jueves, 13 de diciembre de 2007

OLÉ ganadora de otro Oscar

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Este relato no tiene ninguna connotación anti-británica a pesar de lo que pueda parecer. Sólo trata de concienciar sobre la auténtica salvajada que representa una antigua tradición ibérica que se niega a desaparecer, aferrándose como puede a la vida con sus pútridos y sarmentosos dedos.


Ernest Shinewood, de Gran Bretaña. Veintitrés años, hijo menor de una familia de clase alta. Atraído a España por las promesas de diversión y juerga de aquellos de sus amigos que ya habían estado allí, Ernest se hospedaba junto con ellos en un hotel de Sevilla. Una vez puso un pie en tierras andaluzas, Ernest acompañó a sus amigos a comprar entradas para la corrida de toros de la tarde siguiente. Junto a la taquilla había un grupo de hombres jóvenes en el cual los ingleses no repararon. Aquellos individuos los observaban con ojos severos. Ernest y su pandilla compraron las entradas y pasaron el resto del día visitando la ciudad e informándose de dónde estaban los mejores lugares para divertirse por las noches.
El anochecer llegó por fin, y en aquella calurosa noche de verano Ernest y sus amigos condujeron hasta una de las mejores discotecas andaluzas. Aparcaron sus coches en la entrada y se internaron en el local. Tras ellos, un grupo de jóvenes que no nos resultan del todo desconocidos.
Ernest y sus colegas se dispersaron por la discoteca, y enseguida se hicieron los reyes de la noche. Conocieron a mucha gente, bebieron, bailaron, rieron y consumieron todo tipo de estupefacientes. Ernest conoció a una chica rubia y no demasiado alta, que dijo llamarse Laurita, que le invitó a otra copa. Mientras Ernest, que ya empezaba a verlo todo doble, cabeceaba, Laurita vació el contenido de una pequeña probeta en el vaso de su compañero. Ernest, ignorante de lo que su vaso contenía, y para demostrar su hombría inglesa y su resistencia de hooligan, se bebió de un trago el brebaje. No notó nada raro.
Laurita le propuso a Ernest seguir con la conversación en su apartamento, y Ernest asintió con la cabeza, completamente cocido. Laurita lo llevó del brazo hasta el aparcamiento, donde Ernest trató de abrir la puerta de su coche. Una hora después, cuando por fin lo consiguió, Ernest se sentó en el asiento del conductor y trató de arrancar el coche. Al no encontrar el lugar donde insertar la llave, decidió que era el momento de cederle a Laurita su puesto en el coche. Ernest se pasó al asiento del conductor, y Laurita puso en marcha el vehículo. Condujo durante mucho tiempo, campo a través, hasta que Ernest se quedó plácidamente dormido. En ese momento, Laurita detuvo el coche y se bajó. Sacó un teléfono móvil del bolsillo trasero de sus vaqueros, marcó un número y se puso a hablar durante unos segundos. Sólo tuvo que esperar unos minutos, pues enseguida llegaron un coche y una furgoneta. Del coche bajó el grupo de jóvenes que habían estado siguiendo a los ingleses toda la noche. Les acompañaban varias chicas más. Entre dos sacaron a Ernest del coche y lo depositaron en la furgoneta, junto al resto de sus amigos, también dormidos. Aseguraron las puertas y subieron al coche.
Antes de irse, otro de los jóvenes subió en el coche de Ernest y buscó un buen lugar para ocultarlo. Para asegurarse de que nunca lo encontraran, lo llevó hasta un barranco de una zona poco frecuentada y lo empujó pendiente abajo. El coche y los matorrales del fondo del desfiladero fueron engullidos por una bola de fuego al explotar el vehículo. El chico volvió con su grupo y pusieron en marcha su propio coche. La furgoneta que transportaba a los ingleses, escoltada por el coche, viajó durante horas hasta detenerse en algún lugar de las tierras andaluzas. Allí se erguía una impresionante plaza de toros. Apenas había empezado a amanecer cuando los ingleses fueron introducidos en un cajón de madera, despojados de todas sus ropas. Aprovechando lo que les quedaba de día, el grupo de secuestradores se preparó para la faena. Se vistieron con sus brillantes trajes de luces y afilaron estoques y banderillas. Limpiaron la sangre de faenas anteriores de los capotes y, con sonrisas de satisfacción, vieron acercarse una caravana de coches que aparcaron cerca. Los viajeros se apearon y, tras pagarle una exorbitante cantidad de dinero a uno de los jóvenes que se habían apostado en la puerta, se fueron sentando en las gradas para asistir a aquel espectáculo sangriento y denigrante.
Ernest Shinewood abrió los ojos lentamente. Cuando se dio cuenta de que estaba desnudo, lo achacó sin duda a la noche de pasión que había pasado con Laurita. Pero cuando descubrió que no estaba en una cama sino en un cajón de madera, y que a su lado no había una chica despampanante sino sus amigos, empezó a preocuparse seriamente.
Ernest se hizo algunas preguntas retóricas a sí mismo, en inglés. No sabía dónde estaba, y la única luz que iluminaba levemente aquel cajón oscuro y sucio provenía de una rendija entre los tablones. Lo único que sabía es que fuera había una gran multitud, cuyos ensordecedores gritos de impaciencia agravaban su resaca, llevándola hasta cotas impensables. Ernest echó un vistazo por la rendija, mientras sus amigos despertaban. El sol le cegó momentáneamente, pero poco a poco comenzó a ver con claridad. Vio un montón de gente sentada en unas gradas. Vio una especie de arena de coliseo y dos hombres que avanzaban hacia “su cajón”. Uno de ellos llevaba un extraño taje de colores y un capote rosa y amarillo. Sobre la cabeza lucía una montera negra. El tipo que caminaba a su lado vestía de manera normal, pero llevaba una pistola en la mano derecha. El torero se detuvo en el centro de la plaza, mas el pistolero se acercó a ellos y abrió el candado que mantenía el cajón de madera cerrado. Los dos hombres que montaban guardia en la puerta arrastraron a Murray, amigo de Ernest, mientras el pistolero les encañonaba. La puerta del cajón se cerró de nuevo, dejándoles en la más absoluta oscuridad. Ernest volvió a mirar por la rendija. Mientras Murray era arrastrado hacia el centro de la plaza, fue recibido por una fanfarria de clarines y timbales. El público vociferaba. El torero desafió a Murray a que le atacara. El aturdido Murray no sabía donde estaba, qué hacía allí ni quién era aquel tipo tan extravagante. El inglés trató de darse la vuelta y marcharse, pero el pistolero le apuntó con su arma y le gritó algo en español, así que Murray decidió intentar derribar a aquel tipo tan raro.
En la primera embestida del inglés, el torero se hizo ágilmente a un lado, haciendo una finta con su capote mientras el público gritaba a la vez: “¡Olé!”. Murray se rehizo, y le asestó un puñetazo en la mandíbula al torero, que dio con sus huesos en el suelo. Murray, viendo su oportunidad, se arrojó sobre el torero, buscando su garganta con sus manos. Enseguida acudieron tres o cuatro toreros más, que alejaron a Murray del “matador”, el cual se puso en pie, visiblemente decepcionado y furioso. El torero tomó las dos banderillas que le tendían sus compañeros, y se acercó a Murray despacio, con las manos alzadas y las banderillas apuntando al inglés. Ernest decidió apartar la mirada.
Esperó impaciente en la oscuridad del cajón, oyendo de cuando en cuando gritos, tanto de dolor como de júbilo o desafío. Pronto la tierra tembló con los vítores de la gente, y Ernest supo que Murray estaba muerto. Se atrevió por fin a asomarse a la rendija.
Los niños, animados por sus padres, aullaban como locos, y las mujeres meneaban a toda prisa sus abanicos. Los hombres fumaban grandes puros, y los otros toreros esperaban su turno, impacientes. Ernest prefirió no mirar el cadáver de Murray.
Gruesas gotas de sudor perlaron la frente de Ernest y sus compañeros al oír el cajón de madera rechinando. El pistolero y sus compañeros aparecieron de nuevo en la puerta, mientras la fanfarria de clarines y timbales resonaba de nuevo en la plaza, cuya arena estaba llena de flores. En pocos minutos, volvió a oírse aquel grito infame y vil, aquel grito que expresaba admiración hacia un carnicero que mataba para diversión de los demás y degradación de su persona, que se llamaba a sí mismo “artista” y que no sabía lo que significaba esa palabra. Aquel grito, decía, que parece que tendremos que soportar durante algún tiempo más, mientras siga habiendo seres que asistan a este cuanto menos peculiar evento:
-¡Olé!

La última pesadilla de la clase 17 o “English lesson with a zombie expression”

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Dedicado a toda la clase JP5BS del curso de verano 2006 del Brittish Council. Por orden de defunción en el relato:

Ignacio Fernández De La Peña
Elian López Cantalejo
Miguel Díaz Bauluz
El menda
Carlos Gamarra Cortina
Marina Fernández Cano
Marta Anquita Sobrados
Paloma Pavía Rodríguez De Rivera
Elena Porres De La Cruz
Jose Luis Álvarez Fernández
Clara Lucas Guerra
Gonzalo García Silva
Antonio Gil De Gómez Pérez

Este relato es un pequeño guión del proyecto del curso. No deja de ser una secuela de Scary Movie.



La clase 17 del Brittish Council al completo echó a correr hacia las puertas que separaban el edificio de la calle. Para cuando llegaron, la enorme verja estaba cerrada, y no había rastro de los vigilantes. Ni un alma en la calle. Los trece jóvenes se miraron unos a otros, indecisos. Habían estado hablando con Mike hasta hacía muy poco, y las demás clases habían salido ya.

-¿Qué hacemos?- preguntaron las chicas.
-Parece que no quedan alumnos. Habrá que volver y avisar a Mike.- sugirió Gonzalo, temblando como una hoja. Era un joven epiléptico que a menudo sufría crisis nerviosas.
-¿Otra vez ahí dentro? Yo no voy ni loco, bastante les he aguantado ya.- se quejó Antonio. Algunos de sus compañeros le apoyaron.
-Bueno, vamos unos cuantos y ahora traemos a Mike.- zanjó la discusión Carlos L.

Las chicas, Carlos L, Miguel, Jose Luis y Gonzalo volvieron al interior, mientras Antonio, Nacho y Carlos G se quedaban intentando salir. Fue inútil, y pronto se sentaron en un banco. Había empezado a anochecer, y las nubes más negras cubrían el cielo.

El edificio tenía las luces apagadas, y su aspecto era a todas luces inquietante (valga la redundancia). Los jóvenes avanzaron a tientas hasta el piso de arriba. No había nadie en la sala de profesores, así que enviaron a Jose Luis a avisar al resto. Las chicas optaban por pasar la noche en el sombrío edificio, así que fueron a buscar un sitio confortable. Cuando todos estuvieron reunidos en la biblioteca, a Nacho, a quien las tripas le rugían ferozmente, se le ocurrió una idea.

-Seguramente aún queden bocadillos de hoy. ¿Alguien quiere ir a comprobarlo?
El silencio fue sepulcral.
-Vale, vale, iré yo. Caguetas.- Nacho salió de la biblioteca despacio, pero con firmeza.

Nacho pronto encontró una caja de bocadillos en un aula vacía. Antes de volver a la biblioteca, abrió y se zampó uno de paté con queso. Luego, cogió la caja y regresó a la biblioteca. Sin embargo, ninguno de sus compañeros tenía ganas de comer. Nacho, maldiciendo entre dientes, sacó la caja de la biblioteca a patadas y la llevó hasta el aula donde la había encontrado. Entonces, notó algo raro en sus tripas. Se llevó la mano al vientre. Temblaba. Ante sus ojos, su piel se rasgó y algo saltó al suelo. Un bocadillo con dientes y ojos. Nacho cayó al suelo, chorreando sangre por la herida. El bocadillo rugió y trató de morder a Nacho. El joven, arrodillado, tuvo fuerzas para agarrar el bocadillo y lanzarlo contra la pared. El paté con queso se desparramó por todas partes. Nacho intentó gritar para avisar a sus compañeros, pero no tenía energía suficiente. Se dio cuenta de que la caja se agitaba con violencia. Se abrió de repente, y todos los bocadillos antropófagos le atacaron a un tiempo.

Nacho no volvía, pero todo el mundo estaba ya dormido la biblioteca, a pesar del duro suelo. Pensaban que Nacho, enfurruñado porque no habían agradecido su acto de solidaridad, se había ido a dormir a otra parte. En cierto modo, tenían razón. Sin embargo, Elian no podía dormir. Aquel lugar le daba mala espina. Se levantó a dar una vuelta para cerciorarse de que no pasaba nada. Salió de la biblioteca y avanzó por el pasillo. Advirtió que alguien había quitado un extintor de la pared.
-¿Quién habrá sido?- se preguntó la chica.-¡Hay que avisar a los demás de que hay alguien en el edificio!
Elian echó a correr. Dobló la esquina para entrar en la biblioteca, pero alguien la golpeó en la cara con el extintor. Su cráneo se partió en pedazos, y sesos y sangre se desparramaron por las blancas paredes de gotelé.

Miguel se despertó al oír el golpe. Sin desvelar a los demás, salió de la biblioteca a hurtadillas. Al ver el cadáver de Elian en el pasillo, Miguel empezó a gritar. Los demás se despertaron y acudieron a ver qué pasaba.

-¿Miguel? ¿Qué pasa?- preguntó Antonio.
-¡Elian! ¡Está...- el grito de Miguel quedó ahogado de repente. Cuando la clase llegó hasta allí, vieron una figura tras Miguel. Le habían degollado con un largo y afilado cuchillo. La figura se acercó, tras dejar caer a Miguel al suelo, que empezó a cubrirse de sangre.
-Damian? Are you Damian?- preguntó Antonio.
-Yes...and no.- respondió la figura. Ciertamente, parecía Damian, el profesor, pero unos colmillos le sobresalían de la boca, sus orejas eran puntiagudas y sus ojos se habían vuelto rojos. Los chavales retrocedieron, asustados. Una segunda figura apareció junto a Damian. Era Mike.

-Mike! Help us, please! Damian is a vampire!- suplicó Elena. Mike sonrió y se dejó caer al suelo a cuatro patas. Ante los ojos incrédulos de la clase, la camisa de Mike se rasgó al abultarse su musculatura, su rostro se alargó y su cuerpo se cubrió de pelo. El tatuaje de un león rojo que lucía en el hombro desapareció bajo su espeso pelaje. Lo que se incorporó segundos después ya no era Mike. Era un hombre lobo. La clase echó a correr sin más miramientos. Pasaron junto al cadáver degollado de Miguel, el cuerpo descabezado de Elian y el carcomido esqueleto de Nacho, y salieron por patas hacia el piso de arriba. De cada clase salía un batallón de zombies y no-muertos. También vieron a profesores como Kevin McLeod o Liz Tuck, convertidos en espantosas criaturas. Los perseguidores cada vez eran más numerosos, aunque por suerte se movían con una exasperante lentitud. La clase 17 se paró en medio de un pasillo. No se oía ya el arrastrar de pies de los monstruos. Todo había quedado en silencio de nuevo. Antonio y el epiléptico Gonzalo trataron de abrir la puerta de la clase 17, mientras Carlos L., que tenía algo que decir, se situaba frente a los enormes armarios blancos diseminados por las paredes. Durante todo el curso se habían estado preguntando qué ocultarían, y cuál sería la finalidad de las etiquetas con fechas que tenían pegados.

-¡Escuchadme!-dijo Carlos L. -Nos persigue un ejército de monstruos de pesadilla. Por suerte, sé cómo luchar contra ellos. Así que... - Un armario se abrió de golpe tras Carlos L. El chico se giró.

Una mano garruda y putrefacta salió del armario, cogió a Carlos L. por la camiseta y lo arrastró al interior. Los jóvenes pudieron ver cómo docenas de no-muertos allí hacinados lo despedazaban a golpes y se repartían sus restos. Después, el armario se cerró con gran estruendo.

Una hora más tarde, lo que quedaba de la clase 17 estaba atrincherada en dicha clase. Habían asegurado la puerta con sillas y mesas. Las ventanas que daban al exterior estaban cerradas por fuera y reforzadas con una reja. De todas maneras, las chicas rompieron los cristales con sillas y trataron de llamar la atención de alguien a base de chillidos. Fue inútil, pues ya era de noche y no había un alma sobria en la calle, pues era viernes por la noche.

Entonces, decidieron hacer una salida, pues los muertos vivientes no tardarían en volver a atacar, y su mero número podía acabar con todos los alumnos. Ya sólo quedaban Carlos G., Jose Luis, Elena, Paloma, Clara, Marta, el epiléptico Gonzalo, Antonio y Marina, pero eran bastantes para sobrevivir. O eso pensaron. El plan era el siguiente: Carlos G. iría a buscar algo de comer a la máquina de comida, mientras el resto trataba de escapar. Obviamente, el plan había sido ideado por el hambriento Carlos G.

Los alumnos echaron a andar, armados con sillas. Antonio cargaba con un cassette antediluviano. A pesar de ir armados, caminaban temerosamente y tratando de escudriñar la oscuridad. Cuando llegaron al piso de abajo, Carlos G se separó del grupo. Llevaba varias monedas en la mano, que introdujo en la máquina. Entonces vio, reflejado en el cristal, al hombre lobo McDonald. Carlos G se giró, aterrado, y trató de golpearle con su silla. El hombre lobo detuvo fácilmente el golpe y arrojó la silla lejos de él. Acto seguido, agarró a Carlos G por la espalda con sus afiladas garras y lo levantó. Lo dejó caer sobre su rodilla mientras chillaba, de manera que sus costillas se partieron. Después, lo levantó de nuevo y lo incrustó de cabeza en la máquina de comida. Allí lo dejó, entre tanta comida que no había podido probar. Los hierros que sujetaban la comida se habían incrustado en su cráneo, así como trocitos del cristal. Carlos G., antes de morir, sacó la lengua para tratar de lamer el chocolate de un Chipicao, pero no lo consiguió. Mike McDonald echó a correr a cuatro patas tras las presas restantes.

El resto de los alumnos siguieron su camino. Marina iba rezagada, así que nadie notó su ausencia cuando Mike la agarró bruscamente. Le tapó la boca con la mano y la arrastró por el pasillo hasta llegar a la biblioteca. La impresora estaba allí, encendida. Mike colocó la cabeza de la aterrorizada Marina en la impresora, levantó la pesada tapa y la bajó con todas sus fuerzas, al tiempo que pulsaba el botón. Varias fotocopias salieron de la máquina. Mike cogió una fotocopia. La sangre de Marina resbalaba por la impresora. El hombre lobo examinó la fotocopia mientras mostraba sus colmillos.- “It’s a very good picture. Extremely realistic.”- dijo con voz cavernosa.

Marta, Elena y Paloma se habían dado cuenta de la desaparición de Marina, así que también se separaron del grupo. Las desdichadas pronto se vieron rodeadas por docenas de muertos vivientes. No podían escapar. Damian el vampiro se abrió paso entre los cadáveres andantes y se situó ante las jóvenes aterradas. Mostró los dientes, abrió la boca y...
-¡Uh!- las tres chicas cayeron al suelo del susto, llevándose la mano al pecho. El vampiro, incrédulo, comprobó que estaban muertas. Ante una muerte tan insípida, el vampiro no pudo menos que, de un certero golpe de cuchillo, sacarles los corazones y devorarlos con insana avidez (lógico, por otra parte, ya que el vampiro está previsto de una sed de sangre y matanza sin fin, debido a que es símbolo de las más bajas pasiones humanas). Se echó a reír a carcajadas y continuó persiguiendo al grupo.

Mike se alzaba ante los supervivientes. La única chica del grupo, Clara, se adelantó y le propinó una patada de kung-fu. Después, avanzó hacia el caído Mike y le asestó varios golpes con los puños. Finalmente, mientras el hombre lobo trataba de ponerse en pie, Clara se arrancó un colgante de plata en forma de puñal que llevaba al cuello y lo clavó en el corazón de Mike. El hombre lobo aulló lastimeramente y murió. Los chicos la miraban asombrados.

Entonces, los zombies, antiguos alumnos revoltosos del Brittish Council aparecieron ante ellos. Los jóvenes reconocieron a Elian, Carlos G., Marina, Marta, Elena y Paloma. Clara sonrió y dijo:
-Jose Luis, Gonzalo, Antonio, marchaos. Yo acabaré con ellos.
Gonzalo y Antonio echaron a correr. Un vampiro con rastas había aparecido. Clara se había quedado estupefacta, mirando a la criatura completamente embobada. El vampiro se acercó con cautela, pero Clara no suponía ningún peligro. Los rastafaris la volvían loca. El vampiro se relamió los labios y se lanzó sobre su cuello. Mientras el vampiro sorbía toda la sangre que era capaz, Clara, extasiada, se dejó caer al suelo. Cuando hubo acabado, el vampiro se levantó y, pasando por encima del cadáver de Clara, salió tras los tres alumnos restantes.

Gonzalo, Jose Luis y Antonio se habían perdido y, perseguidos por los no-muertos, habían acabado en el primero piso de nuevo. El vampiro rastafari se acercó a ellos. Avanzó hasta Jose Luis y le arrancó la cabeza de cuajo. Después, miró fijamente a Gonzalo, el epiléptico, mientras alzaba una mano. Gonzalo entró en trance y empezó a temblar más de lo normal. Acto seguido, aullando como un loco, salió corriendo hacia una clase, entró y se arrojó contra la ventana. Dio al traste con la reja y cayó al suelo, matándose en el acto. Antonio se abalanzó entonces contra el vampiro rastafari, y le aplastó la cabeza con el radiocassette.

Los no-muertos rodearon a Antonio. El decapitado Jose Luis se levantó y se unió a ellos. De entre la masa de amenazantes zombies surgió Damian el vampiro. En la mano llevaba el cuchillo. Lo acercó a su cara y lo lamió con ansia. Caminó hasta quedar a pocos centímetros de la cara de Antonio. Abrió la boca y dijo...

-Antonio!! Were you sleeping in class?- Antonio se despertó sobresaltado.
-Eeeh...¡no! Sorry, Damian. -Antonio se incorporó y se restregó los ojos con la mano.
-The course has finished. You can go home.- dijo Damian, sonriendo amablemente. No quedaba nadie más en la clase, todos se habían ido ya.
-Oh, thank you!- dijo Antonio, contento.

Antonio se levantó y se fue. No se dio cuenta de que la cabeza de Damian le miraba, hasta quedar completamente girada hacia atrás. Cuando Antonio se fue, Damian se echó a reír con maldad y se fue en pos de él, mientras sus colmillos surgían de su boca y sacaba el cuchillo. Las puertas del Brittish Council se cerraron con gran estrépito.

Las Crónicas de Garbajosa y los NPGs

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Una serie de relatos cortos basados en hechos reales.

EPISODE I - La vieja loca (Scary Movie made in Spain)


-¡A jugar a otra parte, rapaces! ¡Anda que no hay sitio en el pueblo, y tenéis que venir aquí a molestar!- aulló la anciana.

-Pero, señora, si no molestamos a nadie.- trató de razonar Antonio.

-Lo diréis vosotros. ¡Que ya me rompisteis una ventana una vez! ¡Ahora queréis darle al coche!- siguió la mujer.

-Pero, ¿qué dice, señora? Nosotros no hemos roto nada. - se defendió Saúl.

-Como os pille el balón, os le pincho.- sentenció la anciana, agitando sus agujas de hacer punto.

-Se dice “os lo pincho”- dijo Carlos por lo bajo.

La mujer, resignada a que los chavales siguieran tocando las narices con la pelotita, les dirigió una última mirada de odio y cerró la puerta. Los chicos siguieron dando pelotazos junto a la puerta de la vieja. Trataban de encestar en el pilón de la fuente de una patada. Algún balonazo que otro se escapaba y golpeaba la puerta de la casa de la vieja. Cuando se cansaron, se fueron a otra parte. No vieron que, en la ventana de la casa, el rostro furioso de la vieja les observaba.

A los pocos días, después de haberse reído del asunto y habérselo contado a toda la pandilla, se olvidaron de ello.



Garbajosa era un pueblo minúsculo y de pocos habitantes. Poseía una especie de centro cultural llamado cariñosamente “El Chiri”, una fuente y... nada más. Sus casas destartaladas hacían gracia de día, pero por la noche, y con ayuda de los árboles, proyectaban espectrales y siniestras sombras. Lo único que daba algo de vida al pueblecillo eran los NPGs, el grupo de chavales provenientes de lugares tan dispares como Madrid o Zaragoza que, como toda pandilla en condiciones, revolucionaban el pueblo con su alegría y, sobre todo, con sus chorradas.

El día en que empezó todo, los NPGs jugaban al frontón en la plaza del pueblo. Era de noche, y no veían un pimiento. Iban todos vestidos con camisetas negras con el símbolo de los NPGs, el cartel de Garbajosa y sus nombres. Unos pantalones blancos completaban el cuadro. Allí estaban Anto, Saúl, Carlos y Carlos (los llamaremos Carlos L y Carlos C), Isa, María, Natalia y Mariano. Los chicos y Natalia jugaban al frontón, mientras que las chicas estaban sentadas en bancos.

Saúl golpeó la pelota con tanta fuerza que, en el rebote, impactó en el cráneo de su hermana Natalia. Natalia cayó al suelo inconsciente. Las chicas la atendieron mientras Carlos C devolvía la pelota. Debido a la oscuridad, la pelota se perdió en el cielo y bajó rebotando hacia la fuente.

-Ahora vas tú, tío.-dijo Mariano.

-Pero, ¡¡corre!!- le apremió Anto.

Carlos C echó a correr como alma que lleva el diablo. Los demás NPGs varones, agotados, se unieron a las chicas para descansar mientras Carlos C volvía.

-¿Habéis oído eso?- preguntó Carlos L.

-No. ¿Qué era?- preguntó Natalia, mientras se frotaba la frente con la mano.

-No sé, parecía un golpe fuerte.- replicó Carlos L.

-¿De dónde venía?- preguntó Saúl.

-Yo también lo he oído, y diría que de la fuente.- dijo Mariano.- parecía un petardo, un TK-gas o uno parecido.- Mariano era un gran gamberro y experto en petardos.

-Pues vamos a ver, ¿no?- dijo Isa.

-Está muy oscuro. Tengo miedo.- se quejó María.
-Tranquila, yo te protegeré.- dijeron a un tiempo Saúl y Mariano.

María se decantó por Saúl, así que Mariano dijo enseguida que la chica de 18 le esperaba, y que tenía muchas ganas de irse de Garbajosa.


Los NPGs se pusieron en marcha. Los chicos se llevaron sus raquetas para no dejarlas allí. Llegaron a la fuente, pero no había ni rastro de Carlos C.

-¡Mirad! ¡La casa de la vieja!- aulló Carlos L.

Lo primero que vieron fue un cristal roto en una ventana. Pero lo que más llamaba la atención (no sin razón) era Carlos C. Estaba colgado de la cuerda de tender con unas pinzas. Su cabeza reposaba sobre su pecho y sus rodillas estaban dobladas. Vieron agujeros en su camiseta negra, por los que chorreaba multitud de sangre. Carlos C estaba muerto (a partir de ahora Carlos será Carlos L). Los NPGs se acercaron a Carlos C y examinaron sus heridas.

-Han sido hechas con algo largo y puntiagudo.- declaró Anto.

-¿Puedo hacer un chiste con eso?- preguntó Carlos.- Las caras apesadumbradas de sus amigos le disuadieron.

-¡¡¡Al suelo!!!- aulló entonces Natalia. Todos se arrojaron al suelo, y sintieron que algo les peinaba con la raya en medio. Perdigones. Perdigones de escopeta. Los NPGs se escondieron detrás del pilón de la fuente.

-¿Desde dónde disparan?- preguntó Saúl.

-Desde la casa de la vieja, mirad.- respondió Mariano.- Todos levantaron la cabeza, pero fue Carlos el que recibió el disparo en plena jeta. (Ya no hay necesidad de llamar a nadie Carlos L, C o Carlos).

-Agachaos, maldita sea.- respondió Isa (quien, todo sea dicho, no parecía muy afectada por la muerte de su sacrosanto y augusto hermano).

-¡Salid por patas!- chilló Natalia, y echó a correr. Los demás siguieron su ejemplo y se largaron. Antes de irse a dormir, Anto le dijo a Saúl: Bueno, ha sido un día movidito, ¿verdad?. Saúl respondió que sí, que había que repetirlo. Acto seguido se fueron a dormir.

Al día siguiente, los cinco NPGs se levantaron temprano y se pusieron a rondar la casa de la vieja. No había señales de vida, y las ventanas cerradas eran claros indicios de que los ocupantes de la casa se habían ido. No obstante, los NPGs eran precavidos, e hicieron lo que se esperaba de ellos: mandaron a Natalia como exploradora.

Natalia se acercó a la puerta y se dio cuenta de que no estaba cerrada. La abrió y se apartó de la trayectoria de un hipotético disparo. Entonces, los NPGs entraron en la casa.

Encendieron las luces y atravesaron el desierto salón, lleno de muebles anticuados. Una escalera conducía al piso superior, mientras que varias puertas servían de acceso a la cocina, baño, etc. Los NPGs decidieron separarse. Anto, Isa y María subieron, mientras que Saúl, Natalia y Mariano se quedaron a registrar el piso de abajo.

Nada más subir la escalera, Anto, que iba delante, se topó con un viejo, probablemente el marido de la vieja. No fue el susto lo que le hizo retroceder, sino la escopeta de caza que llevaba sujeta en las manos. Anto se arrojó al suelo, y el disparo derribó a Isa, cuyo cuerpo cayó dando tumbos por las escaleras. Anto se arrastró lejos del anciano, mientras éste recargaba su arma y disparaba a María. Anto, entonces, se puso en pie y forcejeó con el viejo por el arma. Finalmente, Anto consiguió situarse tras el viejo y ahogarle con la escopeta. Anto soltó el cuerpo inerte del viejo demente y se dispuso a bajar las escaleras. Sin embargo, tropezó con el pie del viejo y cayó por las escaleras, partiéndose el cuello. Anto pensó que había sido una muerte muy tonta.

En el piso de abajo, las cosas no iban bien. Saúl y Mariano (que habían manifestado su deseo de una muerte espectacular) hacían acrobacias para evitar los disparos de la vieja, mientras Natalia salía arrastrándose lejos de allí. Mariano hizo el pino, y Saúl saltó sobre los pies de Mariano, para acto seguido salir proyectado hacia la anciana y propinarle una patada que la arrojó hacia atrás. La vieja rompió unos platos de cerámica de una vitrina con la cabeza, pero, a pesar de ello, disparó, derribando a Mariano y a Saúl por igual. La vieja salió cojeando tras Natalia.

Natalia había cogido la escopeta de las manos de Anto. A su espalda oyó el sonido del arma de la vieja recargando, así que Natalia dio un asombroso giro en redondo estilo Matrix, sujetando la escopeta con una sola mano, hasta quedar las dos apuntándose mutuamente.

-¡Al fin vais a pagar!-gritó la vieja.-¡Al fin...

Natalia apretó el gatillo, y la vieja salió despedida hacia atrás.

- Cuando se quiere disparar, no se dice nada.- espetó Natalia. Dicho esto, escupió en el suelo y se ajustó un imaginario sombrero de cow-boy.

-¡Natalia!¡Natalia! ¿Estás despierta?

-¿Eh? ¿Qué? ¿Dónde estoy?

-Estás en el hospital. Saúl te pegó un pelotazo tremendo y te quedaste inconsciente. Pero aquí estamos los NPGs para cuidarte.

-¿NPGs? ¿Qué significa eso?- preguntó una enfermera que pasaba por allí.

-¡¡No preguntes, gilipollas!!- contestaron todos al unísono.

El repartidor de periódicos (ganadora de un Oscar...digo de un premio del insti)

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Cuando Hinkey salió de su casa aquella mañana, montado en su bicicleta, no dejaba de pensar en el videojuego nuevo que la noche anterior habían traído al local de videojuegos de Neng City. Lo que le había sorprendido era que el protagonista del videojuego tenía el mismo trabajo que él, repartidor de periódicos. Pero lo más extraño era que el videojuego se llamaba: “Hinkey, el Repartidor de periódicos”.

La misión del protagonista era, sin parar ni bajarse de la bici, lanzar los periódicos a los buzones de todas las casas del barrio. Lo complicado era que por la calle no paraban de circular los coches, y tenía que ir esquivándolos. Si era atropellado perdía una vida, y el personaje disponía de veinte vidas.

Hinkey había estado jugando varias horas sin conseguir pasar de pantalla. Llegaba un momento en que venía un coche por cada carril, y había que pasar entre los dos vehículos y lanzar un periódico a través de la ventanilla de uno de ellos, para que cayera exactamente en el buzón, y después, esquivar a un tercero que venía por en medio. Tras muchos e infructuosos intentos, Hinkey había decidido irse a su casa para intentarlo en una situación real.
Pedaleó hasta las oficinas del periódico, donde el encargado, un hombre calvo y gordo llamado Bennson le dio el montón de periódicos que tenía que repartir. Se situó en la calle y comenzó a pedalear. La primera casa estaba a la izquierda, y no había ningún obstáculo. Hinkey lanzó el periódico, que entró limpiamente en el buzón. Después vio un coche que venía por el carril izquierdo, y otro que venía, algo más lejos, por el derecho. Hinkey tomó aire y se lanzó a la carrera por el carril derecho. Cuando pasó al primer coche, lanzó el periódico al buzón, y giró bruscamente, esquivando por los pelos al segundo coche. Siguió así hasta llegar a las últimas casas, lanzando periódicos y esquivando vehículos sin parar.
Hinkey ya había entrenado suficiente, y creía ser capaz de pasar el reto. De pronto, un ruido de claxon lo sobresaltó. Dos coches venían a toda velocidad, uno por cada carril. Hinkey sonrió y salió disparado por la línea que separaba los dos carriles. Cuando pasó por en medio de los coches, lanzó un periódico por la ventanilla del coche del carril izquierdo, que pasó rozando la cara del sorprendido conductor, y entró en el buzón. Hinkey gritó de alegría, cerró los ojos para saborear el momento,............. y el tercer coche se lo llevó por delante.
No quedó ni rastro de Hinkey.
Había olvidado un pequeño detalle.
EN LA REALIDAD, SÓLO TENÍA UNA VIDA.