miércoles, 10 de abril de 2013

Las mocedades de don Guasca de Monò - 7ª parte


            
Autoría de la imagen: Sir Francis Dicksee

    Y don Delinardo me dijo que quería demostrar su gratitud para conmigo, y aunque yo traté de hacerle ver que no me debía nada y que acudir en su ayuda había sido una acción desinteresada, él insistió. Y me dijo que en el gran burgo de Pravén tendría lugar en unos pocos días un torneo, en el que sólo tomaban parte los nobles de Suadia, pero que él me iba a ceder su puesto para que tomara parte en el torneo como campeón suyo. Con ello ganaría fama y honor en el reino, y sin duda sería forma fácil de entrar en la vida política de Calradia. Y no se olvidó de recordarme que el ganador del torneo se ganaría un buen premio en dineros del organizador del torneo, el señor de Pravén, el conde don Haringote. Y yo le dije que no disponía de armas ni pertrechos más que los que había visto, mas don Delinardo me tranquilizó diciendo que él se encargaría de organizarlo todo. Y con esto quedé yo aún más nervioso que antes de entrar al salón, viendo que de un día para otro ya era campeón de uno de los condes más principales de Suadia. Y después de haber saciado el hambre y la sed, hicimos burla de los bandidos derrotados y alabamos las hazañas del combate, y terminé por aprender algunos cantos guerreros que yo desconocía. Y vi que las damas doña Ana y doña Vera mostraban sus bocas abiertas en grandes bostezos y jugaban con sus copas de vino, con lo que pronto se retiraron a sus aposentos. Y vi que doña Vera no dejaba de mirarme, y que al pasar junto a mí me rozaba el hombro con la mano con mucha discreción, mas no quería yo ofender a mi anfitrión, con lo que resolví retirarme a los aposentos que don Delinardo tuviera a bien otorgarme, y partir al día siguiente hacia Pravén. Y esto mesmo le dije a don Delinardo, menos lo de su hija, y el conde encargó a un criado que me indicara dónde estaban mis habitaciones, y a otro que se ocupara de acomodar a mis hombres con el resto de la soldadesca. Y me despedí de Firentés y Desabio encomendándoles la protección de nuestra hueste, y así me retiré del salón. Y el criado me llevó hasta una gran habitación con una pesada puerta de madera, con un hogar ya encendido y una cama, la cama más grande que había visto nunca, con cuatro altos postes de los que colgaban telas rojas, y rojas eran también las mantas, y cuando el criado me dejó solo y me acosté, me sentí el hombre más feliz del mundo.
                Mas no acabó con esto el día. Ya de noche, cuando del fuego del hogar no quedaban más que unas pocas brasas, con el cuarto casi a oscuras, me pareció oír que llamaban a la puerta. Y yo me levanté, más dormido que despierto, y me fui a abrir la puerta, sin tomar siquiera un arma, pues entonces aún era joven e ingenuo, y me encontré en el umbral a una figura cubierta con una manta, cual si fuera una virgen. Y antes de que pudiera decir nada, la dicha figura se entró en el cuarto y cerró la puerta tras de sí. Y la manta cayó al suelo, y pude ver que se trataba de doña Vera, vestida sólo con unos ropajes ligeros que eran los que debía vestir durante la noche. Y viendo que yo seguía sin decir nada, doña Vera dejó caer su vestido, y bajo él estaba desnuda como el día en que nació, y yo sentí nacer en mí un gran ardor, y olvidando toda prudencia tomé a doña Vera y la llevé de la mano hasta el lecho, y allí hicimos lo que hombre con mujer muy reciamente, y tras eso me quedé dormido con doña Vera a mi lado.
                Y al día siguiente doña Vera ya no estaba en la estancia, y yo pensaba en cómo había pasado de ser pobre como una rata a ser invitado de honor de todo un señor conde y haber yacido con su hija, que me parecía la dama más dulce y más bella que había visto. Y al levantarme del lecho me encontré a dos soldados de don Delinardo junto a mi puerta, y me escoltaron hasta el salón, que ya estaba vacío. Y allí estaba el conde, que me saludó con gran alegría, y yo le manifesté mi intención de partir inmediatamente hacia Pravén, y él me deseó suerte y me entregó una carta firmada de su puño y letra que debía entregar en el castillo de Pravén, y me asignó una escolta de soldados y sirvientes para que me asistieran durante el torneo, y me regaló un gran pabellón como aquel en el que durmiera el día anterior, para que los demás participantes me tuvieran por adinerado hijodalgo. Y me regaló también dos lanzas de punta embotada para la justa, que yo acepté haciendo ver que apreciaba mucho el regalo, cuando no había usado algo semejante en toda mi vida. Y también viajaría conmigo un caballero anciano muy entendido en el arte de los torneos, para que me asistiera en cuanto precisara. Y este anciano llamábase Artímeno de Rivachegas, y pronto trabé gran amistad con él, y me prestó gran ayuda para mejorar mis pobres conocimientos de las justas y los combates, mostrándose comprensivo con mi pobre ignorancia. Y don Delinardo me despidió en el patio del castillo, y yo prometí volver a visitarle, en el castillo de Vincurdo o en algún otro lugar. Y nuestra comitiva partió con intención de llegar a Pravén en pocos días. Firentés y Desabio me confirmaron que habían sido muy bien tratados por los soldados de don Delinardo, y que comenzaban a sentirse como soldados profesionales. Y la única pena que tuve fue no ver a doña Vera.

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