jueves, 10 de enero de 2013

Las mocedades de don Guasca de Monò - 3ª parte


               



                      Nuestro camino prosiguió sin cosa alguna de importancia, y cuando salimos del bosquecillo nos llegamos hasta una aldea que llaman Nemeja, en la cual aldea nos detuvimos para disfrutar de pitanza y cobijo. Y había en la aldea un herrero de grandes bigotes y con la cabeza pelada como huevo que tenía una muy buena colección de espadas, yelmos y muchos otros instrumentos de guerra de hierro y acero. Y decidí que sería muy bueno emplear nuestras nuevas riquezas en algunas de las tales armas. Y así hicimos que los cuatro muchachos que mejor puntería tenían con el arco tomaron buenos arcos de tejo y abundantes flechas emplumadas, y yo mesmo compré un recio yelmo en punta y con protección para las narices, y un escudo ligero y redondo. Y pensé que más adelante, cuando dispusiera de más dineros, me haría con cota de malla y otras cosas para protegerme de los golpes. Y me aseguré de que el resto de mis compañeros se gastaran una parte de su paga en gruesos jubones acolchados, yelmos o el arma que prefiriesen, y que no derrocharan los dineros en los favores de las mujeres de la vida que allí vivían, y por mujeres de la vida quiero decir putas. Mas a alguno dellos no se le pudo encontrar hasta el alba siguiente, con lo que sospeché que se refocilaron con ellas. Y yo pregunté entre los aldeanos si habría alguno dellos que quisiera acompañarnos, relatándoles nuestro victorioso encuentro con los ladrones y mostrándoles el botín obtenido. Y ocho hombres más decidieron unirse a nuestro grupo, con lo que nuestras fuerzas aumentaron y hubo gran regocijo entre todos nosotros, yo el primero. Y al día siguiente partimos sin más demora, pues restaba mucho camino.
                Y durante las siguientes semanas enfrentamos y pusimos en fuga a varios grupos de bandidos, consiguiendo buen botín. Y nos manteníamos a distancia al hallar grupos de caballeros o ejércitos que lucieran librea o estandarte de Suadia o de cualquier otro reino, por no ser nuestro optimismo bastante como para enfrentarnos a hombres tan duchos en la guerra. Y en esas semanas que pasamos, varios hombres más se unieron a nosotros, con lo que fuimos casi una cincuentena, y no era fácil mantener tamaña tropa pese a las pocas exigencias de mis compañeros. Y así gastamos la mayor parte del botín ganado en cuantas armas y armaduras necesitasen mis hombres, y yo mesmo los entrenaba al caer la noche, luchando a espada y tirando con arco. Y también nos hicimos con varios caballos, pues algunos de los hombres sabían ya montar. Y así fue que, en menos de un mes, ya disponía de una caballería de más de diez hombres y otros tantos de arquería, y unos veinte hombres de armas. Y yo me hice con unas buenas calzas de cota de malla y una protección acolchada para cubrirme la cabeza bajo el yelmo, pues hasta entonces me despellejaba las orejas y el pescuezo por el roce del metal. Y me reía de lo poco que sabía de las artes de la guerra y la buena fortuna que habíamos tenido hasta aquel momento. Y Firentés, que ya era gran amigo mío, lucía un gran garrote de metal, tan largo que debía blandirlo con las dos manos. Y una tarde, ya a punto de ponerse el sol, vimos una nube de polvo frente a nosotros. Y yo, sospechando que tendríamos que enfrentarlos, tomé por el brazo a Firentés, lo llevé aparte y le dejé dicho que ordenara a los hombres prepararse para la lucha. Y Firentés espoleó a su caballo y recorrió nuestras líneas avisando a los hombres. Y cuando tuvimos a los jinetes de frente pudimos ver que no llevaban estandarte ni librea alguna, mas lucían el aspecto de soldados curtidos. Y comprendí que se trataba de desertores de algún ejército, traidores y de poco fiar. Y me adelanté con Firentés para parlamentar con ellos, y pude ver que se trataba de veinte jinetes, armados de largas espadas y cubiertos de cota por todo el cuerpo. Y el que parecía el jefe se adelantó y me dijo con malos modos que les diéramos cuantos dineros tuviéramos so pena de ser pasados a cuchillo. Y yo, muy gallardamente, le dije a aquel mentecato que Guasca de Monó no obedecía a rufianes como él, y que si no se apartaban de nuestro camino y nos dejaban ir en paz, no quedarían muchos para contar su triste derrota. Y el rufián desertor me enseñó los dientes, que los tenía negros y torcidos, y volvió con los suyos. Y yo me fui para los míos y organicé a nuestra hueste. La arquería quedó detrás, y los hombres de armas formaron dos filas dando protección a los arqueros. Y yo dividí a nuestros jinetes en dos grupos, dando el mando de uno a mi buen capitán Firentés, y yo tomé al otro, y nos fuimos cada uno para un flanco, listos para cargar. 

2 comentarios:

Algunenano dijo...

Me resultan muy cortos los capítulos. Enhorabuena Lóscer, ¡gran trabajo!

Loscercarlos dijo...

Es para poner los dientes largos, muchacho. Me alegra saber que alguien se lo lee y que, además, le gusta. Grasias!