jueves, 18 de febrero de 2016

Las mocedades de don Guasca de Monò - 13ª parte

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Mas finalmente resolví partir hacia Pravén para recibir la prometida recompensa de don Haringote. Estaba dispuesto a ser vasallo de Suadia si con ello obtenía honor, fama y un feudo. Así, díjele a don Jaraldo que me disponía a partir. Y cuando todo estaba dispuesto y la tropa lista, el yal don Jaraldo me hizo llamar de nuevo y me entregó un mensaje para don Haringote. Don Jaraldo se despidió de mí con mucho afecto, y yo quedé muy contento por dar a conocer mi nombre en otros reinos y por el gentil trato dispensado por cuantos nobles conocía. Y así nos pusimos en camino, de regreso a Pravén. Y  cuando Sargoz desapareció en el horizonte, tuvimos que cruzar una garganta estrecha, con paredes de roca afilada que nos tapaba el sol. Y Desabio, que comandaba la retaguardia, espoleó su caballo y me dijo que detrás de nuestra hueste, en la boca del desfiladero, había un grupo de hombres armados que nos impedían la retirada. Y yo di orden de continuar, pues aquellos hombres, me dijo Desabio, iban a pie y no podían alcanzarnos. Mas cuando alcanzábamos la salida del desfiladero, apareció ante nosotros una nutrida tropa de hombres. Y pude ver por sus atuendos y porque no iban a caballo que era una hueste nórdica, y no supe adivinar quién podría ser, pues a nadie creía haber ofendido durante mi estancia en Sargoz. Y entonces tres hombres se adelantaron para parlamentar, y yo marché con Firentés, dando orden a Desabio de vigilar la retaguardia por si el segundo grupo de soldados atacaba. Y uno de aquellos tres hombres vestía ricamente y venía con un yelmo como con círculos protegiendo los ojos, y preguntó quién era el comandante de mi tropa. Y yo me adelanté y le dije que era don Guasca de Monò, y quise saber por qué impedían el paso de mi hueste. Y me contestó que él era el yal Erico, y que les dejaría pasar tan pronto como yo le entregara el mensaje que don Jaraldo me había dado a mí. Y yo me negué por mi honor a darle la misiva, mas el don Erico me explicó que el reino nórdico estaba en guerra con Suadia. Y yo le dije prontamente que era un hombre libre, que aún no era vasallo de reino alguno. Y me preguntaba yo cómo era posible que don Jaraldo me hubiese recibido de tan buen grado estando en guerra con Suadia y con el conde don Haringote. Mas el yal Erico me replicó que el yal Jaraldo era un traidor que había pactado con don Haringote y Suadia para prestarles apoyo y cobijo durante la guerra. Don Erico lo sabía pero no podía probarlo ante el rey nórdico, que llamábase Raguenar, y la carta que yo llevaba demostraría que don Jaraldo era un felón. Don Erico me exigió de nuevo que le entregara la misiva, pues su hueste era poderosa y yo me encontraba atrapado. Yo maldecía para mis adentros la mala hora en la que me metí en las intrigas políticas de don Haringote, que bien me había tentado con promesas de riqueza y propiedades, y en el miserable barrigudo don Jaraldo que no había tenido a bien advertirme del peligro que corría como mensajero de Suadia. Mas no podía dar muestras de debilidad ante mi hueste. Le dije al yal Erico que no era vasallo de Suadia, pero que entregaría la carta a don Haringote aunque tuviera que derrotarlo a él y a todos los yales del reino nórdico. Y don Erico no dijo una palabra más, se volvió de espaldas y regresó junto a su tropa. Y Firentés, mientras volvíamos con los nuestros, me preguntaba cómo pensaba romper el cerco en el que estábamos atrapados. Y yo no podía pensar por la furia que sentía. Me habían tomado por un necio, aquellos grandes señores me habían embaucado y ahora el cuello que peligraba era el mío y el de mis hombres. Y entendí entonces por qué don Haringote no había querido que don Artímeno se enterara de la misión que me había encomendado, pues el prudente caballero me habría dicho que Suadia era entrada en guerra con los nórdicos.

                Y vimos que los nórdicos avanzaban desde vanguardia y retaguardia, y que en pocos minutos estarían sobre nosotros. Y resolví cargar contra ellos desde un frente con la caballería para romper sus filas y escapar a un terreno más espacioso donde poder maniobrar. Y me puse el yelmo y embracé el escudo y desenvainé la espada, y a mi lado Firentés se mesaba las barbas y agarraba con fuerza la maza, y el buen Desabio daba grandes voces a los hombres para que se dispusieran en orden y que la caballería avanzara. Y los arqueros se situaron en dos filas de hombres que se daban la espalda, y los hombres de armas los protegían, y yo veía cómo la infantería temblaba y sudaba, por saber de la fama de los nórdicos como guerreros invencibles. Y vi necesario animar un tanto a la tropa, y alzando la voz les hablé de la gloria que nos esperaba si vencíamos a tan gran ejército, les dije que nuestras fuerzas eran numerosas y experimentadas, y que nuestra caballería causaría gran mortandad entre el enemigo. Y con esto, espoleé a Heno y salí al galope, confiando en que Firentés, Desabio y la caballería vinieran tras de mí. Y al llegarnos hasta los nórdicos vi las afiladas hachas que blandían, y el fiero aspecto que tenían por ir pesadamente protegidos, mas ya no había vuelta atrás, y eché la espada atrás para golpear al pasar, y solté un golpe que dio en el cuello de un soldado, y el impulso de mi caballo atropelló a tres más, y vi que la línea enemiga era delgada y que el yal Erico había mentido al decir que su hueste era mucho más poderosa que la nuestra. Y conseguí salir de las filas enemigas abriéndome paso, y vi que los míos también habían conseguido salir, y que sólo uno o dos jinetes habían caído. Y di orden de dar la vuelta y atacar la retaguardia enemiga, mientras nuestra infantería y ballestería avanzaban hacia ambos lados. Y ataqué fieramente a todos los nórdicos que trataron de enfrentarme, mas eran buenos guerreros y varias manos me agarraron y me tiraron de mi caballo, que se espantó y se alejó del combate. Y me puse en pie y continué peleando, y de pronto me encontré con el mesmo don Erico que se llegaba hasta mí con grandes voces y enarbolando una gran hacha de doble filo. Y con el escudo paré el golpe y le devolví otro con la espada, que el yal detuvo con el suyo. Y la furia de de don Erico me echó para atrás, y a punto estuvo de dejarme la cabeza en la empresa, y me defendía como podía. Y de pronto mis pies se trabaron con un cadáver caído y di de espaldas en el suelo, y don Erico me dijo que me rindiera o que me daría rápida muerte. Y yo me negué y le desafié, y don Enrico levantó el hacha y entonces de la nada apareció Firentés y le dio grandísimo golpe en el yelmo con la maza, y el yal cayó como una piedra sobre el campo de batalla. Y yo empecé a dar voces llamando a los nórdicos y diciéndoles que teníamos prisionero a su yal y que más les valía rendir las armas. Y aquellos con los que luchábamos nosotros se rindieron, mas los que estaban en liza con nuestra infantería no nos oían, ni había forma de llegar hasta ellos. Y mucho temí por la suerte de mis hombres, y di orden a los nuestros de avanzar para avisar a los nórdicos de que debían rendirse, mas el espacio del desfiladero era tan escaso que nos demoramos más de una hora hasta que todos hubieron depuesto las armas. Y en el interior del desfiladero no quedaba ya ninguno de nuestros hombres con vida, ni ballesteros ni infantes, y la pena que hube entonces no la conoce nadie, por ver muertos y destrozados a tantos y tan buenos hombres, que muchos de ellos me acompañaran desde el primer día de mis aventuras, y todo por el capricho de dos condes que en nada estimaban las vidas de la soldadesca. Y vi por los suelos, lleno de barro, sangre y polvo, y echado a perder mi cargamento de pescado en salazón, y dime cuenta de que no me quedaban ya sino cuarenta hombres, todos de caballería, y que todos los mercenarios a pie, en los que había gastado buenos dineros, estaban muertos. Y hube gran furia con don Erico, y a punto estuve de atravesarlo o de mandarlo desmembrar o ahorcar, mas sabía que como prisionero tendría más valor para Suadia. Y mandé que todos los nórdicos soltaran sus armas, y di orden a los míos de que tomaran cuanto gustaran, tanto de ellos como de nuestros camaradas muertos, y que al nórdico que tratara de resistirse lo ahorcaran de un árbol. Y esto último lo dije bien alto, y ninguno de ellos se atrevió a rechistar mientras lo despojaban. Y después desto, viendo que ya nada me retenía allí, y que más me valía partir cuanto antes para evitar nuevas emboscadas de los nórdicos, mi menguada tropa partió hacia Pravén, dejando en aquel desfiladero de triste recuerdo los cadáveres de medio centenar de hombres, y con don Erico maniatado y a lomos de un caballo bien sujeto al de Firentés. Y resolví no dejar que noble alguno volviera a utilizarnos, a mí y a mis hombres, como peones en sus intrigas, y que entregaría el mensaje al conde don Haringote y aceptaría el feudo que me darían como vasallo del rey Harlaús de Suadia, y que entonces tendrían gran respeto por mí y no osarían intentar de nuevo algo parecido. Y qué poco sabía yo de todo lo que estaba por llegar.