sábado, 19 de octubre de 2013

Crujidos

Abrió la puerta y echó a andar. Fuera, el cielo estaba gris, oculto por una capa de nubes que horas antes habían descargado una intensa lluvia que no le había dejado concentrarse en el relato que tenía que terminar. De modo que, cuando supo que la lluvia había cesado, al interrumpirse el repiqueteo incesante sobre el techo y la ventana, decidió dar un paseo para despejarse y recobrar la concentración al volver. En la calle, junto al pavimento pulido, un camino paralelo de hierba verde empapada. Los caracoles habían salido de su verde refugio y se aventuraban en involuntaria carrera por la superficie de hormigón. Aquí y allá, aparatosas manchas de baba con restos de concha rota, un repugnante guiñapo que hasta pocos minutos antes era un simpático ser vivo. Qué lástima, pensó, que la gente tenga tan poco desprecio por la vida, por insignificante que sea. Qué mal les habían hecho aquellos caracoles para matarlos de aquella forma. Le dio por pensar en el cruel destino de aquellos animales, que recorrían un largo camino por terreno desconocido, sin saber a dónde se dirigían, por una superficie uniforme, sin ninguna meta a corto plazo, sólo para morir de pronto, sin darse cuenta, de manera patética. ¿Acaso a nosotros no nos ocurre lo mismo? ¿Acaso no deambulamos por la vida sin saber hacia dónde vamos, pero sin dejar de avanzar, y encogiendo la cabeza con miedo por si acaso desaparecemos antes de tiempo? ¿Qué derecho tenemos, pensó, a matar a estos caracoles que deberían servirnos para vernos reflejados en ellos, para darnos cuenta de nuestra miseria y la futilidad de la vida? ¿No es el acto de aplastarlos una forma de cerrar los ojos, de negar la evidencia? ¿No…?

En ese momento notó un desagradable crujido bajo su bota.


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