lunes, 29 de marzo de 2010

Segundo concierto de Epica

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Incluso mejor que el anterior. Aunque no me había mirado mucho el nuevo disco, tocaron un montón de las canciones clásicas, del primer y segundo disco, el público estaba muy entusiasmado y muy gritón, que siempre ayuda. Simone, una voz impecable, y los músicos clavaron todas y cada una de las notas. Y, por si fuera poco, ¡después del concierto salieron Mark Jansen y Isaac a saludar! Dan fe de ello la firma en mi entrada del concierto y la foto que tengo con Mark Jansen, ¡¡¡¡el **** líder de Epica, compositor, guitarrista y cantante a tiempo parcial!!!! La verdad es que me siento feliz, aunque me dejara 17 euros en el taxi para volver a casa. Mi hermana se llevó su bonito colgante de Epica, y yo me quedé sin camiseta, que últimamente me gasto mucha paxta. Y un saludo a Alë desde el Antro, ¡que sin ella no hubiera sido lo mismo!

viernes, 26 de marzo de 2010

Sol

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En Sol hay un argentino que se mete un taladro por la nariz, entre otros trucos. Hoy he estado un rato viéndolo. Había un corrillo de personas rodeándolo, entre ellos unos pokeros crestudos de esos tan repelentes. El argentino ha dicho que si entre todos reunían veinte euros hacía el truco del taladro. La gente ha empezado a soltar dinero, pero muchos otros han huido en desbandada. El argentino los ha criticado abiertamente, siempre con buen humor, pero con dureza ("Así, cuando vuelva a América, al tercer mundo, podré decir lo generosos que son en el primer mundo"). Cuando me he querido dar cuenta, uno de los pokeros estaba discutiendo con el argentino. El argentino le daba todo el dinero que había reunido (unas cuantas monedas) no sé muy bien por qué. El caso es que el pokero dudaba, pero sus amigos han dicho algo así como "Si te lo ha dao, te lo ha dao, vámonos". Los demás le hemos dicho al argentino que por qué había hecho eso. Él ha dicho: "Esos son unos culos rotos. ¿Qué me importan diez euros más o menos? El dinero va y viene. Esos pendejos son unos culos rotos, y aquí hay un hombre de verdad. A mí, si me pegan, pego, si me escupen, escupo, si me sonríen, sonrío, y si me abren su corazón, yo lo abro. Ellos se han ido corriendo con unas monedas."
Una vez ha hecho el truco del taladro (si no me equivoco, la broca se retraía hacia dentro a menos que le dieras a un botón escondido), le hemos dado dinero, los pocos que quedábamos, y al final le hemos dado la mano (y una señora y una niña le han dado un abrazo).

Justificar a ambos lados

jueves, 25 de marzo de 2010

Sin título

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Drophaöi Atloga entró en el edificio de la MWF con toda la firmeza que sus ancianas piernas le permitieron. Su mujer había muerto años atrás, estaba solo, en un mundo que no le interesaba más que por lo que ya había ocurrido en él. La violencia juvenil, las leyes progresistas, la civilización moderna en general no tenían nada que aportarle. En realidad, había vivido toda su vida estudiando y aprendiéndolo todo sobre todo. Todos los campos, científicos y humanísticos. Drophaöi Atloga tenía ya noventa años, y sin embargo sabía que no sabía. Que aunque dominaba veinte lenguas, diez de ellas muertas, todavía le quedaban miles por aprender. Que creía conocer en profundidad las matemáticas, la física y la biología, pero que en realidad era como un niño recién nacido que no sabe nada. Conocía las corrientes filosóficas de toda la historia, pero no había encontrado todavía el sentido de la vida. Los libros y el aprendizaje habían sido el sentido de su vida, durante más de ocho décadas. Había leído todo lo que se había escrito sobre el lenguaje humano y la comunicación, pero no sabía nada de relaciones sociales. Cuando conoció a Cluaxa Tlaxcaltipoc sus genes le dijeron a su cerebro que se enamorara de ella, eso lo aprendió en un libro de psicobioquímica que hablaba de la realidad del amor a nivel celular. Se enteró de que los genes le hacían ver hermoso y deseable un cuerpo imperfecto y objetivamente desagradable, como todos los cuerpos. Los genes, cuya única meta es perpetuar la especie sin proteger para nada al cuerpo que forman, le hicieron desear verter su material genético en un tubo succionador pringoso. Pero también le obligaron a enamorarse de la mente de aquella mujer, de sus ideas, tan parecidas a las de Drophaöi. Se casaron y tuvieron un hijo. Drophaöi continuó con su pasión por el conocimiento y se distanció de Cluaxa Tlaxcaltipoc. Los genes ya habían obtenido lo que querían y esta vez le ordenaban que dejara de encontrar atractiva a su mujer, en todos los sentidos.

Su hijo, Arac Diju, creció hasta los 20 años, momento en el cual estalló un conflicto internacional por culpa de unas toneladas de sustancia negra y densa. Estados Unidos entró en guerra con Eurasia y Arac fue enrolado a la fuerza. Arac Diju murió como un perro durante el avance de su pelotón, atacado con minibombas nucleares que un hombre activó pulsando un botón, apoltronado en un sillón giratorio mientras fumaba un puro, escondido en un búnker antinuclear. Drophaöi recibió un pedazo de metal redondo y una mano fría en el hombro a cambio de su hijo, y en aquel momento fue cuando se volcó más en su pasión para olvidar aquel mundo que se lo había arrebatado todo a aquel que nada quería tener que ver con él. Cluaxa Tlaxcaltipoc se apagó poco a poco una vez se lo hubieron arrebatado. La muerte de Cluaxa, años después, ya no importó a Drophaöi. Era tarde. La vida de Drophaöi se había basado en una tarea inabarcable y, por tanto, condenada a priori. Pero no por ello Drophaöi había dejado de aprender cosas, y también de leer a todos los autores clásicos, de todos los países y civilizaciones. Conocía todo el mundo de memoria, lo sabía casi todo de todos los países, pero jamás había salido de su pequeña ciudad. En resumen, era un hombre atormentado, admirado por sus contemporáneos pero incapaz de sentirse lleno. El cuerpo, su mayor prisión, lo ataba demasiado, le impedía el estudio y el aprendizaje eternos. La vejez y la muerte, ¡qué inoportunas!

Drophaöi, como hemos dicho, entró en el edificio de la MWF. La Mental Web Foundation era una empresa que había logrado algo absolutamente increíble, algo que podía ser la solución para Drophaöi. Podían coger a un hombre y separar su mente de su cuerpo. No el cerebro, sino la mente, algo que se había considerado siempre abstracto, podía ser separado y aislado en la Red, el conjunto de todas las mentes liberadas. Habían descubierto que, tras la muerte y la degradación del cuerpo, la mente como ente abstracto sigue viva, y sigue en el mundo, pero no es consciente. Su conocimiento, sus experiencias vitales y sus conclusiones tras la vida permanecen, pero estancadas e imposibilitadas de todo movimiento o evolución. Según Drophaöi, eran como libros esperando ser leídos. Los diarios mentales de millones y millones de personas, desde el inventor de la rueda hasta Hitler, pasando por Aristóteles, Leonardo da Vinci, Fernando Pessoa (“vivir no es necesario, lo necesario es crear”), Lovecraft, su admirado Cortázar o Cervantes, flotando desde siempre por el mundo. Una biblioteca de acceso imposible. Pero la Mental Web Foundation había encontrado, como digo, un modo de separar la mente del cuerpo, de manera parecida a la natural, pero quedando la mente completamente consciente. Es decir, una puerta de entrada sin retorno a esa biblioteca, donde se podría pasar toda la eternidad aprendiendo sin preocuparse por el cansancio, la comida, los achaques, los demás, sin sentirse solo, sin sentirse débil, sin sentirse feo y rechazado. La única condición era no poder volver jamás al estado anterior.

Eso a Drophaöi no le importaba. Nunca se había sentido ligado al mundo en el que vivía, ni a las personas que lo habitaban. Eso decía él, pero no vamos a juzgar si en realidad le daba miedo reconocer lo contrario. Lo que está claro es que estaba dispuesto a pasar por el trámite que fuera para abandonar aquella existencia de mediocridad, de vida miserable y personas cobardes y malvadas, abandonar su cuerpo y alcanzar la inmortalidad, no como fin, sino como medio para su auténtica meta.

El edificio de la MWF era enorme, un rascacielos altísimo, un edificio propio de su época, limpio, moderno y mecanizado. En recepción le atendió Niusha Ouaxdroas, una mujer joven, guapa, segura de sí misma, ambiciosa y profesional, con una pequeña identificación en el traje de cuero negro y brillante, que decía “Julie Stewart”. Drophaöi llevaba mucho tiempo estudiando cómo reconocer el carácter a través del aspecto externo.

-Buenos días, señor, bienvenido a la Mental Web Foundation. ¿En qué puedo ayudarle?- Niusha Ouaxdroas saludó a Drophaöi con una leve inclinación. Al inclinarse, su seno izquierdo desnudo se balanceó en el aire.

-Buenos días. Les avisé de que iba a venir. Tengo cita a esta hora con el doctor Shelton.

-¿Su nombre?

-Harry Smith.

La chica tecleó en su ordenador durante un momento y en seguida encontró lo que buscaba. Sonrió a Drophaöi con los ojos, rodeados por el antifaz negro.

-El doctor Shelton le espera en el décimo piso, escalera 1, pasillo J, puerta VI.

-Muchas gracias. Adiós, señorita. Un placer haberla conocido.

-Adiós, señor Smith. Ojalá encuentre lo que busca.

Drophaöi subió en ascensor hasta el piso correspondiente. Sólo vio personal de la Fundación y ancianos. También algunos jóvenes de aspecto extraño y atormentado. Supuso que eran jóvenes artistas y soñadores incapaces de encontrar su lugar en el mundo. Muchos llevaban peinados en forma de cabeza de animal, o tubos conectados a las sienes, señal de que pertenecían a la Iglesia tecnológica. Cicraax Guacla le esperaba en su despacho. Era un hombre no demasiado joven, de aspecto inteligente y comprensivo.

-Buenos días, señor Smith. Siéntese, por favor. Si no me equivoco, está usted aquí porque quiere pasar a formar parte activa de la Red, ¿verdad?

-En efecto. Ya ingresé el dinero correspondiente en la cuenta de la MWF y estoy aquí de acuerdo a su llamada. ¿Qué clase de médico es usted, doctor Shelton?

-Psicólogo. Mi tarea es averiguar por qué quiere usted someterse a nuestro “tratamiento”, cuáles son sus motivos. El gobierno nos da acceso a los expedientes completos de nuestros clientes en atención a esto, de manera que, si no le importa, vamos a empezar.

Los viejos pulmones de Drophaöi suspiraron. Su angustia se prolongaría un tiempo más.

-¿Usted me ha visto bien? Soy un anciano decrépito, pero no deseo la muerte. La mayoría de los de mi clase ya no desean nada en la vida, se contentan con mirar atrás y no se plantean futuros proyectos. Yo he dedicado absolutamente toda mi vida a aprender todo lo que se puede saber, pero es imposible, a menos que me desprenda de la existencia terrenal. Y según parece ustedes pueden ayudarme a dejar de ser.

-¿Cómo terminó enfrascado en esa tarea de conocimiento? ¿No tuvo usted una familia, amigos, alguien que le distrajera de tal obsesión? Según este informe, estuvo usted casado con Mary Stilton y tuvieron un hijo, Colin, que murió en la guerra.

-No me hable de mi familia, se lo ruego.- Cicraax Guacla empezaba a caerle mal. Drophaöi Atloga sabía que sólo hacía su trabajo, pero no le gustaba que se entrometieran en su vida y le recordaran su errores.- ¿Quiere que le diga algo? Sí, está bien, admito que cometí errores, pero ya no puedo hacer nada por cambiarlos, cualquier mirada hacia atrás es inútil, lo único que quiero es liberarme de una vez para poder seguir mirando hacia delante, para poder continuar con mi pasión. Sin liberarme es imposible mirar adelante, este cuerpo achacoso no tiene futuro, es evidente. No debí haberme volcado tanto en el estudio, debí haberme esforzado en sacar provecho de lo que me rodeaba en la vida real, fuera de los libros. Todo eso ya lo sé, pero no tiene sentido hablar de ello ni reflexionar, porque es imposible cambiarlo. Sólo quiero que me liberen y me dejen en paz.

-Comprenda que tenemos que asegurarnos de que no entran en la Red individuos con deseos nocivos para la misma. ¿Qué hará cuando entre en la Red?

-Me dedicaré a aprender. Dominaré el conocimiento de todos los campos, sabré lo que sabían todos los expertos de todas las materias, conoceré los recovecos de las mentes atormentadas de los escritores más excéntricos, sabré qué tipo de mente tenía el hombre que apretó el botón que condenó a mi hijo, sabré cuáles eran los sentimientos de Mary y los de Colin hacia mí y hacia todos los demás. Sabré finalmente qué partes de la historia son verdad, cuáles son montajes y cuáles nunca han sido revelados. Pasaré la eternidad aprendiendo, porque ésa ha sido, desde siempre, mi única misión en la vida, aprender para intentar comprender, porque sólo comprendiendo seré feliz.

Cicraax Guacla apuntó unas cuantas cosas en un informe, lo firmó y selló y se lo entregó a Drophaöi Atloga.

-Aquí tiene, señor Smith, le doy el visto bueno a su solicitud. Creo que será usted un miembro valioso de la Red y que no perdemos el tiempo con usted.

-Doctor Shelton, si no le importa, me gustaría preguntarle qué es lo que saca en claro la MWF de todo esto. ¿Por qué se gasta tanto dinero en procurar la felicidad eterna de unos pocos viejos que ya no interesan a nadie?

Cicraax Guacla se quitó las gafas y mordisqueó la patilla izquierda antes de contestar:

-Lo cierto, señor Smith, es que nuestros clientes contribuyen a costear el proceso. La MWF se inscribe automáticamente en sus testamentos con prioridad absoluta, y para el resto del mundo nuestros clientes están muertos, de modo que técnicamente todo lo que les pertenece, dinero y propiedades, pasa a ser de la empresa. En sus inicios, la MWF fue una iniciativa filosófico-científica sin ánimo de lucro, que permitió hacer felices a determinadas personas (la primera fue su creador), pero tras la “muerte” del doctor Van Dahl, la empresa ha ido degenerando hacia el capitalismo feroz, y ahora se parece cada vez más a una franquicia controlada por una junta de ejecutivos agresivos y estudiantes de Administración de Empresas recién salidos de la universidad. Aún así, no se deje engañar, el proceso sigue tan puro como al principio, y el resultado es el mismo.

Drophaöi miró a los ojos a Cicraax Guacla y sonrió sin desearlo.

En la Sala de Liberación, Drophaöi Atloga se desnudó y lo descontaminaron con una ducha en una cabina hermética. En la sala estaba solo, pero sabía que tras aquellos supuestos espejos le estaban observando. La sala era circular, las paredes de un blanco absoluto, pero no había ningún asiento en el centro, nada para llevar a cabo la operación. Drophaöi caminó hacia el centro de la estancia, como le habían indicado. Un pitido le hizo mirar hacia arriba. Sobre él había una especie de brazos mecánicos gigantescos, conectados por cables a superordenadores. Los pitidos aumentaron en frecuencia y los brazos comenzaron a moverse.

Drophaöi tomó aire. El silencio era sepulcral. Se concentró en las sensaciones, las últimas que percibiría. El aire frío entrándole en sus viejos pulmones, el dolor de los huesos. Movió los brazos y las manos. También los dedos de los pies. Se pasó la mano por la cara, ese rostro familiar que le había acompañado durante tantos años. Dijo adiós mentalmente a todas las sensaciones, a todos los sentidos. Nada de incómodos sistemas orgánicos, nada de huesos reumáticos, nada de músculos débiles, pelos y uñas, sudor y orina, heces, semen, sangre, cerumen y mucosidades. Tirones, pinchazos, granos, costras, dolor de cabeza, caries. Pero nada de música, nada de cuadros. ¿O sería capaz de ver y escuchar en la mente de otras personas?

No sabía lo que le esperaba, pero suponía que, sin vista, oído u olfato, nada volvería a ser igual. Los brazos mecánicos se movieron y comenzaron a bajar hacia él. El sentido de conservación de Drophaöi le ordenó huir por un momento, pero supo contenerse. Fuera de aquella sala no había nada para él. Cualquier futuro le esperaba dentro de aquella sala.

Mientras los brazos bajaban, Drophaöi se dio cuenta de que ya no importaba ahondar en la pregunta que había evitado responderse toda la vida. ¿Dónde había empezado esa enfermiza obsesión por el conocimiento, ese ocultarse del mundo metiendo la cabeza en un libro? Esa pregunta que Cicraax Guacla había intentado sonsacarle, y que Drophaöi había sabido desviar tras admitir unas cuantas cosas no muy bien reflexionadas. Era el momento, ya no importaba.

Cuando Drophaöi era joven, su padre le había transmitido la afición desmedida por la lectura. Su madre lo veía con buenos ojos, más por convención social que por verdadera convicción, y de ese modo Drophaöi leyó los clásicos, se sumergió en las concepciones antiguas del mundo y se embebió de ellas. Asistido por su padre en las cosas que no llegaba a entender, su propia idea del mundo comenzó a formarse. En este mundo, la gente buena triunfaba y los malvados eran derrotados y terminaban por comprender sus errores y volver a empezar. En este mundo, los hombres eran valientes, respetuosos y corteses, y las mujeres, sensibles y sinceras. Cuando Drophaöi comenzó su educación en la Escuela Parrish para chicos, su mundo comenzó a tambalearse. Empezó a ver que sus compañeros de clase no eran como sus libros decían que eran, sus compañeros eran cobardes y maleducados, formaban grupos para atacar a los más débiles, como animales salvajes, gastaban bromas pesadas a los profesores, eran mezquinos, egoístas y violentos. Los profesores eran versiones adultas de los alumnos. En su clase había tres personas más llamadas Harry. Ni una sola vez, en seis años, fue a Drophaöi a quién llamaban cuando oía el nombre “Harry” y giraba la cabeza. Drophaöi no era molestado por los abusones como muchos otros alumnos, pero tampoco se hacía ningún esfuerzo por entablar conversación y forjar una amistad. Harry Smith decidió entonces que todas las personas debían tener en realidad un nombre verdadero, un nombre único e irrepetible, un nombre que no permitiera confundir a dos personas, a lo largo y ancho del universo, un nombre que convirtiera a cada persona en un ser único, en un ser irrepetible y valioso. Ese nombre haría sentir a cada persona que su propia vida, su propia historia, era maravillosa, incomparable e inigualable por ser única en el mundo. Desde luego, no intentó transmitir su idea a sus compañeros, ni a nadie, en realidad. Fue un principio que se mantuvo en un rinconcito de su cabeza, pero que aplicó siempre.

Drophaöi fue finalmente insultado y golpeado por un compañero, y su madre, sobreprotectora, insistió a su padre para que lo cambiaran a un colegio mixto, donde la presencia del elemento femenino aplacaría la violencia connatural a los varones. El padre aceptó, y Drophaöi cambió de colegio. En el colegio mixto, había más o menos igual número de chicos que de chicas. Era el primer contacto de Drophaöi con el bello sexo, y se dedicó a observar y estudiar, algo que hacía por inclinación natural. Lo primero que observó fue que los abusos y maltratos a los compañeros más débiles, que más destacaban en sus estudios, en los de ropa más rara, en los que no hablaban bien o hablaban demasiado bien, en los demasiado altos, demasiado bajos, demasiado gordos, demasiado flacos, demasiado listos o demasiado tontos, continuaban. Esta discriminación, en el grupo femenino, se daba de manera cerrada (sólo las chicas se metían con las chicas, prácticamente), mientras que en el grupo masculino, todos participaban. Generalmente, era un chico el que se atrevía a decir algo insultante, a golpear o a humillar, y las chicas mostraban siempre su apoyo con un coro de estridentes risitas que daban seguridad a los abusones. Drophaöi no entendía lo que ocurría. Aquellos seres no eran sensibles, no parecían tener un corazón cálido. Drophaöi se fue desengañando poco a poco. Durante sus años de instituto, un abusón en concreto le obligó a hacerle los deberes y dejarle apuntes para los exámenes. A cambio, Drophaöi consiguió que no se metiera con él, y que incluso lo defendiera de los demás abusones. Era un pobre consuelo. En la universidad, fue definitivo. Ya se empezaba a dar cuenta de que cuando varias personas se juntaban, perdían lo que las hacía únicas y apreciables. Los chicos se volvían primitivos y fanfarrones, las chicas se volvían histéricas y superficiales. Era matemático. Lo que unía a las personas no eran los más bellos sentimientos que pudieran tener, eran siempre los más básicos e imperfectos, al menos para Drophaöi. Una vez vio a un grupo de compañeras comentando el mensaje que le había enviado un chico a una de ellas. Drophaöi no lo entendía: ¿Cómo podía hacer partícipe a otras personas de algo que sólo estaba destinado a ella? Estaba haciendo pública la intimidad de una persona que había decidido poner en ella su confianza. Además, observó que, en grupo, hablaban de sus parejas sentimentales como si fueran posesiones materiales que les pertenecieran, y de las que sólo destacaban sus cualidades físicas y sus habilidades. Su manera de hablar parecía dar a entender que eran intercambiables, que se las podían pasar mutuamente, y que no importaba que se tuviera pareja, siempre parecía haber una tendencia a la insaciabilidad, a buscar más y mejores. Esto se daba en ambos sexos, sin duda, pero el “canje”, por lo que Drophaöi había observado, era más acusada en el grupo femenino. No un canje real, la mayoría de las veces, sino el mero hecho de hablar de ello con total naturalidad, el dejar claro cosas como “Tranquila, no te voy a quitar a tu novio mientras tú estás de viaje”, que anulaban totalmente al susodicho novio, que no tenía voz ni voto, que queda como una mera bestia buscadora de sexo que las mujeres podían pasarse como una pelota.

Pronto Drophaöi se dio cuenta de que, aunque había puesto toda la confianza que le quedaba en el grupo de las mujeres, como seres dignos de adoración, ninguna de las que había conocido había demostrado ser lo que Drophaöi había idealizado. Es más, todo lo contrario. ¿Qué le quedaba pues a Drophaöi, si ni hombres ni mujeres eran lo que él había creído que eran? No podía aceptarlo, no podía aceptar un mundo así. Y si bien lo que estaba a punto de hacer lo liberaría de la búsqueda infructuosa de su persona ideal, ¿lo liberaría también de la necesidad que sentía de buscarla? ¿O ya se había rendido y no le importaba nada, ya los años de aislamiento habían dado sus frutos y no sentía interés alguno por el género humano real, palpable? Oh, ¡qué gran gozo sentía ahora Drophaöi, haciéndose todas estas preguntas, tras tantos años de renunciar a pensar en sí mismo! ¡Le consumía una extraña fiebre, quería escribir todo aquello, dejar constancia de aquellos inquietantes pero extrañamente bellos pensamientos!

Los brazos mecánicos ya bajaban hacia él, ya lo agarraban por brazos y piernas, ya lo elevaban. Drophaöi quedó suspendido en el aire, sujeto por aquellos fríos brazos. Le habían dicho que no pensara en nada durante el proceso, que era la parte más importante. De pronto se dio cuenta de que debajo de él había una enorme cubeta blanca, y que había una especie de biombo rodeando a los brazos mecánicos, separándolo del resto de la estancia. Un quinto brazo bajó. No terminaba en pinza como los que le tenían sujeto, tenía una aguja finísima, invisible. La máquina se situó tras él y le entró por la nuca. Drophaöi se estiró involuntariamente. Sin haberse dado cuenta, ya no sentía nada. No sentía los brazos ni las piernas, no sentía el dolor del reúma y la ciática. No podía oír ni oler. Podía ver, pero no era un acto voluntario. Drophaöi creyó ver que varios brazos mecánicos más se movían hacia él. Vio algo circular que giraba, y que debía hacer ruido, un ruido que no percibía. Esa aguja controlaba su cerebro y había bloqueado su sistema nervioso, exceptuando el cerebro. No podía girar la cabeza, ni bajar la mirada hacia donde aquellos brazos se estaban dirigiendo. Pero lo que pudo ver fue el biombo blanco manchándose de rojo a ráfagas.

Después de un rato de enfermiza imaginación, que no se le pudo hacer más largo a Drophaöi, los brazos subieron hasta la altura de su cara. Se imaginó la cubeta llena, y se preguntó qué quedaba de él. La pregunta quedó respondida cuando dos ganchos se clavaron en algún lugar más abajo de su mandíbula superior. Drophaöi no sentía nada, sabía que le estaban maltratando el cuerpo pero no sentía rencor contra aquellas máquinas porque no le hacían daño. El bote que dio de pronto le hizo saber que los ganchos habían hecho ceder algo, probablemente su mandíbula. Tuvo que decir adiós cuando uno de los brazos circulares, que ahora podía ver claramente que era una sierra radial manchada de sangre, se situaba en su frente, entre los ojos, y avanzaba. La sangre salpicó, pero Drophaöi no sentía nada, sólo notó que sus ojos ya no le respondían, que no veía nada. Al mismo tiempo que las sierras destruían lo único que quedaba de él, su cerebro, su mente consciente fue absorbida por aquella aguja. Del cuerpo ya no quedaba nada.

Drophaöi se sentía extrañamente bien. Era como volver a ser joven otra vez, podía moverse a la velocidad que quisiera, lo notaba por lo rápido que pasaban los estímulos mentales, las personas, los animales y las plantas. El símil más cercano que encuentro es el de un hombre ciego, sordo, mudo y sin tacto que sólo se guía por el olfato. Drophaöi podía oler las mentes de los seres, vivos y muertos. El mundo era suyo, era suyo para conocerlo y entenderlo finalmente. Le contrarió no poder ver lo que hacían con los pedazos del cuerpo de Harry Smith pero no durante mucho rato. Enseguida buscó un estímulo mental determinado, el primero que quería estudiar. Ahora se daba cuenta de que había querido estudiarlo y entenderlo toda su vida, y era paradójico que fuera a hacerlo ahora, cuando nada se podía cambiar.

lunes, 1 de marzo de 2010

Hay cosas

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Llevaba ya varios meses practicando el tiro con arco. Por suerte ofrecían cursos en la universidad y había muchas plazas disponibles. La verdad es que no se me daba nada mal, ya era capaz de alcanzar el centro de una diana desde mucha distancia. A decir verdad, no es que no se me diera mal, es que tenía una puntería asombrosa, y aquel arco tenía un alcance enorme. Sin embargo, sólo podía usar el arco durante las clases, justo después tenía que devolverlo. Tendría que conformarme.
Me dediqué a estudiar sus movimientos. En realidad, ya los conocía perfectamente. Por la mañana, exactamente durante el pequeño descanso en mitad de la clase de tiro con arco, se despertaba, abría una ventana y se asomaba, apoyándose en el marco. La residencia donde vivía estaba al lado del campo de rugby donde tenían lugar mis clases, y desde su ventana se podía ver todo. Fue una de aquellas mañanas, al despertarnos en la habitación, cuando me entró curiosidad por aquel deporte. Pero no me decidí hasta mucho después, hasta que ocurrió aquello.
Como he dicho, me aprendí sus movimientos, y decidí que el momento más propicio era durante aquel breve gesto de levantarse y asomarse a la ventana para dar los buenos días al mundo. ¿Cómo pudo hacerme eso?
Un día, durante el descanso de mi clase de tiro con arco, todo el mundo se desperdigó, practicando con las dianas o charlando. El profesor estaba hablando con un grupo de alumnos. En ese momento, saqué una flecha y la coloqué en el arco. Me aseguré de que nadie miraba y apunté al cielo. Hay cosas que no se pueden perdonar. Solté la cuerda y la flecha salió volando, describiendo una parábola. No seguí su trayectoria, pues sabía lo que había ocurrido. Simplemente me di la vuelta y seguí disparando a las dianas.