miércoles, 26 de febrero de 2014

Las mocedades de don Guasca de Monò - 11ª parte




Y en el castillo de Pravén, don Artímeno anunció la llegada de don Guasca de Monò, y los guardias se apartaron de inmediato, y yo me alegré mucho de que ya se conociera mi nombre. Y al entrar en el gran salón, donde ya se celebraba el banquete, un criado anunció mi nombre, y muchas de la orgullosas cabezas de tan importantes señores, y no pocas damas, se giraron para ver al desconocido caballero que había derrotado a todos ellos salvo a don Monteguerra. Y don Haringote me felicitó y me invitó a sentarme a su lado. El conde presidía la mesa, y don Monteguerra y yo quedamos uno frente al otro. Mas el rostro de don Monteguerra era franco y alegre, de lo que supe que no había rencor alguno entre nosotros, y que la liza en los torneos era liza respetuosa y entre amigos. Y el festín fue abundante, con viandas de toda clase: sabrosas sopas con carne o pescado, asados y guisos de ave y cerdo, blancos panes redondos y vino rodoque y suadiano. Y todas aquellas viandas me parecieron celestiales y de un grandísimo husmo. Y aproveché también para hablar con cuantas damas me lo permitieron, que fueron muchas por ser yo uno de los campeones del torneo. Y las damas eran suadianas o rodoques, que acompañaban a sus hermanos, padres o maridos. Y había dos hermanas de nombres doña Mireya y doña Isué, de muy gentil figura y lozano rostro, que estaban allí acompañando a su anciano padre, el conde rodoque don Relando, que andaba lejos, en plática con otros nobles señores. Y las dos damas y yo hablamos largamente, y el vino me hizo osado y audaz, y les recité el poema que había memorizado, y las damas tampoco habían pasado sed, pues agradecían mis imprudentes requiebros sin una pizca de discreción, y pasaron las horas, y no soy hombre que guste de fanfarronear, mas diré que doña Mireya sucumbió a medianoche, en los establos, y que con doña Isué hice otro tanto en una alcoba vacía pocas horas más tarde, y que aún una criada se vino al pabellón de don Delinardo y conmigo pasó la noche, con lo que quedé yo con muchas ganas de volver a participar en un torneo, viendo las generosas recompensas que traía la empresa.


                Y al alba siguiente, terminado el torneo, mis hombres y yo resolvimos volver al castillo de Vincurdo para dar cuenta al conde don Delinardo de nuestra buena actuación. Mas cuando estábamos montando en los caballos, se llegó hasta nosotros un soldado de don Haringote. El conde requería verme, y no debía llevar escolta alguna. Di a Firentés orden de preparar a la tropa para partir y seguí al soldado hasta el castillo. Ya me temía que doña Mireya y doña Isué me hubieran acusado ante su padre, y que éste le hubiera pedido a don Haringote una satisfacción, pero en el castillo no vi al rodoque don Relando en parte ninguna. El conde me recibió solo, haciendo salir de la estancia a cuantos guardias había. Don Haringote me dijo que, habiendo mostrado gran valía y honor en el torneo, mucho le placería que yo fuera vasallo de Suadia y del buen rey Harlaús. Díjome que su influencia en el reino era grande, y que podría hablar favorablemente al rey, mas primero habría de llevar a cabo una pequeña tarea. Debía llevar una misiva a don Jaraldo, conde del burgo de Sargoz, en el reino nórdico. Díjele yo a don Haringote que nada sabía del reino nórdico, de sus gentes o sus costumbres, mas tanto me habló de los beneficios de la empresa, y del feudo que conseguiría como vasallo de Suadia, que terminé por aceptar. Don Haringote me hizo entrega del premio del torneo y de un mapa que señalaba la ruta más rápida hasta el reino nórdico. Sólo don Jaraldo debía poner su vista sobre la misiva, y a nadie salvo a mis hombres de confianza debía hablar del destino de mi viaje. Don Haringote me despidió con gran entusiasmo y me volví con mi tropa. Formé consejo con Firentés, Desabio y don Artímeno, y resolví que los hombres de don Delinardo que nos acompañaban escoltarían a don Artímeno de vuelta al castillo de Vincurdo, y que los demás viajaríamos al reino nórdico. Nada le dije a don Artímeno de la misión que nos aguardaba allí, mas don Artímeno era hombre prudente y no hizo preguntas. Hubimos gran pena por despedir a don Artímeno, que para mí era como un padre y tanto me había ayudado, y a los soldados de don Delinardo, a los que ya considerábamos parte de nuestra tropa. Aún continuamos cabalgando juntos un trecho, pero finalmente hubimos de separarnos, llorando todos grandemente de nuestros ojos por no saber si volveríamos a vernos. Mucho me habría de lamentar de haber aceptado la petición de don Haringote.

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