sábado, 26 de enero de 2013

Las mocedades de don Guasca de Monò - 4ª parte



             

   Y los desertores eran buenos soldados, curtidos en cien batallas, mas poco o nada sabían de tretas y estrategias de guerra, pues sus jinetes cargaron de frente, como toros rabiosos. Y cuando estuvieron a tiro, nuestros arqueros soltaron flechas por encima de la infantería, y vi a varios caballos tropezar y caer, y a algún jinete ser derribado y arrastrado, enganchado todavía a su silla. Y nuestros infantes aprestaron sus espadas, y los que tenían, sus lanzas, y los desertores cargaron y chocaron contra nuestras filas, llevándose por delante a varios de los nuestros. Y yo contuve mi pena por ver cubiertos de polvo y sangre a varios camaradas y buenos amigos, y conduje a mis jinetes hacia el frente, rodeando a los desertores que se habían entrado muy osadamente entre nuestros infantes, quedando atascados y sin poder retroceder. Y de un vistazo comprobé que Firentés había hecho otro tanto por el otro flanco, y con una gran voz que dimos, giramos nuestros caballos y nos fuimos directos contra la retaguardia de los desertores, cuyos caballos nos daban la grupa. Y el choque fue terrible, y ya quedó olvidada toda estrategia, y no hicimos sino dar terribles golpes y detener tajos con el escudo. Y la lucha fue difícil, más que ninguna otra que tuviéramos hasta entonces, y no pocos golpes detuvo mi yelmo, que parecía que me aporrearan la cabeza como con piedras de molino. Y bendije mi buen seso al haberme hecho con el mentado yelmo en la villa de Nemeja. Y Firentés repartía grandes golpes con la maza, dejando en el suelo y sin consciencia a varios de los desertores. Y aquel fue un triste día, pues a mi buen Alfalfo, que tan bien me había servido aquellas semanas, me lo desjarretaron y le sacaron las tripas de fuera, dándome yo un tremendo golpe, que no me quebré el espinazo sólo por llevar el bendito yelmo. Y ya a pie, manchadas mis barbas de sangre, con el escozor de uno o dos cortes que había recibido, vi que en el campo no quedaba ya en pie ninguno de los desertores, y que de los míos no habían caído demasiados, y levanté mi espada en alto, que estaba roja por la sangre derramada, y comencé a dar grandes voces con todas mis fuerzas hasta enronquecer, y mis compañeros alzaron a un tiempo sus armas, y hasta sus puños si las habían perdido, y dejamos escapar nuestra euforia por haber derrotado a una tropa mejor pertrechada y curtida. Y apartamos a un lado a nuestros muertos, que no pasaban de diez, y a nuestros heridos, cuyas heridas no eran mortales y sanaron pronto, y despojamos a los vencidos de sus brillantes petos de metal, sus yelmos, sus calzas, sus botas y sus cotas de malla. Y pronto quedaron todos tal y como sus madres los parieron, pues nuestra tropa aprovechó hasta los calzones. Y nuestra hueste era digna de ver tan bizarramente armada, con espadas largas y recias, robustos caballos de guerra que no se espantaban de la sangre ni de los hombres armados. Y los hombres apenas podían sostenerse en pie con tanto peso de metal que llevaban encima, mas en unos días se hicieron a ello. Y yo guardé unas hermosas telas que me parecieron impropias de Suadia, que seguramente los desertores robaran a alguna caravana, y las guardé como digo en las alforjas del pobre Alfalfo para venderlas más adelante. Y escogí de entre el botín conseguido un gran escudo redondeado por arriba y en punta por abajo, que me protegería mucho todo el flanco al luchar a caballo. Y tomé también cota de malla para proteger mis brazos y mi cuello, allí donde me habían herido las espadas enemigas, y también una espada más larga con la que alcanzar a los enemigos desde el caballo, mas me guardé mucho de abandonar la espada de mi padre, que deposité también en las alforjas que eché sobre un gran caballo del que también me adueñé, una bestia que me pareció la mejor de cuantas había, y a la que llamé Heno, en honor al buen Alfalfo.

                Y nos detuvimos a descansar junto a un lago, para lavar la sangre de la batalla, curar nuestras heridas y tomar alguna pitanza. Y al observar yo mi reflejo en la quieta superficie del agua, vime tan gallardo y bien armado que no pude sino pensar que aquel que me devolvía la mirada desde el agua no era el pobre campesino Guasca que saliera de Tasameso hacía poco más de treinta días, sino don Guasca de Monó, que comandaba una hueste poderosa que crecía día a día. Y viendo la admiración con que me observaban mis hombres, por mi buen seso y la victoria que habíamos logrado, supe que desde aquel día los villanos se disputarían el derecho de unirse a nuestra tropa.

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