarlo, de forma que, por ejemplo, si le volamos la cabeza, continuará disparando o atacando al azar, completamente descontrolado. Existen varios tipos de Romanov. El tipo D es especialmente duro y va equipado con dos taladros en lugar de manos. Puede lanzarnos el taladro a distancia, además de lanzarse contra nosotros a la carga, y también excavar bajo tierra y reaparecer bajo nuestros pies por sorpresa. El tipo F lleva una maza y un lanzallamas, y dos tanques de combustible en la espalda. De cerca son letales, pero si conseguimos buscarles la espalda, unos cuantos disparos en los tanques de combustible acabarán con ellos. El tipo N lleva una garra y un lanzamisiles, y el tipo G, el que tiene mayor potencia de fuego, lleva dos ametralladoras pesadas y dos lanzamisiles sobre los hombros, y también son capaces de lanzar un gigantesco misil buscador desde la espalda.

El Bia es un robot del tamaño de un Romanov, que puede combatir tanto de manera bípeda como de manera cuadrúpeda. En su versión bípeda, blande una especie de hacha, nos dispara y nos ataca desde cerca. Cuando cambia a su forma cuadrúpeda, el hacha pasa a funcionar como la cola de un animal, una especie de felino robótico que se mueve muy rápido, nos dispara y nos ataca con la cola y las garras.

El Unknown es sin duda mi enemigo favorito de Vanquish. En un momento dado, veremos cómo una esfera roja cae desde algún lugar, seguida de un montón de piezas sueltas de metal. La esfera se pone en pie con sus dos patas, y empieza a atraer el metal de manera magnética, hasta construir una masa de forma cambiante, que rodea y protege el núcleo. Empieza el baile. El Unknown escalará techos y paredes, nos disparará láseres desde el núcleo, creará armas con las que nos dispara, y si se acerca a nosotros y nos agarra, nos destruirá de un golpe. Si conseguimos separarlo de sus piezas de metal, el núcleo desprotegido echará a correr de manera cómica, seguido de toda su chatarra, e intentará reconstruirse. Es un enemigo impredecible, letal, pero a la vez cómico y simpático.

Después tenemos a los minjefes finales y a los jefes finales, que también son muy variopintos: el gigantesco robot Argus, los Bogey, los Buzzard… parece que no acaban nunca. El abanico de enemigos es tremendo, y a menudo aparecen mezclados unos con otros, lo que supone un reto todavía mayor.

La música es de estilo futurista, frenética en los momentos de acción, y más relajada en las partes tranquilas. No le quita protagonismo al juego, sabe acompañar y abrazar a la jugabilidad y el diseño, protagonistas indiscutibles de Vanquish. Me recuerda ligeramente a la banda sonora de MDK2, pero con algo menos de personalidad. Buenas voces en inglés y en japonés (he pasado del castellano en este caso), y excelente variedad de sonidos para los enemigos, las explosiones y disparos, las armas, etc.



Y eso es todo. En términos jugables, es de lo mejor que me he encontrado en shooters. Lo he jugado casi tres veces seguidas, porque no cansa, nunca para, superar los combates es siempre divertido, y puedes probar a cambiar tu estilo de juego con otra selección de armas, o probar verdaderamente lo que vales en los retos para un jugador (oleadas y oleadas de enemigos que te destrozarán sin dudarlo). Un juegazo, quizás el shooter más divertido que he jugado nunca. Se gana un hueco en mi corazón junto a Max Payne (1, 2 y 3) y MDK 2. Os dejo el primer nivel en dificultad alta:

martes, 8 de marzo de 2016

Las mocedades de don Guasca de Monò - Final

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                Y en el penoso camino de regreso nos emboscaron muchas veces las partidas de guerra de los nórdicos, mas entonces nuestra tropa estaba avisada de la amenaza, y todos íbamos a caballo y sin nada para entorpecernos, y por ello pudimos evitar entrar en liza, pues los nórdicos a pie eran demasiado lentos para nuestras monturas. Y dime cuenta yo de lo peligrosa que era mi situación, en territorio enemigo y con uno de sus yales como prisionero, y pedí a los míos que se apresuraran para volver a Suadia cuanto antes sin detenernos a hacer noche. Y al dejar atrás las frías montañas de los nórdicos y sus lagos helados, respiré tranquilo al saberme de nuevo en tierra amiga. Y la tropa iba silenciosa por las desventuras que habíamos sufrido y por la muerte de nuestros compañeros. Y pronto nos llegamos hasta Pravén y di orden a los hombres de descansar en la ciudad, y no tuve ánimos para pedir a Desabio que reclutara a más gentes de armas. Y hube gran pena de haber vuelto a Pravén y no tener al sabio don Artímeno de Rivachegas a mi lado. Y pedí a Firentés que me acompañara al castillo de la ciudad para hablar con don Haringote, y llevé conmigo al cautivo don Erico. Y los guardias del castillo, que ya conocían mi rostro, me dejaron pasar, y en el salón saludé secamente al conde y le entregué la misiva y al yal. Y don Haringote hizo encarcelar al orgulloso yal, que me maldijo con muy sucias palabras, y yo pedí a don Haringote que hablara en mi favor al rey Harlaús, pues mi hueste había sufrido mucho durante aquella misión, mas también mucho había conseguido. Y el conde quedó muy satisfecho por lo que había hecho, y se disculpó conmigo por no haberme hablado de la guerra entre los nórdicos y Suadia, mas precisaba de alguien desconocido como yo. Y no terminé de comprender yo qué tenía que ver una cosa con la otra, y pedí permiso a don Haringote para volver a visitar a mi amigo don Delinardo, y que si me necesitaba para hablar de mi feudo, me encontraría en el castillo de Vincurdo. Y así abandoné el castillo con desaire. Y aquella noche la pasamos bebiendo en las tabernas de Pravén, pues no quise permanecer más tiempo entre nobles y grandes fastos. Y bebimos a la salud de nuestros compañeros muertos en combate, y les juré a mis hombres, por mi padre y por mi madre, que volveríamos a reunir numerosa hueste y que los nórdicos tendrían noticias de don Guasca de Monò y dejaría aciago recuerdo en su memoria. Y estuve muy contento de poder estar entre gentes de baja ralea, y me sentí como en casa, y cantamos canciones obscenas, y Firentés y Desabio, según me dijeron al alba siguiente, me tuvieron que arrastrar hasta un catre y dejarme allí, pues los efluvios del vino me dejaron traspuesto.

                Y al día siguiente, con un agudo dolor en la testa, partimos de Pravén hacia Vincurdo, y no nos demoramos demasiado, pues como dije nuestra tropa era la más ligera de cuantas cruzaban los campos de Suadia. Y de camino reclutamos a varios hombres en las villas, pues aún conservaba el premio del torneo, mas sólo aceptamos a aquellos que poseían un caballo y por tanto eran capaces de seguir nuestra briosa cabalgada. Y acortaré esta parte pues no pasó gran cosa de interés en el camino. Y al llegarnos hasta el castillo de Vincurdo los guardias nos saludaron pues reconocieron mi rostro, mas se extrañaron de ver a nuestra tropa tan menguada, y nos permitieron entrar. Y don Delinardo salió a recibirme y diome un gran abrazo y preguntome cómo venía con tan mala facha y tan pocos hombres. Y yo le conté todo lo que había acontecido desde que saliese de su castillo, y el buen señor se compadeció de mí y de mi ingenuidad, y mandó que mis hombres fueran alojados agradablemente, e incluso permitió que mis dos capitanes entraran al castillo conmigo, y allí nos encontramos con don Artímeno de Rivachegas, al que Firentés, Desabio y yo abrazamos como a un padre, y le narré nuestras desventuras. Y vi también de reojo a doña Vera, y temí entonces que la dama hablara mal a su padre de mi persona y que mi único y verdadero amigo en aquella tierra se volviera dañino enemigo. Resolví así hablar con la dama cuando me fuera posible, y dije aparte a Desabio que buscase a la anciana aya de doña Vera para concertar un encuentro con ella. Y durante el banquete en el salón del castillo, don Delinardo díjome que don Haringote había hecho mal en embaucarme de ese modo para tan peligrosa empresa, mas trató de tranquilizarme y decirme que si realizaba el juramento de vasallaje al rey don Harlaús, sin duda tendría mi propio feudo del que obtendría rentas y hombres para mi hueste. A cambio, me advirtió don Artímeno, tendría que servir al rey y a su mariscal en cuantas campañas militares se emprendieran, aportando hombres, y defender mi feudo de bandidos y partidas de guerra enemigas. Y me atreví entonces a pedir a don Delinardo cobijo en su castillo hasta que recibiese noticias del rey o de don Haringote, pues en mucho estimaba su compañía y la de don Artímeno y mi tropa era demasiado escasa como para volver a las cabalgadas de antaño. Y don Delinardo me abrazó de nuevo y me dijo que me quedara cuanto tiempo quisiera, que Vincurdo era mi casa.

Y por no alargar la historia en demasía, diré que permanecí en Vincurdo por espacio de tres meses, y que dije a doña Vera que la tenía en gran estima como dama discreta y hermosa, mas no nos convenía un comportamiento imprudente, y díjele que en mi corazón había un sitio para ella. Y con esto quedó contenta la dama, y supe que ella y sus doncellas suspirarían en adelante por mi favor, y por que dedicase a su nombre las grandes hazañas que habría de llevar a cabo. Y durante aquellos días mandé a Firentés y Desabio a las villas cercanas para reclutar tropas, y en unas semanas mis fuerzas volvían a ser numerosas y variadas, con infantería y ballestería. Y un día llegó uno de a caballo que dijo que era criado del conde don Haringote, y que tenía un mensaje para don Guasca de Monó. Y este criado me llevó aparte y me dijo que al burgo de Pravén había llegado con toda su comitiva el buen rey Harlaús, y que don Haringote me pedía que acudiera para prestar juramento de vasallaje y recibir mi feudo. Y hube tan gran regocijo que di al criado treinta dinares de oro y le dije que aguardara. Y le conté la buena nueva a don Delinardo, que se alegró mucho y me aconsejó partir sin demora hacia Pravén con mi hueste al completo, para aparentar más poder y gallardía, y que don Artímeno de Rivachegas me acompañaría una vez más para aconsejarme en cuanto fuera necesario.

Y partimos sin más demora, más de un centenar de hombre de a pie y de a caballo por los valles de Suadia. Ya sabían mis hombres qué empresa nos llevaba hacia Pravén, y estaban todos henchidos de orgullo por saberse futuros hombres de armas de un vasallo del rey. Y de camino nos encontramos varios grupos de bandidos, mas todos huyeron con gran espanto por ver a nuestra hueste tan numerosa y bien armada. Y cuando nos llegamos hasta Pravén a media tarde, los guardias no me hicieron pregunta alguna, dejándome pasar y escoltándome hasta el mesmo castillo. Y dejé allí a mi ejército y entré en el castillo, acompañado por Firentés, Desabio, don Artímeno y varios hombres de armas de Pravén. Y don Artímeno ya me había dejado dicho lo que tenía que hacer al encontrarme con el rey, que estaba sentado en el salón del castillo con el conde don Haringote a su lado. Y yo me llegué hasta él, me quité el yelmo y me arrodillé, dejando el cogote al aire. El rey me dijo con voz solemne que me alzara del suelo y me acercara, y eso hice. El rey habló a todos los presentes de la valiosa empresa que yo, don Guasca de Monó, había llevado a cabo en beneficio de Suadia. Había arriesgado mi vida en las tierras nórdicas para llevar un mensaje a un importante aliado, y me había enfrentado en encarnizado combate a varios cientos de guerreros nórdicos, capturando incluso al pérfido yal Erico, vasallo del rey Raguenar. En premio a ello, Suadia me aceptaba como uno de los suyos. El rey me hizo arrodillar de nuevo y con su espada me dio un golpe plano en los hombros. Con ello, dijo, quedaba yo nombrado caballero y conde de Suadia, si estaba dispuesto a defenderla de sus enemigos y a comportarme según los usos caballerescos. Esto me lo preguntó por tres veces, y yo dije con voz recia que así lo haría. Entonces el rey Harlaús me dijo que me levantara del suelo, y don Haringote me ciñó una espada nueva y reluciente. Y toda la corte de Suadia me aclamó. Y yo me di cuenta de que, al igual que tras el torneo lo primero que había recibido habían sido honores, y lo último, dineros, ahora se me daban títulos, pero no propiedades.

Mas durante el banquete de la noche don Haringote me habló y me dijo que mi feudo se me daría al día siguiente. Díjome que el conde don Taraquías mandaba ahora en unas tierras nuevas que Suadia había arrebatado a los nórdicos en la guerra, y que su antiguo feudo quedaba sin señor. Y recordé entonces el nombre de don Taraquías, que fue el señor del castillo de Tilbote, donde prestó servicio mi padre Guasca, y mis sospechas se confirmaron cuando don Haringote me dijo que mi feudo sería la villa de Tasameso, pues el castillo seguía en manos de don Taraquías. Y yo pregunté muy discretamente si Tasameso no había sido atacada hacía casi un año por el enemigo, y don Haringote me dijo que sí, que los queryitas habían arrasado Tasameso hasta los cimientos. Y díjome el nombre del que los mandaba, que llamábase Sébula Noyan, y este nombre lo grabé en mi cabeza, que no pude dejar de repetirlo entre dientes, lleno de odio, en todas las batallas en las que tomé parte en adelante. Mas don Haringote díjome también que el rey don Harlaús había decidido llevar nuevas gentes a Tasameso para reconstruirla, y que ya hacía varios meses que Tasameso volvía a estar habitada, y que precisaban de un señor. Y sus palabras habrían tenido mejor efecto en cualquier otro que no hubiese sido yo, que había crecido en Tasameso apedreando gatos y partiéndome el espinazo, sembrando y segando las míseras tierras de mi padre. Y me di cuenta de que ahora era señor de la tierra a la que antes había pertenecido. Y la pitanza fue más abundante que en otros banquetes, por encontrarse en el castillo nuestro señor el rey. Y había allí juglares y trovadores, y gran multitud de perros haciéndonos fiestas bajo la mesa para que les diéramos algún hueso con pizca de carne. Y yo preferí no hablar directamente con el rey salvo cuando él se dirigiese a mí, pues así me lo había aconsejado don Artímeno. Mas el rey fue muy gentil y me habló de lo mucho que había oído hablar de mí y de mi victoria en el torneo de Pravén y mis hazañas en tierras nórdicas, y me habló mucho de las maravillas de mi feudo de Tasameso, y yo callaba, por no revelar que conocía cada peña de Tasameso y el escaso valor de esas tierras. Y vi que mis fieles Firentés y Desabio comían a dos carrillos, que nunca se vieran rodeados de tanta pitanza en su vida, mas se comportaban con discreción, cual les aconsejó nuestro buen amigo don Artímeno, que mucho velaba por que nuestros modales de campesinos no quedaran en evidencia. Y bebimos tanto vino que la cabeza se me fue y no sé cómo llegué hasta mis aposentos. Y durante la noche, revueltas las entrañas por haber comido y bebido en demasía, noté que alguien había abierto los ventanales de la estancia, y entraba una brisa que me helaba los huesos. Y sentía yo como un peso en el pecho, como si tuviera saetas clavadas en la cota de malla. Y pensé en mi delirio que estaba en plena batalla, intentando salvar a mis hombres de la muerte a manos de los nórdicos, y al revolverme, abrí finalmente los ojos, y lo que vi me llenó de horror. Pues tenía sobre mi tembloroso pecho dos ojos gigantescos y amarillos, cercados por un rostro emplumado y un pico agudo. Y dime cuenta de que lo que me oprimía el pecho eran las garras del búho que tenía posado sobre mí, y no osé moverme por no enfurecer al animal y que me picara en los ojos. Y nos quedamos así largo rato, con los ojos fijos el uno en el otro, hasta que el gran búho abrió el pico y habló, lo juro por Dios, con voz humana, repitiéndome el nombre de Sébula Noyan. Yo cerré los ojos con gran fuerza y cuando volví a abrirlos, el pájaro de mal agüero se había marchado por la ventana. Y no pude dormir durante el resto de la noche, y por la mañana me levanté para hablar con don Artímeno de lo que había visto, pues en mi infancia aprendí que el búho es ave de mala fortuna y que anuncia la muerte. Y llegué al aposento de don Artímeno y al entrar, lo vi tendido en el lecho y lo agité gentilmente para despertarlo, mas el buen anciano no despertaba. Y dime cuenta de que mi buen amigo y casi padre había muerto durante la noche. Y empecé a dar grandes voces llamando a los guardias, y a Firentés y Desabio, que descansaban no muy lejos, y los guardias fueron en busca del galeno, y yo y mis compañeros quedamos desconsolados.


Y el propio don Haringote se llegó hasta el aposento de don Artímeno y lloró mucho su muerte, pues el buen anciano era muy querido por todos por su sabiduría y su bondad, y me prometió que haría llegar un mensaje a don Delinardo anunciando la muerte de su buen amigo. Y el galeno dijo que don Artímeno había tenido una muerte natural, mas yo siempre sospeché de toda aquella corte de nobles podridos por la envidia, y deseé alejarme cuanto antes de Pravén y sus mentiras. Y no quise que los restos de don Artímeno quedasen en Pravén, sino que mandé que su cuerpo se llevara al castillo de Vincurdo, donde sería enterrado entre amigos. Y el rey don Harlaús me concedió finalmente el título de mis tierras de Tasameso, y quedé ya reconocido como conde de Suadia, si bien mi feudo era realmente miserable. Y no quise saber nada de mis tierras, sino que acompañé a la comitiva de don Artímeno con mis hombres. Y lo cierto es que nunca volví a Tasameso, pues no estoy seguro de que hubiera soportado volver a la tierra que me vio nacer, y verla reconstruida y poblada por gentes extrañas, con mi pasado enterrado bajo una capa de cenizas. Y enterramos a don Artímeno en el castillo de Vincurdo, y tanto hombres como mujeres lloramos su pérdida. Y yo resolví ahogar mi pena participando en las guerras de Suadia, pues ningún interés tenía en mi feudo y sí interés por conocer otras tierras y llevar a cabo sangrienta venganza sobre los nórdicos. Y sabía, por el augurio del búho, que un día habría de encontrar a Sébula Noyan y le haría pagar por la muerte de los míos.


Aquí acaba el primer capítulo del manuscrito. La restauración y transcripción ha sido un proceso largo y difícil, de manera que los siguientes capítulos tardarán un tiempo en estar listos. Pero no desesperéis, porque volveréis a tener noticias de don Guasca.

jueves, 18 de febrero de 2016

Las mocedades de don Guasca de Monò - 13ª parte

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Mas finalmente resolví partir hacia Pravén para recibir la prometida recompensa de don Haringote. Estaba dispuesto a ser vasallo de Suadia si con ello obtenía honor, fama y un feudo. Así, díjele a don Jaraldo que me disponía a partir. Y cuando todo estaba dispuesto y la tropa lista, el yal don Jaraldo me hizo llamar de nuevo y me entregó un mensaje para don Haringote. Don Jaraldo se despidió de mí con mucho afecto, y yo quedé muy contento por dar a conocer mi nombre en otros reinos y por el gentil trato dispensado por cuantos nobles conocía. Y así nos pusimos en camino, de regreso a Pravén. Y  cuando Sargoz desapareció en el horizonte, tuvimos que cruzar una garganta estrecha, con paredes de roca afilada que nos tapaba el sol. Y Desabio, que comandaba la retaguardia, espoleó su caballo y me dijo que detrás de nuestra hueste, en la boca del desfiladero, había un grupo de hombres armados que nos impedían la retirada. Y yo di orden de continuar, pues aquellos hombres, me dijo Desabio, iban a pie y no podían alcanzarnos. Mas cuando alcanzábamos la salida del desfiladero, apareció ante nosotros una nutrida tropa de hombres. Y pude ver por sus atuendos y porque no iban a caballo que era una hueste nórdica, y no supe adivinar quién podría ser, pues a nadie creía haber ofendido durante mi estancia en Sargoz. Y entonces tres hombres se adelantaron para parlamentar, y yo marché con Firentés, dando orden a Desabio de vigilar la retaguardia por si el segundo grupo de soldados atacaba. Y uno de aquellos tres hombres vestía ricamente y venía con un yelmo como con círculos protegiendo los ojos, y preguntó quién era el comandante de mi tropa. Y yo me adelanté y le dije que era don Guasca de Monò, y quise saber por qué impedían el paso de mi hueste. Y me contestó que él era el yal Erico, y que les dejaría pasar tan pronto como yo le entregara el mensaje que don Jaraldo me había dado a mí. Y yo me negué por mi honor a darle la misiva, mas el don Erico me explicó que el reino nórdico estaba en guerra con Suadia. Y yo le dije prontamente que era un hombre libre, que aún no era vasallo de reino alguno. Y me preguntaba yo cómo era posible que don Jaraldo me hubiese recibido de tan buen grado estando en guerra con Suadia y con el conde don Haringote. Mas el yal Erico me replicó que el yal Jaraldo era un traidor que había pactado con don Haringote y Suadia para prestarles apoyo y cobijo durante la guerra. Don Erico lo sabía pero no podía probarlo ante el rey nórdico, que llamábase Raguenar, y la carta que yo llevaba demostraría que don Jaraldo era un felón. Don Erico me exigió de nuevo que le entregara la misiva, pues su hueste era poderosa y yo me encontraba atrapado. Yo maldecía para mis adentros la mala hora en la que me metí en las intrigas políticas de don Haringote, que bien me había tentado con promesas de riqueza y propiedades, y en el miserable barrigudo don Jaraldo que no había tenido a bien advertirme del peligro que corría como mensajero de Suadia. Mas no podía dar muestras de debilidad ante mi hueste. Le dije al yal Erico que no era vasallo de Suadia, pero que entregaría la carta a don Haringote aunque tuviera que derrotarlo a él y a todos los yales del reino nórdico. Y don Erico no dijo una palabra más, se volvió de espaldas y regresó junto a su tropa. Y Firentés, mientras volvíamos con los nuestros, me preguntaba cómo pensaba romper el cerco en el que estábamos atrapados. Y yo no podía pensar por la furia que sentía. Me habían tomado por un necio, aquellos grandes señores me habían embaucado y ahora el cuello que peligraba era el mío y el de mis hombres. Y entendí entonces por qué don Haringote no había querido que don Artímeno se enterara de la misión que me había encomendado, pues el prudente caballero me habría dicho que Suadia era entrada en guerra con los nórdicos.

                Y vimos que los nórdicos avanzaban desde vanguardia y retaguardia, y que en pocos minutos estarían sobre nosotros. Y resolví cargar contra ellos desde un frente con la caballería para romper sus filas y escapar a un terreno más espacioso donde poder maniobrar. Y me puse el yelmo y embracé el escudo y desenvainé la espada, y a mi lado Firentés se mesaba las barbas y agarraba con fuerza la maza, y el buen Desabio daba grandes voces a los hombres para que se dispusieran en orden y que la caballería avanzara. Y los arqueros se situaron en dos filas de hombres que se daban la espalda, y los hombres de armas los protegían, y yo veía cómo la infantería temblaba y sudaba, por saber de la fama de los nórdicos como guerreros invencibles. Y vi necesario animar un tanto a la tropa, y alzando la voz les hablé de la gloria que nos esperaba si vencíamos a tan gran ejército, les dije que nuestras fuerzas eran numerosas y experimentadas, y que nuestra caballería causaría gran mortandad entre el enemigo. Y con esto, espoleé a Heno y salí al galope, confiando en que Firentés, Desabio y la caballería vinieran tras de mí. Y al llegarnos hasta los nórdicos vi las afiladas hachas que blandían, y el fiero aspecto que tenían por ir pesadamente protegidos, mas ya no había vuelta atrás, y eché la espada atrás para golpear al pasar, y solté un golpe que dio en el cuello de un soldado, y el impulso de mi caballo atropelló a tres más, y vi que la línea enemiga era delgada y que el yal Erico había mentido al decir que su hueste era mucho más poderosa que la nuestra. Y conseguí salir de las filas enemigas abriéndome paso, y vi que los míos también habían conseguido salir, y que sólo uno o dos jinetes habían caído. Y di orden de dar la vuelta y atacar la retaguardia enemiga, mientras nuestra infantería y ballestería avanzaban hacia ambos lados. Y ataqué fieramente a todos los nórdicos que trataron de enfrentarme, mas eran buenos guerreros y varias manos me agarraron y me tiraron de mi caballo, que se espantó y se alejó del combate. Y me puse en pie y continué peleando, y de pronto me encontré con el mesmo don Erico que se llegaba hasta mí con grandes voces y enarbolando una gran hacha de doble filo. Y con el escudo paré el golpe y le devolví otro con la espada, que el yal detuvo con el suyo. Y la furia de de don Erico me echó para atrás, y a punto estuvo de dejarme la cabeza en la empresa, y me defendía como podía. Y de pronto mis pies se trabaron con un cadáver caído y di de espaldas en el suelo, y don Erico me dijo que me rindiera o que me daría rápida muerte. Y yo me negué y le desafié, y don Enrico levantó el hacha y entonces de la nada apareció Firentés y le dio grandísimo golpe en el yelmo con la maza, y el yal cayó como una piedra sobre el campo de batalla. Y yo empecé a dar voces llamando a los nórdicos y diciéndoles que teníamos prisionero a su yal y que más les valía rendir las armas. Y aquellos con los que luchábamos nosotros se rindieron, mas los que estaban en liza con nuestra infantería no nos oían, ni había forma de llegar hasta ellos. Y mucho temí por la suerte de mis hombres, y di orden a los nuestros de avanzar para avisar a los nórdicos de que debían rendirse, mas el espacio del desfiladero era tan escaso que nos demoramos más de una hora hasta que todos hubieron depuesto las armas. Y en el interior del desfiladero no quedaba ya ninguno de nuestros hombres con vida, ni ballesteros ni infantes, y la pena que hube entonces no la conoce nadie, por ver muertos y destrozados a tantos y tan buenos hombres, que muchos de ellos me acompañaran desde el primer día de mis aventuras, y todo por el capricho de dos condes que en nada estimaban las vidas de la soldadesca. Y vi por los suelos, lleno de barro, sangre y polvo, y echado a perder mi cargamento de pescado en salazón, y dime cuenta de que no me quedaban ya sino cuarenta hombres, todos de caballería, y que todos los mercenarios a pie, en los que había gastado buenos dineros, estaban muertos. Y hube gran furia con don Erico, y a punto estuve de atravesarlo o de mandarlo desmembrar o ahorcar, mas sabía que como prisionero tendría más valor para Suadia. Y mandé que todos los nórdicos soltaran sus armas, y di orden a los míos de que tomaran cuanto gustaran, tanto de ellos como de nuestros camaradas muertos, y que al nórdico que tratara de resistirse lo ahorcaran de un árbol. Y esto último lo dije bien alto, y ninguno de ellos se atrevió a rechistar mientras lo despojaban. Y después desto, viendo que ya nada me retenía allí, y que más me valía partir cuanto antes para evitar nuevas emboscadas de los nórdicos, mi menguada tropa partió hacia Pravén, dejando en aquel desfiladero de triste recuerdo los cadáveres de medio centenar de hombres, y con don Erico maniatado y a lomos de un caballo bien sujeto al de Firentés. Y resolví no dejar que noble alguno volviera a utilizarnos, a mí y a mis hombres, como peones en sus intrigas, y que entregaría el mensaje al conde don Haringote y aceptaría el feudo que me darían como vasallo del rey Harlaús de Suadia, y que entonces tendrían gran respeto por mí y no osarían intentar de nuevo algo parecido. Y qué poco sabía yo de todo lo que estaba por llegar.