lunes, 3 de noviembre de 2014

Assassin's Creed: Revelations




"That should keep me busy, thank you."

(Ezio a Piri Reis, o el jugador a Ubisoft)

Siguiendo con nuestra saga Assassin's Creed, hoy presentamos el siguiente peldaño:

Assassin’s Creed Revelations representa lo peor de esta saga, lo peor de la industria del videojuego: un juego hecho para sacar dinero, sin inspiración ni interés alguno, con sólo un par de cosas que contar en un mar de paja. Un intento de seguir echando tierra en el montón para que parezca más grande. Esta gente no ha comprendido que por muchas opciones, trajecitos, tiendas que renovar y objetos que tengas, si la historia no tiene razón de ser y las mecánicas tienen fallos, el juego sigue siendo malo. Assassin’s Creed Revelations ha sido una decepción total y absoluta, un peñazo de juego. Normalmente me esfuerzo por sacarme todos los trofeos de los juegos, al menos en el modo Historia, pero con este Revelations ni me lo planteé: no quería volver a jugarlo en mi vida. Ahora os cuento, pero de momento observad cómo a veces un trailer molón es todo lo que hace falta para vender un juego:


La historia no merece ese nombre. Ezio, nuestro eterno asesino, viaja a Constantinopla (Bizancio, Kostantiniyye o como la queráis llamar). No me llegó a quedar claro por qué. Seguía los pasos de Altaïr, que había escondido algún tipo de diario contando su historia. Visitamos la fortaleza de Masyaf, desolada, y la región de Capadocia, pero básicamente el juego consiste en que Ezio se da una vuelta por Constantinopla. Allí conocerá a una nueva pandilla de amigos: la hermandad de asesinos de Constantinopla, dirigidos por Yusuf. En Constantinopla hay un conflicto entre turcos y bizantinos (estos últimos, a sueldo de los templarios). Personajes relevantes son el sultán, sus hijos y los militares de alto grado, pero su importancia en el argumento es dudosa. Digamos que el argumento está dividido: hay por un lado una trama política (¿quién sucederá al sultán?), la trama de Ezio (Ezio buscando los fragmentos del diario), la trama de Desmond (nos enteramos de su infancia y juventud) y la trama de Altaïr (todo lo que ocurrió después de la muerte de Al-Mualim). Estas tres tramas corren paralelas pero no se le da más importancia a una que a otra, de forma que ninguna de ellas destaca por su intensidad. Son tres tramas aburridas e insulsas, una excusa para sacar un juego nuevo aprovechando cualquier fragmento de la vida de los personajes que aún no se hubiera contado. Lejos, muy lejos quedan las misiones en las que siempre tenías en mente al objetivo que tenías que asesinar; aquí las misiones consisten en hablar con personajes, seguir a la gente sin ser visto y cosas así. Ezio se ha convertido en un asesino de boquilla.

Todo en el juego te recuerda que te han timado, que te obligan a jugar con el mismo sistema de siempre, con unos pocos añadidos de pésima calidad que tratan de maquillar la verdad. Otra vez recorriendo tejados, otra vez recurriendo a los mercenarios y los ladrones. En este juego, las opciones son tantas que terminan por agobiar, por abrumar. Para eliminar a los guardias, podemos emplear a nuestros asesinos, lanzar dinero para sacarlos de su puesto, contratar a bailarinas gitanas para que se queden embelesados, contratar mercenarios para que peleen con ellos, contratar a ladrones para que los distraigan, utilizar diferentes tipos de bombas letales y de despiste… o podemos matarlos personalmente, empleando los dardos envenenados, la cuchilla envenenada, los cuchillos arrojadizos, la espada, la hoja oculta, la daga, los puños, la ballesta, la pistola… ¿Veis por dónde voy? No recuerdo haber utilizado los cuchillos, ni la pistola, ni a los ladrones… ni una sola vez. Ezio se convierte en un auténtico esperpento, un tipo que camina por la ciudad cargado de armas y armadura, sin que nadie le diga nada. Altaïr llevaba su túnica blanca, un cinturón con unos pocos cuchillos disimulados, una espada y una daga. Tenía sentido que pasara desapercibido entre un grupo de monjes vestidos de blanco. ¿Pero me estás diciendo que Ezio, un hombre de hojalata que salta de tejado en tejado cargado con kilos y kilos de metal, va a pasar desapercibido? Ni siquiera es necesario usar el sigilo en las misiones, porque una vez más el sistema de combate, heredado de Assassin’s Creed Brotherhood, está tremendamente descompensado y te permite matar sin pestañear a docenas de guardias. ¿De qué sirve, entonces, que te ofrezcan tantas opciones para matar guardias de maneras alternativas? Es un error de concepto que lastra todo el juego. Un último apunte a este respecto: ya no es posible utilizar las armas secundarias durante un contraataque (por ejemplo, mientras Ezio mata a un soldado con la espada, utiliza la pistola para matar a otro; lo mismo ocurría con la daga y los cuchillos arrojadizos). Sin embargo, uno de estos contraataques consiste en que Ezio acuchilla y dispara a un mismo soldado; este disparo no gasta munición. Absurdo.

Hay algunas novedades, entre las que destacan la fabricación de bombas, la hoja con gancho y la defensa de las guaridas. Ahora, en vez de tener sólo bombas de humo, podemos crear nuestras propias bombas con una serie de ingredientes (hay que elegir la cubierta, la pólvora y el ingrediente principal: podemos crear bombas explosivas, bombas venenosas, bombas que cubren de sangre a la gente, bombas de dinero…). Hay unas pocas misiones opcionales que te enseñan a utilizar estas bombas, pero son completamente innecesarias, dada la abrumadora cantidad de opciones letales que ya hay en el juego. La hoja con gancho nos permite movernos más deprisa entre los tejados gracias a las tirolinas repartidas por la ciudad, escalar más rápido y más alto, y también es útil para apartar a la gente de nuestro camino durante una persecución. La defensa de las guaridas es la mayor mierda que he visto en mi vida, un minijuego de Tower defense (tienes que defender un punto mediante soldados que vas colocando en el camino del enemigo, y que disparan de forma estática) vomitivo, aburrido, incómodo de jugar e injusto (la última oleada de enemigos consiste en un ariete casi imposible de destruir), que jugué sólo tres veces, y eso porque me obligaron a hacerlo para completar ciertas misiones. Lo más curioso de este minijuego es que te ofrecen una forma de no tener que volver a jugarlo: llevar a uno de tus asesinos al rango máximo y completar unas misiones de entrenamiento con él, para después asignarlo a esa guarida y así hacerla invulnerable; es como si los desarrolladores se hubieran dado cuenta de que esa mecánica es una basura, pero hubieran decidido dejarla de todas formas. Ah, no se me olvide la “Defensa mediterránea”: cuando mandamos a los asesinos a que suban de nivel, lo que hacemos es enviarlos a tal o cual ciudad del Mediterráneo, para que saboteen el poder de los templarios y llegar a conquistarlas y dominarlas (así te llegan más rentas). Por supuesto, esas misiones no significan nada para ti, no tienen ningún peso sobre la trama y, en mi caso, fueron abandonadas inmediatamente y para siempre una vez que mis asesinos llegaron al nivel más alto.

El problema es que han tenido la pésima idea de añadir eso a todo lo demás, de forma que Ezio tiene ochocientas mil cosas que hacer en el juego, pero ninguna de ellas tiene relación con la trama. Hay que renovar toda la ciudad, hay que liberar las guaridas de los asesinos (exactamente iguales a las torres Borgia del juego anterior), hay que recoger tesoros, páginas del manuscrito (ni siquiera sé de quién es el manuscrito, sólo sé que son el equivalente de las plumas de Brotherhood) y fragmentos del Animus (ni idea, no me preguntéis). Vuelve a ser un Assassin’s Creed: Monopoly. Compra y gasta, invierte, gana y sigue comprando hasta que lo tengas todo. No utilicé ni cuatro de las cuarenta armas que compré (ni siquiera me detuve para ver qué aspecto tenían), compré libros sin detenerme a leer su resumen, pasé por alto las biografías de los personajes. Dejé el juego encendido y me marché a hacer otras cosas, para que a mi vuelta Ezio hubiera ganado miles de monedas. Compré tiendas, monumentos, tintes para la ropa, armaduras…  El juego me hizo sentir como uno de esos ricos que aprecia lo que compra ni lo que tiene. Me hizo sentir mal. Me hizo perder el tiempo, y además hacerme sentir mal.

Otro problema importante es que prácticamente todo está abierto desde un principio. Antes de profundizar en las misiones principales, es posible ganar cantidades insultantes de dinero, renovar casi toda la ciudad, conquistar las guaridas, comprar armas, entrenar a los asesinos, encontrar los tesoros e incluso ganar una armadura especial que no hace ruido al correr y nunca puede romperse. La curva de dificultad se desdibuja. Personalmente, antes de llegar al 50% de la historia principal (sea cual sea, porque no lo tengo claro), ya tenía a todos los asesinos en nivel 10, todos los Maestros asesinos, la mejor armadura del juego, la mejor espada y la mejor daga.

Las misiones en las que Ezio recupera fragmentos del diario de Altaïr son espectaculares (similares a las tumbas de asesino de otros juegos), con persecuciones, escenarios que se van cayendo a pedazos, etc. Fueron los únicos momentos del juego que disfruté verdaderamente, y eso que todo era extremadamente lineal y scriptado.

La inteligencia artificial sigue como siempre: los soldados observan cómo matas a sus compañeros sin hacer nada, los ciudadanos caminan contra las puertas cerradas, o atraviesan estanques como si tal cosa. A veces te encuentras con grupos de soldados completamente inmóviles, con los brazos pegados al cuerpo como muñecos, un fallo del juego tremendo. Por si fuera poco, traté de lanzar a mis asesinos contra estos soldados de porcelana y mi recompensa fue que dos asesinos de nivel alto murieron sin explicación. Muchas gracias. Lo único que me gustó en este aspecto fueron los jenízaros, soldados turcos de élite muy difíciles de matar: muy fuertes, rápidos, equipados con espadas y pistolas. Es cierto que esa dificultad era un poco artificial, porque no depende de tu habilidad matarlos: bloquean todos tus ataques y corren más que tú. Pero me gustó que hubiera algún tipo de reto, y me encontré varias veces lanzando a mis asesinos contra un grupo de quince o veinte jenízaros y uniéndome a la refriega.

Los gráficos han mejorado, y la ciudad de Constantinopla es muy bonita, un regreso al primer Assassin’s Creed y las ciudades de Acre, Damasco y Jerusalén. El ambiente de minaretes, bazares, palacios… la cuidadísima decoración de los edificios, la riqueza de los vestidos de los ciudadanos… El exotismo te rodea. Las texturas son mejores, y el modelado de los personajes es más detallado. No está exento de fallos, y más de una vez me he encontrado caminando sobre un colchón de aire en vez de con los pies en el suelo.

La música está bien, en ocasiones muy bien, aunque los temas que suenan cuando estás haciendo recados por la ciudad (la mayor parte del tiempo) se hacen repetitivos, algo que ya ocurría en Brotherhood.

El final del juego te confirma lo que ya sospechábamos todos: el argumento del juego está prácticamente donde lo dejamos al final de Brotherhood. Ahora sabes qué hizo Altaïr en sus últimos años, qué hizo Desmond en sus primeros años, y qué hizo Ezio en ese estupendo viaje a Constantinopla. No me preguntéis qué sacó en claro, porque después de haber resuelto aquella trama política y cargarse al malvado de opereta y salvar a la chica, encontrar aquellos diarios y entrar en la tumba de Altaïr (para nada), sigo sin saber qué estaba buscando y si lo consiguió. Una decepción en todos los aspectos. Nula historia, montones de tareas secundarias sin ningún interés, sistema de juego descompensado y poco innovador.


Assassin’s Creed se muere, pero en Ubisoft siguen moviéndole las manos y la cabeza para que parezca que está vivo. Dicen que Assassin’s Creed 3 es aún peor, pero que en Black Flag la cosa mejora bastante. No sé, la verdad. Más que enfurecerme, me entristece mucho que Assassin’s Creed, que empezó siendo un juego que a pesar de sus fallos te hacía sentir cosas (ponerte en la piel de un asesino, visitar y explorar el campo y las ciudades en la Edad Media, luchar a espada con cristianos y musulmanes) se haya convertido en una franquicia de calidad descendente. Saludos.




No hay comentarios: