domingo, 26 de mayo de 2013

Las mocedades de don Guasca de Monò - 8ª parte





Don Delinardo habíame prestado a treinta de sus soldados, y otros quince escuderos y siervos. Y durante el resto del día don Artímeno de Rivachegas viajó junto a mí y hablamos largo y tendido. Y el venerable caballero me parecía tan gentil y prudente que hice evidente mi escasa experiencia en las cuestiones nobiliarias y de combate entre caballeros, para que me aconsejara lo mejor que pudiera. Y don Artímeno me dio muchos y muy buenos consejos y normas de comportamiento, y me tranquilizó diciendo que antes del torneo me ayudaría a aprender a combatir en justa. Y no aconteció durante aquellos días nada digno de mención, pues dejé el mando de la tropa a Firentés y no encontramos de camino bandido ni rufián alguno. En las pocas villas que cruzamos reclutamos cinco hombres más, y dejé dicho a Desabio que se ocupara de que aprendieran cuanto antes del resto de la tropa, pues nuestras fuerzas eran ya tan numerosas que no me era posible entrenar a los hombres personalmente. Y cuando hacíamos un alto para pasar la noche, don Artímeno leía de un gran libro muchos poemas que, según me dijo, le habían permitido robar el corazón de más de una doncella. Y yo, aunque no sabía leer ni escribir, aprendí de memoria a recitar algunos de ellos para no holgar durante el día.

                Y antes de llegar a Pravén, Firentés me informó de que la vanguardia había avistado un grupo de bandidos atacando una caravana de comerciantes, y me pidió permiso para atacarlos. Y yo se lo di, y quise participar yo mesmo en el combate, mas Firentés me aseguró que no era necesario. Y yo, por mostrar que confiaba plenamente en Firentés, le permití que liderara a la caballería, y los hombres de don Delinardo también tomaron parte. Y yo quedé en una colina junto con don Artímeno y los hombres de armas, y pude ver que los guardias de la caravana ya eran pocos, y que los bandidos estaban ocupados robando mercancías y violando cautivas. Y los nuestros atacaron de sorpresa, causando gran mortandad entre los bandidos y poniendo en fuga a los demás. Y la lucha no se prolongó mucho, y Desabio se llegó hasta mí para decirme que no quedaba nadie con vida de entre la caravana, y que los pocos supervivientes habían huido al comenzar la lucha, y que los bienes que transportaba la caravana quedaban para nosotros. Y yo di orden de reunir todos los caballos y mulas supervivientes de la caravana, y poner en ellos las mercancías después de haberlas examinado. Y entre los cadáveres encontramos algunas armas y armaduras, y encontramos que los comerciantes llevaban grandes sacos de polvos olorosos que don Artímeno me dijo que eran especias sarránidas, y suavísimas telas, y pieles de animales que yo nunca había visto, y don Artímeno me dijo que aquel cargamento tenía un gran valor, y que obtendríamos mucho oro por él en Pravén. Y yo le prometí a don Artímeno la mitad de las ganancias que obtuviera por aquel cargamento, y a los soldados de don Delinardo les di las espadas y las armaduras de los guardias de las caravanas, que eran muy ricas y valiosas. Y con esto seguimos camino hacia Pravén, y nuestra hueste era ahora enorme, con caballería, infantería, arquería y ballestería, criados, mulas y mercancías. Y éramos en número más de ciento, contando a los hombres de don Delinardo, y avanzábamos lentamente, mas no restaba mucho camino para Pravén y contábamos con llegar durante la jornada siguiente.

                Y así ocurrió que al día siguiente avistamos los muros de Pravén, y yo nunca había visto un burgo tan poblado ni rico, ni gentes de tan variada procedencia. Había allí comerciantes de todos los lugares, y reconocí las estaturas bajas y los bigotes de los queryitas, mas había también unas gentes de piel morena y pelo oscuro, que me dijo don Artímeno que el color pardo de sus pieles no era mugre ni suciedad, como yo supuse primeramente, sino que se debía al inclemente sol de las tierras de los sarránidas, pues así se llamaba este pueblo. Y no sabía yo que de ahí a un tiempo viajaría a las tierras de los sarránidas y mantendría duros y sangrientos combates con los ejércitos de sus emires, que así se llaman sus condes. Y también había en Pravén, como digo, muchos nobles de Suadia que habían llegado con motivo del torneo, y estaban acompañados de sus soldados, y por no parecer menos, al entrar en Pravén puse la mano en la empuñadura de mi espada y levanté la barbilla cuanto pude, mesándome las barbas y mirando con altanería a los soldados rasos, como hacían con los villanos los caballeros que pasaban por Tasameso. Y dejamos fuera de la ciudad a nuestras fuerzas, escoltando los bienes de la caravana, con Desabio al mando para vigilar y evitar cualquier tentación de robo, y me fui para el castillo de la ciudad, con don Artímeno, Firentés y diez de los mejores jinetes. Y en la puerta me detuvieron dos guardias armados con grandes alabardas, y me preguntaron quién era y qué asunto me traía a Pravén, y dije que era don Guasca de Monò, y que traía una carta para el conde don Haringote para representarlo en el torneo de Pravén. Y uno de los soldados tomó la carta y se entró en el castillo, y al poco salió el mesmo don Haringote, que era un gentilhombre de cara alargada y barbas y bigotes muy finos y cuidados, y me dio la bienvenida a Pravén, como campeón de su buen amigo don Delinardo. Y me dijo que el torneo comenzaría al día siguiente en el campo de Pravén, y que los participante debían instalar sus pabellones allí. Y don Haringote me deseó suerte y me despidió, pues otros muchos nobles se presentaban ante él aquel día. Y yo dejé dicho al buen don Artímeno que vendiera cuanto antes las mercancías que habíamos obtenido, pues ya tenía yo gran temor a que nos robaran tan valiosos bienes, y que tratara de obtener el mejor precio posible. Y todos juntos nos salimos de nuevo de Pravén y fuimos al campo donde se estaban instalando aquellos que participarían en el torneo. Y los criados instalaron el pabellón que me había regalado don Delinardo, y dejé a Firentés y una escolta de diez hombres allí. Y Desabio acompañó a don Artímeno como protección, mas también para asegurarse del precio obtenido por las mercancías, pues yo era mozo mas no estúpido, y di licencia al resto de la tropa y a los hombres de don Delinardo para visitar la ciudad, sus tabernas y burdeles. Mas di orden a los más cercanos a mí de que vigilaran a los nuevos reclutas y que no ocasionaran conflicto alguno en la ciudad. Y con esto quedé yo en la tienda de don Delinardo descansando del largo viaje, y sin que yo pudiera preverlo entró Firentés diciendo que un noble señor solicitaba hablar conmigo, y yo me salí de la tienda con el mismo ademán que adoptara al entrar en la ciudad, y había allí un gentilhombre acompañado de dos soldados. Y era este hombre ya de alguna edad, mas robusto y de vivo aspecto, y tenía lo alto de la cabeza pelado como un huevo, y este caballero díjome que se llamaba don Monteguerra de Quelredano, y quería saber quién era yo. Y yo le dije cortésmente que era don Guasca de Monò, y que representaría al conde don Delinardo. Y al oír este nombre, don Monteguerra torció el gesto, y me dijo que aunque no tenía nada contra mí, don Delinardo no era muy de su agrado, y que tenían una pendencia que duraba ya años, y por tanto no podía permitir que ni él ni su campeón vencieran en el torneo. Y yo quedé muy confundido por lo que me había dicho, y no supe muy bien qué contestar, y que deseé que estuviera allí don Artímeno para hablar por mí. Y tratando de ser sincero, díjele a don Monteguerra que lamentaba oír aquello, y que esperaba que la rivalidad entre los dos señores no fuera causa de malos sentimientos entre nosotros. Y don Monteguerra agradeció mis palabras y se retiró. Y pude ver que otros grandes señores se acercaban a mi pabellón, y supuse que les traían motivos similares a los de don Monteguerra. Y entonces llegó don Artímeno como caído del cielo, y con él el buen Desabio, y el venerable caballero me dio una talega tan grande como mi cabeza, y al abrirla y ver que estaba llena de dinares de oro, no caí al suelo sólo por mantener la compostura. Y mientras don Artímeno me socorría y atendía a los gentileshombres, saludándolos alegremente, Desabio me llevó aparte y me dijo que don Artímeno había pugnado mucho para obtener el mejor precio posible, y que no había visto ningún comportamiento codicioso o deshonroso. Y con ello, mi confianza en el buen anciano fue completa. Y Desabio también me dijo que en las tabernas había muchos mercenarios ociosos, soldados muy buenos y curtidos que buscaban un patrón al que servir. Y viendo que de buenas a primeras era un hombre rico, despedí a Desabio diciéndole que enviara a todos los mercenarios que encontrara a mi tienda, y también que buscara a algunos de nuestros hombres en la ciudad y los trajera para relevar a los que estaban acompañándome, por que no sintieran que yo favorecía a unos más que a otros. Y me salí fuera de la tienda y atendí a los nobles que se acercaban, sonriendo mucho, y repitiendo mi nombre, dejando que el experimentado don Artímeno se ocupara del resto.


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