sábado, 26 de octubre de 2013

Il capo dei capi - El capo de Corleone


"I don't want any woman other than my Ninetta, and if they [her family] don't let me marry her, I'll have to kill some people." Totò Riina


De izquierda a derecha, Vito Maranza, Totò Riina y Bernardo Provenzano


La verdad es que lo que vengo a contar hoy me ha marcado bastante. Hace ya un tiempo, andaba yo en busca de series nuevas cuando di con algo llamado “El capo de Corleone”. Sin saber siquiera lo que era, me puse con ella. Y hoy la he terminado. Il capo dei capi (su título original) es una miniserie de seis episodios del año 2007, que nos cuenta la vida y la carrera criminal de Salvatore Riina, “el Corto”, un personaje que yo desconocía por completo. Resulta que lo atraparon y encerraron cuando yo no tenía ni tres años. Y me ha parecido una serie muy, muy buena, especialmente para aquellos que, como yo, saben poco de Cosa Nostra y del baño de sangre que se organizó por culpa del miserable asesino de Totò Riina. La historia está evidentemente dramatizada, se inventan algunos personajes y se modifican algunos hechos, pero la inmensa mayoría de los personajes que aparecen son reales, y los actores son clavados a ellos. Para quien no conozca la historia y quiera verla por sí mismo, queda advertido de que los siguientes párrafos contienen spoilers importantes.


La historia comienza en los años 40, en Corleone, cuando Totò, hijo de campesinos pobres como las ratas, encuentra una bomba enterrada. Giovanni, el padre, decide llevarla a casa para abrirla y vender la pólvora, con tan mala fortuna que le explota en los bigotes y lo mata a él y al hermano pequeño de Totò. El chaval se queda solo, a cargo de una numerosa familia y condenado a destripar terrones hasta sus últimos días. Totò se resiste a ello, y encuentra la forma de ganarse el favor del mafioso del pueblo, el doctor Michele Navarra, y de su hombre de confianza, Luciano Leggio, junto con sus amigos Bernardo Provenzano, Calogero Bagarella y Biagio Schirò. Este último, que no termina de fiarse del rumbo que están tomando las cosas, prefiere la compañía de Placido Rizzotto, el sindicalista del pueblo, que se lleva a matar con el cacique Navarra. El ansia de poder y respeto de Riina, que ha sufrido el desprecio de todos los que le rodean por no ser más que un campesino ignorante, irá creciendo y creciendo, y consumirá todo lo que le rodea.



Damos un salto temporal. Riina y sus amigos Provenzano y Bagarella continúan ascendiendo, trasladándose a Palermo, donde se hace el dinero de verdad. Biagio, por el contrario, se ha hecho policía, y empieza a perseguir a sus antiguos amigos. Las familias mafiosas de Palermo utilizan métodos mucho más sutiles: sobornos y tráfico de influencias, relaciones con la política y la banca, con algún estallido violento de cuando en cuando, pero en general con la connivencia del Estado. Riina y sus corleonesi cambiaron las reglas del juego. Él no sabía dar discursos ni tenía amigos influyentes, pero le sobraba mala hostia, y fue eliminando poco a poco a los demás jefes, hasta convertirse en el amo y señor de la Mafia siciliana. Se dice que él cometió personalmente más de 40 asesinatos, y algunos de sus asesinos más sanguinarios, como Pino “Scarpuzzedda” (“Zapatitos”) Greco o Giovanni “Il Porco” Brusca mataron a más de 300 personas. Riina llegó a hacer lo impensable: ante el acoso del Estado, escandalizado por tanto revuelo, hizo lo único que sabía hacer: atacarlo también. Los funcionarios y policías que se encargaban de los juicios y de dictar las leyes contra la Mafia fueron asesinados uno tras otro. Pocos eran los no corruptos que se atrevían a firmar su sentencia de muerte dictando leyes antimafia o preparando acusaciones contra Riina y sus secuaces. El juez Gaetano Costa, Cesare Terranova, Carlo Alberto Dalla Chiesa, el líder comunista Pio Latorre, el jefe de policía Boris Giuliano, los policías Antonio Cassarà y Giuseppe Montana y, desde luego, los magistrados Rocco Chinnici, Giovanni Falcone y Paolo Borsellino, que no se detuvieron hasta condenarlos a todos a cadena perpetua. Todos ellos amigos, todos del lado de la ley, sin miedo a plantarles cara a los mafiosos, fueron asesinados a tiros o mediante explosivos. En la serie, vemos todo ello desde los ojos de Biagio Schirò, el antiguo amigo de Riina, que trata de detener al sanguinario criminal a pesar del miedo de todos los que le rodean, de la complicidad de la maquinaria del estado y del peligro en el que pone a su familia. La serie tiene drama, tiene mucha acción (por desgracia) y no para ni un solo momento. Dejando aparte la historia, que está bien contada, con fidelidad a los hechos al mismo tiempo que se toma sus licencias, como producto televisivo funciona, los actores están increíbles en sus papeles (y muy bien caracterizados para representar el paso de los años), el doblaje al castellano tiene mucha calidad y naturalidad. Cada vez que los mafiosos sufrían una derrota, o los policías lograban un triunfo, apenas podía reprimir un gesto de victoria. La muerte de un personaje importante (y resulta increíble que con apenas unas pocas frases de diálogo ya le cojas cariño a un personaje y te duela su muerte) tenía como efecto un torrente de imprecaciones.

Falcone y Borsellino son ya un símbolo de la lucha contra la Mafia,
y los únicos que se merecen aparecer aquí con sus auténticos rostros. Jódete, Riina.

Me ha encantado esta serie (como que la pienso ver otra vez ahora mismo): me ha vuelto a poner los pies en la tierra después de que El padrino o Los Soprano me hicieran volar. No hay que confundir el respeto con la intimidación. Respeto es lo que siente Biagio por el sindicalista Rizzotto cuando le consigue una pensión para su madre; intimidación es lo que produce el doctor Navarra en los hombres de Corleone que le saludan y adulan al pasar. No es lo mismo, se pongan como se pongan los mafiosos.


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