sábado, 30 de enero de 2016

Las mocedades de don Guasca de Monò - 12ª parte


Nos demoramos varias semanas en atravesar el reino de Suadia y entrar en tierras nórdicas. Nuestra hueste, de más de cien hombres, crecía día a día, pues en las aldeas nórdicas también había jóvenes ansiosos por formar parte de ella. Pronto pude ver que el clima del reino nórdico era duro, frío y seco, y que las gentes que lo poblaban eran similares. Los nórdicos son altos y de cabellos claros y largos, con pobladas barbas que a menudo se recogen en trenzas. Las noches en que nos alojamos en sus posadas y tabernas, comprobamos también que son grandes bebedores de cerveza y que gustan mucho de cantar cuando se emborrachan. Allí son abundantes el pescado, la sal y el metal para comerciar, mas las telas finas y las frutas son escasas y se pagan buenos dineros por ellas. Y digo esto porque, aunque por aquel entonces, por ser yo mozo, sólo ocupaban mi mente la lucha, los torneos y las damas, terminé por darme cuenta de las posibilidades que ofrecía el comercio. Mas esto no ocurriría sino tiempo después.


                Y como digo, siguiendo el mapa de don Haringote y las indicaciones de los aldeanos con los que nos cruzábamos, finalmente llegamos al burgo de Sargoz. Las puertas de la ciudad estaban cerradas, y desde lo alto de la empalizada, un hombre barbado quiso saber qué asunto me traía a Sargoz. Díjele al soldado que traía un mensaje para don Jaraldo, mas no debí pronunciar bien el nombre del conde porque no se me abrió la puerta hasta que mostré el sello de don Haringote. Y así nos entramos en Sargoz y nos escoltaron hasta el castillo donde esperaba don Jaraldo. Pude ver que sus hombres no se dirigían a él por conde, sino por una palabra extranjera que es yal, y que entre ellos es muy honorable título. Y don Haraldo era hombre de largos cabellos rojos y pobladas barbas, y era grande y de ancho vientre. Y enseguida mostró gran simpatía por mí y me invitó a quedarme unos días en el castillo. Yo tenía curiosidad por conocer mejor el reino nórdico y a sus gentes, y así, estuve de acuerdo. Y en aquellos días hablé largamente con el yal Jaraldo, y pude observar las costumbres de sus hombres de armas. Y las vestiduras de los nórdicos son más toscas que las suadianas, y sus soldados a menudo llevan pieles de animales además de cota de malla, para resguardarse del frío. Gustan mucho de usar hachas en combate, y con ellas pueden causar gran mortandad entre el enemigo. Cosa curiosa es que muy rara vez se les ve luchando a caballo, mas como soldados a pie no tienen rival, pues son resistentes, fuertes y tozudos como mulas. Y me hice en Sargoth con una cota de malla y un escudo, que no los hay mejores en toda Calradia, mas no quise una de sus hachas, por estar ya hecho a las espadas. Y los nórdicos gustan, como dije, de beber, y no hay noche que no vacíen tres o cuatro jarras de cerveza, que las beben en cuernos que vacían y limpian y siempre llevan consigo. Y así me hice yo al gusto de la cerveza, mas del vino de Suadia no me pude olvidar. Y los señores pasan el tiempo jugando con un tablero de madera y unas anillas, que yo jamás había visto. Y al preguntar al buen don Jaraldo, me dijo que el juego llamábase tablú, y que se requería estrategia e ingenio para vencer. Y me explicó que unas piezas asediaban el castillo de un rey, que contaba con una hueste menor, y que el rey debía tratar de romper el cerco, mientras que los asediadores debían hacer prisionero al rey. Y quise yo aprender aquel juego, y pasé muchas horas jugando con don Jaraldo y los otros nobles del castillo. Y rara vez gané una partida, pues los nórdicos estaban más hechos al tablú que a beber, y ya dije lo mucho que beben. Mas yo, al reunirme con mi tropa para que me informaran de lo que fuera menester, jugaba con Firentés y Desabio y ganaba con gran facilidad. Desabio me recomendó que comprara alguna mercancía para venderla a nuestra vuelta en Suadia, y así gasté algunos dineros en pescado en salazón, que era abundante y de poco valor. Y el resto del tiempo que pasamos en Sargoz lo empleé en beber y folgar, pues las damas del castillo rara vez habían visto a un hombre del sur, tan diferente a los suyos. Y folgué con más de una y con más de dos, pues las damas nórdicas son más robustas y gozan de más libertad que las suadianas, y los parientes y maridos no consideran grave ofensa el que un invitado duerma con su esposa una o dos noches. 

1 comentario:

Mr. Valls dijo...

Cuándo se encontrará don Wasca con su amigo de Sorête de Nhú?