martes, 18 de febrero de 2014

Castilla



«Tú, tierra de Castilla, muy desgraciada y maldita eres 

al sufrir que un tan noble reino como eres,

sea gobernado por quienes no te tienen amor»


Hace unos meses, ya os dejé escrita mi opinión sobre el nacionalismo y el patriotismo, sobre lo absurdo que me parece vanagloriarse de un hecho fortuito como es haber nacido en un lugar, y lo egocéntrico que me parece adjudicarte todo un país como “tuyo”. Pero de un tiempo a esta parte me viene tocando mucho la moral una cosa: las únicas regiones que parecen tener cosas de las que enorgullecerse son las que tienen fuertes nacionalismos. Estoy harto de oír hablar de las maravillas de Cataluña, el País Vasco, Galicia y Asturias, de la sidra, las empanadas gallegas, los calçots y el txakoli, de que me repitan los productos y las costumbres genuinos y maravillosos que hay en esas zonas, y que los hacen completamente diferentes del resto de España, que queda como una región homogénea, uniforme. Cuando hablas con ciertas personas, podrían decirte de carrerilla veinte cosas famosas de su comunidad autónoma, pero nadie sabría localizar Guadalajara (algunos ni Castilla-La Mancha). La gente vive tan encerrada en su visión parcial y reduccionista del mundo, que todo lo que no entre en su zona de confort no merece ni la más mínima atención. El otro día presencié una auténtica presentación turística de Barcelona por parte de una catalana, que después me preguntó de dónde era. Guadalajara, dije yo. El silencio fue sepulcral. Y he estado pensando que me gustaría remediar ese silencio. Yo no soy amigo de vanagloriarme de mi zona, no porque no me guste, sino porque no considero que sea un logro personal el hecho de pertenecer a ella.


Castilla es la tierra del Quijote, ante todo. Es la tierra del Cid y del Empecinado. Castilla La Nueva es una región con grandes contrastes entre las tierras escarpadas y boscosas de la Alcarria y el desierto árido que los árabes llamaron manxa (tierra seca), tierra de climas extremos, de un sol inclemente y un frío cortante como una cuchilla, de nieve, lluvia y viento seco. Tierra de numerosos e imponentes castillos, en ruinas o restaurados, de iglesias, de ermitas perdidas que descubres en medio de lo agreste, de reservas naturales como las Tablas de Daimiel, de ríos límpidos y de agua helada rodeados de juncos. 

Es donde habitan esos temibles gigantes panzudos y blancos de brazos giratorios que el pobre Sancho Panza confundió con molinos de viento. Nos han tachado de ser herramientas del poder central, las fuerzas principales de los ejércitos de España (los portugueses nos tienen una tirria especial) pero fijaos cómo seremos, que el día de Castilla y León conmemora una derrota, la de los comuneros en su levantamiento contra el rey Carlos I.


Yendo a la muerte sin apartar la vista


Es la tierra del queso manchego, de la miel de la Alcarria, de las migas con chorizo, huevo y uvas, del pisto manchego, del chorizo castellano, de los duelos y quebrantos, el lomo de orza, el morteruelo, el ajoarriero, los puches con picatostes del día de todos los santos, el somarro, las tortas de Alcázar, el bizcocho borracho, las patatas con costilla y las parpantas.

Es el hogar de la dulzaina, de los instrumentos improvisados como la botella de anís y el almirez, de la danza de paloteo. La cultura de la lumbre y la panceta asada en el centro de un corro de amigos y familiares hipnotizados, brillantes los ojos por las llamas que danzan, las bocas en silencio masticando el currusco de pan. Las viejas enlutadas de los pies a la cabeza, sentadas en el poyo junto a la puerta, con el rostro surcado por mil arrugas, que aparentan fragilidad pero que no dudan en lanzar certeramente la garrota al perro que molesta a las gallinas. Tardes enteras sentados en sillas de plástico junto a la puerta, hablando con vecinos y husmeando a ver quién pasa.

Es una tierra llana e interminable a veces, un paisaje verdaderamente lunar, y otras veces impracticable y sobrecogedora, con estructuras de roca imposibles y amenazantes que se comen la pequeña carretera serpenteante que apenas se atreve a horadar la naturaleza, que consiente su osadía con indiferencia, los corzos que levantan la cabeza al ver pasar el coche, que cruzan la carretera sin miedo, majestuosos buitres y águilas que surcan el cielo. Los cimborrios de ramas que adornan las torres y campanarios, y el clac clac clac del crotoreo de sus habitantes.

Es todo eso y mucho más. Yo lo sé y no tengo necesidad de pregonarlo constantemente a todo el que pasa. Lo disfruto con los míos y con quienes quieran conocerlo. Saludos.



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