jueves, 15 de agosto de 2013

Las mocedades de don Guasca de Monò - 9ª parte




Al caer la noche, mientras los hombres preparaban el yantar alrededor de una hoguera, don Artímeno me explicó cómo se organizaba el torneo. La primera parte, me dijo, que tendría lugar al día siguiente, llamábase torneo y consistía en combates en grupo con armas embotadas. En esa prueba se demostraba la pericia al liderar huestes. Quien consiguiera capturar al líder del bando enemigo ganaría la ronda, y quien ganara mayor número de rondas ganaría el torneo. Al día siguiente tendría lugar la justa, donde los gentileshombres se enfrentarían a caballo armados con lanzas embotadas. Y me dijo que la justa era la prueba más peligrosa, pues si bien las lanzas no tenían punta de fierro, al astillarse podían herir e incluso matar a los combatientes. Y quedé yo muy espantado de aquello por no haber justado en toda mi vida, y deseé tener un yelmo que me tapase la cabeza por completo, mas nada podía hacer.

                Y mientras los otros participantes dormían a pierna suelta, yo me reuní con Firentés y Desabio, y les pedí que buscaran a los hombres más capaces de nuestro grupo y que les dejaran dicho que tomarían parte conmigo en el torneo y que estuvieran frente a mi pabellón al alba. Y tras esto me eché a dormir, pues el día había sido largo y habían acontecido muchas cosas extrañas para mí.

                Y al alba Firentés me dijo que los hombres me estaban esperando, y al salir de la tienda había allí varios de los nuestros y un gran grupo de soldados que no conocía, más de cuarenta, que parecían divididos en grupos pequeños. Y Desabio me dijo que aquellos eran los mercenarios que había encontrado en la ciudad. Y viendo que tenía cosas que hacer en demasía, pedí a don Artímeno y Desabio que se encargaran de encuestar a los mercenarios y de darles una paga razonable de la gran talega que acababa de conseguir. Y le dejé dicho a Desabio que se asegurara de contratar mercenarios a caballo, a pie y ballesteros, para que ellos pudieran instruir a nuestras tropas como soldados curtidos que eran, y que no aceptara grupos grandes ni gentes de mala catadura, por evitar que algún día se rebelaran, nos robaran o algo peor. Y dicho esto me fui para Firentés y mis hombres, que me estaban esperando, y acordamos algunas estrategias de las que habíamos utilizado antes contra los bandidos, y les repetí todo lo que me había dicho don Artímeno sobre los torneos y sus reglas, y quedamos todos listos para entrar en combate.

                Y a mitad de la mañana un gran gentío se llegó hasta el campo y con ellos venían don Haringote y su esposa doña Enriqueta y muchas gentes de armas del burgo de Pravén, y las trompetas y los tambores anunciaban que el torneo iba a dar comienzo, y se colocaron postes de madera señalando el campo de combate, y los señores se armaron y blandieron las armas embotadas. Y yo me llevé a Firentés y a diez de los míos y nos presentamos ante don Haringote. Y éste me saludó y me dijo que me enfrentaría a un conde de los rodoques, que son un pueblo vecino a Suadia que habita en las montañas, y dijo que el tal conde se llamaba don Tribidán. Y el conde don Haringote me deseó suerte. Y don Tribidán ya estaba en el campo del torneo, a pie con once hombres, y los míos entraron también y el gentío empezó a animarnos y aclamarnos con grandes voces. Y tal y como acordamos, yo me adelanté con ocho hombres para plantar batalla a don Tribidán, y Firentés y los otros dos quedaron detrás de nosotros. Y don Tribidán cayó en la trampa y se llegó hasta mí con toda su tropa. Y empezamos a darnos grandes golpes con aquellas espadas embotadas, y yo blandía la mía como si fuera un garrote, y mientras los rodoques estaban entretenidos, Firentés y sus hombres los rodearon y tomaron prisionero a don Tribidán, con lo que los rodoques se rindieron y quedamos como vencedores en la ronda. Y yo, por no ser descortés, me fui hasta el prisionero don Tribidán y le tendí la mano, mas el orgulloso señor la rechazó y se fue echando maldiciones del campo del torneo. Y mientras mi tropa descansaba y curaba algunos golpes que se habían llevado los hombres, yo le pregunté a don Artímeno cómo era que no sólo participaban en el torneo gentes de Suadia. Y don Artímeno, sacando dineros de la talega y anotando cosas que yo no pude entender, me dijo que en los torneos, de manera general, participaban señores de toda Calradia, mas lo cierto era que a los torneos de Suadia acudían gentes de Suadia y de Rodoque, y muy rara vez un nórdico, un sarránida, un queryita o un vaegiro. Y yo quedé asombrado por no saber qué era un nórdico, un sarránida o un vaegiro, mas a los queryitas, tristemente, los conocía bien. Y apartando estos pensamientos de las mientes, pregunté a Desabio por el estado del reclutamiento, y me dijo que nuestra hueste ya contaba con veinte hombres más, todos experimentados, de buen talante y que apenas se conocían unos a otros. Y yo quedé muy regocijado por lo que había oído y me fui con mi tropa para aprestarnos para la siguiente ronda.


                Y en el torneo resultamos vencedores en todas las rondas, pues la mayoría de los nobles dejaban que la soldadesca se las entendiera a solas con sus rivales, y apenas hacían nada por idear estratagemas o animar a sus tropas, mientras que yo y Firentés peleamos codo con codo con los hombres y no dejamos que desfallecieran sus ánimos. Y así vencimos a varios condes de Suadia de entre los más principales, y finalmente se anunció que la ronda final enfrentaría a don Monteguerra de Quelredano y a don Guasca de Monò, con lo que quedé yo con muchos nervios, que me flojearon las rodillas, por saber que debería defender el honor de don Delinardo. Y don Monteguerra se entró en el campo de combate con sus hombres, y yo hice otro tanto, y la lucha fue enconada e igualada, y me derribaron a Firentés y a punto estuve de desfallecer yo mesmo, mas finalmente los míos hicieron prisionero a don Monteguerra y quedamos como vencedores de la primera parte del torneo. Y el gentío empezó a repetir mi nombre con grandes voces, y dejé mis hombres atendiendo a Firentés, que estaba sin consciencia, y yo me llegué hasta donde estaba don Haringote y me arrodillé ante él tal y como me había dicho don Artímeno, y el conde me hizo levantar y me abrazó, y su señora doña Enriqueta dejó que le besara su blanca mano. 


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