domingo, 30 de marzo de 2008

A contracorriente

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No me gusta El canto del Loco, no me gusta Fito, no me gustan los Backstreet Boys tuneados (los Tokio Hotel), odio High School Musical, Aída, Los hombres de Paco, Sin tetas no hay paraíso, Física o Química, aborrezco Fama, Harry Potter y Yo soy Bea. En Fama sólo hay bailes efímeros y sosos, sin nada de verdadero arte, y un profesor snob que se cree moderno por decir Amazing y Energy. No me compro treinta euros en golosinas, no juego al Pro Evolution Soccer, no soy de ningún equipo, odio el pop y el rock industrial, no me gusta El Internado, apenas aguanto a grupos españoles aparte de Rosendo o Labanda (los Celtas Cortos murieron hace tiempo), ni a los cantantes clónicos, admiro a Rodolfo Chikilicuatre y a Buenafuente (o al menos la imagen que nos venden de él), el Gran Wyoming y El Hormiguero, no me gusta la tele pública, sólo veo lo que quiero en el Plus. No me gusta Melendi, ni Porta, ni el rap español o francés. No me gusta ni Zapatero ni Rajoy, y mucho menos Aznar, Acebes, Zaplana, Aguirre, Bush, etc. No me gusta Obama, me gusta la chica Obama. No me gusta bailar, ni las discotecas. Ni bebo, ni fumo, me pongo con un zumo y asumo mi fuerza de voluntad, como dijo el Maestro Rosendo. Me gustan pocas cosas que le suelan gustar a la gente. Me gustan las pelis de Tim Burton, los videojuegos de acción, las aventuras gráficas a la antigua y los cómics viejos (nada de muertes de superhéroes legendarios, tan de moda). No veo Gran Hermano, Operación Triunfo, La granja de los famosos, Hotel Glamour, Factor X y todas esas gilipolleces que te mantienen pegado a la tele toda una tarde. Odio los telefilmes interminables, cutres y clónicos sobre catástrofes y plagas. No escucho a Maná, Shakira, Rihanna ni grupos similares. Escucho Epica, System of a Down, Linkin Park, Lordi, bandas sonoras, Manowar, Dark moor, Sonata Arctica y otros grupos de tipo rock-punk-heavy-gothic y esas calificaciones tan difusas. Grupos ya viejos como Offspring, Red Hot Chili Peppers o Monster Magnet. Escucho cosas con calidad, en CD y, ocasionalmente, en MP4. Prefiero la calidad antes que la rapidez o la facilidad de difusión. En videojuegos, prefiero juegos viejos y buenos como el ya veterano Gothic, o el Blade The Edge of Darkness antes que basuras con gráficos atractivos como el Conan. Por cierto, también odio que la gente no conozca a Conan más allá de las dos películas de mierda del gobernador de apellido no deletreable. Conan es un personaje profundo de Robert E. Howard, que escribió unos relatos que luego se encargaron de asesinar con esas películas. Los cómics rellenan huecos entre esos relatos, casi siempre con poco acierto. En películas, Burton como director predilecto. Tarantino se suele pasar de la raya como en Hostel o en Grind House (su papel en Planet Terror es repugnante). Películas favoritas, pues La vida de Brian, Los caballeros de la mesa cuadrada, Los visitantes, Sleepy Hollow, Eduardo Manostijeras, Sweeney Todd, y muchísimas más pero menos conocidas, como El poder de un dios o las pelis de serie B de Hong Kong, y las de Bruce Lee. Después de esta parrafada, me despido con esta picante imagen recordándoos que aunque sea distinto a la mayoría, soy un buen tipo.

sábado, 29 de marzo de 2008

Muchas batallas y un funeral, una historia de Tierras de Leyenda

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TIERRAS DE LEYENDA

MUCHAS BATALLAS Y UN FUNERAL


Zarkas se estaba durmiendo en su puesto de guardia. Llevaba horas de pie, apoyado en su arco, y el pesado escudo mágico que pendía de su espalda le agotaba. Unos aullidos lo despertaron de pronto. Sus dos lobos amaestrados estaban inquietos esa noche. Zarkas sacudió la cabeza y oteó el horizonte. Desde luego, Guitrius había buscado un sitio horrendo para instalar el campamento base, un claro de bosque desde donde no se podía ver nada más allá de treinta metros, por culpa de la espesura de los árboles.
Eso, añadido a la oscuridad casi completa de aquella fría y cruel noche de luna nueva, impidió que Zarkas pudiera ver quién se aproximaba, aunque no evitó que oyera los cascos de un caballo al galope. Zarkas se apartó para dejar paso al jinete, sabiendo quién era.

Hetnaset azuzó al caballo y saludó a Zarkas con la mano al pasar. Atravesó el campamento alkarrio en busca de la tienda del líder. Cuando la divisó, bajó de su montura de un salto y entró en la tienda.

-¡No!-gritó Guitrius, dando un puñetazo encima de la mesa con su mano de piel violeta brillante.
-Que sí, hazme caso, Guitrius. Es una gilipollez. Son unos muertos de hambre, te lo digo yo.- dijo Grow, tratando de calmar a Guitrius.
-Grow tiene razón, y mira que yo suelo estar de tu parte, Guitrius, pero lo de la alianza es una memez.- añadió Draskull.
-¡Dejadme en paz, no tenéis ni puta idea!- los tres drows se estaban poniendo nerviosos, y ya estaban echando mano de los bastones mágicos, cuando Hetnaset entró en la tienda, seguido por un jadeante Zarkas.
-¡Ya era hora, nos tenías preocupado! Llevo todo el día con el problema de la alianza, los logos y el chat, Grow no hace más que tocarme los huevos para que ponga el vídeo de ese mariquita de Mika, y ahora vienes tú con tus pomposos aires humanoides y tu altanera mirada, a darme más problemas!
-Tranquilo, Guitrius, te preocupas demasiado.- dijo Grow, acercándose a Hetnaset.-¿Qué tal tu viaje, humano?- Grow acercó su mano al hombro de Hetnaset, pero ante el gesto de repulsa del bárbaro la retiró, encogiéndose de hombros. Hetnaset tenía un problema serio con todo lo mágico, drows incluidos.
-Bien, muy bien. Pero necesito la ayuda de todo el grupo.
-¿Para qué?- preguntó Draskull, intrigado.
-¡Yo soy el jefe!-interrumpió Guitrius, irritado.-¿Para qué?
-Salgamos afuera, aquí apesta a magia.-gruñó Hetnaset.

Los cinco personajes salieron de la tienda y se sentaron en torno a una hoguera que los Alkarrios habían instalado allí para combatir el frío. No muy lejos, Bika y Lukatony luchaban uno contra el otro. Cerca de ellos, Natachy había hecho estallar en llamas el pelo de Ghar’Ba-Kar, que trataba de apagarlo con desesperación. El ambiente era agradable, distendido y jovial.

-Sabéis que hace tres días recibí un mensaje de Rakatán, el Señor Enano de Karak a Hallaf, la fortaleza que está a dos días a caballo de aquí. He ido y vuelto en sólo tres días porque el mensaje era una petición de ayuda. Antes de llevar a todos los alkarrios conmigo, decidí verlo con mis propios ojos, pues Rakatán, como la mayoría de los enanos, tiene fama de quejica. En efecto, la situación era desesperada. Rakatán y yo fuimos camaradas un tiempo, y en más de una ocasión me salvó la vida, así que os propongo que vayamos allí a sacarles de apuros.
-Eh, eh, alto ahí, Fitipaldi. Yo decido si vamos a alguna parte, yo soy el jefe. Hetnaset, ¿qué fue exactamente lo que viste? No voy a exponer a todos mis hombres a un peligro innecesario.
-Si fueras un hombre de verdad, respetarías una deuda de sangre ajena sin hacer preguntas.-Hetnaset sostuvo la mirada de Guitrius. Zarkas se interpuso.
-Esperad, esperad. Si os parece bien, iremos, pero sólo nosotros cinco. ¿Está bien?
-Por mi parte, sí. Nosotros cinco seremos suficientes. Creo que no tienen ni media torta. Es que los enanos son unos tiquismiquis.
-Muy bien, estoy conforme. Pero tengo que dejar a alguien al mando.
-Mañana lo decidiremos.-dijo Draskull.
-Sí, buena idea. Ahora hay que descansar, Hetnaset, y tú también, Guitrius, que llevas todo el día con esa mierda de alianza con los Antares.-Guitrius dirigió una fulminante mirada a Grow antes de volver a entrar en su tienda. Hetnaset durmió al raso, como de costumbre. Zarkas volvió a su puesto de guardia, y Grow y Draskull se fueron a sus respectivas tiendas.

A la mañana siguiente, Guitrius reunió a todos los alkarrios para elegir al que estaría al mando durante su ausencia.
-No sé si elegir a Natachy o a Ghar’Ba-Kar. A ver, el que consiga que me ría antes tendrá el mando temporal de los alkarrios.

Ghar’Ba-Kar permaneció impasible, no era hombre dado a la risa. Natachy, por el contrario, no dudó en prender el pelo de Guitrius. Mientras se lo apagaban Grow y Draskull a base de escupitajos, Guitrius le cedió el mando a Ghar’Ba-Kar.

-¡Muy bien, preparaos, tropa, nos ponemos en marcha! Coged lo necesario, serán dos días de marcha a caballo, sin descanso.-dijo Zarkas.
-¿Cuántas veces he de explicaros quién es el jefe?-preguntó Guitrius, exasperado.

Los cinco camaradas se equiparon debidamente. Zarkas se llevó su arco élfico, su X-box 360 con varios juegos y sus dos lobos de presa, sin olvidar su escudo, al que le había cogido algo de cariño tras muchos años llevándose golpes en su lugar. Hetnaset llevaba su tremenda maza triple de pinchos a la espalda, de modo que dos de las tres filas de púas le salían por el pecho. Pero como buen bárbaro alkarrio, no se quejó ni pidió más que un poco de agua para su caballo. En el brazo izquierdo llevaba su escudo anti-magia, su posesión más preciada, de bronce con figuras en relieve. Los tres magos drow llevaban un equipo parecido. Tanto Grow como Guitrius llevaban sus bastones de humo, que tenían la curiosa y molesta propiedad de arrojar constantemente un humo apestoso que hacía llorar a todos los que estaban cerca. Grow llevaba, además, un escudo negro y redondo parecido al de Zarkas, que le proporcionaba, junto con el bastón, la habilidad de escabullirse como una sombra. Guitrius no había elegido bien su equipo, pues su escudo del viento despedía una agradable brisa que dispersaba el humo de su bastón. Grow cabalgaba a lomos de su magicorpio, un escorpión gigante, mientras que a Guitrius lo transportaban en volandillas Fhada y Ada, dos pequeñas e irritantes hadas voladoras que Guitrius había capturado hacía poco tiempo, con la maza de Hetnaset. Las hadas estaban ahora sujetas a la voluntad de Guitrius, y eran muy útiles para transportarlo por el aire, o para morder los genitales de sus adversarios. Malditas hadas insoportables y cursis. Por último, Draskull, como el último representante (el sexagésimo noveno) de los duques oscuros de Lutaria, llevaba su bastón del viento, sin escudo alguno, e iba montado en su caballo. No obstante, antes de partir, conjuró un tornado que hizo volar a Natachy por los aires, y cambió su bastón del viento por el bastón de la tierra de la elfa, pues le había gustado. Pensándolo mejor, se llevó ambos bastones, además del escudo, las pociones y la bolsa de monedas de Natachy.

Así pues, los cinco camaradas, que habían forjado su amistada a tajo de espada y conjuro de báculo, se dispusieron a partir en ayuda de Rakatán, Señor Enano de Karak a Hallaf. No sabían si volverían, no sabían cuántos volverían, si verían de nuevo a sus camaradas. Pero permanecerían juntos, como amigos que eran, hasta que una espada o el peso de los años se los llevaran a todos.

La fortaleza estaba excavada en una montaña de los Montes Bárbaros, a la que sólo se podía acceder a través de un estrecho paso entre los llamados “Senos de Zuleidy”, dos picos escarpados e imposibles de escalar (pero no por ello menos irresistibles). Hacia allí se encaminaron los cinco alkarrios, guiados por Hetnaset. Guitrius aprovechó para hablar con Zarkas:

-¿Sabes?, estoy preparando un himno para los alkarrios.
-Joder, Guitrius, tú es que no descansas.
-Es que me aburro por las noches.
-Sí, tanta pajilla se hace monótona, ¿verdad?
-Ya te digo. El caso es que sólo tengo el principio:
Esta noche atacaremos
Los rayos rasgarán el cielo
Todos juntos lucharemos...y eso es todo
-¿Ya está? ¿Nada más?
-Ya se me ocurrirá el resto.
-Bueno, déjame en paz un rato, que tengo que pasarme el Darkness.
-Qué pesado, todo el día reventando bombillitas a disparos. A ver cuando te coges un buen manga de One Piece de los de tres millones de páginas.
-Mañana, mañana.

Guitrius se adelantó entonces para hablar con Grow, cuyo magicorpio le estaba dando collejas con el aguijón, cosa que le empezaba a poner de muy mala hostia.
-Oye, Grow, sabes que estoy preparando un himn...
-¡Me da igual! ¡Déjame en paz!
-Oye, tranquilízate.
-No quiero tranquilizarme. Me tranquilizaré cuando le haya arrancado el aguijón a mordiscos a este bicho. Vete a dar una vuelta, petardo.
-Oye, no te pases o tendré que darte una paliza.
-¿Tú y cuántos más?
-Yo,-Guitrius mostró sus puños.-y mis amigos Tacto y Sutileza.
-Vale, tú te lo has buscado.

Los dos magos bajaron de sus monturas: Grow pateó a su magicorpio mientras Guitrius espantaba a las hadas un rato. Ambos cogieron sus báculos y sus escudos.
Mientras Guitrius concentraba su chakra hurgándose la nariz con los índices, Grow le tiró por los suelos el escudo. Acto seguido se ocultó en una espesa nube de humo y sombras, y se deslizó tras Guitrius. Pero para cuando descargó su báculo a modo de garrote, Guitrius ya se había desvanecido. Ambos contendientes se buscaron entre la nube de denso humo negro. Sus tres compañeros se habían detenido, intrigados por saber quién sería el vencedor. Escucharon el desenvainar de dagas y el golpe de un filo contra el escudo de Grow. Un golpe, un quejido y un tajo. El escudo de Guitrius comenzó a hacer su efecto y el humo empezó a disolverse. El primero en salir fue Grow, que llevaba un corte profundo en el pecho, debajo del cuello. Guitrius salió arrastrándose, con una mano en la frente, tocando el chichón que le había causado el tortazo con el bastón de Grow.
-¡Un empate!-dijo Draskull, bajando del caballo para atender a los dos drows.
-Habrá que detenerse para curarlos. De todas formas ya oscurece.-dijo Zarkas. Hetnaset asintió, bajó del caballo y fue a por ramas y leña al bosque cercano.
Después de derribar un par de árboles centenarios a golpe de maza, Hetnaset volvió al improvisado campamento con un pequeño montón de palos, ramas y troncos. Zarkas y Draskull ya habían acomodado a los dos maltrechos duelistas en el suelo, sobre unas mantas. Grow llevaba una venda ensangrentada cubriéndole la herida, mientras que Guitrius tenía un paño húmedo en la frente para rebajar la hinchazón.

-Esto es peor que aquella vez en Aguilar, ¿eh, Guitrius?-dijo Grow entre dientes.
-Cállate, idiota.-dijo Guitrius. De no haber tenido la piel morada se hubiera sonrojado.
-Dejad de discutir de una vez, por favor.-dijo Draskull. Con un pequeño hechizo, hizo arder la leña que Hetnaset había depositado en el suelo. Todos se arremolinaron en torno a la hoguera.
Voy a hacer la primera guardia. Vosotros, a dormir, que ya os despertaré para que me relevéis.-dijo Zarkas. Los demás aceptaron con agrado la proposición y se acostaron.

Zarkas se durmió en su puesto. Apoyado en su arco élfico, no había podido resistir el sueño, de modo que no pudo ver al pequeño grupo de ruidosos orcos que se acercaba, eran unos doce, acompañados por una veintena de apestosos y pequeños trasgos. Les guiaba un orco más grande que el resto, verde y asqueroso, armado con un hacha francamente en mal estado. Uno de los pequeños trasgos, el más rápido, osado y escurridizo, se adelantó para reconocer el terreno. Al localizar al vigía dormido, no dudó en acercarse y arrebatarle el escudo mágico que había dejado en el suelo. Cargando con el pesado escudo, se reunió con sus compañeros. Entre todos cogieron el escudo a hombros y se fueron corriendo, abandonando a los orcos a su suerte. Resultaba bastante cómico ver a veinte diminutos trasgos corriendo como alma que lleva el diablo con un escudo que podía cubrirlos a todos como la tapa de un caldero. Zarkas despertó en aquel momento con los gruñidos de los lobos y, percatándose de la desaparición de su querido escudo, empezó a gritar, alertando a todos los presentes. Sin prestar atención a los orcos ni a sus propios compañeros, soltó a los lobos, montó a caballo y salió al galope tras los trasgos, arco en mano.

Hetnaset y Draskull estaban despertando a Grow y Guitrius, mientras los orcos atacaban con grandes aullidos y entrechocar de escudos. Draskull, utilizando el bastón de Natachy, levantó de la nada una muralla de espinos alkarrios que lo protegería un tiempo. Mientras los melindrosos orcos buscaban la manera de pasar, los cuatro compañeros se pusieron en guardia, preguntándose, intrigados, dónde demonios podía estar Zarkas.
Aquellos trasgos corrían mucho. Tres ya habían caído bajo sus flechas, dos más bajo los cascos de su caballo, y los lobos habían devorado a cinco de ellos. A pesar de haber perdido a más de la mitad de sus efectivos, los trasgos seguían corriendo, alejando a Zarkas del campamento y de sus compañeros. Pero Zarkas no iba a permitir que le quitaran su escudo así como así. Azuzó al caballo, juzgando que sus compañeros se las arreglarían con los orcos.
De hecho, lo llevaban bastante mal. El muro de espino se había marchitado, y los orcos estaban atacando con gran ferocidad. Los magos los rechazaban a base de tornados, arbustos asesinos y nubes de humo tóxico. Hetnaset se lo estaba pasando en grande desgarrando la piel verde de los orcos con su portentosa maza. Mientras un orco alzaba su espada para abrirle la cabeza, Hetnaset le propinó un golpe en el carrillo que decapitó al orco, dejando su fea cara granuda enganchada en la maza. Hetnaset se encogió de hombros y siguió atacando, rociando a los contendientes con sangre verde y sesos de orco. Sólo se oía el crujir de huesos, el derramar de sangre, los gritos de dolor y las súplicas de misericordia. Hetnaset, en parte por su sed de sangre y en parte porque desconocía el idioma orco, hizo caso omiso de súplicas y gritos, y redujo a los orcos a pulpa. Sólo quedó el jefe, a quien los magos habían atrapado con una jaula de raíces. De un golpe de hacha las raíces volaron por los aires y el orco se abalanzó contra Draskull, pero Grow y Guitrius levantaron una espesa nube de humo y sacaron de allí a su compañero. Mientras Draskull lo mantenía a raya con un fuerte viento huracanado, los dos drows, envueltos en humo (Guitrius había abandonado su escudo del viento momentáneamente) lo estaban rodeando dagas en mano. Ambos lo apuñalaron, pero la criatura, riéndose con desprecio, los apartó y los tiró al suelo. Profiriendo un hercúleo eructo, detuvo el huracán de Draskull y se acercó a él para descuartizarlo como a una paletilla fresca. Pero hete aquí que la maza de Hetnaset se interpuso.
El orco volvió a reírse, y dirigió un golpe a la cabeza de Hetnaset, que se arqueó como un gato, saltó como Neo y lo pateó como Morfeo. Al caer al suelo, Hetnaset le arrancó un brazo al orco. Éste, mirando el muñón, sonrió y cogió el hacha con su mano restante, a la vez que le propinaba una patada en el pecho a Hetnaset. La maza aterrizó lejos del bárbaro, y el orco alzó su hacha con una aviesa mueca.
En aquel momento un lobo apareció y se llevó el otro brazo del orco (tenía los dientes muy fuertes). Éste lo miró fijamente, enfurecido, y le soltó una patada al lobo que lo hizo salir volando. El orco cogió el hacha con los dientes.
-¡Eh, Papadopoulos!
El orco se giró para encontrarse con que un jinete cabalgaba hacia él enarbolando un arco. Llevaba un escudo a la espalda.

Zarkas disparó su arco, arrancándole una pierna al orco (sí, era un arco muy potente). Éste intentaba recuperar el equilibrio, pero no vio al segundo lobo, que le amputó la pierna que le quedaba. El orco trataba de arrastrarse hacia Hetnaset con el hacha en la boca, pero Grow y Guitrius se aproximaron y procedieron a separarle la cabeza del cuerpo. El orco se estaba cagando en los padres de nuestros amigos, cuando Hetnaset, de una patada, mandó a la enfurecida cabeza al otro lado del bosque.
-Dios, qué pesado.-dijo Draskull, harto. El campamento quedó en silencio una vez más. Los compañeros se fueron a dormir, dejando a Hetnaset, para quien los combates eran equivalentes a un café bien cargado, de vigía. Se quedó pensando en por qué aquellos orcos les habían atacado sin mediar palabra. No es que le importara, pero no era normal. Ensimismado como estaba en sus pensamientos, no vio que unos ojos lo vigilaban desde la oscuridad del bosque. Tampoco oyó una risa cantarina y una dulce voz femenina que pronunciaba un hechizo de teletransporte. La misteriosa visitante desapareció del bosque. A unos kilómetros de allí, en cierta fortaleza enana, la desconocida apareció de la nada y pasó revista a sus tropas. Éstas se arremolinaban en torno a las puertas del fortín, donde los enanos aún resistían, aunque por poco tiempo.


Por la mañana, restablecidas las fuerzas y los ánimos, los cinco jinetes (XD) se pusieron nuevamente en marcha. Grow y Guitrius estaban ya recuperados de sus heridas, e iban tan campantes montados en su magicorpio y sus hadas cojoneras, respectivamente. Si todo iba bien, al anochecer estarían en Karak a Hallaf.
El día transcurrió tranquilamente. Los cinco compañeros atravesaron los montes bárbaros hasta los “Senos de Zuleidy”. El paso estaba a la vista, estrecho y largo. Tuvieron que pasar en fila de a uno. Hetnaset cabalgaba primero, y Zarkas cerraba la marcha. Avanzaban despacio por indicación de Zarkas, que sabía que el lugar era perfecto para una encerrona.
-¡Shhh! ¡Silencio!-susurró Hetnaset.-He oído algo.- En un instante, un estruendoso sonido retumbó sobre sus cabezas. Una roca alta como dos hombres estaba rebotando de una pared a otra del desfiladero como una mortífera bola de pinball.
Se apartaron a toda prisa, de modo que la roca cayó inofensivamente al suelo con ensordecedor ruido. Zarkas aprestó su arco, apuntó a las alturas y disparó. Se oyó un gemido y un cuerpo cayó al vacío, destrozándose contra las rocas afiladas. Al mismo tiempo, más rocas comenzaron a caer desde lo alto del desfiladero.
-¡Salgamos de aquí!-dijo Guitrius, y comenzó a dar collejas mágicas a Fhada y Ada. Todos apretaron el paso para salvar la vida. Las rocas caían tras ellos, como un siniestro juego de dominó. Aquello era una locura: Dos hombres, tres drows, tres caballos, un escorpión gigante, dos lobos y dos hadas, avasallándose unos a otros por una angosta ratonera, hostigados por invisibles atacantes. Por algún misterioso azar, todos escaparon indemnes, aunque Guitrius perdió su báculo en la huida. Una vez a salvo, registraron los alrededores de los “Senos”, que se suponían imposibles de escalar. Sólo había una mancha de sangre de la criatura a la que Zarkas había herido. El cuerpo habría quedado, seguramente, sepultado bajo las rocas. Draskull mojó un dedo en la sangre, se lo llevó a la boca y escupió, murmurando:
-Orcos.
-¿Por qué nos estarán atacando?-preguntó Grow
-Ni idea. Estas no son tierras orcas, ni hemos hecho nada que pudiera ofenderles- respondió Draskull.
-No, qué va. Sólo redujimos a su líder a fragmentos ensangrentados.-discrepó Guitrius.
-De todos modos, esos monstruos no necesitan razones para pelear. Viven para ello.
-Bueno, basta de cháchara. Continuemos.- dijo Hetnaset.

Durante el resto del viaje no ocurrieron cosas de interés. Draskull le cedió a Guitrius su bastón del viento, con lo que el drow ya tuvo su equipo a juego. Grow trató de sonsacarle a Hetnaset algo sobre Rakatán.

-Así que ese Rakatán te salvó la vida, ¿eh?
-No tengo ganas de hablar, Grow. Sólo quiero llegar a Karak a Hallaf, hacer el trabajo sucio y regresar. Así que déjame en paz.
-Mira, Hetnaset, estamos aquí contigo, acompañándote sin saber adónde, sólo porque te respetamos y consideramos, si no amigo, camarada. Podíamos haberte dado la espalda, pero no lo hicimos, así que lo mínimo que puedes hacer es poner buena cara.

Hubo un momento de silenciosa tensión entre los dos. Finalmente, Hetnaset bajó la cabeza.
-Tienes razón. Conocí a Rakatán cierto tiempo atrás, cuando viajaba solo por la otra punta de Lutaria. Me emboscaron cuatro drows que se habían aliado después de que yo les hiciera morder el polvo por separado. Me tenían en sus manos cuando Rakatán, que pasaba por allí, acudió en mi ayuda. Aún no sé por qué lo hizo, supongo que porque a él tampoco le caen bien ni los drows ni los cobardes, y estos cuatro eran ambas cosas. El caso es que, durante la pelea, pude liberarme y ayudarle. Después, sobre los cadáveres de aquellos cuatro, hicimos un juramento de amistad. Es el tipo más duro de cuantos he visto, y te aseguro que con un hacha y un escudo resistente nadie puede hacerle retroceder ni un palmo en combate.
-¿Y cuál es el problema que tiene exactamente?
-Heredó la fortaleza de Karak a Hallaf de su abuelo Smarrig, junto con toda la guarnición de soldados enanos que la vigilan. En el mensaje que me envió me informaba de que una hueste de orcos se había reunido frente a la fortaleza, y de que su líder se había entrevistado con él. Gerdihanna, una hechicera elfa hermosa y poderosa, había exigido la rendición inmediata de la fortaleza. Me decía que estaba en problemas debido a los poderes nigrománticos de Gerdihanna. Cuando acudí allí para verlo por mí mismo, no vi más que tres docenas de orcos vivos. No vi a la hechicera, ningún demonio o muerto viviente, pero había restos de lucha en el campo. Los muros exteriores de la fortaleza estaban hechos pedazos, y los cadáveres de enanos estaban desparramados como hojas en otoño. En la fortaleza debía haber sus buenos trescientos enanos como tropa regular. Calculo que había más de doscientos cadáveres de enanos y otros tantos orcos. Por eso no insistí en que viniéramos todos. ¿Qué pueden hacer unos meros cuarenta orcos y una hechicera contra tres magos y dos guerreros de entre los más bravos de Lutaria?
-No sé si es de sabios estar tan confiados. No viste el interior de la fortaleza, puede que allí haya más tropas orcas. Tal vez los enanos están muertos y Gerdihanna nos está esperando allí. Todo parece indicar que los ataques orcos son obra suya.
-Bueno, no te preocupes. Improvisaremos. Eso siempre se nos ha dado bien.

De pronto, se escuchó un grito de Zarkas:

-¡¡Noooo!! ¡No te atasques, maldita freidora! ¡Ya lo tenía!- Zarkas estaba furioso, golpeando a su caballo con los restos de un mando inalámbrico.

El sol empezaba a descender hacia el horizonte cuando Zarkas vio, con su vista de lince, cierta silueta recortada contra el astro rey.
-Es una fortaleza. ¡Hemos llegado a Karak a Hallaf!
-¡Al galope, seguidme!- Guitrius empezó a propinar tobitas a Fhada y Ada con impaciencia, para que aumentaran su velocidad. Hetnaset, Zarkas y Draskull azuzaron a sus caballos, y Grow se resolvió, nervioso, sobre la silla de montar de su magicorpio, cuyo ritmo de marcha era más que lento.
Los cinco compañeros llegaron a la fortaleza cuando ya había oscurecido. Dejaron a los caballos y al magicorpio atados a unas farolas y se hicieron una foto de grupo frente a la puerta de la fortaleza con el móvil de Guitrius.
-Bueno, entremos.-dijo Draskull.
-Espera, que la estamos admirando.-repuso Grow. En efecto, la fortaleza de Karak a Hallaf, excavada en la roca, se alzaba majestuosa y enorme. En sus alrededores no había rastro de cadáveres, armas ni restos de campamento alguno. Sobre las almenas de la fortaleza, según informó Zarkas, no había rastro de soldados enanos. La puerta, de roble, parecía gruesa y pesada.
-¿Llamamos?-preguntó Draskull.
-Llama, hijo, llama.-accedió Guitrius.
Draskull se adelantó y golpeó la puerta con los nudillos. “Ti, ti-ri-titi, pum, pum”. Los alkarrios esperaron, conteniendo el aliento. Los goznes de la puerta empezaron a chirriar estridentemente. Las cabezas de nuestros cinco amigos, alineadas, se asomaron al oscuro interior de la fortaleza, como si fueran los siete lascivos enanitos asomados a la habitación de Blancanieves. Ante la ausencia de peligro, decidieron entrar, pero adoptaron una formación defensiva. Zarkas iba en el centro, rodeado por los tres magos, y Hetnaset cerraba la marcha, maza en mano.

De esta guisa avanzaron por los altos y oscuros salones de Karak a Hallaf, sujetos los techos de piedra por enormes columnas de piedra decoradas con hermosos relieves que representaban escenas enanas de guerra y paz. Ejércitos enanos enfrentándose a orcos, elfos o drows. Grandes héroes y reyes en duelos contra caudillos orcos y príncipes élficos. Fastuosos banquetes en los grandes salones para celebrar victorias o períodos de paz. Alianzas y juramentos de honor entre fortalezas y clanes, festejados con música y bailes. Escenas para animar el corazón de quienes las admiraran. Escenas que nuestros compañeros pudieron observar gracias a las antorchas fijadas a las columnas que los magos, solícitos, encendieron a base de chasquidos de dedos al más puro estilo Bioshock.
-El caso es que no se ve un alma.-dijo Grow.
-Ni un sólo cadáver. Es curioso.-admitió Guitrius.
-Esperad. Estamos llegando al fortín, la parte más escondida y el último bastión de la fortaleza.-dijo Hetnaset.
-Sí, Hetnaset, sabemos qué es un fortín.-dijo Zarkas.
-Se cree que somos tontos.-se burló Draskull.
-Dejadme en paz, abortos de extraterrestre.-dijo Hetnaset, enfurruñado.-Hemos llegado.
En efecto, ante ellos se alzaba una pesada puerta de hierro llena de runas de protección. La puerta estaba abierta de par en par, dejando libre el paso al fortín.
-Si queda algún enano vivo, lo encontraremos aquí. Aunque tal vez los orcos ya se hayan marchado.-dijo Grow.
-Pero no hay rastro de cadáveres, y convendréis conmigo en que eso es algo muy raro en un campo de batalla.-dijo Zarkas.
-Bueno, en seguida sabremos qué es lo que ha ocurrido.-Hetnaset se puso el escudo en el brazo izquierdo, apretó la maza con fuerza y entró el primero. Zarkas se aseguró de que el carcaj estaba lleno y a mano, y colocó una flecha en el arco. Grow preparó su conjuro más potente y se cercioró de que su daga estaba en el cinto. Guitrius pateó al lobo que trataba de olisquearle la retaguardia, y cogió el báculo del viento y el escudo del viento, preparando un hechizo de tornado. Por último, Draskull trató de controlar las raíces subterráneas para que rompieran el suelo y las paredes de piedra en caso de necesidad.
En resumidas cuentas, los cinco amigos se pusieron en guardia y entraron en el fortín. Grande fue su sorpresa al descubrir una figura femenina, iluminada a pesar de la oscuridad reinante.
-¿Quién eres?-dijo Hetnaset. La desconocida se rió. Su risa dulce y melodiosa hizo temblar los corazones de los aventureros.
-¡Muéstrate!-ordenó Guitrius, y alzó una mano para encender las antorchas de la sala.
En ese momento, la figura extendió los brazos y la extraña luz que parecía emanar de su cuerpo se intensificó hasta cegar a nuestros amigos.
-Eh, tranquila, que no estamos en Idhún. Aquí, en Lutaria, no se llevan esas horteradas.- se burló Grow, conjurando una barrera de humo para detener la luz. La desconocida volvió a reírse, y Grow pudo ver, a través del humo, el más denso que podía crear, cómo los ojos de la mujer resplandecían. Acto seguido, la luz aumentó aún más. Grow creyó que incluso se volvía sólida cuando el humo se disolvió y el drow fue proyectado hacia atrás por una fuerza increíble.
-Habla de una vez, mujer, antes de que te clave en la pared por los hombros.- amenazó Zarkas, tensando el arco y tratando de ver algo en medio de la cegadora luz.
-De acuerdo.-La mujer bajó la intensidad de aquella luz misteriosa que parecía partir de sus ojos, y los cinco alkarrios pudieron observarla.
Se trataba de una elfa hermosísima, armada con un báculo de madera con piedras preciosas engarzadas. Vestía una vaporosa túnica, un cinto de cuero y unas sandalias. Su delicado cabello rubio estaba suelto, y caía desordenada y graciosamente sobre sus hombros. Su figura y su rostro eran perfectos. Sus labios eran carnosos, rojos y apetecibles, su nariz pequeña y sus ojos, azules, se asemejaban a dos estrellas recién formadas.
Por supuesto, los cinco compañeros quedaron boquiabiertos.
-Vaya pedazo de tía, tronco.-dijo Guitrius en voz baja.
-Sí, yo le metía de todo menos miedo.-admitió Grow, con voz lasciva.
-¡Ven aquí, rubia, a que te dé lo tuyo!-gritó Zarkas. La elfa se giró hacia el arquero, que había bajado el arco y tenía una mano sobre la bragueta, sonrió y levantó una mano. Zarkas salió despedido contra Guitrius y Grow. Los tres cayeron al suelo. La elfa se dirigió entonces a Hetnaset.
-Tú eres el tipo de quien hablaba Rakatán. El que iba a traerle refuerzos. ¿Acaso es esto todo lo que has traído?-se rió la elfa, mirando con desdén a los tres compañeros que se ponían de pie.
-Es más que suficiente para acabar contigo. ¿Dónde está Rakatán?
-Eso ya no importa. Karak a Hallaf me pertenece a mí, Gerdihanna, y vosotros sois intrusos. Adiós, aventureros. No volveréis a ver la luz del sol. Permitid que os presente a mi ejército.
Gerdihanna dio una palmada (sí, sujetaba el báculo con las rodillas), y de los oscuros rincones del fortín comenzaron a aparecer unas figuras tambaleantes.
Nuestros amigos pronto se dieron cuenta, por el arrastrar de pies y los gemidos de dolor, de que sus atacantes eran muertos vivientes, los llamados zombis (o zombies, para ser más correctos). Cuando las figuras salieron a la luz, pudieron ver que se trataba de orcos y enanos muertos, que habían regresado a la vida por algún impío y malsano embrujo nigromántico. Los valientes enanos que habían muerto luchando por defender sus dominios se arrastraban ahora, con las heridas abiertas, los escudos y los yelmos mellados y las hachas ensangrentadas, junto a aquellos con quienes se habían batido el cobre, los orcos, tan muertos, y tan vivos, como ellos. Constituían una desasosegante imagen de patetismo, de lo inútiles y débiles que pueden ser las decisiones de los hombres, y de lo poco que pueden hacer por cambiar las cosas cuando éstas realmente se tuercen. Frente a ellos, los cinco amigos representaban la imagen contraria, de firmeza, valor y trabajo en equipo, de lo que puede contar la voluntad de uno cuando está respaldado y firmemente decidido a no cejar en su empeño y a no ceder ni un palmo de terreno. Después de este momento de tragedia y dramatismo, proseguimos con el cachondeo y las entrañas desparramadas que tanto nos gustan a todos.
Gerdihanna se había retirado para dejar trabajar a su ejército. De hecho, decidió apoyarlos convocando a unas cuantas criaturas mágicas. De su bolsa extrajo un papel. “Vale por cinco perros infernales”, leyó, y acto seguido cinco nubes de humo aparecieron de la nada y cobraron la forma de cinco horrorosos animales de tipo lobuno, sin piel y chorreando sangre. Sus colmillos apenas les cabían en las bocas. Por si fuera poco, Gerdihanna rebuscó otra vez en su bolsillo Doraemon y sacó un sobre sorpresa. Lo abrió y vació el contenido sobre el suelo. Una pequeña criatura humanoide y verde empezó a crecer lenta pero inexorablemente.
Mientras tanto, los alkarrios adoptaron la posición de combate, con Hetnaset y Zarkas en la vanguardia y los magos en retaguardia. Los perros infernales se estaban rascando las pulgas, arrancándose jirones de carne en el proceso, y el monstruo verde apenas tenía el tamaño de un niño de seis años. Los alkarrios se infundieron ánimos:

-¡¡Aquí es donde nosotros pelearemos, aquí es donde nosotros triunfaremos, y aquí es donde ELLOS caerán!!-gritó Guitrius, el líder del grupo.

-¡Somos alkarrios, hemos nacido para este momento y se lo haremos ver.- aulló Zarkas!

-¡Por los alkarrios, por la gloria!-gritó Grow.

-Luchad sin temor, sin piedad y sin descanso y la victoria estará asegurada.- dijo Draskull.

-No me gustan las frases de ánimo. Matadlos a todos y punto.-dijo Hetnaset, cansado.
-Sólo por si acaso, ha sido un honor haber luchado a vuestro lado, compañeros.-dijo Guitrius, a quien se le caían las lágrimas. Todos se palmearon la espalda y se dispusieron a atacar.

Centrémonos en cada uno de los luchadores, por separado. El primero entre ellos, el que causaba mayor daño a sus enemigos era, claro está, Hetnaset. Con su monstruosa maza erizada de púas arrancaba la carne de los huesos de los muertos vivientes, que se movían mucho más despacio que el bárbaro. Era para él un juego de niños descuartizar a todo aquel que se le acercaba, e incluso se adentraba voluntariamente en las filas enemigas. Su rostro era una extraña mezcla de rabia y oculto placer, mientras segaba extremidades, deleitándose en cada golpe, parada y esquive.
En aquel momento, un perro infernal se lanzó hacia Hetnaset. El bárbaro dejó escapar un aullido de alegría y salió corriendo hacia el animal en lugar de preparar una defensa sólida. Al tiempo que el perro saltaba con las patas en tensión y la boca abierta, Hetnaset descargó un golpe con su maza. Por supuesto, el bárbaro aplastó la cabeza del perro sin dificultad. Se limpió la sangre de la cara con la mano y miró a su alrededor. Tres cadáveres de enanos caminaban hacia él. Dos de ellos estaban armados con martillos, pero el tercero llevaba un hacha y un escudo. Su yelmo con cuernos mostraba que era alguien importante. Hetnaset se dio cuenta, aterrado, de que el enano no era otro que su amigo Rakatán, a quien había venido a salvar.
-¡Rakatán! ¿Qué te ocurre, amigo?- por toda respuesta, el enano dejó escapar un gemido de dolor y alzó el hacha al tiempo que seguía avanzando hacia el bárbaro.
-¡Hetnaset! ¡Es un zombie! ¡Acaba con él, ya no te reconoce! ¡Te matará!-le gritaron sus camaradas.
-¡Nunca! ¡Es mi amigo!
Los enanos se acercaban. Hetnaset derribó con facilidad a los dos compañeros de Rakatán y le puso la maza en el pecho a este último.
-¡Detente!
Rakatán ignoró las afiladas púas y siguió caminando, dejando que la maza le atravesara. Hetnaset tenía que tomar una decisión. Rakatán estaba a punto de rebanarle la cabeza. El enano comenzó a bajar el hacha.
-¡Perdóname, amigo!- dijo Hetnaset, con una lágrima (pequeña, eso sí) en el ojo. Extrajo la maza, la volteó y decapitó al cadáver andante. Acto seguido, se arrojó al suelo golpeándolo con los puños.

Zarkas se había situado con la espalda cubierta por una pared de piedra, y desde ella asaeteaba a los zombies que veía. Sus lobos permanecían cerca de él, acabando con todo aquel que lograba evitarle, y el escudo mágico permanecía a su espalda, por si acaso. Por suerte, tenía flechas más que de sobra (es algo que nunca he entendido), y todo le fue a pedir de boca hasta que un perro infernal se fijó en él. Zarkas se dio cuenta y ordenó a sus lobos que atacaran, mientras la enorme criatura corría hacia él. Al mismo tiempo, preparó una flecha antidemoníaca (sí, el carcaj de Zarkas tiene muchas frikadas) y esperó hasta el último momento. El perro infernal no detuvo su acometida aunque llevaba a cada lobo mordiéndole un cataplín. Zarkas aguantó para no errar el tiro. El perro saltó hacia él. Apoyó sus patas traseras en el pecho del arquero. Abrió la boca y... le arrancó la cabeza a Zarkas de un mordisco.


Que no, que era una broma. Zarkas le metió la flecha entre pecho y espalda y el perro infernal desapareció sin dejar rastro.

Grow hacía gala de sus habilidades para escabullirse y escapar. Envueltos él y sus adversarios en una espesa niebla, era fácil para el drow esquivar los torpes golpes de los orcos y enanos, apartarse y atacar con la daga. Cuando se percató de que una daga no era la mejor de las herramientas para enfrentarse a unos tipos que ya estaban muertos, probó a usar el báculo como garrote. “Sí, mucho mejor” pensó Grow con placer, al desgajar el brazo de un orco con un potente golpe. Es cierto, estos zombies son de plastilina, ¿y qúe? Son los malos, así que deja ya de darme la brasa y disfruta.
Grow se fijó en un perro infernal que estaba perdido entre la niebla. Se acercó, sigiloso, a la bestia, y le arreó un buen golpe en las costillas.

El bicho se dio la vuelta. Sus ojos eran dos sangrientos rubíes. Grow agitó el bastón para crear algo de niebla, pero un chisporroteo le hizo saber que se le habían acabado las pilas. El perro se lanzó sobre él, pero Grow tuvo tiempo de interponer su escudo, que por alguna razón empezó a expeler humo en la boca de la criatura. Cuando el pero empezó a ponerse verde, dejó de intentar descuartizar a Grow, que pudo reducirlo a pulpa. Acto seguido, se fue un rincón a intentar apañar su equipo para que no hiciera lo que le viniera en gana.

Draskull trataba de sacarle partido a su arma, pero las raíces no acababan de salir. Por lo tanto, se entregó a un combate frenético y muy poco elegante, utilizando como arma el escudo de jade que le robó a Natachy. Con él les aplastaba la cabeza a los zombies como si fueran melones maduros. Su bastón no dejaba de intentarlo, pero no había nada que hacer. Se encontraba en un lugar tan profundamente ubicado en el seno de la tierra que pocas eran las plantas que se atrevían a crecer allí. De todos modos, las escasas raíces que oyeron la llamada del báculo de la tierra crecían a marchas forzadas, horadando la tierra y las duras rocas en dirección a Karak a Hallaf.

A Draskull se le puso por delante otro perro infernal al que no dudó en aporrear con el escudo lleno de sangre y abolladuras. La criatura era resistente y respondió echando a Draskull al suelo de una embestida y tratando de desgarrarle la garganta de un mordisco. Draskull no se amilanó y le dio a probar su escudo. El desdentado perro terminó por caer bajo los golpes y Draskull pudo volver a concentrarse en su hechizo.

Mientras tanto, Guitrius repartía viento y garrotazos a partes iguales. Cuando sentía que los enemigos le empezaban a rodear, un tornadillo se encargaba de alejarlos para que pudiera manejar el báculo a gusto. Un enano zombie que se le puso por delante perdió una pierna y cayó al suelo, donde Guitrius le pisó la cabeza mientras decapitaba a un orco que tenía una flecha clavada en un ojo. El último perro infernal no tardó en caer bajo los golpes del drow, que se encaró con la criatura verde, que ya tenía la altura de tres hombres. Era una criatura humanoide, de piel y pelo verdes, monstruosamente musculosa. Vestía un par de pantalones rotos de color morado. Guitrius se quedó boquiabierto. Sus compañeros le rodearon. Guitrius señaló a Grow, Zarkas y Hetnaset, gritando:
-¡Ja, os lo dije! ¡Yo tenía razón, jodéos! ¡Ahora veréis, dejadme sitio!
Los cuatro se apartaron, ocupándose de la interminable horda de zombies que no paraban de llegar. La criatura hizo gala de sus músculos clavando sus poderosos dedos en el suelo y arrancándolo, haciendo tropezar a Guitrius (tropezar y casi abrirse la cabeza)
-¡Hulk! ¡Aplasta!- aulló el monstruo verde, lanzándose sobre Guitrius. El hechicero levantó el báculo, y murmuró un hechizo. El tal Hulk se dio de bruces con una pared invisible que Guitrius había creado. Para cuando se dio cuenta, la pared se había convertido en una jaula de la que nadie podía escapar, y con poco aire en su interior. Hulk pronto se cansó de golpear inútilmente las paredes y, respirando con dificultad, se sentó en el suelo. En pocos minutos, Hulk se transformó en un humano corriente, flacucho y con pinta de friki y de llamarse Bruce Banner. Guitrius, después de preguntarle dónde había conseguido aquellos pantalones, hizo desaparecer la jaula y dejó que se fuera.
Además de los zombies, que poco a poco ganaban terreno, Gerdihanna estaba por allí, levitando. Hetnaset, que todavía estaba tocado por la muerte de su amigo, dirigió su mirada más terrible de tipo duro a la hechicera elfa que había provocado aquella tormenta de dolor, muerte y destrucción. Apretó la maza con ambas manos, sus ojos se entrecerraron y sus dientes rechinaron. Su rostro se puso morado y le empezaron a silbar los oídos. Le hizo una seña a Guitrius para que el grupo se reagrupara y salió corriendo hacia la elfa, arma en mano.
Guitrius llamó a sus compañeros, que se reunieron en torno a él. El drow plantó su báculo sobre el suelo de piedra, donde se quedó flotando. Un tremendo huracán alejó a los zombies sin afectar a ninguno de los cinco amigos ni a la elfa.
-¡El viento no durará mucho tiempo! ¡Esperemos que Hetnaset salga vencedor!
-¿No intervenimos?-preguntó Draskull.
-Es su batalla. No actuaremos a menos que sea preciso.

Hetnaset corría hacia Gerdihanna, derribando zombies a cada zancada. Nada podía detenerlo. Maldecía entre dientes, los ojos fijos en su objetivo y la maza estrujada entre las manos. La hechicera se dio cuenta del adversario que estaba echándosele encima, dejó de levitar y se preparó para recibir a su enemigo. Murmuró un hechizo, y el báculo se alargó y aparecieron dos cuchillas de acero a cada extremo como por arte de magia. XD. Gerdihanna también sabía defenderse en el cuerpo a cuerpo, como Hetnaset iba a comprobar en pocos instantes.
Hetnaset dio dos zancadas, como si fuera a hacer un mate de baloncesto, saltó y descargó la maza con todas sus fuerzas, que no eran pocas. Gerdihanna interpuso el bastón, que resistió el golpe gracias a su resistencia mágica, y lo giró para rebanarle la cabeza al bárbaro. Éste se echó atrás y volvió a la carga. La elfa era endiabladamente rápida y no daba un momento de tregua, ni perdonaría un descuido. Hetnaset puso los cinco sentidos en el combate y luchó como nunca antes lo había hecho, con furia, pero con tenacidad y paciencia, buscando puntos débiles y midiendo las habilidades de Gerdihanna. La elfa era un torbellino de cuchillas. Parecía Bruce Lee en aquel vídeo de YouTube donde el chinorris pelea con toda una escuela de artes marciales japonesa con unos nunchakus. Por si no fuera suficiente con sus armas también soltaba de vez en cuando alguna patada giratoria de Chuck Norris que le volvía la cara del revés a Hetnaset. El bárbaro no era imberbe (Pablito clavó un clavito), y los moratones y los cortes que comenzaban a cubrir su piel le enfurecían cada vez más. Sus golpes eran más y más devastadores, hasta que llegó un punto en que Gerdihanna perdió el equilibrio por un mazazo y cayó al suelo.
-Por Rakatán.-dijo Hetnaset, y descargó un golpe. Pero la elfa ya no estaba allí. Se había teletransportado tras el bárbaro...y su báculo le desgarraba los intestinos. Gerdihanna extrajo la enrojecida punta y empujó al bárbaro, que ya no se levantó.

Guitrius, Zarkas, Grow y Draskull no daban crédito (por lo que no pudieron pedir un préstamo) a sus ojos. Hetnaset, el malote, el bárbaro salvaje y asesino, el invencible, había caído. Los cuatro compañeros se rasgaron las vestiduras y se arrancaron los cabellos. Draskull clavó su bastón en el suelo, no para invocar nada, sino por pura frustración. Sorprendentemente, la raíz aquella de los huevos salió, grande y gruesa, justo bajo la túnica de la sonriente elfa. La penetró (no, no es un laísmo, es una guarrada) y la dejó clavada, con la punta saliéndole por la boca.
-Vaya, parece que ha mordido más de lo que podía tragar.- dijo Zarkas.
-Ja, ja, así que comía con el...-dijo Draskull, asombrado.

Los cuatro camaradas se acercaron al lugar donde habían caído Hetnaset y Gerdihanna. El bárbaro tenía una expresión de sorpresa e incredulidad. La elfa tenía una extraña cara de secreto placer.
-¡Los zombies!-gritó de pronto Grow. Efectivamente, el viento se había disipado, y los odiosos muertos vivientes les habían rodeado una vez más. El cerco se estrechaba, y los compañeros se disponían a vender caras sus vidas, cuando oyeron unos gritos de guerra. De inmediato, dos docenas de guerreros, humanos, elfos, drows, enanos, hombres y mujeres, irrumpieron en el salón entre alaridos y aullidos, derribando a los zombies como si fueran bolos.
-¡Los Antares! -gritó Zarkas.
Guitrius no cabía en sí de gozo. Se giró hacia sus camaradas y les gritó con superioridad:

-¡Conque era una gilipollez! ¡Conque eran unos muertos de hambre! ¡Ja,ja! ¡Soy el mejor! ¡Vencí a Hulk y os he salvado a todos! ¡Vamos, venid aquí, zombies asquerosos! ¡Acabaré con todos vosotros y con todos los villanos de Marvel, DC y Dark Horse comics! ¡No os tengo miedo!

Zarkas, Grow y Draskull bajaron la cabeza. Efectivamente, si seguían vivos era única y exclusivamente gracias a la previsión de Guitrius. Los Antares seguían enfrascados en su desagradable tarea, cargándose a los zombies. Había para todos: para los altos, para los bajos, para los gordos, para los flacos, para los feos, para los guapos, para los rubios, para los morenos...para todos. Guitrius se reunió, cuando le fue posible avanzar entre tantos cadáveres, con el jefe de los Antares. Se estrecharon las manos y empezaron a charlar como si tal cosa. Los Antares habían ido a visitar a los alkarrios, pero se había encontrado con que en el campamento faltaban el jefe y sus lugartenientes. Cuando Ghar’Ba-Kar le explicó dónde habían ido, el líder Antares se estremeció al oír el nombre de Karak a Hallaf. Precisamente habían pasado por allí de camino al campamento alkarrio y se habían encontrado con un asedio a la fortaleza, con un ejército orco con el que no se arriesgaron a entablar combate. Por eso, al oír que sus aliados habían salido de camino hacia allí, les siguieron a marchas forzadas. Y llegaron a tiempo.
Ya en el exterior de la fortaleza, Grow, Guitrius, Zarkas y Draskull levantaron una pira para Hetnaset, frente a la puerta de Karak a Hallaf. Sobre el altísimo montón de leña colocaron el cadáver de su amigo, con la maza sobre el pecho, sujeta con ambas manos. Colocaron una moneda bajo su lengua para que el bárbaro pudiera pagar al barquero que le llevaría a la otra vida. Fue una ceremonia austera, adecuada al cadáver del difunto. Cada uno de los compañeros puso junto al cuerpo un presente. Grow le dejó el juego de Hulk, “porque es más tuyo que mío, la verdad”, dijo entre sollozos. Draskull le dejó el báculo que le había vengado. Zarkas le regaló la X-Box con el Spiderman 3, “Te lo mereces, para que no te aburras en la otra vida”, y Guitrius...Guitrius le devolvió el Blade a su amigo. “Más vale tarde que nunca”, dijo. Por último, los Antares le rindieron toda clase de homenajes. Guitrius fue el encargado de encender la pira. Los cuatro camaradas se quedaron hipnotizados por la gruesa columna de humo que se elevaba hacia el cielo gris y deprimente, la escalera que transportaría al espíritu de Hetnaset hacia su nueva vida de peleas y banquetes en compañía de héroes legendarios.
Los alkarrios se pusieron en marcha. Volvían al campamento. Cinco salieron de él, y sólo cuatro regresaban. Guitrius iba absorto en su escritura, de modo que Zarkas se aproximó y echó una ojeada al pergamino en el que Guitrius escribía:




“Esta noche atacaremos
Los rayos rasgarán el cielo.
Todos juntos lucharemos
Seguro que muchos caeremos
Pero siempre recordarán que les plantamos cara,
Y todos morirán bajo mi espada.”