viernes, 14 de febrero de 2014

Ars amatoria - Ovidio


All who are eager to know the surefire rules of romancing,
make this manual yours! Learn how to conquer in love!

En materia de libros, últimamente voy alternando idiomas. Después del Infierno de Dante en castellano, pasé a La invasión en portugués, y ahora tocaba un poco de inglés. Así que lo último que he leído es Ars amatoria, El arte de amar, de Ovidio, en una versión traducida al inglés, con traducción de Stanley Appelbaum e ilustraciones picantonas de Jean de Bosschère. Hoy que es San Valentín, os traigo una pequeña crítica.

Básicamente, Ars amatoria es un manual que explica a los romanos dónde y cómo encontrar, conquistar y mantener romanas calentorras, y también, en una tercera sección, cómo puede una mujer seducir a un hombre. Todo ello explicado de forma elegante y llena de metáforas sacadas de los mitos griegos y la vida cotidiana romana, salpicado ese estilo con algunos pasajes más explícitos. Casi todos los consejos y enseñanzas de Ovidio son aplicables hoy en día, lo cual da que pensar sobre nuestra supuesta evolución como sociedad y cultura. Voy a resumir aquí los que más me han llamado la atención.

En la introducción, Ovidio justifica su libro diciendo que la misma diosa Venus le encomendó ser el tutor de Cupido, el Amor, su hijo. Antes de meterse en materia, Ovidio nos da tres metas básicas y progresivas: encontrar una dama a la que amar, luchar por conseguir su favor y asegurarse de que ese amor perdure un tiempo.

PRIMERA PARTE: Muy a la romana, equipara la búsqueda y cortejo con un proceso de caza: los cazadores saben dónde deben colocar sus trampas o apostarse con sus arcos, y del mismo modo debemos saber dónde encontrar a las damas, ya sean jóvenes y virginales o maduras y experimentadas (hoy en día serían discotecas y bailongos). Se mencionan varias calles, templos, fuentes, teatros, estadios, playas, etc. Siéntate junto a ella, interésate por los caballos o gladiadores favoritos de tu amada, y muestra que compartes sus gustos. Retira el polvo de su vestido, incluso si es inexistente. Recoge su túnica del suelo y aprovecha para echarle un buen vistazo a sus piernas. Los banquetes también suponen buenas oportunidades: el vino te ayudará a reunir valentía y sinceridad, pero no te pases de la raya o perderás toda prudencia, además de poder formarte una idea equivocada de la belleza de las facciones de tu amada por el exceso de vino y la escasez de luz (al fin y al cabo, el mismo Paris pronunció su decisión sobre la diosa más bella a plena luz del día). No dejes que te fallen la cabeza ni los pies, ni te metas en una pelea. Finge embriaguez, pues eso divierte.

Ovidio nos advierte de que las damas esconden su deseo, pero no por eso dejan de sentirlo, y que debemos tener confianza en nosotros mismos. Gánate a su sirvienta, que ella se encargará de allanarte el camino (hoy en día, esto puede aplicarse a un amiga de tu dama), de elegir el momento adecuado y el humor adecuado, de hablarle de ti, de cómo tu amor por ella te está llevando a la tumba. ¿Seducir a la propia sirvienta? Demasiado arriesgado, podría jugar tanto a tu favor como en tu contra. En todo caso, conquístala después de haber hecho lo propio con su señora, pero nunca al revés. No permitas que te vendan su amor a cambio de baratijas y regalos, hazte el loco cuando te diga lo mucho que le gustan unos pendientes o un anillo, evita sobre todo el día de su cumpleaños. Envíale cartas y tablillas de cera con encendidos mensajes de amor, prométeselo todo pero no le des nada, para mantener su interés. Una vez entregado, el regalo es suyo y tú no tienes nada todavía, ¿así que para qué arriesgarse? En tus mensajes, no seas pomposo ni excesivamente elocuente, mantén un lenguaje informal, pero persuasivo. Continúa enviándolos aunque muestre resistencia a responder, al final lo hará. Cuando lo haga, seguramente te diga que dejes de molestarla, pero eso es precisamente lo que no quiere que hagas, en realidad le gusta tu persistencia.

Ante todo, no te acicales hasta el punto de afeminar tu aspecto. No te rices el pelo, no te depiles las piernas como los eunucos. Que tu cuerpo esté aseado, bronceado y tonificado, tu toga limpia y adecuada a tu talla, la hebilla del zapato bien brillante. Que tu peluquero y barbero sean de confianza, mantén las uñas cortas y limpias, y retira el vello de la nariz y las orejas, que tu aliento sea fresco. Todo lo demás es cosa de hombres que comparten lecho con hombres.

Sé insistente y da el primer paso. A menudo, a ellas les da vergüenza iniciar una aventura amorosa, pero les resulta emocionante rendirse y dejarse conquistar. Si ella persiste en su rechazo, aléjate de ella un tiempo, para que vuelva a desear lo perdido. Cada mujer requiere un enfoque distinto: sé un erudito con las necias y un pícaro con las mojigatas, haz que pierdan su confianza.


SEGUNDA PARTE: Lo has logrado, joven amante. Como Paris, como Pélope, has conquistado a la dama, pero ahora tienes que mantener su amor encendido. La belleza no te acompañará siempre, de modo que cultiva la mente, sé amable y solícito, deja las discusiones para la vida de casado, tu amante y tú sólo debéis compartir momentos placenteros y palabras dulces. Atiende sus deseos, si tiene frío, si tiene calor, si le molesta el sol, si te hace llamar… Al fin y al cabo, el gran Hércules, que sostuvo la bóveda celeste y mató innumerables monstruos, también obedeció las órdenes de una mujer. Trata bien a los esclavos, apréndete sus nombres, hazles regalos, porque te serán de mucha utilidad. Si tu dama te pide hacer algo que pensabas hacer de todas formas, o que supone alguna ventaja para ti, haz ver que lo haces sólo porque ella te lo pide. Si está enferma y tienes que cuidarla, no la obligues a abstenerse de los alimentos que le gustan ni a tomar remedios repugnantes.

Haz que tu dama se acostumbre a ti, a verte cada día, que tenga tu voz presente en su mente, tus facciones y tu caligrafía. Cuando estés seguro de estar siempre en sus pensamientos, márchate un tiempo, pero no demasiado. La distancia prolongada hará que te olvide, y aparecerán nuevos amantes: así de inconstante es la mujer. Menelao dejó a Helena sola en Esparta demasiado tiempo, y permitió que recibiera a Paris y que durmieran bajo el mismo techo, les dio el lugar y la ocasión.

Si quieres tener más amantes, hazlo en secreto, no fanfarronees, no envíes regalos ni cartas. Si te descubren, niégalo todo, pero sin ser demasiado humilde ni persuasivo. Si es ella quien te engaña o flirtea con otros hombres, ignóralo; feliz aquel capaz de ver a su dama saludando a otros sin enfurecerse en su interior. No espíes a tu amada ni expongas su infidelidad, nada ganó Vulcano al mostrar el crimen de Marte y Venus.

Visítala cuando ella así lo desee, pero no tengas reparo en marcharte si no quiere verte, no te conviertas en un incordio.

TERCERA PARTE: En la tercera parte, Ovidio se dirige a las mujeres que desean seducir a un hombre. No dejéis que la vergüenza y la castidad os impidan experimentar los placeres de la vida, que “sentiros engañadas” por un hombre os haga olvidar los placeres que habéis obtenido también. El tiempo no perdona, y dentro de poco las damas altaneras y desconfiadas dormirán solas, y sólo provocarán lástima. La belleza puede ser un don de nacimiento, o puede obtenerse mediante maquillaje y vestiduras. No os sobrecarguéis de oro y de perlas, mantened una apariencia sencilla y grácil, aunque en realidad haya requerido horas de esfuerzo. Según vuestras facciones, usad un peinado u otro; según el tono de la piel, elegid los colores de la ropa. Las mujeres tienen más suerte que los hombres, a quienes la edad deja calvos; ellas pueden teñirse y usar cabello falso. No dejéis a la vista de vuestros amantes los productos que usáis, ni permitáis que vean cómo os los aplicáis: el truco de magia debe permanecer oculto para funcionar.

No tratéis mal a las sirvientas que os visten y peinan, porque lo harán mal a propósito. También tened muy en cuenta vuestra constitución: si eres de baja estatura, siéntate o túmbate, y oculta tus pies bajo una falda larga; si eres muy flaca, viste ropa ancha y voluminosa; los pies deformes pueden ocultarse con el calzado, y unas uñas poco atractivas pueden disimularse con pocos gestos. La risa no debe ser exagerada hasta el punto de mostrar los hoyuelos ni las encías. El canto y el baile seducirán rápidamente a los hombres; cuidado con el juego, porque provoca la ira, la avaricia y los insultos. Utiliza a tus amigas y sirvientas para transportar cartas ocultas, o utiliza tintas invisibles. Pero sobre todo, que tus mensajeras sean menos atractivas que tú.

Finalmente, cuando llegue la hora del encuentro carnal, oculta tus defectos y potencia tus virtudes: si tienes un rostro hermoso, mira a la cara a tu amante; si tu espalda es esbelta y bonita, o tienes un vientre poco agradable túmbate boca abajo. Si tienes piernas atractivas, levántalas y crúzalas. Andrómaca era una mujer alta y nunca se sentaba sobre Héctor; del mismo modo, una mujer de corta estatura es la más indicada para ahorcajarse sobre su amante, mientras que una más alta y delgada ofrece mejor aspecto de rodillas.

Como conclusión, y dejando a un lado los propios consejos de Ovidio (con los que me he partido la caja: es una extraña mezcla de literatura humorística y didáctica), es bastante notable la diferencia entre la parte dirigida a los hombres y a las mujeres: se desprende que los hombres en Roma tienen mucha más libertad, y las mujeres muchísimas más preocupaciones, normas y protocolos que cumplir. En la misma línea, también es interesante la similitud con nuestra propia sociedad. Si alguien se ha escandalizado u ofendido con estos antiquísimos consejos (que luego me queréis linchar), por favor, intentad ver a Ovidio en su contexto, con los ojos de un romano o una romana, y no con la mirada políticamente correcta que tenemos ahora. Todo puede ser apreciado y de todo se puede aprender. ¡Saludos!

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