lunes, 5 de agosto de 2013

Compadecencia

El pasado jueves 1 de agosto, se produjo la tan esperada intervención parlamentaria de nuestro presidente del gobierno, Mariano Rajoy, para explicar su versión del caso Bárcenas y aclarar las dudas políticas y ciudadanas al respecto. Me dispuse a ver dicha intervención, para comprobar qué es lo que tenía que decir el presidente. Lo que vi me pareció descorazonador. Y ni siquiera estoy hablando de la propia intervención, que por supuesto no fue más que un rodeo tremendo, hablando de las mejoras económicas que estamos experimentando, cargando contra la oposición, burlándose de los grupos opositores por no poder obligarlo a venir al Congreso, diciendo que la moción de censura que tuvieron que hacer para obligarlo a ir daña la imagen de España (claro, el gravísimo caso de corrupción y financiación ilegal del partido gobernante no daña la imagen de España) y que, básicamente, se equivocó al confiar en Bárcenas, y que será la Justicia quien determine quiénes son culpables y quiénes inocentes.


Lo peor vino después. Dejemos a un lado las anécdotas, el “fin de la cita” y todas esas tonterías, Rubalcaba se dispuso a responder a la intervención de Rajoy, y empezaron a echarse cosas en cara. Para ellos dos, en su discurso, no existe nada más que el PP y el PSOE, todo es culpa de los contrarios, que no tienen talante político ni dignidad ni honor. La respuesta de Rajoy fue exclusivamente a Rubalcaba, ninguneando a todos los demás partidos participantes: nacionalistas catalanes, vascos, canarios… IU, UPyD… Pero el hemiciclo estaba vacío. Se escuchaba a gente hablando constantemente, los diputados se iban a los pasillos a charlar mientras los oradores hablaban. Me pareció tan triste, tan vergonzoso, que unos señores que reciben sueldos altísimos y toda suerte de privilegios por ir a echar la mañana al Congreso, aplaudir a sus representantes y votar lo que dice su partido, no sean capaces de estar sentados y en silencio, respetando a sus compañeros. Me pareció propio de niños de colegio, no de adultos, y mucho menos de quienes hemos elegido para que nos representen. Me di cuenta en ese momento de hasta qué punto los políticos carecen de voluntad de servicio público. Esa gente no está ahí porque quiera servir a su país, a sus conciudadanos. El presidente comete un error, lo admite públicamente King-style y luego continúa como si nada. La sola idea de que un error político conlleve una responsabilidad o una acción, aquí es impensable. Aquí no se dimite. Yo confieso que he cometido un error grave, que ha tenido consecuencias graves para la imagen de España, que ha provocado la comisión de delitos muy serios, y luego pretendo que la gente se compadezca de mí por haber tenido el valor de haberlo dicho. Aquí ya se da por supuesto que nadie es responsable de nada. Estos no son políticos, son monigotes intercambiables, que saltan de ministerio en ministerio, de despacho en despacho, ocupándose de asuntos para los que no están preparados, y que afectan a millones de personas. Son los títeres perfectos para los realmente poderosos. Esta gente está aquí por dinero, y nosotros somos estúpidos por continuar votándoles (las encuestas muestran que el PP seguiría ganando las elecciones), por nuestro miedo a lo distinto, a lo nuevo, a tomar las riendas de nuestra vida. Es lamentable, pero si realmente somos así, tenemos lo que nos merecemos: una versión agrandada y caricaturizada de nosotros mismos: orgullosos, perezosos, miserables, infantiles y egoístas.

No hay comentarios: