domingo, 10 de marzo de 2013

Las mocedades de don Guasca de Monò - 6ª parte





Y luego desto el conde don Delinardo se llegó de nuevo hasta mí y me pidió que cabalgara a su lado hasta el castillo de Vincurdo, y que dejara a mis hombres departiendo con los suyos. Y durante el camino el conde habló mucho, mas yo permanecí casi en silencio, respondiendo quedamente a las preguntas que me hizo, por que no viera que mis modales y mis conocimientos eran los de un villano. Mas de todo lo que decía yo procuraba acordarme para poder fingir finura y gentileza más adelante, cual si fuera caballero de noble cuna. Y el conde me habló de las guerras de Suadia, en las que había obtenido grandes victorias, y el castillo de Vincurdo que le había otorgado el buen rey Harlaús en pago por sus gestas. Y me habló también de las afrentas que le habían hecho otros condes de Suadia, y cómo quería bien a éste pero odiaba a muerte a aquel, de lo que supe que el mundo de la política requería de mucha astucia y poca gentileza. Y yo le conté la historia que me había inventado, cómo mis orígenes eran nobles y mi patria, lejana; que había arribado en las costas de Calradia para buscar fortuna ya que mi noble padre no había tenido a bien dejarme nada en herencia, y que deseaba que se me tratara conforme a mis méritos, no a mi cuna. Y parecióme que el conde don Delinardo quedaba muy satisfecho y asombrado de mi historia, con lo que quedé yo bien contento de mi buena fortuna, si bien decidí no abrir la boca sino cuando fuese menester, por que no se descubriese el engaño. Y no me inquietó ver a mis hombres hablando animadamente con los caballeros de don Delinardo, pues había dejado dicho a Firentés cuál era la historia que tenía que contar si le preguntaban por su señor don Guasca. Y al caer la noche acampamos junto a un bosquecillo, y mis hombres recogieron leña para hacer fuego, y repartimos carne de jabalí y de ciervo que habíamos ballesteado el día anterior. Y sentí rubor al ver que la tropa de don Delinardo montaba una rica tienda de tela blanca, sujeta con picas, y que en la entrada quedaban dos caballeros bien armados, y verme yo al descubierto cual soldado raso, mas nada podía hacer. Y después de que don Delinardo me invitara a su tienda para hablar, pues el conde gustaba harto de la plática, me retiré y me eché a dormir con mi tropa, comido por los nervios y la incertidumbre de lo que ocurriría cuando llegaran al castillo de Vincurdo.

Y al día siguiente llegamos muy de madrugada al dicho castillo, y quedé yo muy asombrado de lo poderoso que era, pues no había visto yo, allá en Tasameso, el castillo de Tilbote más que una o dos veces. Y era el castillo de Vincurdo alto y de gruesos muros, y en las almenas se veían siluetas de mucha gente armada, y al ver al conde su señor, la guarnición del castillo abrió las puertas y entramos todos, yo muy ufano y tieso junto a don Delinardo, y allá en el patio nos esperaban nobles y damas, con lo que levanté aún más las narices por mostrar mi gallardo porte, y observé que las damas y sus doncellas hablaban unas con otras como entre risas quedas, y bajamos de nuestros caballos y don Delinardo me presentó como don Guasca de Monó a sus consejeros, a su esposa doña Ana y a su hija doña Vera. Y yo hinqué la rodilla en el suelo y besé las manos de tan nobles señoras. Y al besar la mano de doña Vera noté que temblaba, y muy discretamente la miré a los ojos, y pude ver que me devolvían la mirada con admiración. Y yo no pude sino ruborizarme, soltar su mano y volver junto al conde, mirando al suelo, pues no estaba yo hecho a las costumbres cortesanas, ni había requebrado jamás a una mujer más allá de una o dos vecinas de Tasameso, que por serranas de pocos requiebros precisaban. Y el conde don Delinardo me invitó a pasar al salón del castillo de Vincurdo con cuantos hombres quisiese, y yo hice llamar a Firentés y Desabio, y otros tres de entre los más fieles y capaces, y les di instrucción de mostrar costumbres cortesanas lo mejor que pudiesen. 

Y ya nos aguardaban en el salón varias mesas tan largas como el salón mesmo, y el gran hogar del castillo estaba encendido, y la sala iluminada por grandes cirios colocados en lámparas como ruedas de carro colgadas de cadenas. Gentilhombres y muy principales señores estaban ya sentados, y los criados traían y llevaban grandes bandejas con carne asada y otras viandas. El conde me hizo sentar a su lado, presidiendo la mesa y todos brindaron a mi salud y a la de mis compañeros. Yo mostraba los dientes en amplia sonrisa a quien me hablara, y ya me sentía más caballo que hombre. Cuando por fin pude catar la carne, me sentí elevarme hacia los cielos. Allí había jabalí, ciervo, vaca, cerdo, pollos, perdices y otras carnes que yo desconocía. Muchos perros hacían fiestas a los comensales, y ellos les daban huesos y sobras, que me pareció que los perros comían mucho más de lo que yo comí nunca en Tasameso. El conde me llenaba la copa con vino, algo que yo apenas había probado antes, y pronto sentí cómo se me subía el rojo a la cara y empezaba a reír y a hablar con gran desparpajo. Doña Vera, sentada ante mí, no despegaba los ojos de mi figura, y yo trataba de mirar a mi plato y mi copa. Y vive Dios que la dama tenía interés en mí, pues sin que yo me lo esperar empecé a notar un pie descalzo que rozaba mi muslo. Yo hacía por tensar la pierna, más por miedo a ser descubierto por el conde que por parecer membrudo y de recia figura. Y aunque hubiera sabido qué decir a tan alta señora, le habría parecido descortés a mi anfitrión, así que me contenté con no apartar la pierna y dirigir alguna que otra mirada discreta a doña Vera. 



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