miércoles, 21 de mayo de 2014

Concierto de Guadalupe Plata – 17 mayo 2014

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Ya sabéis que me encanta Guadalupe Plata. Ya os expliqué que llegaron a mis oídos hace años gracias a Carne Cruda, y que después los retomé más en serio. Fui a verlos al PrimaveraSound, una actuación dolorosamente breve, y me compré el último disco, del cualhice una breve reseña.

Y de buenas a primeras, me entero de que vuelven a Oporto. Iban a dar un concierto en el Maus Hábitos a las once de la noche, por apenas 6 euros. Había que ir. Por fin, un concierto que prometía ser largo y satisfactorio. Dediqué los días siguientes a avisar a todos aquellos que sospechaba que pudieran tener interés en verlos, y el sábado 17 me puse mis mejores galas y me fui al Maus Hábitos, una especie de café/bar/centro cultural que disponía de una pequeña sala de conciertos. Entramos pronto para pillar un buen sitio y nos dispusimos a esperar. Estaba francamente nervioso y emocionado, porque esta vez iba a tener a los Plata a tres metros de mí, no en un escenario altísimo, detrás de una valla y de diez seguratas con cara de pocos amigos. El concierto empezó algo más tarde de lo planeado, lo suficiente para que todos estuviéramos reunidos y expectantes frente al escenario. Finalmente, luces rojas infernales en el escenario y aparecen Paco, Carlos y Pedro. Paco se coloca junto a su estrambótico contrabajo-barreño, Carlos se sienta a la batería y enarbola baquetas, maracas y una ristra de campanillas, y Pedro termina de afinar su guitarra.

A partir de ahí, magia absoluta. Un temazo detrás de otro, un ambiente hechizante, cabalístico, un montón de gente moviéndose al ritmo endiablado, acelerado y pantanoso de estos tres, que ejecutan todas las canciones sin un gesto hacia el público, sin una sonrisa. Qué diferentes son sobre el escenario, imperturbables, y fuera de él, simpáticos y hasta tímidos. Pedro nos regala uno tras otro los estupendos solos, con esa postura corporal retorcida, agachándose para acoplar la guitarra con el ampli.

Yo me lo pasé en grande, cantando y pegando botes y celebrando los temazos que llegaban sin parar. Es que estaban todos: I’d rather be a devil, Cementerio, Baby me vuelves loco, 500 mujeres y Jesús está llorando, del primer álbum, Serpiente Negra (con la que abrieron el concierto), Lorena, Estoy roto, Pollo podrío, Gatito, Veneno, El boogie de la muerte y Habichuelas del Oeste del segundo, y Rezando, Rata, Oh my Bey, Demasiado, Esclavo, El blues es mi amigo y Milana del tercero. Es decir, prácticamente todo su repertorio (aunque eché de menos algunas como Como una serpiente o la instrumental Satánica), enlazado cada tema con el siguiente, un viaje frenético y sucio. Genial. Genial, genial, genial. ¡Y me pillé una camiseta!

Como en este caso no tengo fotos ni vídeos del concierto, os dejo otros materiales: dos versiones  (una de ellas, de Atahualpa Yupanqui) que han sacado como celebración del final de su tour de presentación del tercer álbum, y el álbum de 2011 al completo (descarga gratuita en bandcamp).


lunes, 19 de mayo de 2014

Taller de cota de malla 10 de mayo 2014 - Na oficina do malheiro

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Una semana después de nuestra magnífica experiencia en Santar, tuvimos un evento ligeramente diferente. En este caso, se organizaba un taller teórico y práctico sobre la cota de malla, y varios de nosotros fuimos a apoyar a nuestro profe. Era una buena oportunidad para dar a conocer a nuestro grupo, así que nos lo llevamos TODO. El taller tuvo lugar en la Escuela Profesional de Arqueología, relativamente cerca de Oporto, en el Marco de Canaveses. Un día antes fueron unos cuantos para montar las tiendas medievales, y el sábado 10, bien temprano, cogimos los bártulos (ropa, armas, armaduras, escudos…) y nos fuimos para allá. 

Teníamos allí al menos 5 o 6 tiendas instaladas en una gran explanada con hierba, de modo que repartimos el equipo: dos tiendas para guardar las mochilas y otros anacronismos, una tienda grande para el taller de cota de malla, varios expositores de armas, una con utensilios civiles, ropa, alimentos, etc., y una para costura. El aspecto era imponente. Cuando llegaron los participantes, unas 10-15 personas, empezamos con una pequeña visita a los restos de Tongóbriga, la ciudad romana junto a la cual se edificó la Escuela Profesional de Arqueología. Restos de casas familiares, termas, un foro… Muy bonito y bien conservado. El taller en sí comenzó con una breve presentación teórica sobre la cota de malla, sus usos a lo largo de la historia y unas sencillas nociones sobre su fabricación. 

Después de comer (benditos espaguetis que me había hecho la noche anterior) nos preparamos para la parte práctica. Caía un sol de justicia, de modo que acomodamos las mesas de los participantes bajo un oportuno toldo de ramas y hojas de parra. Nosotros nos quedamos expuestos y, cómo no, volví a quemarme la cara y los antebrazos salvajemente. Mientras mis compañeros se dedicaban a otras tareas, como las explicaciones y demostraciones de armas al público que se acercaba a curiosear, el bordado o la fabricación de cota de malla, el profesor y yo (el mallero feliz) fuimos dando instrucciones y resolviendo dudas. Los participantes aprendieron todos los pasos necesarios, desde la fabricación de las espirales con una máquina rudimentaria, hasta el método más rápido de unir los anillos, pasando por el corte de los mismos y su división en abiertos y cerrados.

Fue extremadamente agradable explicar cómo se fabrica la malla a personas realmente interesadas en aprender. Niños, jóvenes y adultos, hombres y mujeres. Muy gratificante. Después, para cerrar el taller, hicimos una demostración de esgrima medieval, haciendo hincapié en que nuestros combates nunca están coreografiados y en la regularidad de los entrenamientos. La demostración consistió en un muestrario de todo lo que hacemos: movimientos de calentamiento, moulinet, secuencia en forma de reloj con y sin defensas y esquivas, con y sin contraataque, diferentes secuencias de ataques, Farfalle di Ferro, técnicas con cuchillo y de combate con armas largas, y finalmente una serie de duelos con shinai, gambesón y máscaras de esgrima. Saludo al público y chao. Fue todo como la seda, a la gente le encantó y tuvimos fotos y publicidad para aburrir.

Pero cuidado, que el siguiente fin de semana tuvimos otra actividad (y un concierto de Guadalupe Plata en Oporto), pero de eso ya hablaremos en otra ocasión. Saludos.

jueves, 15 de mayo de 2014

Recreación medieval "Santar 1110" - mayo 2014

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El pasado día 2 de mayo me dirigí, junto a mi grupo de esgrima y recreación, a Santar, una pedanía del municipio de Nelas, donde se iba a celebrar el evento “Santar 1110”, un evento de recreación estricto. Nada de ferias, nada de puestos de “bocatas medievales”, saltimbanquis y ropa anacrónica. Sólo cinco grupos pequeños de recreadores, representando un episodio histórico y una pequeña muestra de entrenamiento y combate. Tuve la oportunidad de conocer a varios grupos de recreación españoles, como los Caballeros de Ulver y los Caballeros del Duero, todos gente muy simpática, recreadores con todas las letras y muchos medios: armas, cotas de malla, yelmos, escudos, ropa, artículos civiles…

Pasamos la noche del viernes bebiendo y comiendo (carne asada) por cuenta de la casa y haciendo el tonto por allí, y nos fuimos a dormir todos a una sala que nos habían habilitado. Nota para el futuro: comprar un saco de dormir o una colchoneta, porque dormir sobre el gambesón no es la opción ideal. A la mañana siguiente, madrugamos para desayunar en un café cercano, y trajimos los trastos (las tralhas, como dicen en portugués) a la plaza donde íbamos a instalar nuestro campamento. Éramos siete, y en seguida, ya vestidos de época, nos organizamos para clavar las piquetas de la amplia tienda de campaña medieval, montar las mesas y sillas, colocar las armas, vajilla, ropa… Junto a nosotros, los compañeros de Ulver hacían otro tanto, haciendo gala de su poder militar con un enorme expositor de armas erizado de lanzas y espadas, alternadas estas armas con yelmos y cotas de malla. Pasamos la mañana por allí, haciendo pequeñas exhibiciones de esgrima para entretenernos, trabajando con la cota de malla y preparando el evento que tendría lugar después de comer. La comida consistió en un delicioso guiso de arroz, judías, verdura y carne. Más tarde, comenzó el evento. 

Recreábamos la recepción, por parte de la reina doña Teresa y su marido el conde Enrique de Borgoña, de unas delegaciones de Galicia, León y Castilla, para pedirle diversos favores políticos. Un servidor Loscercarlos tenía un papel menor y mudo: Mendo Pais, escolta (y pariente, deduzco) de Nuno Pais, alférez mayor del conde don Enrique. Bien pertrechado con el gambesón, la cofia gambesonada y el almófar, y con espada y daga de rondel al cinto, acompañado por mi compañero Jorge, que iba ataviado de manera semejante, pero con yelmo y un hacha, nos colocamos a ambos lados del caballo del alférez y lo escoltamos en su entrada a la plaza y durante su saludo al conde y a doña Teresa. 

El mayordomo del conde dio pasó a los emisarios, y tuvo lugar una serie de discusiones y debates bastante acalorados. Más tarde, el conde aceptó el juramento de vasallaje de tres caballeros villanos a los que concedió unas tierras. El evento terminó felizmente, y todos los grupos participantes saludaron al público, que estaba francamente entusiasmado por la seriedad y el rigor que había visto. Después, desfilamos hasta otra plaza y, ya más tranquilos, nos pusimos a hacer el tonto como sólo nosotros sabemos.

Pasamos el resto de la tarde por Santar, viendo el atardecer desde unos magníficos jardines, hablando de lo bien que había salido todo. Yo, personalmente, estaba completamente tostado por culpa del sol, pero eso no era ninguna novedad. Cuando oscureció, nos dieron de comer unos rojões (dados de carne cocida) algo grasientos, pero no por ello menos ricos. Después, tuvo lugar una procesión hasta la iglesia cercana, que los grupos de recreadores dirigimos, de nuevo bien vestidos y equipados. Aprovechamos para hacer el payaso y asustar (un poquito) a los niños con nuestras poderosas barbas, antorchas y capuchas. Más tarde tuvo lugar una actuación musical (una niña que cantaba fados) que, cómo no, amenizamos con un pequeño baile improvisado. Acabada la jarana, nos acercamos al campamento de los vikingos, que nos dieron de beber y comer copiosamente. Dormimos en la tienda de campaña, de nuevo sin más colchón que el gambesón. Pero dormí como un queso.

El domingo era el día final. Después de desayunar y estirar los músculos doloridos, se me presentó un dilema. El entrenamiento militar se celebraba antes de comer, y el combate, algo después. Ambas cosas, bajo un sol de justicia, tendría que hacerlas cargado con varios kilos de equipo. De modo que decliné la oferta y cedí mi lugar a un compañero, que se llevó el gambesón y el almófar. Yo presencié el entrenamiento desde la seguridad y la sombra de un muro. Precisamente un muro, pero en este caso de escudos, fue lo que hicieron los recreadores. Practicaron técnicas para superponer unos escudos sobre otros, cómo reaccionar al ser flanqueados, cómo avanzar y cómo cargar.

 Después de comer (carne, creo, con buenos panecillos portugueses de esos tan deliciosos, y algo de broa), se llevó a cabo el combate, concebido como un enfrentamiento entre uno de los emisarios del día anterior y un grupo de soldados. Se intercambiaron flechas, se formaron muros de escudos y hubo abundantes duelos. Al público le gustó mucho. Intervinieron el conde y su mayordomo; el primero exigió paz dentro de sus tierras y terminó con las hostilidades. Así acabó Santar 1110: entre risas, abrazos y nuevas amistades entre gente unida por su amor por la historia y el pasado. 

Ya atardecía, de modo que recogimos los bártulos. Nos embargaba la pena al desmontar la tienda, guardar las armas y colocarlo todo en los coches; ver desaparecer lo que había sido nuestro hogar durante dos días, que la plaza se quedara vacía de espadas y escudos, cambiar las túnicas por las camisetas de manga corta, las comodísimas calzas por unos vaqueros apretados. Nos despedimos de Santar, y también unos de otros, y volvimos a Oporto. Pero el fin de semana siguiente hubo más. Ya os lo contaré. Saludos.

Parte de las fotografías son de Nuno Costa

martes, 13 de mayo de 2014

Lamento

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A menudo siento que mi infancia fue de lo más afortunada. Cuando veo que los blogs desaparecen y triunfan los tweets, que se busca la rapidez y la inmediatez en todo, que los libros decaen y los teléfonos móviles con conexión a Internet suben como la espuma, que si no estás conectado a la red las 24 horas del día no sabes lo que te pierdes… A mí me produce un estrés insoportable tener Internet en el móvil, que cualquiera pueda hablar contigo, tener que estar mirando cada diez segundos la nueva mención que te han hecho o el vídeo estúpido que te han mandado… Doy gracias por tantas tardes leyendo de niño, cultivando la paciencia, saboreando la espera, disfrutando finalmente de una recompensa que sabe mil veces mejor. Bajar al parque después de comer y dejar que pasen las horas jugando con los amigos, que te trajeran la merienda y ni sabías qué hora es, que oscureciera y tu madre te bajara una sudadera porque empezaba a hacer frío, tener que irte a casa porque había que cenar y sentir que sólo habían pasado diez minutos desde que bajaste. Agotado y feliz. Hoy en día todo es una locura, es una amalgama caótica de enlaces de Internet, memes, chats instantáneos, gente que no tiene ningún interés en lo que le digas, que no te presta más que diez segundos de su tiempo antes de volver a hundir la cabeza en donde sea que la tuvieran metida. Cualquier cuestión que proporcionaría horas y horas de búsqueda y pensamiento se resuelve tecleando en Google o buscando en Yahoo Questions. Si algo siempre ha sido para ti un misterio maravilloso, busca un tutorial de YouTube y aprenderás a hacerlo en 10 minutos. Pero lo que pasará es que te aburrirás a los 20 minutos y pasarás a otra cosa. Con las personas pasa igual. El que no tiene 500 amigos en Facebook, es porque no quiere. Con cada uno habrás hablado tres veces como máximo, pero da igual. Los niños nacen con una tablet bajo el brazo, y no han conocido un mundo sin Internet, ni siquiera el exasperante ruidito del módem que tardaba tanto en conectarse. Me dan auténtica lástima todas esas personas que siempre han vivido con semejante epilepsia y frenetismo tecnológico, viéndose obligados por su entorno de amigos a ver el último vídeo de Thous y a hacer el bizarro por ahí. Es un auténtico milagro que los niños aprendan algo, si es que aprenden algo, en el colegio, con semejante bombardeo del mismo mensaje: “si no lo puedes obtener YA, pasa a lo siguiente”. De verdad que me da auténtica lástima, y entiendo esa reacción rebelde, que empieza ya a ser moda, de vestirse como un señor de los años 40, con chaleco y sombrero.


Y es que la vida es espera. Siempre lo ha sido, y el ser humano siempre ha sabido aprovechar esa espera para pensar y para producir hermosas obras de arte. Pero hoy lo intentamos olvidar, tratamos de ocultarlo debajo de una montaña de efímeros granos de arena, de un montón de nada. Y eso nos impide producir o hacer nada valioso. Escribir un texto para un trabajo académico que te lleve más de diez minutos, que te exija consultar fuentes documentales. Escuchar a un grupo de música que no pongan todos los días en la radio y en las discotecas. Hablar largo y tendido con una persona para descubrir afinidades que ni siquiera sospechabas. Todo el mundo está ocupado, todo el mundo va de un lado para otro sin parar, y todo el mundo es feliz, si hacemos caso a sus fotos, sus estados de Facebook e incluso sus palabras y sonrisas forzadas en una mueca horrenda, o poniendo morritos; verdaderos autómatas a los que se les escurre la vida entre las manos. Viejos que se comportan a los 60 como se comportaban a los 16, que no han aprendido absolutamente nada. La sociedad no admite a nadie que no sea joven, activo, dinámico y feliz, de modo que los viejos gritan “la juventud es un estado mental” mientras se recolocan la dentadura –dijo el poeta. Disimula, disimula mientras te flaquean las rodillas y se te cae el pelo, no se te ocurra dar el salto al otro bando, el de los inútiles para la sociedad; sólo entraré allí cuando se me pegue la piel a los huesos.

Os dejo este vídeo que subí a Youtube. Como veréis, tiene casi 50 minutos, de modo que es una buena moraleja. A ver si tenéis lo que hace falta.


viernes, 9 de mayo de 2014

Coursera - The New Nordic Diet: from Gastronomy to Health

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Después de terminar el curso de Think Again, y para hacer tiempo en Semana Santa hasta que empezase el esperado curso de Corrección y Estilo, estuve rastreando la página de Coursera, en busca de un curso interesante de unas tres o cuatro semanas. Y di con este “The New Nordic Diet - from Gastronomy to Health, un curso de cuatro semanas que prometía presentar y explicar un nuevo concepto culinario. Ya que yo últimamente le presto más atención a lo que como, intentando equilibrar, reducir las galletillas y meter mucha fruta, verdura y tal, como complemento a lo que hago en el gimnasio, me pareció que podía ser interesante, al menos para coger ideas nuevas.

Resultó ser un poco diferente de lo que esperaba: el curso nos describe el proceso seguido por el centro OPUS de la Universidad de Copenhague y el restaurante Norma. Cada vídeo o ponencia era impartida por un profesor distinto: profesores, investigadores, cocineros… Semanalmente, un breve cuestionario de preguntas de respuesta múltiple, y de tres intentos, ponía a prueba lo que habías aprendido.

La primera semana consistió en una presentación del concepto de la Nueva Dieta Nórdica, el proyecto, sus bases… Principalmente, consiste en utilizar ingredientes y alimentos autóctonos (minimizar las importaciones) y de temporada (utilizar frutas y verduras de temporada), y tener siempre en cuenta la sostenibilidad medioambiental, además de la salud del individuo. Se hace cierto hincapié también en el desafío de introducir alimentos nuevos en la dieta de las personas, y como potenciar su “aceptación”. También es interesante la idea de que el concepto de la Dieta Nórdica se puede exportar a otras zonas y países (suponiendo, claro, que esos lugares tengan suficiente variedad de alimentos autóctonos).

La segunda semana se centró concretamente en la OPUS School y el estudio que llevó a cabo en niños para analizar los efectos de la Nueva Dieta Nórdica, poniéndola en práctica en escuelas de primaria, estudiando resultados en el bienestar, rendimiento académico, propensión a enfermedades cardiovasculares… En esta semana, lo que se aprende es el método de implementación de ese estudio, sin hacer apenas hincapié en la propia dieta. Se llama a engaño quien piense que este curso es sobre la dieta nórdica; tiene mucho más que ver con la OPUS School y su metodología de aplicación práctica de una dieta.

La tercera semana volvió a tratar sobre los resultados de la Nueva Dieta Nórdica, esta vez en adultos. Esta vez, el estudio se implementó en forma de tienda de alimentación, completamente gratuita para los sujetos voluntarios. Todos compraban allí toda la comida de la semana, que era cuidadosamente apuntada. Los resultados se comparaban con un segundo grupo que consumía la Dieta Danesa Media, en cuanto a peso corporal, porcentaje de grasa, riesgos cardiovasculares… Una última ponencia hace referencia a la aceptación de los participantes a tomar parte en el experimento, cómo integrar la dieta en el día a día, etc. Un análisis pormenorizado de los voluntarios, y quiénes están más dispuestos a modificar su dieta y a aprender.

La cuarta y última semana reúne, resume y consolida todo lo visto sobre los efectos de la Nueva Dieta Nórdica y los factores que provocan esos resultados. Por último, una división de los efectos potenciales de diferentes grupos alimenticios de la dieta, como son los cereales integrales, los frutos del bosque…


En resumen: en este caso, el curso no fue lo que esperaba. Pese a que la primera semana fue muy interesante y aprendí mucho sobre el concepto de la Nueva Dieta Nórdica y cómo aplicarla, las otras tres semanas fueron francamente aburridas, orientadas hacia algo demasiado concreto y que no me interesaba especialmente (cómo realizar un estudio nutricional en niños y en adultos, y cómo analizar los resultados). Una lástima, pero al menos no fue una pérdida de tiempo total. Dentro de nada empezamos el curso de Corrección, ¡impaciente me hallo!


Saludos.

miércoles, 7 de mayo de 2014

Viking: Battle for Asgard

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¿Qué se puede esperar de un juego de un vikingo sin barba?

Después de la agradable experiencia de jugar una aventura gráfica tan bonita como Nostradamus, era el momento de someterme a mí mismo a una buena dosis de tortura. Y qué mejor forma de hacerlo que jugar a un juego como Viking: Battle for Asgard. Escribo la crítica mientras escucho el disco Twilight of the Thunder God, y me temo que esta crítica va a ser muy desordenada, un conjunto de ideas furiosas. Pero creo que el juego se presta a ello.

Lo cierto es que mi historia con este juego arranca hace ya bastantes años, cuando un amigo se trajo al pueblo la versión de Xbox 360. Mi memoria recordaba un juego difícil de dominar, con un sistema de combate exigente, y un vikingo tratando de infiltrarse en una fortaleza llena hasta los topes de fornidos soldados sobrenaturales de piel de un azul pálido y armaduras oscuras. Cuando por fin me compré la PS3, quise jugarlo, pero nunca lo encontré por un precio razonable. Incluso aquí en Portugal, cuando fui a buscarlo a la FNAC, tenía el incomprensible precio de 59,99 (un juego de 2008, con más de seis años a sus espaldas, y que no es un “título estrella” no puede costar casi lo mismo que un juego recién salido del horno). Pero por fin, como si los dioses nórdicos lo hubieran querido, el día antes de volver a casa por Semana Santa lo vi en el GAME, por 9 asquerosos euros (para tratarse de un juego de PS3, que rara vez cuesta menos de 14, a menos que sea un juego de fútbol, que tienen una fecha de caducidad fugaz) y me lo llevé sin pensarlo un instante.


Ya en casa, no tardé mucho en instalarlo y bajarme las actualizaciones de rigor. El juego prometía ponernos en la piel de Skarin, un vikingo elegido por la diosa Freya para ser su campeón en la batalla contra la diosa Hel y su ejército de muertos vivientes, la Legión, que ha invadido el reino de los hombres, Midgard. Le di a “Nueva partida”… y ahí empezó la pesadilla.

Para empezar, es todo mentira. Todo. La historia que te cuentan no la ves por ningún lado. Se han currado unas escenas narrativas estilo cómic, que nos hablan de Loki, de Odín, de Hel y de Fenrir, y de cómo Skarin fue elegido (tras haber muerto en batalla) y revivido por Freya, que le entregó el Brisingamen (su torque, que aquí aparece como un colgante) para guiarle en su lucha que bla bla bla. Acabada la cinemática, nos plantan en medio del mapa. Somos Skarin, un vikingo de proporciones imposibles (las extremidades gruesas como troncos de árboles, la caja torácica inmensa) que carece de cualquier tipo de vello facial. A la espalda lleva un hacha y una espada, que siempre blandirá juntas, y que serán nuestras únicas armas durante todo el juego. El Brisingamen cuelga de nuestro cuello, y es la excusa del juego para ponernos un minimapa con radar, bastante escaso e impreciso. Skarin no pronunciará una sola palabra durante el juego, y no es más que un peón en manos de Freya, cumpliendo tarea tras tarea, matando enemigo tras enemigo, liberando vikingo tras vikingo. Pero no adelantemos acontecimientos, sigamos con la historia. No es un juego de vikingos, es un juego de fantasía corriente y moliente, al que le han añadido unas cuantas referencias al hidromiel y nombres mitológicos. No hunde sus raíces en absoluto en la cultura ni en la mitología vikinga, cambia los nombres a placer. Las tres gemas que debemos encontrar se llaman Hugin, Mugin (los dos cuervos de Odín, el segundo con el nombre mal escrito) y Mjölnir (el martillo de Thor). Todos los personajes son planos: los secundarios son directamente extras que están ahí para decir su frase, darte su objeto y desfilar por el campamento. La historia es completamente testimonial y absurda, y el final es tan abrupto que da la sensación de que este juego iba a ser mucho más, pero se les quedó en nada. En las escenas narrativas se deja ver algo más de mimo y profundidad, que queda completamente desdibujada cuando nos devuelven al escenario. La historia es un chiste, una excusa para ponernos a descuartizar gente.

Skarin se relaciona con otros seres vivos de dos formas: si tienen la piel azul y gruñen, los mata; si visten de rojo y tienen un pequeño bocadillo sobre sus cabezas, se para frente a ellos hasta que le dicen algo, pero él jamás responde. Empecemos con esto último: el sistema de compraventa de objetos y runas es muy limitado, apesta a desgana y aburrimiento: podemos comprar pociones de salud, hachas arrojadizas y una especie de granadas incendiarias; también podemos comprar runas para mejorar nuestra “magia” de fuego, hielo o rayo; en cuestión de minutos habremos visto todo lo que nos ofrece el juego en ese sentido. Comprar cosas es tan innecesario que no nos motiva en absoluto a la hora de buscar los tesoros ocultos por el mundo (los vikingos pierden por todas partes bolsas y tinajas llenas de monedas, por lo visto). Lo único que vale la pena comprar son nuevos movimientos de ataque, que por otro lado son muy predecibles y simples de ejecutar. La variedad de actividades es nula; las misiones consisten en ir a un sitio, descuartizar a todo lo que se mueva, liberar a los vikingos allí encerrados para que nos ayuden, volver e informar de ello para recibir una palmadita en la cabeza y que nos manden al siguiente sitio. El mapa está lleno de lugares por explorar, pero muchas veces tendremos que seguir un orden determinado, ya que el juego nos coloca adrede puertas cerradas cuya llave pertenece al líder enemigo que está en ooootro campamento. Por lo tanto, la jugabilidad está muy encorsetada (y con nula variedad) para tratarse de un “mundo abierto”. El mundo de Midgard está muy vacío: enormes praderas vacías, con campamentos vikingos o de la legión. No hay un animal, ni un civil, nada. Muchos de los lugares (fortificaciones, canteras, destilerías…) son impresionantes, no se puede negar, pero carecen de vida. Cuesta horrores llegar de un lado a otro, a pesar del sistema de piedras mágicas que nos teletransportan entre dos lugares importantes. Muy a menudo, casi siempre, después de un viaje larguísimo hasta algún rincón perdido, me tocaba volver a pie. ¿Solución? Lanzarme sin dudarlo por el primer acantilado que encontrase, para reaparecer en el campamento vikingo, con la vida repleta, sin haber perdido ni dinero ni experiencia, y la misión cumplida. Que la forma más rápida de moverse en el juego se base en el suicidio no dice mucho en su favor.

Otro problema, más anecdótico pero no menos irritante, es el botón de salto: Skarin se encarama automáticamente a los obstáculos más bajos, pero para los más altos tendremos que pulsar el botón de salto. El problema es que nunca sabes si los programadores han decidido que un cierto obstáculo sea “escalable”. Skarin es incapaz de subirse a una caja que le llega por los hombros, y sin embargo da un salto prodigioso y se aferra con las puntas de los dedos a un acantilado. Muy exasperante a veces.

El sistema de combate tiene un cierto interés, porque Skarin no es invencible: cinco o seis enemigos pueden darte una paliza en un momento si no estás a lo que estás. Pero una vez dominas el movimiento de esquiva y contraataque, es pan comido eliminar incluso a los enemigos más duros y los jefes finales. Lejos quedan los tiempos del Blade: Edge of Darkness, en los que un combate contra un minotauro o un caballero del caos con arma envenenada te podía durar quince minutos de esquivas, adrenalina, ataques desesperados y estrategias, pociones soltadas a medio beber porque no te da tiempo, porque el bicho ya carga contra ti con todo lo que tiene, objetos arrojados improvisadamente porque no te quedan ya armas, la barra de resistencia en las últimas y tú apurando porque sabes que te quedan dos telediarios si no lo matas ya mismo. Aquí todo se basa en X, X, X, X, R1, X, X, X, X. Ni siquiera experimentan con otras combinaciones de armas, como una espada o hacha a dos manos, un martillo, una lanza… te quedarás para siempre con tu espada y tu hacha (en dos ocasiones, te obligan a ir a un altar para “mejorar” la espada, sin ningún cambio ni visual ni funcional). Hasta el uso de la magia es simple: con dos botones, activamos el hechizo deseado (fuego, rayo, hielo), y nuestra arma se carga con ese poder, de modo que mientras dure nuestra barra de energía, los ataques quemarán, electrocutarán o congelarán al enemigo. El hechizo no se puede interrumpir, durará lo que dure nuestra barra. El hechizo de hielo es especialmente útil, ya que detendrá a cualquier enemigo y lo dejará vulnerable a un segundo golpe, que lo mata automáticamente. Es casi demasiado fácil. Al principio llama la atención, y te esfuerzas por aprender el sistema y dominarlo. Pero cuando te das cuenta de lo fácil que es pillarle el truco, te aburres, pierdes interés y empiezas a acelerar, a no disfrutar, a intentar terminar el combate cuanto antes, para pasar a la siguiente misión, para pasar a la siguiente isla, para acabar el juego de una puta vez, porque no innova nada, en la primera isla ya ves todo lo que el juego te ofrece, no esperes ninguna sorpresa en las dos islas restantes.

Tenemos diferentes clases de enemigos, aunque de cada clase hay un único modelo. Tenemos soldados ligeros, arqueros, soldados con escudo (de madera, metal o piedra), asesinos, cazadores con hachas, chamanes, comandantes, gigantes… La Legión (que nos vendían como “muertos vivientes”, pero que están claramente vivos, una especie de gigantes de Jotunheim que han encogido en la lavadora) tiene un gran parecido con el ejército Ogro de Warhammer, inspirado a su vez en los hunos y los mongoles. También aparecen tres dragones, completamente olvidables y anodinos: vuelan, escupen fuego y te sirven en la batalla para poder freír con precisión a un chamán que se te resiste.

Las misiones de infiltración son una de las cosas más destacables del juego. Como he dicho antes, Skarin tiene problemas para derrotar a grupos grandes de enemigos (como es normal); cuando veamos pasar a una de esas patrullas de cuarenta o cincuenta enemigos, no habrá más narices que huir como unos cobardes. Pero hay ciertas misiones en las que tendremos que infiltrarnos en una fortaleza (que más tarde asediaremos). Skarin está solo en estas misiones, él solo intentando entrar en un auténtico hervidero de enemigos, decenas y decenas de ellos, de todos los tipos habidos y por haber. Es cierto que siempre hay un camino despejado de enemigos, y la gracia está en encontrarlo, pero estas misiones me parecieron muy originales, la sensación de peligro era muy auténtica: si te pillaban, vendrían todos a por ti.

El plato fuerte del juego, con lo que intentaron venderlo bien, son las batallas multitudinarias. Una vez hayamos completado una serie de requisitos (liberar campamentos, básicamente, y alguna tontería adicional) podremos activar una de las batallas gordas. El ejército vikingo llama a las puertas de una de las fortalezas de la Legión, y nosotros estamos en medio. Docenas de enemigos y aliados se baten junto a nosotros. En medio de esa marabunta, tendremos que buscar a los comandantes y a los chamanes para desmoralizar al enemigo y hacerlo retroceder. Las batallas están bien, son muy épicas y gráficamente impresionan, pero el juego se ralentiza terriblemente durante ellas. Un punto a su favor son las animaciones de los enemigos y aliados: dentro de los campamentos, los vikingos patrullan, otean el horizonte, se sientan a beber en la taberna, animan a los contendientes de una pelea a puñetazos; los enemigos también patrullan, devoran cadáveres, pelean entre sí… Si combaten un vikingo y un legionario, los veremos hacer más que intercambiar golpes: se empujan, se tiran al suelo, ruedan para esquivar un golpe… muy logrado, la verdad. Es en estos detalles donde me da la impresión de que este juego estaba destinado a ser mucho más de lo que ha sido: se ha quedado en algo pobre y mediocre.

Una vez terminamos la última batalla campal de una de las tres islas del juego, somos transportados automáticamente y sin previo aviso a la siguiente isla. Jamás podremos regresar. No importa que nos hayamos dejado misiones sin hacer, tesoros sin encontrar. Te jodes. Niflberg, Galcliff y Isaholm son las tres islas: las dos primeras son verdes y boscosas, y la tercera es un páramo helado con la volcánica fortaleza de Hel en el centro. Gráficamente son muy vistosas, no se puede discutir el atractivo visual del juego, tanto en los mapas como en el diseño de los enemigos (el campeón de la Legión, Drakan, es impresionante) y el aspecto de las batallas. También me gusta el detalle de hacer que el amuleto Brisingamen brille en la oscuridad de las cuevas que Skarin tiene que atravesar en ocasiones, iluminando así su camino.

Con lo que sí me voy a meter es con el hecho de que ningún personaje mueva la boca al hablar, ni siquiera en los primeros planos de las cinemáticas. Ni Freya, ni Hel… ni por supuesto Skarin, que no habla jamás.

Y tengo mis reparos también respecto de un par de puntos del diseño. Primer punto: el diseño de Skarin incluye una ristra de cuchillos en el cinto, que no se pueden usar, están solo para hacer bonito. Segundo punto: el diseño de las espadas incluye sangre por defecto, de manera que en el campamento vikingo puedes ver a treinta o cuarenta vikingos paseando o tomándose una cerveza, con la espada en el cinto manchada de sangre. Agsurdo, con g.

Un efecto muy interesante, que ya he visto en otros juegos como The Saboteur, es el cambio en el entorno cuando liberamos una zona. Al entrar en un campamento de la Legión, llueve y el cielo está oscurecido por nubes negras. Una vez eliminemos al último enemigo, saldrá el sol y se escuchará el trino de los pájaros: un cambio algo brusco, pero que no deja de ser simpático.

La traducción del juego tiene bastantes fallos, algunos de ellos muy gordos. Un juego con erratas desmerece mucho, da una impresión malísima. El audio es un caos: pese a que la banda sonora tiene una calidad más que buena, falta sonido en el mundo de Midgard: los vikingos celebran silenciosamente su victoria, elevando las espadas al cielo y gritando sin voz; no hay ruido de árboles ni de viento; el sonido de los pasos sobre la hierba, las tablas o el agua se repite continuamente en patrones de tres sonidos… Una falta de interés… un “pos así ya vale”…


Para terminar, diré que Viking: Battle for Asgard, es un mata-mata sin pretensiones, que te permitirá pasar unas horas desmembrando enemigos con armas blancas, ver unos escenarios muy bonitos y meterte en medio de batallas multitudinarias. Nada más. No es un juego de vikingos, no es un RPG, no es un sandbox. Es un juego que, creo, quería ser todo eso y más, pero algo ocurrió que hizo que se quedara por el camino. Tuve un momento muy bonito mientras mataba a estos monstruos de piel azul con una canción de Moby de fondo, que decía con voz lastimera "Don't hurt me this way, don't hurt me again". Eso mientras Skarin seccionaba uno a uno los miembros de un pobre enemigo. No podía parar de reír.


Saludos.


viernes, 2 de mayo de 2014

Coursera - Think Again: How to Reason and Argue

2 comentarios
Definitivamente, tal y como vaticiné, puedo afirmar que me he enganchado a Coursera. No sólo vengo a hablaros del curso Think Again: How to Reason and Argue; también os vengo a decir que acabo de terminar un curso sobre la nueva dieta nórdica, y que el curso de Corrección y Estilo está al caer. En este último caso, y ya que la universidad que impartía el curso era la UAB, la misma universidad donde estudio el máster, he decidido pagar por el curso. Ya os contaré mis impresiones sobre ese sistema que tantas dudas suscita.


Think Again es un curso de la universidad de Duke (Carolina del Norte), impartido por dos profesores: Walter Sinnott-Armstrong y Ram Neta. El primero era una especie de profesor hippie con aspecto de científico loco, un tipo superdivertido y que al mismo tiempo sabe transmitir muy bien los conocimientos del curso. Ram Neta era más serio, jamás esbozaba siquiera una sonrisa. Se alternaron las cuatro partes del curso: empezó Walter y terminó Ram. El curso sigue, casi capítulo por capítulo, pero de una forma infinitamente más amena y didáctica, el libro Understanding Arguments (un tochazo imposible de abordar, y que conste que traté de vadear sus pantanosas aguas durante bastante tiempo).

La primera parte, las tres primeras semanas del curso, las dedicamos a “How to analyze arguments”. Con Walter hablamos de forma distendida sobre las intenciones de los argumentos (persuadir, justificar y explicar), el tipo de palabras que suelen aparecer en un argumento, los términos de “assuring”, “guarding”, “discounting” y “evaluating” (algo extremadamente útil para detectar los puntos flacos del argumento) y cómo se estructuran las premisas y las conclusiones.

La segunda parte, a cargo de Ram, estaba dedicada a los argumentos deductivos, y consistió, básicamente, en lógica formal, tablas de verdad, lógica categórica y silogismos. Algo mucho más técnico, matemático, y menos visual. Aprendí bastante, en especial sobre silogismos categóricos y cómo representarlos. Muy interesante y útil (si bien es menos atractivo a primera vista).

La tercera parte (el regreso de Walter) se dedicó por entero a los argumentos inductivos: tipos de argumentos inductivos (generalizaciones, inferencias, analogías…) y sus fallos más comunes, razonamiento causal, causatividad y correlación (y la diferencia entre ambas) y normas de probabilidad (esta última parte, un poco coñazo).

La cuarta parte, sin duda la mejor (bravo, Ram), ya en las últimas tres semanas del curso, se titulaba “How to mess up arguments”, y consistía en un completo catálogo de falacias (de ambigüedad, argumentos ad hominem y de autoridad, argumentos circulares, petición de principio, post hoc ergo propter hoc (suponer que si dos cosas ocurren seguidas, una es causa de la otra) y los tipos de refutación de un argumento (mostrando que las premisas son falsas y/o que no demuestran la conclusión.

En favor de este curso, diré que es el primero en el que tomo notas escritas (y en el que participo regularmente en el foro de debate), porque muchas de las cosas que he aprendido aquí son terriblemente útiles para el día a día. Uno no se da cuenta, pero se pasa el día argumentando, y conviene conocer de forma explícita las reglas del juego. Un curso genial, lo recomiendo 100%.
Saludos.