miércoles, 17 de abril de 2013

Porque el pueblo dice verdades



Era inevitable volver a hablar de política. Tenía mis dudas, porque me da la impresión de que voy a decir más de lo mismo. Pero es que lo que está ocurriendo es más de lo mismo, sólo que en cantidades mayores y de naturaleza más flagrante si cabe.

Continúan los recortes, las privatizaciones, los desahucios, los suicidios, las manifestaciones, la violencia policial, la negación por parte del Gobierno, que intenta señalar hacia otro lado, la inactividad absoluta del PSOE, que parece que todavía no se cree lo que le pasó en las elecciones. Continúa la indignación contra estos políticos que se obstinan en tratarnos como si fuéramos imbéciles. Los discursos vacíos, las comparecencias del presidente ante la prensa empleando una televisión (completamente orwelliano). Continúa el retroceso cultural en este triste país, el avance del conservadurismo, la reducción de los derechos del ciudadano. Aquellos que, no pudiendo soportar más la vergüenza de la inactividad, deciden ayudar al prójimo, son denostados y ridiculizados por los que permanecen sentados, los bolsillos llenos y la conciencia desactivada. Seguiremos siendo un país de pandereta, de toros y de fútbol, con gente agilipollada a la que se puede convencer de cualquier cosa, sin importar la realidad que tienen a su alrededor. La gente está despertando, poco a poco, pero siempre hay mucha más, una masa estúpida y por la que empiezo a sentir auténtico desprecio, que se aferra a la seguridad de la mentira conocida y familiar, que no piensa, que no busca, que confía en que otros lo hagan por él. Gente que necesita en su vida una sensación de orden, de familiaridad, gente a la que cualquier cambio, desafío o idea original les provoca un inmediato rechazo; imposible que lo vean como un avance, una idea interesante que considerar o una iniciativa para abrir debate y cuestionar nuestro sistema.

Mientras, los políticos, ladinos y silenciosos, llevan a cabo reformas y cambios de los que nadie habla, privatizan servicios públicos de los que ellos mismos sacarán tajada cuando se retiren de la política (nuestro presidente del gobierno es registrador de la propiedad, así como dos hermanos suyos y la nuera del ministro de Justicia, impulsor de la reforma que privatizaría este servicio, obligándonos a pagar por documentos que hasta ahora son gratuitos como partidas de nacimiento, defunción, etc.). También desvían la atención, ignorando las altísimas cifras de paro que no han sabido frenar como prometieron, ignorando los desahucios que dejan a familias en la calle, los suicidios, ignorando sus propias promesas electorales… Es normal, son unos ignorantes. Y saben que nosotros también, que una mentira repetida un número suficiente de veces puede transformarse en una verdad. Que la Historia la crean los vencedores. Los violentos son los manifestantes, los escraches; las víctimas son los pobres políticos, que encima que ponen su voluntad de servicio público a nuestra disposición, se lo agradecemos de una forma tan pobre. ¡Pobres hijos de los políticos, qué trauma para toda la vida! ¿A quién le importa el trauma de un niño cuyo padre se suicide porque le van a echar de su casa? Es mucho peor que a tu padre le pongan pegatinas en su casa y le llamen chorizo. Cospedal (¡ay, Cospedal!), cuando se quita la peineta, aún tiene tiempo para soltar frases devastadoras, como llamar “nazis” a los que protestan de esta forma. Y es que nosotros somos tan tontos que no caemos en que el último recurso de un orador poco convincente es calificar al adversario de “nazi”, lo cual provoca un rechazo inmediato de toda la sociedad. Pero sus palabras la traicionan, dejan ver la clase de mente que tiene: “Si algún día tenemos algo grave que lamentar […]”. ¿Cómo? ¿Es que ahora mismo no tenemos nada que lamentar? ¿La corrupción interna del partido? ¿Los seis millones de parados? ¿Que la gente se ahorque o se prenda fuego porque la echan de sus casas? ¿Se han creído sus mentiras hasta tal punto que se les ha olvidado lo que intentan ocultar con ellas?

Y mientras, seguimos consumiendo, seguimos endeudándonos, seguimos ignorando la necesidad de poner un freno, un límite, un control. Seguimos metidos en este especie de carrera: ir al trabajo, cobrar, gastarlo en gilipolleces, endeudarte y seguir cobrando y pagando mientras puedas. Y si, por cualquier motivo, un buen día ya no puedes, se abre una trampilla bajo tus pies y caes a un lodazal lleno de infelices. Y ya no te miraremos a la cara, cuando nos pidas una ayuda, una moneda. Con cierta vergüenza, subiremos el volumen de nuestro MP3, nos abrocharemos el abrigo, fingiremos atender una llamada telefónica, cualquier cosa con tal de no mirarte, de no reconocer que eres tan persona como nosotros, que una vez también estuviste metido en este juego en el que seguimos. Ya no juegas en nuestra liga, no nos importas. Es más, seguramente seas peligroso y quieras robarnos.

Hace no mucho discutíamos en clase de portugués la efectividad de los himnos y canciones en las manifestaciones. Mucha gente (me incluyo) parecía estar de acuerdo en que con ellas se conseguía unir al pueblo, demostrar que los problemas que tengo yo también los tiene el de al lado, y con ello, unir conciencias y hacernos más fuertes. Ponían como ejemplo la revolución del 25 de abril en Portugal, una revolución pacífica, etc. Pero yo añadí algo: es muy importante recordar que la revolución de los Claveles fue pacífica, sí, pero que detrás del pueblo con flores y cánticos, había militares y tanques, preparados para lo que pudiera pasar. Es decir, el iniciador del cambio, lo que posibilitó un cambio real y efectivo, no fueron las pancartas y las batucadas. Fue la espada.





¿Y qué pasa con Islandia, Carlos? Es casi imposible que en España, Portugal, Grecia, Italia… pueda suceder algo semejante a lo que pasó en Islandia, un país que apenas pasa de los 50.000 habitantes. Siempre lo he dicho (“yo perfecto no soy”, como Sandro Rey): cuanto más grande o amplio es un país, un sistema, una empresa… más difícil es conseguir cambiar su rumbo, y más fácil es que termine por corromperse.


              Porque o povo diz verdades,                       Porque el pueblo dice verdades  
         Tremem de medo os tiranos,                    Tiemblen de miedo los tiranos
     Pressentindo a derrocada                 Presintiendo el derrocamiento
Da grande prisão sem grades                De la gran cárcel sin rejas
    Onde há já milhares de anos                  Donde desde hace milenios
   A razão vive enjaulada.                       La razón vive enjaulada.


António Aleixo

7 comentarios:

Anónimo dijo...

Magnífico, Charles! :)

M. Allende dijo...

El pueblo es tonto, tío

Kahuna Nui dijo...

No entiendo muy bien esa parte de que de repente entras en el juego de ir a trabajar para ganar dinero para gastarlo en cosas que necesitas y endeudarte y de repente se te abre una trampilla. Suena a eso de que vivimos por encima de nuestras posibilidades, cosa que dicen los poderosos para justificar sus tropelías en recortes.

Kahuna Nui dijo...

Que no necesitas* quería poner, donde pones lo de "gilipolleces".

Loscercarlos dijo...

Quería decir que el sistema te obliga a mantener esa rutina constante de ganancia/gasto/endeudamiento, y que cuando ya no le eres útil, te tira a la basura y todos se olvidan de ti. Intentaba hacer referencia a la crueldad intrínseca del sistema, no iban por ahí los tiros. No es que la gente viva por encima de sus posibilidades, es que vive según las posibilidades de endeudamiento que el banco les adjudica. Te recomiendo el librito "Insolventes" que habla mucho sobre este tema. Es más, si te interesa, te lo dejo.

Silvia dijo...

Palabras que han cruzado el desierto entre dos,
circundaron la Tierra y volvieron del Sol.

Kahuna Nui dijo...

Pero has dicho que lo gastan en gilipolleces, es lo que no me cuadra mucho.