lunes, 28 de octubre de 2013

Woody Allen - Getting Even - Cómo acabar de una vez por todas con la cultura

En un mercadillo de trueque conseguí hace unos meses este librito tan majo, de poco más de 150 páginas, escrito por Woody Allen y publicado en 1971. Tremendamente ingenioso y divertido, es una colección de relatos cortos en los que Allen parodia diferentes géneros, dándoles un toque absurdo y exagerado, sacando a relucir quizá los defectos de esos mismos géneros. La traducción lleva el extraño título de Cómo acabar de una vez por todas con la cultura, y a ese efecto, cada relato, además de su título original, lleva un encabezamiento, Para acabar con…, seguido del género al que pertenece el relato. Es un movimiento algo atrevido por parte del traductor (o, no nos engañemos, de sus jefes), revelar antes de que comience el relato con qué tipo de escrito nos vamos a topar, algo que en la obra original no aparece. Pero bueno, vamos a hablar de los relatos que más me han gustado, que no tienen desperdicio:



El primero, The Metterling Lists es una parodia de la crítica freudiana, capaz de sacar explicaciones y argumentos de los sitios más inverosímiles. En este caso, se anuncia a bombo y platillo la publicación, no de unas cartas o un diario, sino de las listas de la lavandería de un famoso escritor. A partir de ellas, y dependiendo del número de pares de calzoncillos y calcetines, se sacan tremendas conclusiones:

“Es obvio que la personalidad de Metterling empezó a fragmentarse en 1894, según podemos deducir en parte de la sexta lista:

25 pañuelos
1 camiseta
5 calzoncillos
1 calcetín”

El segundo, A Look at Organized Crime, nos habla de la Mafia, analizando los beneficios y gastos de Cosa Nostra como si se tratara de una empresa más. También aparece una divertidísima narración de una guerra entre mafias:

“Dominick (el Herpetólogo) Mione mató a tiros a Suertudo Lorenzo (el sobrenombre se debe a que la bomba que explotó en el interior de su sombrero no pudo matarlo) a la salida de un bar en Chicago. Como respuesta, Corillo y sus hombres siguieron la pista de Mione hasta Newark y convirtieron su cabeza en un instrumento de viento. En ese momento, la banda de Vitale, dirigida por Giuseppe Vitale (su nombre real, Quincy Baedeker), se puso en acción para hacerse con toda la bebida ilegal de Harlem que administraba el irlandés Larry Doyle (un hampón tan suspicaz que se negaba a permitir que nadie en Nueva York se colocara a sus espaldas y que caminaba por las calles haciendo piruetas y dando vueltas sin parar.”

El tercer relato, The Schmeed Memoirs, nos cuenta la historia de Friedrich Schmeed, el peluquero de Hitler, y cómo se desarrolló la guerra desde el punto de vista capilar. Muy, muy divertido:

“Pero el punto fundamental seguía sin solución: ¿podía Hitler vencer a Churchill en materia de patillas? Himmler dijo que Churchill llevaba ventaja y que tal vez sería posible alcanzarle. Göring, ese vacuo optimista, dijo que probablemente a Htiler le crecerían más rápido las patillas, y en especial si se concentraba todo el poderío de Alemania en un esfuerzo conjunto. Von Rundstedt, en una reunión del Estado Mayor, dijo que sería un error intentar que crecieran patillas en dos frentes al mismo tiempo, y aconsejó que sería más sabio concentrar todos los esfuerzos en una sola buena patilla. Hitler replicó que él podía hacerlo en las dos mejillas de forma simultánea. Rommel estuvo de acuerdo con Von Rundstedt. “Nunca saldrán iguales, mein Führer –dijo-, en todo caso, no si las apura.” Hitler montó en cólera y dijo que eso era asunto suyo y de su barbero. Speer prometió que podía triplicar nuestra producción de crema de afeitar en el otoño y Hitler se puso eufórico. Luego, en el invierno de 1942, los rusos lanzaron una contraofensiva y las patillas dejaron de crecer.”

El quinto relato, Yes, But Can the Steam Engine Do This?, nos cuenta la historia de la invención del sándwich por el conde de Sandwich, tratándolo como si fuera un gran invento científico:

“Su primera obra terminada (una rebanada de pan, otra rebanada de pan encima de la primera y un trozo de pavo encima de las dos rebanadas) fracasa miserablemente. Desilusionado hasta la amargura, regresa a su estudio y vuelve a empezarlo todo de nuevo […] Después de cuatro años de frenética labor, está convencido de haber alcanzado la antesala del éxito. Expone ante sus colegas dos trozos de pavo con una rebanada de pan en medio. Todos rechazan su obra salvo David Hume, quien presiente la inminencia de algo grandioso y le alienta a seguir.”

El sexto, Death Knocks, es una parodia directa de la película de Ingmar Bergman, El séptimo sello (de hecho, el título se ha traducido como El séptimo sello, erróneamente en mi opinión). Mientras que la película nos habla de un caballero medieval que juega una partida de ajedrez con la Muerte, aquí la Muerte juega al gin rummy (un juego de cartas similar a la canasta) con un judío, que termina por desplumarlo:

“NAT: Sesenta y ocho…, ciento cincuenta… Bueno, ha perdido.
LA MUERTE (mirando, abatido, los naipes): Sabía que no debía haber tirado ese nueve. ¡Mierda!
NAT: Entonces, le veo mañana.
LA MUERTE: ¿Qué significa eso de que me ve mañana?
NAT: Me gané un día extra. Ahora déjeme.
LA MUERTE: ¿Habla en serio?
NAT: Un trato es un trato.

El noveno, The Gossage-Varbedebian Papers, es quizá el más divertido de todos. Parodia la “correspondencia entre genios” que discuten temas filosóficos y juegan al ajedrez por turnos, creando el siguiente conflicto. Cada uno de los dos personajes modifica las jugadas del otro para poder ganar. Gossage comienza disculpándose porque su movimiento 24 se haya perdido en el correo, y anuncia que el caballo (que Varbedebian cree capturado) se dispone a capturar a su dama. Varbedebian responde indignado que ese movimiento es imposible, que seguramente Gossage se refiera a mover su alfil (cosa que se toma la libertad de hacer) y que responde comiéndose a su dama y dando jaque. Gossage responde que ya en el movimiento noveno de la partida la torre con la que Varbedebian pensaba capturar a su dama había sido eliminada, y deduce que su rival ha movido dos veces las piezas, de modo que Gossage se toma la libertad de hacer dos movimientos consecutivos. Los dos jugadores terminan la partida declarándose vencedores y empiezan una partida de Scrabble. Un relato magistral, muy fino e inteligente a la vez que divertido, que me recuerda mucho a Ritual Exquisito, blog de unos amigos:

“Gossage, ayer recibí su última carta y, pese a que era levemente incoherente, creo comprender el motivo de su devaneo. Después de haber estudiado el diagrama que adjunta, me resulta obvio que, en las últimas seis semanas, hemos estado jugando dos partidas de ajedrez absolutamente distintas (yo, de acuerdo con nuestra correspondencia; usted, según unas normas muy sui generis en lugar de hacerlo según el sistema racional adoptado por todos). El movimiento del rey, que supuestamente se extravió en Correos, hubiera sido imposible en el vigésimo segundo movimiento, porque, en aquel momento, la pieza estaba en la esquina de la última fila, y el movimiento que usted describe lo hubiera enviado sobre la mesa del café, al lado del tablero. […] El hecho de que usted me comunique que no tengo torres significa muy poco en realidad, porque sólo necesito echar un vistazo al tablero para verlas vivas en plena batalla, rebosantes de astucia y vigor. Por último, el diagrama que usted fantasea que es igual al tablero pone en evidencia que ha recibido mayor influencia de los Hermanos Marx que de Bobby Fisher […].

El duodécimo, Count Dracula, nos presenta un simpático enredo: Drácula acude a la casa del panadero para alimentarse de él y de su mujer, pero ha cometido un error y todavía no es de noche, es que se ha producido un eclipse de dos minutos. Un cuento divertido, pero sin rastro de la genialidad que le precede:

“-Señor conde, salga del armario. Deje de hacer burradas.
Desde el interior del armario, llega la voz sorda de Drácula.
-No puedo…, de verdad. Por favor, créanme. Tan sólo permítanme quedarme aquí. Estoy muy bien. De verdad.
-Conde Drácula, basta de bromas. Ya no podemos más de tanto reírnos.
-Pero, créanme, me encanta este armario.”

El decimotercero, A Little Louder, Please, nos habla de un hombre incapaz de interpretar correctamente los espectáculos de un mimo. Bastante bueno:

“El mimo empezó a desdoblar un mantel para colocarlo en la hierba, y, al instante, mi vieja duda volvió a asaltarme. Tanto podía estar desdoblando un mantel como ordeñando una cabra.”

El decimoquinto, Viva Vargas!, nos narra una desastrosa revolución sudamericana, sin efectivos ni armas ni planes ni provisiones. Muy surrealista y muy divertido:

“Oí hablar por casualidad a Vargas otra vez. Él y su hermano elaboraban planes para cuando la capital caiga en nuestras manos. Me pregunto qué cargo habrán pensado para mí cuando haya triunfado la revolución. Estoy bastante seguro de que mi extrema lealtad, sólo comparable a la de un perro, será recompensada. […] La deserción puede convertirse en un grave problema, aunque por el momento, el optimismo y el espíritu de cuerpo la han limitado a sólo tres de cada cuatro hombres. […] La moral permanece razonablemente alta y, si bien ha aumentado el ritmo de deserciones, estas aún quedan reducidas a aquellos que pueden caminar. El mismo Vargas parece estar un poco taciturno y […] ahora piensa que la vida bajo el régimen de Arroyo quizá no sería tan incómodo y se pregunta si no tendríamos que volver a adoctrinar a los hombres que nos quedan, abandonar los ideales de la revolución y formar una orquesta de rumba.”

El último, Mr. Big, es una gran parodia de la novela negra de detectives, al mismo tiempo que supone una crítica muy inteligente a la Iglesia. Un duro detective tiene la difícil tarea de encontrar a Dios. Una forma genial de cerrar el libro:

“¿Cómo es que sabe usted tanto?
Porque somos el Pueblo Elegido. Cuida más de nosotros que de todas Sus demás criaturas. Este es un tema que, por cierto, también me gustaría comentar con Él.
-¿Cuánto Le pagáis para ser los elegidos?
 -No me lo pregunte.
Entonces, así iba la cosa. Los judíos estaban liados con Dios hasta el cuello. El viejo negocio de la protección. Los cuidaba mientras pasaran por caja.”

En definitiva, un libro muy ameno, muy divertido y que al mismo tiempo te hace replantearte la “seriedad” de ciertos géneros o temas literarios, que a veces parecen intocables. Muy interesante haber podido leer por fin algo de Woody Allen. Saludos.




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