lunes, 13 de mayo de 2013

Esquela


Esta semana pasada, se celebró un festival descomunal aquí en Oporto, con motivo de las graduaciones universitarias. Como ya os conté, aquí las tradiciones universitarias son muy particulares, y prácticamente todo el mundo las sigue. Aparte del uniforme típico, los estudiantes de último curso tienen un traje de gala con una chistera y un bastón con un color u otro dependiendo de los estudios cursados, y es costumbre que en estos días, los amigos y conocidos recompensen al estudiante con tres bastonazos en el sombrero (que está convenientemente protegido) hasta que al final termina hecho pedazos.

El caso es que esta fiesta, la Queima das Fitas, consiste en principio en quemar unas cintas que se colocan en la carpeta del estudiante, simbolizando el fin de curso. Hoy en día, sin embargo, la Queima das Fitas es un macrofestival de una semana, con conciertos de los mejores artistas, venta de alcohol barato y gente borracha por todas partes. Se celebra en el Queimódromo, un recinto cerrado donde cada facultad coloca su barraca de bebidas. Realmente, se parece mucho a unas fiestas patronales españolas, pero con facultades en lugar de peñas. La Queima das Fitas recauda mucho, mucho dinero, y el sábado pasado, día 4 de mayo de 2013, a la 1 de la madrugada, mientras yo estaba escribiendo cualquier chorrada en mi cuaderno de viajes, un estudiante de último curso de Deporte llamado Marlon Correia se disponía a entregar la recaudación de la venta de entradas, unos 260.000 euros. Llegaron entonces al Queimódromo cuatro encapuchados armados, con intención de robar el dinero. Marlon Correia consiguió que sus compañeros cruzaran la puerta con el dinero y se pusieran a salvo, pero él recibió un tiro en la espalda. Todavía logró cruzar y cerrar la puerta, pero un segundo disparo a través de la puerta terminó con su vida. Tenía 24 años.


Yo tenía comprada mi entrada para aquella misma noche. En la pausa de la clase de alemán, me enteré de la noticia. No obstante, todo indicaba que la fiesta continuaría. Menos de un día después de que un chaval fuera asesinado, se iba a celebrar una fiesta en el mismo lugar, donde cientos de estudiantes se emborracharían y bailarían. Qué puta falta de respeto. Los asistentes no tienen la culpa, allá cada uno con su conciencia, pero la dirección de la Queima tendría que haber tenido la sensatez de cancelar la fiesta, de forma fulminante. Al no hacerlo, al permitir semejante banalización y silenciamiento de la violencia y la tragedia, dejaron claro su catadura moral y el poder del dinero y las influencias.

Yo fui a la Queima ese sábado, animado por mis amigos, pese a haber estado toda la tarde jodido pensando en todo aquello. Me fui imposible no sentir desprecio por todos aquellos borrachuzos que sabían (porque sin duda sabían) lo que había ocurrido a pocos metros. El suelo sembrado de vasos rotos y basura, con charcos de vómito cada pocos metros; los servicios médicos llevando en volandas a chavales completamente destruidos; música ensordecedora; alcohol corriendo como el agua y risas despreocupadas. Me ponía enfermo todo aquello. No tengo muy claro si el muchacho, de haber sabido lo que le esperaba, hubiera preferido que se cancelara el festival o que todo el mundo se lo pasara bien como si nada hubiera ocurrido. No puedo saberlo, claro está, pero creo que una mínima muestra de respeto y de duelo por la muerte de un chaval que ha muerto en la flor de la vida, y además por nada, para salvar un dinero que no era suyo, no habría estado mal.

No me volví a acercar por allí hasta el martes, cuando actuaba Quim Barreiros, un famoso músico portugués de “música ligera”, digámoslo así. Justo antes del concierto, tuvo lugar un minuto de silencio a la 1 de la madrugada, la misma hora a la que murió, y que no obstante fue interrumpido por los gritos estúpidos de un borracho. Comenzó la actuación, disfruté al máximo y me marché inmediatamente después. No quería estar perdiendo el tiempo y sintiendo odio por todo el mundo hasta las 6 de la mañana. Y eso es todo lo que sé. Menos mal que no todo el mundo se ha vuelto loco, y que se han celebrado distintos homenajes a Marlon Correia aquí en Oporto. Pero manda narices que la Federación Académica de Porto se haya limitado a organizar un minuto de silencio, y a hacer como si no pasara nada, como si lo que ha ocurrido no fuera importante, horroroso e intolerable. Una vergüenza. Y no puedo dejar de pensar en la influencia que puede haber tenido la crisis económica en este intento de robo, y si esta muerte no será una más que cargar en la cuenta de los que dirigen el cotarro.

Y bueno, desde aquí quería hacer lo poco que puedo hacer para honrar al muchacho. Espero que atrapen a esos cuatro hijos de puta.


Y una última mención a Santos García Verdes, joven seguntino de 27 años, cocinero de profesión y dueño del restaurante “La Granja de Alcuneza”, que había ganado ya varios premios y tenía una carrera muy prometedora, que murió el día 8 de mayo de 2013 en un accidente de moto, a menos de 1 km de Sigüenza. Mi pésame a la familia García Verdes.



Con tantas muertes de personas tan jóvenes y con tanto futuro cabe pensar en nuestras propias vidas, dónde las estamos conduciendo, o si acaso nos estamos dejando conducir. Saludos.

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