lunes, 4 de noviembre de 2013

Las mocedades de don Guasca de Monò - 10ª parte




Y aquella noche bebimos y festejamos todos por nuestra gran victoria, y aproveché el momento para darme a conocer a los mercenarios y a saludarlos a todos, y les dejé dicho que si necesitaban algo acudiesen a Desabio o a Firentés, y don Artímeno me dijo que me convenía descansar y no darme a los excesos del vino, pues al día siguiente me esperaba una prueba mucho más dura, y no tendría a mis hombres conmigo para socorrerme. De modo que di licencia a mis hombres para que se solazaran donde más a bien tuvieran, y yo me retiré al pabellón. Mas tampoco aquella noche habría de dormir en paz, pues Firentés, que ya se había recuperado de sus heridas, se entró en el pabellón y me dijo que había una anciana esperándome fuera. Cuando salí, la buena mujer me dijo que era la aya de doña Vera, que le pedía que se reuniera con ella a orillas del río cercano. Yo tenía gran sueño por los esfuerzos del día, y no creí conveniente reunirme con doña Vera aquella noche, pues cualquier espía podía sorprendernos y las habladurías llegarían a oídos de su padre don Delinardo, y yo no quería dañar en modo alguno nuestra buena relación. Así que dije a la anciana que doña Vera tendría que disculparme, porque no me encontraba bien. Mas antes de que se marchara, le pedí a don Artímeno de Rivachegas su libro de poemas, y sin que nadie me viera, arranqué de él una hoja y, firmándola como don Guasca de Monò, pues mi nombre era lo único que sabía escribir, se la entregué a la anciana diciéndole que era un mensaje para doña Vera. Y con esto, me volví al pabellón.
         
       Y en la jornada siguiente, don Artímeno me hizo levantar muy de madrugada, tomar mi caballo Heno, las lanzas y el escudo, y nos llegamos hasta un campo cercano. Allí, el bendito anciano díjome que el fin de la justa era derribar al rival de la silla de su jumento sin resultar derribado a la vez. Deste modo, don Artímeno me enseñó a colocar la lanza cruzada sobre el escudo y la altura más indicada para golpear a mis rivales. Y allí, fuera de la vista de todos, probé durante largo rato a cabalgar con aquel peso, intentando que el arma no se desviara ni cayera durante la cabalgada. Y vi entonces que aquello era muy difícil arte, y que no había esperanza de ganar el torneo. Mas no dejé que aquello me acongojara, y cuando regresamos al campo del torneo, creí poder derribar al menos a uno o dos caballeros. Y así fue que me tocó justar en primer lugar, por haber ganado el torneo del día anterior. Y don Artímeno me tendió una de las lanzas, que en lugar de la acerada punta tenía una bola de fierro labrada en forma de puño cerrado, y yo vi que tenía enfrente a un caballero cubierto de metal como no había visto nunca, y temí por mi vida por la pobre protección de mi cota de malla y mi yelmo abierto, y no podía dejar de pensar en una lanza astillada atravesándome las entrañas o quebrándome el hueso del rostro, y no llegué a oír el nombre de mi rival, y vi que picaba espuelas a su caballo y se me acercaba, y sólo cuando don Artímeno me dio una recia voz logré salir de mi ensimismamiento y azuzar a Heno, que salió al galope. Apoyé la lanza sobre el escudo tal y como me habían enseñado, la aferré fuertemente y cerré los ojos. Al abrirlos de nuevo, seguía sobre mi caballo, y mi rival yacía en el polvo. El gentío aclamaba a don Guasca de Monò, y pude descansar un rato, con don Artímeno dándome muchos y muy buenos consejos para mejorar mi actuación. Y desta manera derribé a dos caballeros más, que yo creyera que el Señor reservaba un destino especial para mí, pues nadie hubiese creído que hacía menos de medio año, apilaba paja en un granero miserable. Mas el Señor debió de castigar mi soberbia, pues se decretó que mi próximo rival fuera el belicoso don Monteguerra, que quedó muy rabioso por haber sido derrotado en el torneo.
       
         Y vi que don Monteguerra me saludaba antes de colocarse el yelmo y salir al galope, y yo hice otro tanto, y al llegarnos el uno al otro, cerré los ojos de nuevo, y sentí como si un diablo gigante me diera una puñada en el pecho, y se me salió de él todo el aire, y noté que mis muslos ya no tocaban los flancos del caballo, y perdí escudo y lanza, y girando por la fuerza del golpe fui a dar de bruces en el suelo. Y cuando abrí los ojos, me palpé por todo el cuerpo para asegurarme de que no había perdido ningún miembro ni tenía heridas de importancia, y me encontré entero, y noté un sabor a fierro en la boca, y llevándome la mano a ella, vi que estaba roja de sangre, y traté de levantarme mas no pude por el peso de la armadura y las pocas fuerzas que me quedaban, y el buen Firentés fue a socorrerme, seguido por Desabio, y me ayudaron a levantar tomándome por los brazos, y me sacaron del campo mientras el gentío aclamaba al vencedor don Monteguerra, y descansando en el pabellón pensé en lo sucedido, y resolví no confiarme de nuevo de mi buena fortuna, ni pensar que una fuerza divina dirigía todas mis acciones, mas debía seguir siendo prudente y esforzado. Y resultó que no me había roto ningún hueso ni tenía herida alguna, salvo un diente que se me saltó en la caída mas no quedaba a la vista. Y descansando yo en el pabellón, vino a verme don Monteguerra, que había resultado victorioso en el torneo, y se interesó por mi estado, y yo lo tranquilicé y alabé su victoria. Y luego desto entró de nuevo la vieja de la noche anterior, mas yo fingí estar dormido, pues lo que menos deseaba era presentarme derrotado ante una dama, con lo que la anciana aya se marchó.


                Y cuando me sentí de nuevo con fuerzas, don Artímeno, Firentés y Desabio dijéronme que había logrado un segundo puesto en el torneo, pues la justa se consideraba más importante que el torneo, y que el premio por tal hazaña eran tres mil dinares de oro, y yo no podía creer que ya era un hombre rico, pues la venta de los bienes de la caravana nos había dado cuatro mil dinares más, y los mercenarios no habían pedido más de quinientos, entre todos. Don Artímeno me dijo que no me confiara, que una hueste precisaba de un gasto constante en armas, caballos, alimentos, alojamiento y paga para los hombres, de lo que yo tomé buena nota. Y también me dijo el noble anciano que todos los señores participantes del torneo quedaban invitados a un banquete en el castillo de Pravén, y que aquella suponía excelente oportunidad para trabar amistad con los más principales personajes de Calradia y conocer damas. Y me interesó mucho esto último, y resolví acudir al dicho festín. Y di licencia a Firentés y Desabio para que hicieran lo que les pluguiera aquella noche, y me hice acompañar por don Artímeno, al que apreciaba ya como a un padre. 

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