lunes, 15 de septiembre de 2014

Jauría


El instituto fue para mí una época muy ambigua; ya he hablado sobre ello y me quité un gran peso de encima al plasmar sobre este papel virtual muchas de las cosas que casi nadie sospecha pero que se niegan a abandonar mi memoria y mis recuerdos. Os juro que lo recuerdo todo: cada vez que dije lo que no debía, que vi la decepción, el odio o la burla aparecer en la cara de mi interlocutor; cada vez que no me atreví, cada vez que lo dejé pasar y bajé la cabeza. A raíz de esto, querría hablar de mis profesores del instituto. Mi clase nunca fue la más fácil, pues hubo siempre cuatro o cinco elementos repetidores que atraían poderosamente un nutrido grupo de secuaces y esbirros. Las chicas se sentían atraídas por ellos y los chicos querían ser como ellos. ¿Qué es lo que tenían de especial? El desinterés y desprecio absoluto por aprender nada, la burla y la respuesta rápida. Tal era la esencia de su personalidad. De modo que los profesores no lo tenían fácil. En los primeros cursos sí, porque el instituto era algo nuevo para todos y los profesores infundían algún respeto, pero este grupo de canallas enseguida pusieron de manifiesto que los profesores no eran imperturbables, que podías reírte de ellos y boicotear sus clases, y que un profesor novato era la mejor presa. Los hombres lo tenían más fácil porque sabían ponerlos en su lugar, no aguantaban sus tonterías e incluso sabían derrotarlos en su propio terreno. Pero las profesoras jóvenes eran presa fácil. Tenían que ser unas auténticas sargentas, o bien impartir la asignatura sin implicarse, desde fuera, sin dejar ver el amor que sentían por la literatura o la historia. Es bien sabido que cuando mostramos a los demás nuestros gustos, nos hacemos vulnerables. Al enfrentarse uno a una jauría de perros rabiosos ansiosos por abalanzarse sobre ti a la menor vacilación, tiene uno que andarse con pies de plomo.


Pero hubo un caso terrible que no consigo olvidar. Recuerdo (y no quisiera) a una profesora de Historia que llegó nueva al instituto. La primera clase fue tensa. Se notaba que los atorrantes de siempre estaban midiendo a la profesora. Hacían algo de jaleo de vez en cuando para ver cómo reaccionaba, hablaban alto para que tuviera que alzar la voz o hacerles callar. En definitiva, estaban comprobando si aquella mujer sería una presa más durante el curso. Ella destilaba amor por lo que estaba explicando. Estaba entusiasmada por la Historia y quería enseñarnos todo lo que sabía sobre ella. No hay regalo más precioso que el del conocimiento, y no es fácil encontrar a alguien dispuesto a compartir lo que tanto esfuerzo le ha llevado conseguir. En un momento dado, durante ese hilar una idea con otra que puede llevarnos a lugares insospechados, salió a colación el tema de los esquimales, y la profesora dijo de pasada algo sobre sus «rasgos mongoloides». La sola mención de aquella palabra desató una carcajada general horrible, verdaderamente vergonzosa. Aquella carcajada explosiva, completamente satisfecha de su propia ignorancia, orgullosa de su simpleza, es uno de los sonidos más espantosos, más horrísonos, que he oído hasta el día de hoy. Dejaba claro que allí se había reunido la flor y nata de la estupidez, que era completamente inútil intentar enseñar nada a aquella turba de idiotas. Ella debió haberse sentido completamente descorazonada. Lo vi en su cara, no podré olvidarlo nunca. Vi la sorpresa y la decepción. Fue un momento tremendamente icónico. Desde ese momento, la relación de la profesora con los alumnos fue siempre agonal: no hubo un momento en el que ella no tuviera que esforzarse hasta lo insoportable para avanzar en la clase. Los alumnos no hacían los ejercicios, si los hacían no los querían leer en voz alta, si los leían lo hacían muy despacio y en voz baja, adrede. Cuando alguien era expulsado de la clase, se negaba a marcharse e incluso intimidaba a la profesora, que era de pequeña estatura, dando golpes a las cosas, deambulando de pie por el aula. La profesora sudaba, se quedaba callada, respiraba fuertemente, apretaba los labios, al borde del llanto más de una vez, y lanzaba rayos por los ojos, con un odio profundísimo por aquella gente. Lo que pudo haber sido una asignatura maravillosa sobre la historia de la Edad Moderna en adelante, se convirtió en algo vergonzoso.


Por supuesto, resistirse a esa dinámica, intentar romperla, o simplemente disfrutar de la asignatura, no era posible ni para mí ni para los pocos que no aprobaban semejante situación. Yo me abstuve de hacer nada al respecto; primero, porque no sentía el respaldo de nadie; segundo, porque yo nunca gocé de una posición de respeto dentro de la jerarquía de la clase, y sólo habría contribuido al ostracismo y la burla fácil y obscena para el resto del curso; la tercera razón se intuye más adelante. Todos sabemos que no se puede mostrar públicamente el afecto por una asignatura, y que los profesores son objeto de crítica y burla, nunca de admiración ni respeto. Sal de ese sistema y te crucificarán. Me arrepiento, claro que me arrepiento. Aunque no hubiera podido cambiar nada, me habría sentido mejor conmigo mismo de haberlo intentado. Al no intentarlo siquiera, ahí sí que no cambié nada. En otras épocas, fui más veces víctima que espectador, y tal vez sea eso lo que me incitaba a conformarme con presenciar aquellos agravios a otras personas, y no arriesgarme a volver a ser objeto de los mismos. El microclima del instituto puede ejercer mucha presión sobre una persona, y la complicada red de influencias, jerarquías y juegos de poder que conforma su esencia es comparable a una prisión. Tienes que estar allí, tienes que convivir con ellos, tienes que llevarte bien, lamerles las botas, porque los guardias no siempre están para protegerte. Es eso, o plantar cara y dejar claro que contigo no se juega, que no vas a ser una presa más. Y yo era muchas cosas en aquella época, pero no un héroe. Querría haberlo sido, claro. Intento serlo. Hay que intentar serlo, en la medida de nuestras modestas posibilidades. De ahí tanto Tintín, tanta Ilíada y Odisea y tanto Atreyu y Bastián. Pero en mi propia aventura, no lo fui. No rescaté a Tchang, no me enfrenté a Aquiles, no me expuse al canto de las sirenas, la Emperatriz Infantil no me consideró digno del Áuryn. Pero soy persistente; aunque haya fracasado en otras ocasiones, no cejaré en mi empeño y quizá lo consiga, aunque sea durante un breve minuto, durante escasos segundos.


No hay comentarios: