viernes, 28 de febrero de 2014

Memoria de elefante


Ciertos descubrimientos recientes han hecho despertar una parte de mí que tenía ya olvidada y enterrada. Qué duro es que alguien a quien aprecias desde el principio, o a quien has aprendido a apreciar, te trate mal, injustamente. Es peor incluso enterarte mucho después de que echaron pestes de ti y te pusieron a caldo perejilero sin ningún motivo, cuando ni siquiera te conocían. Eso me ha hecho pensar en el inicio de los tiempos. Cada vez que cuento los problemas que tuve durante la adolescencia, hay familiares que me dicen que ya sería menos, que ellos siempre me vieron feliz. Ojalá me hubieran visto en el instituto, o en el colegio, si me apuras. Ya sabéis que yo tengo memoria de elefante: recuerdo perfectamente quién fue siempre justo y honrado conmigo y quién fue cruel o traicionero, y les guardo un rinconcito especial. 

Recuerdo a tres infraseres que tenían como hobby meterse con el chico tímido y gafotas, hacerle sentir incómodo en clase y en el recreo, aprovecharse de su complexión voluminosa para intimidar. Recuerdo una tensa tarde jugando al baloncesto, en que se empeñaron en seguirme hasta mi casa y luego intentaron entrar. Ahí perdí los estribos y los eché literalmente a patadas y empujones, fuera de mí porque cuando echaba a uno, se colaba el otro. Estaba presente otro amigo que no hizo otra cosa que asistir al espectáculo y reírse, no sé si de mí o de ellos. Recuerdo a un chaval de varios cursos por encima del mío, que me quitó la bolsa de gogos como en broma, y a escondidas se llevó un buen puñado. Recuerdo insultos muy originales cuya difusión logré evitar a base de súplicas. Recuerdo uno o dos momentos de valentía suprema en los que planté cara a quienes me zaherían, para sorpresa de todos (incluido yo). Recuerdo muchos otros en los que callé, hui o sonreí fingiendo que era una broma muy divertida de la que era cómplice, y no víctima. Recuerdo a los profesores, que sólo contribuyeron a mi vergüenza, alabando delante de todo el mundo las estúpidas notas de los exámenes, apuntándome automáticamente al torneo de ajedrez o asignándome el puesto de bibliotecario de la clase sin ningún tipo de consulta, sólo por llevar gafas y ser un empollón de mierda. El caso es que yo jamás he sido un empollón, nunca le he dedicado más tiempo del necesario a las tareas escolares, no me he pasado las noches en vela, con la única compañía de libros de texto y apuntes. Jamás. Tenía amigos, y pasamos muchas tardes en el parque jugando a la pelota, a las canicas, a los gogos y a los tazos, pero también es cierto que dediqué MUCHAS horas a la lectura. También he sabido recientemente que algunos compañeros alababan mis notas (como si significaran algo). Recuerdo haber estado yo mismo a punto de convertirme en un matón con aquellos más débiles que yo. Sé que contribuí a humillar y a hacer infelices a varias personas, y les pido perdón, y acepto mi culpa, porque nada de lo que otros me hicieron a mí justifica que yo hiciera lo mismo; es una reacción absurda y sin sentido, que demuestra no haber aprendido nada y tener un corazón miserable.

Ya en el instituto, recuerdo a los matones, los repetidores de ojos turbios y piel amarillenta de tanto fumar, que daban por hecho que yo debía ayudarles con los deberes o soplarles las respuestas. Recuerdo momentos muy tensos, recuerdo burlas y algún que otro intento de abuso físico. También recuerdo momentos muy agradables, compartiendo conocimiento e intentando ayudar y enseñar a los compañeros, que se mostraban eternamente agradecidos. Otros fueron patéticos y lamentables. Recuerdo una constante sensación de agobio y encogimiento estomacal cuando uno de los graciosos de la clase me ponía en su punto de mira. Recuerdo no poder decir en clase todo lo que habría querido, para que no se rieran de mí. En algunos casos también se cambiaron las tornas, y mis antiguos acosadores pasaron a ser acosados y objetos de burlas, en las cuales yo nunca participé, pero no tuve ni la más mínima lástima; una vez más, una reacción rastrera y nada honorable. Mucho mejor habría sido defender a los que me atacaron, demostrando que estoy por encima de ellos. Pero si no lo hice, significa que no lo estoy. En la universidad, por suerte, ya no se meten contigo cara a cara, sino que se limitan a destrozarte cuando no estás presente, a decir cosas verdaderamente horribles, crueles e injustificadas, mera verborrea de insultos. Y ahora se llevan bien contigo, hipócritas. Sólo quería deciros (seguro que sabéis quiénes sois) que no os olvido, que os tengo siempre presentes a todos y cada uno de vosotros. Que Loscer no olvida, por desgracia para él. Puede perdonar (se esfuerza para conseguirlo), pero no olvida. Saludos.


2 comentarios:

rodriw dijo...

Totalmente de acuerdo SR. CARLOS LOSCERTALES!! Yo también pido perdón por los actos que cometí y desde luego coincido contigo en lo que dices. Pero no haber estado a la altura de quién participo de tu castigo o de quién después fue castigado no te hace ni más ni menos que humano. Cuida de esa memoria de elefante que se que tienes...yo desde luego con el tiempo se que no se alaban las notas si no la nobleza y la coherencia con los actos y tu de eso desbordas! Siento y se que si (aunque tengo menos memoria...) si alguna vez fui participe de insultos o burlas hacia ti. Mi mejor manera de pedirte perdón es sabiendo reconocerlo y como con el tiempo tu eres de las pocas personas que merece ser recordadas en mi mente....pero aún más creciendo como creo que he crecido...quizá poco pero suficiente para reconocer que eres un gran tipo!!
Espero verte pronto!
Rodri

Loscercarlos dijo...

Gracias, Rodri. De verdad, muchas gracias, no estoy de coña si te digo que me ha emocionado leer tu respuesta. Tampoco quiero montar un culebrón en el blog, cuando nos veamos ya nos contaremos batallitas con un par de cañas y un pincho. Un abrazo.