miércoles, 28 de agosto de 2013

Ficción y realidad

Llevo varias semanas viendo series intensamente: Los Soprano, Sons of Anarchy, Oz, Dexter, Breaking Bad, American Horror Story… En todas estas series hay violencia a puñados, claro, y me llama poderosamente la atención el trato que se le da al tema de las heridas y las lesiones. En la vida real, una mala caída o una lesión mal curada puede perseguirnos toda la vida. Nuestro cuerpo comienza sano y fuerte, y poco a poco se va degradando: un esguince aquí, una cicatriz allá. En las series, las recuperaciones milagrosas están a la orden del día. Una caída de un coche a toda velocidad no tiene ninguna consecuencia; una cuchillada en las tripas se arregla con un poco de esparadrapo, y una bala en la muñeca, que podría inutilizarnos la mano para toda la vida, a los dos días ya está olvidada porque “la bala entró y salió”.



Del mismo modo, las esperas se acortan. Las horas de estudio, de gimnasio, de sufrimiento, que son necesarias para obtener resultados, se reducen a escasos segundos por arte de magia. Recuerdo que, en Battlestar Galactica, uno de los protagonistas pasaba de musculoso a fondón entre una temporada y otra (gracias a un poco de relleno bajo el uniforme), y de repente le daba por ir al gimnasio, y a los diez minutos de capítulo lo veíamos igual que antes, secándose el sudor del cuello con una toalla. Qué maravilla, si la vida fuera así, si los resultados, las recompensas, fueran inmediatas. Es más, qué maravilla si, al igual que en los videojuegos, las recompensas estuvieran definidas, identificadas perfectamente. ¿Quién nos dice que hemos hecho lo correcto al mentir a un amigo, al besar a una chica, al elegir una carrera? No hay ningún sonido que nos lo diga, no subimos de nivel ni nos volvemos más fuertes o más sabios. Estamos completamente perdidos en ese sentido, sólo podemos usar nuestros propios valores como unidad de medida (hay otros externos, como la ley o la religión). En los videojuegos cada vez que hacemos lo correcto nos dan un premio. Como a los perros, nos rascan la cabeza y nos dan una galleta en forma de arma legendaria o power up.


La ficción tiene, en suma, mil y una formas de obviar y enmascarar las partes menos emocionantes y más tediosas de la vida, pero eso nos puede hacer olvidar que existen. Sí sólo disfrutamos de los momentos intensos, de las recompensas fugaces, seremos infelices durante la mayor parte de nuestra vida. Hay que saber apreciar los momentos amargos y los aburridos, como antesala de una recompensa por la que trabajamos. Las horas de trabajo, los esfuerzos en el gimnasio, los intentos fallidos por conseguir algo y en realidad cualquier tipo de espera (activa o pasiva) tiene valor por sí misma. En la ficción es conveniente este acortamiento como forma de resumen: si no existiera, una película que narrase la vida de Napoleón duraría forzosamente 52 años.

1 comentario:

J. Krv dijo...

El gimnasio, qué despacio. Cómo nos marca.