domingo, 3 de febrero de 2013

Las mocedades de don Guasca de Monò - 5ª parte




Y continuamos desta manera durante meses, pasando por las aldeas vecinas y reclutando allí a más de veinte muchachos, que tal y como había predicho se mostraban ansiosos por unirse a nuestra fuerte hueste. Y puede decirse que limpiamos la zona de cuantos bandidos encontrábamos, desmantelando sus campamentos y poniéndolos en fuga. Y visitamos muchas villas que yo jamás había pisado, como un lugar que llaman Erreduna y la villa de Nomaro, cercana a un agradable río y un excelente bosque en el que nos hartamos de caza. Y yo, por seguir pareciendo un líder cercano a mis tropas, cuando salían de caza los acompañaba con mi ballesta. Y mis hombres mostraban gran admiración por ella, que era capaz de atravesar a un ciervo de parte a parte como si estuviera hecho de mimbre. Y no pocos de mis arqueros trocaron sus arcos por ballestas cuando pudieron.

Y fue así que, cuando cruzábamos un amplio valle tras pasar por la villa de Balanlide, en la que nos proveímos de impedimenta, avistamos frente a nosotros una tremenda polvareda, pero no correspondía a una hueste en movimiento, sino que quedaba quieta en el sitio. Y sospechamos que podía tratarse de una batalla, y envié a cinco de los jinetes más rápidos para que se adelantaran y me informaran de lo que allí ocurría. Y a su regreso, uno dellos, Desabio, díjome que varias bandas de rufianes, más de cien en total, habían formado alianza contra una pequeña hueste de caballeros poderosamente armados y de muy gallardo aspecto, que no pasaban de los treinta hombres y que llevaban grandes pendones coloridos que no supieron identificar. Y no dudé en ordenar a mis hombres que se preparaban para la batalla, pues no sólo había crecido en mí un grandísimo desprecio por los bandidos, sino que unos nobles caballeros rescatados podrían mostrar su gran generosidad para con nosotros. Y así fue que ordené a Firentés que permaneciera con los de a pie, y que avanzaran en una gran fila para aparentar mayor número del que en verdad teníamos, y yo me adelanté con Desabio y la caballería contra las filas de los bandidos. Y cuando me llegué hasta ellos, pude ver que los caballeros que veían peligrar su vida montaban caballos con vistosas gualdrapas y blandían las armas más relucientes que había visto en mi vida. Y puesto que los bandidos nos daban la espalda, ordené una carga para dispersar sus filas. Y nuestros hombres entraron en batalla matando a muchos de los bandidos, que se fueron dando cuenta de lo que pasaba y se volvieron para enfrentar la nueva amenaza. Y al ver que detrás de aquellos jinetes recién llegados venía una larga fila de hombres armados, ya se veían muertos, capturados y ahorcados, y poco a poco los pusimos en fuga. Y los caballeros, viendo que las tornas se cambiaban, salieron al galope tras los bandidos fugitivos, matando y capturando a muchos. Y yo mesmo me harté de repartir mandoblazos, dando grandes voces para dejar claro a los caballeros quién era el jefe de aquellos que les habían salvado. Y pude ver que de los nuestros no había caído ni jinete ni infante, y me reuní con ellos para decidir qué hacer, pues no queríamos parecer saqueadores ante aquellos gentiles caballeros. Y pronto vi que tres jinetes cubiertos de brillante armadura se llegaban hasta nosotros, y yo me adelanté también acompañado por Firentés y Desabio, y cuando tuve frente a mí al que parecía el jefe, se levantó la celada que le cubría el rostro y vi que lucía pobladas barbas y rostro gentil. Y me dijo con muy buenas maneras que era el conde don Delinardo de Suadia, y requería saber el nombre de su salvador. Y yo, tragando saliva como nunca tragué en mi vida, me compuse lo mejor que pude sobre la silla de mi caballo y mesándome las barbas dije que era don Guasca de Monó, y que me placía sobremanera haber ayudado a tan famoso vasallo del rey Harlaús. Y don Delinardo rió de buena gana y me invitó a compartir con él el botín tomado a los bandidos, y a acompañarle hasta su castillo de Vincurdo, que no quedaba lejos de allí, para poder agasajarnos como merecíamos. Y yo acepté con humildad su oferta, y el botín obtenido fue abundante, pues abundante eran las fuerzas del enemigo derrotado, y pude así dar paga doble a mis hombres. Y mientras hacía consejo con Firentés para repartir el botín entre los hombres, el conde don Delinardo hizo colgar a los bandidos capturados de los árboles, y yo me estremecí por no haber visto nunca a un hombre ahorcado, y doy fe de que no es visión que agrade a los ojos. 

No hay comentarios: