miércoles, 7 de mayo de 2014

Viking: Battle for Asgard

¿Qué se puede esperar de un juego de un vikingo sin barba?

Después de la agradable experiencia de jugar una aventura gráfica tan bonita como Nostradamus, era el momento de someterme a mí mismo a una buena dosis de tortura. Y qué mejor forma de hacerlo que jugar a un juego como Viking: Battle for Asgard. Escribo la crítica mientras escucho el disco Twilight of the Thunder God, y me temo que esta crítica va a ser muy desordenada, un conjunto de ideas furiosas. Pero creo que el juego se presta a ello.

Lo cierto es que mi historia con este juego arranca hace ya bastantes años, cuando un amigo se trajo al pueblo la versión de Xbox 360. Mi memoria recordaba un juego difícil de dominar, con un sistema de combate exigente, y un vikingo tratando de infiltrarse en una fortaleza llena hasta los topes de fornidos soldados sobrenaturales de piel de un azul pálido y armaduras oscuras. Cuando por fin me compré la PS3, quise jugarlo, pero nunca lo encontré por un precio razonable. Incluso aquí en Portugal, cuando fui a buscarlo a la FNAC, tenía el incomprensible precio de 59,99 (un juego de 2008, con más de seis años a sus espaldas, y que no es un “título estrella” no puede costar casi lo mismo que un juego recién salido del horno). Pero por fin, como si los dioses nórdicos lo hubieran querido, el día antes de volver a casa por Semana Santa lo vi en el GAME, por 9 asquerosos euros (para tratarse de un juego de PS3, que rara vez cuesta menos de 14, a menos que sea un juego de fútbol, que tienen una fecha de caducidad fugaz) y me lo llevé sin pensarlo un instante.


Ya en casa, no tardé mucho en instalarlo y bajarme las actualizaciones de rigor. El juego prometía ponernos en la piel de Skarin, un vikingo elegido por la diosa Freya para ser su campeón en la batalla contra la diosa Hel y su ejército de muertos vivientes, la Legión, que ha invadido el reino de los hombres, Midgard. Le di a “Nueva partida”… y ahí empezó la pesadilla.

Para empezar, es todo mentira. Todo. La historia que te cuentan no la ves por ningún lado. Se han currado unas escenas narrativas estilo cómic, que nos hablan de Loki, de Odín, de Hel y de Fenrir, y de cómo Skarin fue elegido (tras haber muerto en batalla) y revivido por Freya, que le entregó el Brisingamen (su torque, que aquí aparece como un colgante) para guiarle en su lucha que bla bla bla. Acabada la cinemática, nos plantan en medio del mapa. Somos Skarin, un vikingo de proporciones imposibles (las extremidades gruesas como troncos de árboles, la caja torácica inmensa) que carece de cualquier tipo de vello facial. A la espalda lleva un hacha y una espada, que siempre blandirá juntas, y que serán nuestras únicas armas durante todo el juego. El Brisingamen cuelga de nuestro cuello, y es la excusa del juego para ponernos un minimapa con radar, bastante escaso e impreciso. Skarin no pronunciará una sola palabra durante el juego, y no es más que un peón en manos de Freya, cumpliendo tarea tras tarea, matando enemigo tras enemigo, liberando vikingo tras vikingo. Pero no adelantemos acontecimientos, sigamos con la historia. No es un juego de vikingos, es un juego de fantasía corriente y moliente, al que le han añadido unas cuantas referencias al hidromiel y nombres mitológicos. No hunde sus raíces en absoluto en la cultura ni en la mitología vikinga, cambia los nombres a placer. Las tres gemas que debemos encontrar se llaman Hugin, Mugin (los dos cuervos de Odín, el segundo con el nombre mal escrito) y Mjölnir (el martillo de Thor). Todos los personajes son planos: los secundarios son directamente extras que están ahí para decir su frase, darte su objeto y desfilar por el campamento. La historia es completamente testimonial y absurda, y el final es tan abrupto que da la sensación de que este juego iba a ser mucho más, pero se les quedó en nada. En las escenas narrativas se deja ver algo más de mimo y profundidad, que queda completamente desdibujada cuando nos devuelven al escenario. La historia es un chiste, una excusa para ponernos a descuartizar gente.

Skarin se relaciona con otros seres vivos de dos formas: si tienen la piel azul y gruñen, los mata; si visten de rojo y tienen un pequeño bocadillo sobre sus cabezas, se para frente a ellos hasta que le dicen algo, pero él jamás responde. Empecemos con esto último: el sistema de compraventa de objetos y runas es muy limitado, apesta a desgana y aburrimiento: podemos comprar pociones de salud, hachas arrojadizas y una especie de granadas incendiarias; también podemos comprar runas para mejorar nuestra “magia” de fuego, hielo o rayo; en cuestión de minutos habremos visto todo lo que nos ofrece el juego en ese sentido. Comprar cosas es tan innecesario que no nos motiva en absoluto a la hora de buscar los tesoros ocultos por el mundo (los vikingos pierden por todas partes bolsas y tinajas llenas de monedas, por lo visto). Lo único que vale la pena comprar son nuevos movimientos de ataque, que por otro lado son muy predecibles y simples de ejecutar. La variedad de actividades es nula; las misiones consisten en ir a un sitio, descuartizar a todo lo que se mueva, liberar a los vikingos allí encerrados para que nos ayuden, volver e informar de ello para recibir una palmadita en la cabeza y que nos manden al siguiente sitio. El mapa está lleno de lugares por explorar, pero muchas veces tendremos que seguir un orden determinado, ya que el juego nos coloca adrede puertas cerradas cuya llave pertenece al líder enemigo que está en ooootro campamento. Por lo tanto, la jugabilidad está muy encorsetada (y con nula variedad) para tratarse de un “mundo abierto”. El mundo de Midgard está muy vacío: enormes praderas vacías, con campamentos vikingos o de la legión. No hay un animal, ni un civil, nada. Muchos de los lugares (fortificaciones, canteras, destilerías…) son impresionantes, no se puede negar, pero carecen de vida. Cuesta horrores llegar de un lado a otro, a pesar del sistema de piedras mágicas que nos teletransportan entre dos lugares importantes. Muy a menudo, casi siempre, después de un viaje larguísimo hasta algún rincón perdido, me tocaba volver a pie. ¿Solución? Lanzarme sin dudarlo por el primer acantilado que encontrase, para reaparecer en el campamento vikingo, con la vida repleta, sin haber perdido ni dinero ni experiencia, y la misión cumplida. Que la forma más rápida de moverse en el juego se base en el suicidio no dice mucho en su favor.

Otro problema, más anecdótico pero no menos irritante, es el botón de salto: Skarin se encarama automáticamente a los obstáculos más bajos, pero para los más altos tendremos que pulsar el botón de salto. El problema es que nunca sabes si los programadores han decidido que un cierto obstáculo sea “escalable”. Skarin es incapaz de subirse a una caja que le llega por los hombros, y sin embargo da un salto prodigioso y se aferra con las puntas de los dedos a un acantilado. Muy exasperante a veces.

El sistema de combate tiene un cierto interés, porque Skarin no es invencible: cinco o seis enemigos pueden darte una paliza en un momento si no estás a lo que estás. Pero una vez dominas el movimiento de esquiva y contraataque, es pan comido eliminar incluso a los enemigos más duros y los jefes finales. Lejos quedan los tiempos del Blade: Edge of Darkness, en los que un combate contra un minotauro o un caballero del caos con arma envenenada te podía durar quince minutos de esquivas, adrenalina, ataques desesperados y estrategias, pociones soltadas a medio beber porque no te da tiempo, porque el bicho ya carga contra ti con todo lo que tiene, objetos arrojados improvisadamente porque no te quedan ya armas, la barra de resistencia en las últimas y tú apurando porque sabes que te quedan dos telediarios si no lo matas ya mismo. Aquí todo se basa en X, X, X, X, R1, X, X, X, X. Ni siquiera experimentan con otras combinaciones de armas, como una espada o hacha a dos manos, un martillo, una lanza… te quedarás para siempre con tu espada y tu hacha (en dos ocasiones, te obligan a ir a un altar para “mejorar” la espada, sin ningún cambio ni visual ni funcional). Hasta el uso de la magia es simple: con dos botones, activamos el hechizo deseado (fuego, rayo, hielo), y nuestra arma se carga con ese poder, de modo que mientras dure nuestra barra de energía, los ataques quemarán, electrocutarán o congelarán al enemigo. El hechizo no se puede interrumpir, durará lo que dure nuestra barra. El hechizo de hielo es especialmente útil, ya que detendrá a cualquier enemigo y lo dejará vulnerable a un segundo golpe, que lo mata automáticamente. Es casi demasiado fácil. Al principio llama la atención, y te esfuerzas por aprender el sistema y dominarlo. Pero cuando te das cuenta de lo fácil que es pillarle el truco, te aburres, pierdes interés y empiezas a acelerar, a no disfrutar, a intentar terminar el combate cuanto antes, para pasar a la siguiente misión, para pasar a la siguiente isla, para acabar el juego de una puta vez, porque no innova nada, en la primera isla ya ves todo lo que el juego te ofrece, no esperes ninguna sorpresa en las dos islas restantes.

Tenemos diferentes clases de enemigos, aunque de cada clase hay un único modelo. Tenemos soldados ligeros, arqueros, soldados con escudo (de madera, metal o piedra), asesinos, cazadores con hachas, chamanes, comandantes, gigantes… La Legión (que nos vendían como “muertos vivientes”, pero que están claramente vivos, una especie de gigantes de Jotunheim que han encogido en la lavadora) tiene un gran parecido con el ejército Ogro de Warhammer, inspirado a su vez en los hunos y los mongoles. También aparecen tres dragones, completamente olvidables y anodinos: vuelan, escupen fuego y te sirven en la batalla para poder freír con precisión a un chamán que se te resiste.

Las misiones de infiltración son una de las cosas más destacables del juego. Como he dicho antes, Skarin tiene problemas para derrotar a grupos grandes de enemigos (como es normal); cuando veamos pasar a una de esas patrullas de cuarenta o cincuenta enemigos, no habrá más narices que huir como unos cobardes. Pero hay ciertas misiones en las que tendremos que infiltrarnos en una fortaleza (que más tarde asediaremos). Skarin está solo en estas misiones, él solo intentando entrar en un auténtico hervidero de enemigos, decenas y decenas de ellos, de todos los tipos habidos y por haber. Es cierto que siempre hay un camino despejado de enemigos, y la gracia está en encontrarlo, pero estas misiones me parecieron muy originales, la sensación de peligro era muy auténtica: si te pillaban, vendrían todos a por ti.

El plato fuerte del juego, con lo que intentaron venderlo bien, son las batallas multitudinarias. Una vez hayamos completado una serie de requisitos (liberar campamentos, básicamente, y alguna tontería adicional) podremos activar una de las batallas gordas. El ejército vikingo llama a las puertas de una de las fortalezas de la Legión, y nosotros estamos en medio. Docenas de enemigos y aliados se baten junto a nosotros. En medio de esa marabunta, tendremos que buscar a los comandantes y a los chamanes para desmoralizar al enemigo y hacerlo retroceder. Las batallas están bien, son muy épicas y gráficamente impresionan, pero el juego se ralentiza terriblemente durante ellas. Un punto a su favor son las animaciones de los enemigos y aliados: dentro de los campamentos, los vikingos patrullan, otean el horizonte, se sientan a beber en la taberna, animan a los contendientes de una pelea a puñetazos; los enemigos también patrullan, devoran cadáveres, pelean entre sí… Si combaten un vikingo y un legionario, los veremos hacer más que intercambiar golpes: se empujan, se tiran al suelo, ruedan para esquivar un golpe… muy logrado, la verdad. Es en estos detalles donde me da la impresión de que este juego estaba destinado a ser mucho más de lo que ha sido: se ha quedado en algo pobre y mediocre.

Una vez terminamos la última batalla campal de una de las tres islas del juego, somos transportados automáticamente y sin previo aviso a la siguiente isla. Jamás podremos regresar. No importa que nos hayamos dejado misiones sin hacer, tesoros sin encontrar. Te jodes. Niflberg, Galcliff y Isaholm son las tres islas: las dos primeras son verdes y boscosas, y la tercera es un páramo helado con la volcánica fortaleza de Hel en el centro. Gráficamente son muy vistosas, no se puede discutir el atractivo visual del juego, tanto en los mapas como en el diseño de los enemigos (el campeón de la Legión, Drakan, es impresionante) y el aspecto de las batallas. También me gusta el detalle de hacer que el amuleto Brisingamen brille en la oscuridad de las cuevas que Skarin tiene que atravesar en ocasiones, iluminando así su camino.

Con lo que sí me voy a meter es con el hecho de que ningún personaje mueva la boca al hablar, ni siquiera en los primeros planos de las cinemáticas. Ni Freya, ni Hel… ni por supuesto Skarin, que no habla jamás.

Y tengo mis reparos también respecto de un par de puntos del diseño. Primer punto: el diseño de Skarin incluye una ristra de cuchillos en el cinto, que no se pueden usar, están solo para hacer bonito. Segundo punto: el diseño de las espadas incluye sangre por defecto, de manera que en el campamento vikingo puedes ver a treinta o cuarenta vikingos paseando o tomándose una cerveza, con la espada en el cinto manchada de sangre. Agsurdo, con g.

Un efecto muy interesante, que ya he visto en otros juegos como The Saboteur, es el cambio en el entorno cuando liberamos una zona. Al entrar en un campamento de la Legión, llueve y el cielo está oscurecido por nubes negras. Una vez eliminemos al último enemigo, saldrá el sol y se escuchará el trino de los pájaros: un cambio algo brusco, pero que no deja de ser simpático.

La traducción del juego tiene bastantes fallos, algunos de ellos muy gordos. Un juego con erratas desmerece mucho, da una impresión malísima. El audio es un caos: pese a que la banda sonora tiene una calidad más que buena, falta sonido en el mundo de Midgard: los vikingos celebran silenciosamente su victoria, elevando las espadas al cielo y gritando sin voz; no hay ruido de árboles ni de viento; el sonido de los pasos sobre la hierba, las tablas o el agua se repite continuamente en patrones de tres sonidos… Una falta de interés… un “pos así ya vale”…


Para terminar, diré que Viking: Battle for Asgard, es un mata-mata sin pretensiones, que te permitirá pasar unas horas desmembrando enemigos con armas blancas, ver unos escenarios muy bonitos y meterte en medio de batallas multitudinarias. Nada más. No es un juego de vikingos, no es un RPG, no es un sandbox. Es un juego que, creo, quería ser todo eso y más, pero algo ocurrió que hizo que se quedara por el camino. Tuve un momento muy bonito mientras mataba a estos monstruos de piel azul con una canción de Moby de fondo, que decía con voz lastimera "Don't hurt me this way, don't hurt me again". Eso mientras Skarin seccionaba uno a uno los miembros de un pobre enemigo. No podía parar de reír.


Saludos.


No hay comentarios: