sábado, 21 de diciembre de 2013

Concierto de Rosendo - 12 diciembre 2013

Volví de Oporto el 12 de enero, para estar aquí en Navidad. Qué pronto, ¿verdad? Pues sí, pero es que el día 13 teníamos el concierto de Rosendo, y a Rosendo no se le planta. Además, se trataba del primer concierto “legal” de mi hermana: una ocasión especial. Así que para allá nos fuimos, a La Riviera.


Rosendo presentaba su nuevo disco, Vergüenza Torera, en el que vuelve a demostrar su inagotable calidad musical, que sigue en su trono de rey del rock urbano, y cuyas letras han pasado de ser completamente crípticas (uno de los encantos de su música) a ser bastante más explícitas. O quizá es que ahora sabemos a lo que se refiere, y no conseguimos ver claro el significado de canciones de hace veinte años. El panorama social, político y económico es tan desesperado y evidente (“sigue la estela, que si cuela es un filón”) que en seguida hacemos esa conexión. El caso es que Rosendo Mercado (“el único mercado fiable”) los pone a todos a caldo perejilero y llama a la gente a moverse y a no dejar que esto continúe (“y si duele que duela, viva la revolución”).


A las siete y media se abrieron las puertas de la sala, y como vimos que no había demasiada gente, esperamos un rato y fuimos a cenar. A los quince minutos entramos. Rosendo empezaba oficialmente a las 20:45, y no sabíamos si habría teloneros o tendríamos que esperar (al final no los hubo). Nos fuimos a echar una ojeada al puesto de merchandising y me llevé una flamante camiseta. Acto seguido nos metimos en el “gallinero” de la sala y conseguimos situarnos en segunda fila. El concierto empezó con un atraso de casi media hora, la gente ya empezaba a quejarse cuando Rosendo (guitarra y voz), Rafa (bajo y coros) y Mariano (batería) salieron al escenario al ritmo de “A donde va el finado”. Había visto a Rosendo dos veces en Guadalajara (una vez, cuando era un mico que aún estaba en sexto de primaria, y la otra hace no mucho; como veis, mi historia con Rosendo arranca bien temprano: gracias, papá), pero las dos veces estaba muy lejos del escenario y no pude verlo bien. Esta vez, en segunda fila, pude ver a un hombre que no parece tener la edad que tiene (casi 60 años), que movía las manos por la guitarra como un dios, que se marcaba unos solos del copón y que aún tenía energías para lanzar alguna que otra patada al final de un estribillo. Se le ve viejo, cómo no, pero en el concierto no para ni un solo segundo.


Mi hermana estaba expectante, porque no conocía ninguna de las primeras tres canciones (“A donde va el finado”, seguido de “Listos para la reconversión” y “Cosita”). Por fin, tocaron un tema del disco nuevo, “Al lodo brillo”, y luego retrocedieron hasta tiempos de Leño con “¡Qué desilusión!”. Otros temas clásicos fueron “Hasta de perfil”, “Flojos de Pantalón”… intercalados con éxitos más recientes como “Cada día”, “Masculino singular”… y canciones del nuevo disco, “La muela” y “Vergüenza torera”, por ejemplo. Rosendo supo preparar un repertorio que no hiciera un hincapié excesivo en el nuevo disco, y en el que no faltaran éxitos inmortales como “Pan de higo” o “Agradecido”, con el que se despidió después de más de hora y media de concierto. Empezamos a implorarles que volvieran, porque estábamos todos en una especie de trance que no queríamos que terminara. Y volvieron, sí señor. Nada menos que con “Majete” (no todo el que saca, mete), “…Y dale”, y volvieron a marcharse. Y volvimos a gritar, y volvieron a salir con dos trallazos: “Navegando” y “Maneras de vivir”, con el que se despidieron, ahora sí, definitivamente. En total dos horas de concierto que no bajó de ritmo ni un solo segundo, sin concesiones a baladas ni canciones tranquilas.


Lo cierto es que nunca me había desgañitado tanto en un concierto, y sospecho que es porque en la mayoría de los conciertos a los que voy, cantan en inglés, ¡y no es lo mismo! Y, desde luego, porque llevo escuchando a Rosendo desde que era MUY pequeño, cuando me ponía el disco de La tortuga para dormir todas las noches.


Para terminar, diré que fue un concierto inolvidable y que me lo pasé muy bien con mi hermanita, que no obstante se irritó un poco con algunos elementos estúpidos del público, que siempre los hay. El próximo es Monster Magnet, en febrero, pero me va a pillar fuera. No se puede tener todo en la vida. Si vinieran también a Oporto…

¡Saludos!

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