martes, 1 de octubre de 2013

Muerto hasta el anochecer

-No sé gran cosa –confesé, con voz apenas audible.
-No te preocupes, yo sé mucho. –Sus manos comenzaron a vagar por mi piel. Me tocó zonas en las que nunca me habían tocado. Jadeé asombrada y me entregué a él.


Ya sabéis que no soy amigo de los best-sellers. Les tengo mucha tirria, algo que en realidad es irracional y prejuicioso. Tampoco es que sea un gran fan de la literatura mal llamada “romántica”, que es más bien erótica sin más. Por otro lado, la creciente popularidad de los vampiros (que parece que, gracias a Dios, ya ha alcanzado su cumbre y por fin vuelve a descender, dejando sitio a los zombis) nunca me ha parecido que le hiciera bien alguno al vampiro clásico. Convertir a un villano, un sobrenatural monstruo chupasangre, manipulador y diabólico, en un mozalbete de piel brillante vestido con una bata de abuela no me parece algo precisamente positivo. El vampiro ha quedado fatalmente desvirtuado y edulcorado.

Pero, como yo digo, para criticar al enemigo hay que conocerlo.



Best-sellers, novela romántica, vampiros. Mezclamos estos tres explosivos elementos y… ¿qué obtenemos? Pues, francamente, de todo, libros a patadas a cual más coñazo. En el año 2001, Charlaine Harris, antigua levantadora de pesos sureña, escribe el primer volumen de su saga vampírica, y se cubre de gloria. Nos cuenta la historia de una joven e inocente camarera llamada Sookie Stackhouse, que conoce a un intrépido vampiro llamado Bill que la cautiva por completo. En la primera página, nos hacemos una idea del aspecto de Sookie a través de esta exhaustiva y profunda autodescripción:

“Se puede decir, sin miedo a equivocarse, que no salgo mucho. Y no es porque no sea guapa. Lo soy: rubia, de ojos azules y veinticinco años, y mis piernas son firmes, mis pechos apreciables y tengo una cintura de avispa.”

Bravo. Me quito el sombrero ante tamaña caracterización. Pocas líneas después, nos enteramos de que Sookie tiene el extraño poder de leer el pensamiento de la gente, y que esto le causa no pocos problemas. Además, resulta que los vampiros han sido legalizados por el gobierno, de modo que pueden juntarse con los humanos, beber sangre sintética y payasadas por el estilo. Se han inventado una especie de “virus” que les sirve para explicar que en realidad no son muertos vivientes, sino que tienen una enfermedad, una especie de alergia a la luz, al ajo y a la plata. Lo que no se explica es cómo un virus permite a una persona vivir eternamente. Pero bueno, ¿a quién le iimporta? A mitad del libro hay un emocionante giro en el que Sookie descubre que lo del virus... ¡es mentira! Notición. Por lo visto, la policía ha encontrado un método infalible para contener a un vampiro que haya sido detenido: un furgón policial con barrotes de plata. La idea tiene tantos fallos y es tan infantil que me da vergüenza: ¿cómo convences al vampiro para que entre en el furgón? ¿Qué le impide romper las paredes metálicas del furgón? ¿Qué coño hago leyendo esto? Si la autora pretende mostrarnos una hipotética legalización de los vampiros, una normalización de los vampiros dentro de la sociedad, debería haber hecho el esfuerzo de sopesar todos los elementos antes de meterse en faena. Desconozco si en los siguientes libros se explica todo de forma más exhaustiva y coherente, pero en este primero queda claro que no, y ese es el único elemento novedoso u original del libro, que queda por tanto desdibujado. Cuando Bill explica que no tiene barba porque cuando murió estaba recién afeitado, ya es el colmo. Pero no nos engañemos, aquí da igual saber cómo son los vampiros: lo importante es que les gusta fornicar.

En fin, vamos a acabar cuanto antes: el vampiro Bill, un experto amante, seduce por completo a la ingenua Sookie, y tenemos escena tras escena de sexo tórrido mezclado con sangre, escenas capaces de hacer que las señoronas estadounidenses se sonrojen y digan “Oyoyoyoy”, pero que por lo demás carecen de originalidad o atrevimiento, omitiendo siempre las palabras explícitas, mientras Sookie se tapa la boca y mira hacia los lados con culpabilidad cuando compara los culos de los hombres que ha visto desnudos. Hay un pequeño misterio en el libro, relativo a un asesino que está matando a mujeres jóvenes que se relacionaban con vampiros, y Sookie es el evidente próximo objetivo. Todo acaba bien, y se forma un "emocionante" triángulo amoroso entre Sookie, Bill y Eric, un vampiro vikingo. También aparece Elvis Presley, que por lo visto es un vampiro y de ahí la leyenda de que no murió. Hay un bar de vampiros con el ingenioso nombre de Fangtasia, no os digo más.

¿Y por qué he perdido tres días de mi tiempo en leerme esta bazofia, pregunto yo en voz alta, juntando todos los dedos de la mano, y sacudiendo luego el puño? Pues mira, lo tenía por casa, no sé muy bien a santo de qué, y decidí criticar con conocimiento de causa. Y vaya si me ha servido. El lenguaje es simple, el argumento es predecible, el universo en el que se sitúa la acción está poco desarrollado, las escenas sexuales son de risa, la protagonista me resulta francamente antipática y la traducción adolece de ciertos problemas de laísmo y en el uso de condicionales.


En una palabra algo pedante: omisible.



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