miércoles, 24 de diciembre de 2014

Ewart Oakeshott - A Knight in Battle

With a roar of triumph, the English archers –most of their arrows already shot- drew their swords and plunged down after the retreating French. Many a rich ransom was won by humble archers that day, and for many a non-noble French sergeant the last thing he saw was the glitter of a dagger through the eye-slit of his visor.



Tras haber hablado de A Knight and His Weapons, de Ewart Oakeshott, es el momento de hablar del segundo libro de Oakeshott que tengo en mi poder: A Knight in Battle. Es un libro totalmente diferente al anterior. En A Knight and His Weapons ya tuvimos la oportunidad de leer una introducción narrada que nos situaba en medio de la batalla de Poitiers de 1356, y pudimos comprobar la forma tan intensa que tiene Oakeshott de narrar una batalla. Pues bien, este libro no es otra cosa que una narración de diferentes batallas. Oakeshott pretende recorrer la historia de los caballeros medievales centrándose en cuatro batallas más o menos poco conocidas, hablando largo y tendido sobre el contexto que llevó a esa batalla, sobre qué tipo de soldados tomaron parte en ella y con qué equipo contaban, y también la estrategia que se siguió y lo que pasó después. Las batallas escogidas son: Arsuf (1191), Lincoln (1217), Mauron (1352) y Marignano (1515); todas ellas muy separadas temporalmente, de forma que resultan ser muy buenos ejemplos de las diferencias militares en los siglos XII, XIII, XIV y XVI.

Después de una introducción que habla sobre los cambios más importantes que se van producir en estos siglos, para que después podamos entenderlos y apreciarlos cuando aparezcan en las respectivas batallas (arco largo, pica y alabarda, mercenarios suizos y lansquenetes, la disposición habitual de los ejércitos, la cantidad de personas involucradas en las batallas, etc.).

Las batallas en sí son una pasada y merece la pena leerlas de la pluma de Oakeshott, de modo que me limitaré a resumirlas. Arsuf nos mete de lleno en las cruzadas, nos presenta a Ricardo Corazón de León y a Saladino, nos habla de la situación previa en Tierra Santa, de la relación que había entre cristianos y musulmanes, y de lo que llevó a la batalla de Arsuf: la ejecución de los prisioneros de Acre por parte de Ricardo. Moviéndose en dirección a Jerusalén por la costa, queriendo primero llegar a Arsuf para refugiarse y descansar, los cruzados fueron acosados por las tropas ligeras de Saladino, pero Ricardo los había aleccionado bien y mantuvieron una posición defensiva, sin caer nunca en el error de cargar contra el enemigo y respondiendo sólo con sus ballestas. Oakeshott nos trae también un par de testimonios directos de cristianos y musulmanes que estuvieron allí. La idea era esperar a que los sarracenos estuvieran lo bastante cerca como para acabar con ellos con una única carga. Los caballeros Hospitalarios, que lideraban la retaguardia, estaban sobrepasados por las flechas, y cada vez más de los suyos habían sido descabalgados. El Gran Maestre, harto ya, cargó sin permiso contra el enemigo, acompañado por un único caballero. Se produjo un efecto dominó en que todos los caballeros empezaron a cargar contra los sarracenos, y la infantería se fue apartando para dejarlos pasar. Viendo lo que ocurría, Ricardo dio en ese momento la orden de atacar, y pocos se dieron cuenta de que realmente el ataque se había iniciado desobedeciendo las órdenes del rey. Pero el resultado fue bueno porque los sarracenos no se lo esperaban, y huyeron (el cronista musulmán lo admite sin reparos). Los cruzados tuvieron el buen juicio de no perseguirlos y dispersarse, sino que se mantuvieron juntos y cargando como un todo hasta llevarlos a los bosques, donde el ejército sarraceno se dispersó completamente y Saladino fue derrotado. Se cree que hubo 7.000 muertos entre los sarracenos, y apenas 700 hombres, gracias a la estrategia de Ricardo.


Lincoln nos lleva a Inglaterra, y al problema de la sucesión. Después de un auténtico juego de ajedrez entre reyes y aspirantes, finalmente llegamos a la batalla. Las tropas del rey Luis VIII de Francia y las del Enrique III de Inglaterra se enfrentaron en el castillo de Lincoln. El ejército francés estaba comandado por el conde de la Perche, y el inglés, por William Marshal, caballero famoso y reputado. La cuestión es que la ciudad de Lincoln había sido invadida por los franceses, y sólo quedaba el castillo por conquistar. En el castillo había tropas aliadas de los ingleses. De modo que el ejército de Marshal tenía que asediar las murallas de la ciudad, defendidas por los franceses, que a su vez tenían que asediar el castillo, defendido por los ingleses. Se adivinaba un enfrentamiento largo y sangriento. Por suerte, se descubrió una entrada secreta y tapiada a la ciudad, en una esquina de las murallas que los franceses no podían defender por estar demasiado cerca del castillo. Los ingleses que se encontraban dentro del castillo distrajeron a los franceses con una salida desesperada, mientras un pequeño destacamento desbloqueaba esa puerta oculta, y de buenas a primeras los caballeros ingleses entraron en tromba en la ciudad, acabaron con los ingenieros que manejaban las máquinas de asedio francesas y acabaron con todo Dios. El conde de la Perche dirigió la defensa con honor y valentía y, cuando finalmente fue rodeado, se negó a rendirse. Un caballero llamado Reginald de Croc (que murió más tarde en la batalla) le atravesó el yelmo al conde con una lanza. Los franceses fueron derrotados, y el rey francés no tardó mucho en retirarse.

Mauron ya supone un avance importante en cuanto a tácticas y armamento (estamos hablando de la guerra de los 100 años); el ejército de Sir William Bentley contaba entre sus filas con 1.800 arqueros, y los caballeros que tomaron parte ya estaban equipados con armadura completa y yelmos cerrados de tipo bacinete. Los franceses a los que se enfrentaban, comandados por Guy de Nesle, eran muy superiores en número, de modo que William colocó a sus tropas en una colina y los arqueros, situados en dos grandes bloques a ambos lados, con los hombres de armas en medio, en una fila larga y delgada. Los franceses comenzaron a aproximarse, y los arqueros ingleses los recibieron a flechazos. En uno de los flancos, el izquierdo la estrategia funcionó, porque los franceses tuvieron que subir por una pendiente pronunciada, cargados con kilos de armadura, y muchos de ellos ya descabalgados, enfrentándose a lluvias de flechas. Terminaron por dar media vuelta y echar a correr, perseguidos por los arqueros, con las espadas desenvainadas (algo pocas veces visto: nobles y orgullosos caballeros derrotados y perseguidos por la vulgar soldadesca). En el flanco derecho, por desgracia, no funcionó igual de bien, y los franceses llegaron hasta los arqueros y los hicieron retroceder, poniendo en peligro la línea de hombres de armas. Por suerte para los ingleses, los arqueros y hombres de armas del flanco izquierdo, en su persecución del enemigo derrotado, aprovecharon para ayudar a sus compañeros y envolver completamente a los franceses, derrotándolos rotundamente. William Bentley había hecho bien obligando a los franceses a luchar en un terreno desfavorable, sabiendo que eran mucho menos móviles que los suyos, y disponiendo a sus propios caballeros y hombres de armas a pie y no a caballo. Hubo 2.000 muertos entre los franceses, y 200 prisioneros, mientras que los ingleses sólo perdieron a unos pocos hombres, y a 30 arqueros del flanco derecho que Sir William Bentley hizo ahorcar, por haber retrocedido ante el enemigo.

Marignano, la última batalla del libro, es muy distinta a las demás. En este caso, estamos hablando de ejércitos mercenarios profesionales, las condottas, que eran contratadas por las ciudades que necesitaban una fuerza militar. La forma de actuar de los condottieri era sospechosamente similar a la de los lanistas (dueños de gladiadores): todos habían invertido mucho dinero en su ejército, y se ganaban el pan haciéndose contratar, por lo que nadie quería perder su inversión de un plumazo. Las “batallas” consistían en una serie de maniobras de despliegue y reubicación, después de las cuales los dos líderes se reunían y decidían quién había vencido. Los dos se retiraban sin bajas. Con los gladiadores ocurría lo mismo: el lanista no quería perder las cantidades industriales de dinero gastado en la manutención y el entrenamiento de los gladiadores, de forma que las luchas muy rara vez acababan con la muerte de un gladiador; lo que sí se hacía era matar prisioneros, pero un combate entre dos gladiadores profesionales, famosos y “admirados” por el pueblo (al fin y al cabo era una de las clases sociales más bajas de la sociedad romana), que acabase con la muerte de uno de ellos era un grave varapalo a la economía del lanista. Se podía contratar al lanista para que organizase una lucha a muerte, pero el pago de ese espectáculo era desorbitado.


El caso es que el rey francés Carlos VIII llevó a sus tropas a Italia, sin intención ninguna de jugar a ese juego, y con ganas de hacer la guerra de forma tradicional. Los italianos (Milán, Venecia y el Papa) se enfrentaron a él con sus condottieri. El desastre estaba garantizado, y Carlos conquistó Milán. Pero tiempo después volvía a estar en manos italianas, y esta vez fue Francisco I quien quiso recuperar la ciudad de Milán, en manos de Maximiliano Sforza, que en realidad estaba dominado por los suizos. Después de un juego económico de sobornos, finalmente se rompieron las hostilidades. Esta vez, los ejércitos contaban con artillería, pero la batalla terminó por ser un enfrentamiento entre los piqueros suizos y los lansquenetes (mercenarios a sueldo de los franceses), sus enemigos declarados. Las tropas personales de Francisco I, a caballo, realizaban cargas para apoyar a los lansquenetes. La batalla se detuvo durante la noche, y todos aprovecharon para replantearse la estrategia y descansar. Los franceses vieron fuegos entre las tropas suizas, y la emprendieron a cañonazos hasta que apagaron las hogueras. A la mañana siguiente, reorganizados los escuadrones y regimientos, la batalla se reanudó. Uno de los tres regimientos suizos fue derrotado y retrocedió, permitiendo una maniobra envolvente similar a la de la batalla de Mauron. Por si fuera poco, cuando los suizos estaban rodeados por todas partes, ya sin artillería, llegaron refuerzos franceses. Los suizos se retiraron en orden, sin huir en desbandada, recogiendo a los heridos y sus pertrechos, sin dejar de pelear. En total, más de 16.000 suizos y franceses cayeron en Marignano. Francisco I, que por entonces tenía sólo 21 años, estaba entusiasmado por la épica batalla en la que había tomado parte personalmente. Teniendo en cuenta el juego de influencias y psicología en el que se estaba convirtiendo la guerra en aquella época, Marignano había sido casi un retorno a los tiempos de las cruzadas.


Como ya es costumbre, Oakeshott termina el libro hablándonos de los vestigios que nos quedan de aquellos tiempos. Cartas escritas por Francisco I, espadas y armaduras de los participantes (Francisco I, Fleurange, Bayard…), todo eso aún existe, y nos lleva instantáneamente en un viaje siglos atrás. Esa es la mejor parte, sin duda. Como también es la mejor parte de practicar esgrima medieval. No es saber defenderte con una espada, porque casi con total seguridad eso no te va a ocurrir en la vida real. Se trata de abrir un manual del siglo XIV, ver una imagen que representa una técnica de combate que un señor italiano que era una auténtica máquina de matar enseñaba y practicaba en la vida real, ver cómo funciona y ejecutarla. El momento en el que vi con mis propios ojos y realicé con mis propias manos una ligadura mezana y su respuesta, la ligadura sottana, o el desarme Soprana Tor di Spada, esos son los momentos más especiales. Cuando entiendes y aprendes una técnica tal cual la realizaba Fiore, cuando se produce esa conexión entre el manual de esgrima escrito hace siglos y tú, pobre mindundi. Eso para mí no tiene precio. Saludos.


He had been twenty-eight hours in the saddle, in his armor, without eating or drinking. He told her [mother] how he and his men had made twenty-five charges, and how he had been knocked out, and his armor pierced. “Not for 2,000 years has there been such a battle, one so ferocious and so cruel!”

No hay comentarios: