viernes, 23 de enero de 2015

Beneath a Steel Sky

Stay vigilant.



Después de terminar con Broken Sword: Shadow of the Templars, la verdad es que tenía muchas ganas de probar la segunda parte de la saga, pero me di un respiro y empecé otra aventura gráfica de Revolution Software, una breve aventura de 1994 llamada Beneath a Steel Sky, el segundo juego de estos desarrolladores británicos.


La historia de Beneath a Steel Sky comienza con un breve cómic, cuyo estilo me resultaba extrañamente familiar. En un futuro distópico, el protagonista Robert Foster vive en Australia entre una tribu de aborígenes que habitan una zona llamada The Gap, entre las ciudades de Union City y Hobart. A él lo encontraron de niño en una nave estrellada, junto a su madre muerta. El jefe de la tribu lo adoptó y le dio su nombre. Robert creció entre los aborígenes, que sobreviven rapiñando lo que pueden entre los desperdicios de la ciudad. Robert aprende ingeniería gracias a unos libros que encuentra y construye un robot inteligente al que llama Joey. La personalidad del robot está almacenada en una placa portátil, que le permite cambiar entre diferentes cuerpos.

Un aciago día, llega una nave hasta su campamento, a tiro limpio, matando a muchas personas de la tribu de Robert. Joey también recibe disparos, pero Robert consigue guardar la placa de personalidad de su amigo. De la nave baja el comandante Reich, máximo responsable de seguridad de la cercana Union City; este señala directamente a Robert y le exige que se vaya con ellos, so pena de matarlos a todos, empezando por su padre adoptivo. Pensando que así salvará a su tribu, Robert accede a acompañar a los soldados, y cuando la nave se aleja de The Gap, Reich ordena volar por los aires el campamento y a todos sus habitantes.

La nave llega a Union City, una ciudad futurista, industrial y de altas torres humeantes, completamente digna de Blade Runner. Por alguna extraña razón, el piloto pierde el control de la nave, que se estrella. Robert consigue escapar, y es perseguido por Reich y otros soldados hasta una planta de reciclaje. Solo, en una ciudad que desconoce y perseguido por asesinos sin escrúpulos que han acabado con la vida de su única familia, tomamos el control de Robert.

Durante el juego, tendremos que escapar de nuestros perseguidores y averiguar el gran misterio: ¿por qué nosotros? ¿Por qué es tan importante Robert para la ciudad? Poco a poco iremos conociendo el funcionamiento de la ciudad, la jerarquización social completamente estricta y deshumanizada, las condiciones de vida de pobres y de ricos. Casualmente, en Union City los más pobres viven en la parte superior de la ciudad, donde están todas las fábricas y la contaminación, y los ricos se reservan la parte inferior. Cada individuo posee una tarjeta personal que le da derecho a viajar por un cierto número de zonas, dependiendo de sus privilegios y su sueldo. Nuestro robot Joey también le dará algo de humor al juego (con sus comentarios sobre la clase de chasis que le hemos proporcionado), además de ayudarnos en algunos puntos en los que nos hará falta que nos echen una mano robótica. Conoceremos a los ciborgs, y siempre nos quedará la duda de si esa persona con la que hablamos es humana o artificial (recordemos a los replicantes de Blade Runner). También descubriremos cómo funciona LINC, el sistema informático que dirige la ciudad, y por el que pasa toda la seguridad, la burocracia y la toma de decisiones. Adentrándose cada vez más en el sistema de Union City, Robert llegará al mismísimo corazón y desentrañará el misterio, el plan maestro de la mente que controla Union City.


La historia del juego es increíble. Tiene una ambientación y un trasfondo muy bien elaborados, muy coherentes e inmersivos. La ciudad verdaderamente es una pesadilla deshumanizada y angustiosa. El único problema es que el juego es demasiado corto, y queda la impresión de que podían haberlo explotado mucho más, haber explorado los entresijos de Union City con más detalle. Se ha quedado más bien en un paseo, una visita guiada a los monumentos más importantes de la ciudad, que no te deja patearte a gusto sus calles ni buscar sus límites. Te deja con ganas de más, sin duda, y es por eso por lo que me da lástima que, de momento, la esperada segunda parte no esté en desarrollo. De hecho, hubo problemas de presupuesto que terminaron por recortar el juego. Existen algunos manuales antiguos que contenían un listado de personajes muy extenso, lo cual nos hace sospechar que el juego iba a ser mucho más grande y ambicioso en un principio.

Los gráficos son los que cabría esperar de una aventura gráfica de 1994: están al nivel de los primeros Monkey Island: gráficos pixelados, pero con unos fondos y animaciones muy resultonas. No me resultó incómodo ni desagradable en ningún momento, y tiene algunos puntos de verdadera genialidad, muy avanzados para su época (ese monstruo tentaculado que repta en la oscuridad, o los zarcillos rojos de LINC balanceándose). Además, el diseño en sí es magnífico: la forma de representar la ciudad, los diferentes niveles de profundidad de los fondos… También la paleta de colores del juego es muy variada. Desde los marrones y grises de la zona industrial hasta los colores verdes y azules de la zona rica, pasando por colores más cálidos en las zonas del metro y del centro de LINC. Hay varias secciones del juego en las que nos metemos en una especie de mundo virtual, y en ese momento todo se convierte en una especie de mundo onírico con ojos flotantes, plataformas invisibles… Algo en todo aquello me resultaba ligeramente familiar. Entonces busco algo de información sobre el juego… y resulta que el artista principal del juego, diseñador de personajes y lugares, no es otro que Dave Gibbons, dibujante de cómic conocido sobre todo por Watchmen. La introducción en forma de cómic, que tanto me había llamado la atención, también es de su autoría. Así que si me preguntáis por los gráficos de Beneath a Steel Sky, sólo dos palabras: Dave Gibbons.

Vamos ahora a lo que interesa: la jugabilidad. Beneath a Steel Sky es una aventura gráfica de las de toda la vida. Sólo dos botones para interactuar con el mundo; con uno observamos, con el otro recogemos, hablamos o utilizamos. Los objetos del inventario se almacenan en la parte superior de la pantalla, y al acceder a este inventario, la acción se congela. Podemos mezclar objetos o utilizarlos con personajes u otros objetos del mundo. Hay muchos puntos con los que podemos interactuar, y en alguna ocasión habrá que hacer un poco de búsqueda de píxeles para encontrar un objeto algo escondido. El sistema principal del juego no ofrece más variedad ni más tarea que esa: saber qué objeto utilizar en cada ocasión. Hay algunos momentos puntuales, como al utilizar una terminal informática o al entrar en el mundo virtual, en los que cambiará un poco el sistema de juego, pero por lo general nuestras herramientas son esas.

Ahora bien, el juego yo lo considero difícil. En primer lugar, rara vez se te dan objetivos o metas claras. Te toca a ti saber o suponer lo que tienes que hacer, sobre todo por ensayo y error. Muchas veces hay que deducirlo: si un ascensor está averiado, posiblemente tengamos que arreglarlo; si un personaje te dice que no puedes entrar a un lugar determinado a menos que reúnas tales condiciones, probablemente esa sea tu próxima tarea. No hay ayudas directas, no hay diarios. Es de la vieja escuela, sin duda. Nada que ver, por ejemplo, con The Book of Unwritten Tales, que siempre tenía objetivos claros y que se podían cumplir recorriendo una o dos pantallas como máximo; en Beneath a Steel Sky nos va a tocar volver a niveles que ya teníamos olvidados, para hablar con este o con aquel personaje. Mucho volver sobre nuestros pasos, mucha reutilización. Es cuestión de gustos.

En segundo lugar, en Beneath a Steel Sky (al igual que en Broken Sword) puedes morir. Es más, seguro que mueres más de una vez. Robert puede sufrir una serie de muertes, a cual más horrenda. Achicharrado por la radiación nuclear, electrocutado, acribillado… le pueden partir el cuello, matarlo a puñetazos… de todo. Hay que andarse con pies de plomo, y no hacer estupideces sólo porque normalmente en una aventura gráfica no puedes morir. Es un toque que creo que al juego le viene muy bien, para profundizar la inmersión en esa ciudad inflexible, cruel y deshumanizada.


Por último, el sonido. Sin duda es el apartado más flojo del juego. Por un lado, las voces no están mal, son pasables, pero tampoco las han adaptado al acento australiano que correspondería de acuerdo con la localización de la ciudad. Supuestamente se trata del Sidney del futuro, pero el protagonista, que se ha criado con aborígenes, tiene acento estadounidense, y la mayoría de los secundarios son británicos. Por otra parte, la música. La maldita música. Exceptuando algunos momentos más iluminados (como la melodía principal del juego), la música es repetitiva hasta más no poder, y en ocasiones desentona muchísimo con lo que está sucediendo en pantalla. En las zonas ricas y acomodadas de la ciudad, es comprensible que la música sea alegre e insufrible, como si se tratase de la música de un ascensor: felicidad artificial, pero es excesivo en otras ocasiones. La música es muy mala. Punto final.


En conclusión, Beneath a Steel Sky es una pequeña joya entre las aventuras gráficas, un trocito de historia y una maravilla de diseño, narrativa y ambientación. Flojea en el aspecto sonoro, y podría ofrecer más variedad en la jugabilidad, pero teniendo en cuenta de qué año es el juego, esas pegas se pueden pasar por alto. En GOG.com lo encontráis gratis, completamente legal y de buen rollo.  Por mi parte, creo que seguiré con el empacho de Revolution Software y empezaré la segunda parte de Broken Sword. ¡Saludos!

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