miércoles, 16 de octubre de 2013

Las cuentas claras

Abrir una cuenta bancaria en Portugal sin ser portugués ha demostrado ser toda una odisea que os voy a relatar a continuación:

Primero, acudes a un banco y preguntas qué es lo que te hace falta para abrir una cuenta. DNI o pasaporte, claro, y también el número de contribuyente. ¿Perdón? El número de contribuyente. No tengo. ¿Dónde puedo conseguirlo? Tiene que ir a la administración de Finanzas y solicitarlo allí. Es muy rápido, apenas cinco minutos. Muy bien.

Vas hasta la administración de Finanzas, sacas un número y esperas. Casualmente es la hora del café y las filas del funcionariado están muy mermadas. Cuando me atienden, les pido el número de contribuyente. ¿Por qué motivo reside en Portugal? Por estudios. DNI y matrícula del curso que está estudiando. Aquí tiene, señora mía. La mujer desaparece y vuelve al rato. Le pido disculpas, pero necesita un documento que acredite que es usted ciudadano de la Unión Europea. ¿Dónde puedo conseguir tal documento? En el Ayuntamiento de Oporto. Me marcho y voy en Metro hasta el Ayuntamiento. Saco un número, espero mi turno y pido el dicho documento. Por suerte, he tenido la prudencia de traer conmigo un documento acreditativo de mi residencia, que entrego al funcionario. Muy bien, todo correcto. La factura asciende a 15 euros, ¿cómo piensa pagar? Aaaaaaaah… Era de esperar. En efectivo, por favor. Consigo mi bendito papel y vuelvo a Finanzas. Esta vez no llego a la hora del café, llego a la hora de la comida, y la oficina está virtualmente vacía. Espero un tiempo espantosamente largo y finalmente les entrego el nuevo documento. La funcionaria escribe con dos dedos y tiene problemas para hacer funcionar la aplicación informática. Finalmente, me entregan mi número de contribuyente. Son 10 euros con 20 céntimos, por favor. Aquí tiene. De vuelta al banco con todos los papeles. ¡Por fin! ¡Estoy a punto de acabar! Toda esta demora se debe sin duda a que estoy tratando con la administración pública: sin duda en un banco todo va a ir como la seda. El jefe me atiende y comienza a introducir los datos de la nueva cuenta. Me las prometo muy felices. El banco da una imagen impoluta de profesionalidad y ventajas irresistibles. De pronto, la hecatombe. Mi dirección no tiene número en la calle, y el programa informático obliga al banquero a incluir por fuerza un número determinado por el código postal. Trata por todos los medios de solucionarlo. Llama a la directora de la resi, llama a un compañero suyo por teléfono, acuden al menos dos trabajadores del banco a trastear con el teclado. Pasan los segundos, los minutos e incluso las horas, llega el momento de cerrar. El director suda la gota gorda en su traje de chaqueta azul brillante. La imagen de seriedad y profesionalidad se tambalea, se cae a cachos por un error informático que nadie puede resolver. Qué rabia debe dar tener un cliente extranjero y que todo funcione mal. Me pide que vuelva mañana, que ya estará todo solucionado. Me marcho y me río por no llorar por haber perdido toda la mañana y parte de la tarde en la marisma burocrática y sus nocivos miasmas. Hoy, por fin, todo está solucionado y tardo apenas 15 minutos en tener mi cuenta, mi tarjeta provisional y la promesa de tener una tarjeta definitiva en unos días. Si me la envían a la dirección que aparece en la cuenta, que Dios nos pille confesados.

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