martes, 13 de mayo de 2014

Lamento

A menudo siento que mi infancia fue de lo más afortunada. Cuando veo que los blogs desaparecen y triunfan los tweets, que se busca la rapidez y la inmediatez en todo, que los libros decaen y los teléfonos móviles con conexión a Internet suben como la espuma, que si no estás conectado a la red las 24 horas del día no sabes lo que te pierdes… A mí me produce un estrés insoportable tener Internet en el móvil, que cualquiera pueda hablar contigo, tener que estar mirando cada diez segundos la nueva mención que te han hecho o el vídeo estúpido que te han mandado… Doy gracias por tantas tardes leyendo de niño, cultivando la paciencia, saboreando la espera, disfrutando finalmente de una recompensa que sabe mil veces mejor. Bajar al parque después de comer y dejar que pasen las horas jugando con los amigos, que te trajeran la merienda y ni sabías qué hora es, que oscureciera y tu madre te bajara una sudadera porque empezaba a hacer frío, tener que irte a casa porque había que cenar y sentir que sólo habían pasado diez minutos desde que bajaste. Agotado y feliz. Hoy en día todo es una locura, es una amalgama caótica de enlaces de Internet, memes, chats instantáneos, gente que no tiene ningún interés en lo que le digas, que no te presta más que diez segundos de su tiempo antes de volver a hundir la cabeza en donde sea que la tuvieran metida. Cualquier cuestión que proporcionaría horas y horas de búsqueda y pensamiento se resuelve tecleando en Google o buscando en Yahoo Questions. Si algo siempre ha sido para ti un misterio maravilloso, busca un tutorial de YouTube y aprenderás a hacerlo en 10 minutos. Pero lo que pasará es que te aburrirás a los 20 minutos y pasarás a otra cosa. Con las personas pasa igual. El que no tiene 500 amigos en Facebook, es porque no quiere. Con cada uno habrás hablado tres veces como máximo, pero da igual. Los niños nacen con una tablet bajo el brazo, y no han conocido un mundo sin Internet, ni siquiera el exasperante ruidito del módem que tardaba tanto en conectarse. Me dan auténtica lástima todas esas personas que siempre han vivido con semejante epilepsia y frenetismo tecnológico, viéndose obligados por su entorno de amigos a ver el último vídeo de Thous y a hacer el bizarro por ahí. Es un auténtico milagro que los niños aprendan algo, si es que aprenden algo, en el colegio, con semejante bombardeo del mismo mensaje: “si no lo puedes obtener YA, pasa a lo siguiente”. De verdad que me da auténtica lástima, y entiendo esa reacción rebelde, que empieza ya a ser moda, de vestirse como un señor de los años 40, con chaleco y sombrero.


Y es que la vida es espera. Siempre lo ha sido, y el ser humano siempre ha sabido aprovechar esa espera para pensar y para producir hermosas obras de arte. Pero hoy lo intentamos olvidar, tratamos de ocultarlo debajo de una montaña de efímeros granos de arena, de un montón de nada. Y eso nos impide producir o hacer nada valioso. Escribir un texto para un trabajo académico que te lleve más de diez minutos, que te exija consultar fuentes documentales. Escuchar a un grupo de música que no pongan todos los días en la radio y en las discotecas. Hablar largo y tendido con una persona para descubrir afinidades que ni siquiera sospechabas. Todo el mundo está ocupado, todo el mundo va de un lado para otro sin parar, y todo el mundo es feliz, si hacemos caso a sus fotos, sus estados de Facebook e incluso sus palabras y sonrisas forzadas en una mueca horrenda, o poniendo morritos; verdaderos autómatas a los que se les escurre la vida entre las manos. Viejos que se comportan a los 60 como se comportaban a los 16, que no han aprendido absolutamente nada. La sociedad no admite a nadie que no sea joven, activo, dinámico y feliz, de modo que los viejos gritan “la juventud es un estado mental” mientras se recolocan la dentadura –dijo el poeta. Disimula, disimula mientras te flaquean las rodillas y se te cae el pelo, no se te ocurra dar el salto al otro bando, el de los inútiles para la sociedad; sólo entraré allí cuando se me pegue la piel a los huesos.

Os dejo este vídeo que subí a Youtube. Como veréis, tiene casi 50 minutos, de modo que es una buena moraleja. A ver si tenéis lo que hace falta.


1 comentario:

Un Hombre Sensible dijo...

Hola, tocayo:

Si bien visito tu blog con asiduidad, no acostumbro a dejar comentarios. Sin embargo, el tema que tratas en esta ocasión, aderezado, rematado y culminado además con la charla de Dolina -arte puro- me impulsa a dejar aquí escritas algunas humildes palabras.

Creo que mi infancia fue bastante parecida a la tuya. Todavía recuerdo esas tardes eternas jugando, leyendo, escribiendo o escuchando a los Beatles en mi entonces flamante discman azul... Sigo viviendo en ese mundo analógico, prácticamente desconectado de todo lo virtual e instantáneo, pero pienso que eso es algo con lo que no me siento especialmente afortunado. Libros, reflexiones, silencios... ¿Y todo eso para qué?

Alejarse, volar y huir son gestos que nos separan del mundo terrenal y nos conducen a una terrible y espantosa alienación. Como oí decir al propio Dolina, toda persona con inquietudes, es decir, aquella persona reflexiva, atenta y sensible está condenada a una gran infelicidad. Y es que, amigo mío, el conocimiento y el saber no son más que una injusta condena para todos aquellos que, como tú y como yo, hemos decidido navegar por otros mares.

La ignorancia y la estupidez son conditio sine qua non para alcanzar la felicidad. No hay más que mirar a nuestro alrededor.

Se despide,

un Hombre Sensible