jueves, 15 de mayo de 2014

Recreación medieval "Santar 1110" - mayo 2014

El pasado día 2 de mayo me dirigí, junto a mi grupo de esgrima y recreación, a Santar, una pedanía del municipio de Nelas, donde se iba a celebrar el evento “Santar 1110”, un evento de recreación estricto. Nada de ferias, nada de puestos de “bocatas medievales”, saltimbanquis y ropa anacrónica. Sólo cinco grupos pequeños de recreadores, representando un episodio histórico y una pequeña muestra de entrenamiento y combate. Tuve la oportunidad de conocer a varios grupos de recreación españoles, como los Caballeros de Ulver y los Caballeros del Duero, todos gente muy simpática, recreadores con todas las letras y muchos medios: armas, cotas de malla, yelmos, escudos, ropa, artículos civiles…

Pasamos la noche del viernes bebiendo y comiendo (carne asada) por cuenta de la casa y haciendo el tonto por allí, y nos fuimos a dormir todos a una sala que nos habían habilitado. Nota para el futuro: comprar un saco de dormir o una colchoneta, porque dormir sobre el gambesón no es la opción ideal. A la mañana siguiente, madrugamos para desayunar en un café cercano, y trajimos los trastos (las tralhas, como dicen en portugués) a la plaza donde íbamos a instalar nuestro campamento. Éramos siete, y en seguida, ya vestidos de época, nos organizamos para clavar las piquetas de la amplia tienda de campaña medieval, montar las mesas y sillas, colocar las armas, vajilla, ropa… Junto a nosotros, los compañeros de Ulver hacían otro tanto, haciendo gala de su poder militar con un enorme expositor de armas erizado de lanzas y espadas, alternadas estas armas con yelmos y cotas de malla. Pasamos la mañana por allí, haciendo pequeñas exhibiciones de esgrima para entretenernos, trabajando con la cota de malla y preparando el evento que tendría lugar después de comer. La comida consistió en un delicioso guiso de arroz, judías, verdura y carne. Más tarde, comenzó el evento. 

Recreábamos la recepción, por parte de la reina doña Teresa y su marido el conde Enrique de Borgoña, de unas delegaciones de Galicia, León y Castilla, para pedirle diversos favores políticos. Un servidor Loscercarlos tenía un papel menor y mudo: Mendo Pais, escolta (y pariente, deduzco) de Nuno Pais, alférez mayor del conde don Enrique. Bien pertrechado con el gambesón, la cofia gambesonada y el almófar, y con espada y daga de rondel al cinto, acompañado por mi compañero Jorge, que iba ataviado de manera semejante, pero con yelmo y un hacha, nos colocamos a ambos lados del caballo del alférez y lo escoltamos en su entrada a la plaza y durante su saludo al conde y a doña Teresa. 

El mayordomo del conde dio pasó a los emisarios, y tuvo lugar una serie de discusiones y debates bastante acalorados. Más tarde, el conde aceptó el juramento de vasallaje de tres caballeros villanos a los que concedió unas tierras. El evento terminó felizmente, y todos los grupos participantes saludaron al público, que estaba francamente entusiasmado por la seriedad y el rigor que había visto. Después, desfilamos hasta otra plaza y, ya más tranquilos, nos pusimos a hacer el tonto como sólo nosotros sabemos.

Pasamos el resto de la tarde por Santar, viendo el atardecer desde unos magníficos jardines, hablando de lo bien que había salido todo. Yo, personalmente, estaba completamente tostado por culpa del sol, pero eso no era ninguna novedad. Cuando oscureció, nos dieron de comer unos rojões (dados de carne cocida) algo grasientos, pero no por ello menos ricos. Después, tuvo lugar una procesión hasta la iglesia cercana, que los grupos de recreadores dirigimos, de nuevo bien vestidos y equipados. Aprovechamos para hacer el payaso y asustar (un poquito) a los niños con nuestras poderosas barbas, antorchas y capuchas. Más tarde tuvo lugar una actuación musical (una niña que cantaba fados) que, cómo no, amenizamos con un pequeño baile improvisado. Acabada la jarana, nos acercamos al campamento de los vikingos, que nos dieron de beber y comer copiosamente. Dormimos en la tienda de campaña, de nuevo sin más colchón que el gambesón. Pero dormí como un queso.

El domingo era el día final. Después de desayunar y estirar los músculos doloridos, se me presentó un dilema. El entrenamiento militar se celebraba antes de comer, y el combate, algo después. Ambas cosas, bajo un sol de justicia, tendría que hacerlas cargado con varios kilos de equipo. De modo que decliné la oferta y cedí mi lugar a un compañero, que se llevó el gambesón y el almófar. Yo presencié el entrenamiento desde la seguridad y la sombra de un muro. Precisamente un muro, pero en este caso de escudos, fue lo que hicieron los recreadores. Practicaron técnicas para superponer unos escudos sobre otros, cómo reaccionar al ser flanqueados, cómo avanzar y cómo cargar.

 Después de comer (carne, creo, con buenos panecillos portugueses de esos tan deliciosos, y algo de broa), se llevó a cabo el combate, concebido como un enfrentamiento entre uno de los emisarios del día anterior y un grupo de soldados. Se intercambiaron flechas, se formaron muros de escudos y hubo abundantes duelos. Al público le gustó mucho. Intervinieron el conde y su mayordomo; el primero exigió paz dentro de sus tierras y terminó con las hostilidades. Así acabó Santar 1110: entre risas, abrazos y nuevas amistades entre gente unida por su amor por la historia y el pasado. 

Ya atardecía, de modo que recogimos los bártulos. Nos embargaba la pena al desmontar la tienda, guardar las armas y colocarlo todo en los coches; ver desaparecer lo que había sido nuestro hogar durante dos días, que la plaza se quedara vacía de espadas y escudos, cambiar las túnicas por las camisetas de manga corta, las comodísimas calzas por unos vaqueros apretados. Nos despedimos de Santar, y también unos de otros, y volvimos a Oporto. Pero el fin de semana siguiente hubo más. Ya os lo contaré. Saludos.

Parte de las fotografías son de Nuno Costa

No hay comentarios: