domingo, 16 de diciembre de 2012

Las mocedades de don Guasca de Monò - 2ª parte






                Y desde que me ocurriera aquella idea de convertirme en caballero, no se alejaba de mi cabeza la imagen de numerosas huestes de guerreros de brillante armadura, pues había visto muchos que pasaban por Tasameso o compraban algunos bienes allí, y además mi padre me había contado muchas veces las batallas y escaramuzas en las que había tomado parte. Y por esto pensé que no me convenía continuar solo por el mundo, sino encontrar unos compañeros que me ayudaran y con los que compartir el posible botín que conseguiríamos. Y cuando me llegué a la aldea de Ibirán, no mucho mayor que la ruinosa Tasameso, desmonté y, con la espada al cinto y lo más estirado que pude, me dirigí a un grupo de aldeanos que departían en corro, y mesándome las barbas pregunté por el responsable del pueblo. Y un viejo torcido y que se apoyaba en un bastón grueso me pidió con mucho respeto qué deseaba tan gran señor. Y yo le expuse mi necesidad de encontrar compañeros, y pedí que preguntara entre los vecinos si había mozos jóvenes y animosos que quisieran acompañarme, pues prometía riquezas y aventura. Y yo no sé si sería por la dura vida de las faenas de labranza o por el miedo que todos tenían a los terribles queryitas, que en una hora tuve frente a mí a diez mozos altos y robustos, sin armas ni caballos, pero animosos y deseosos de aventura, con los que en unos días trabaría profunda amistad. Entre ellos había un mozo de cabellos rojos y luengas barbas, de hombros más anchos que un buey, al que sus compañeros llamaban Firentés. Y vi que al mentado Firentés sus compañeros le obedecían en cuanto él decía, y tal era así que resolví convertir a Firentés en el mejor de mis amigos. Y así nos salimos de Ibirán y continuamos camino hacia Pravén.

                Mis compañeros caminaban junto a mi caballo, y no pareciéndome a mí cosa adecuada, decidí ir a pie junto a ellos, por parecerles a mis hombres más cercano y amigable. Y así fui trabando amistad con Firentés, ocultándole por prudencia todo lo referente a mi antigua vida de campesino. Y así se nos pasó todo el día, hasta que anocheció. Hice yo consejo con Firentés y decidimos montar campamento junto a un bosquecillo. Y mientras tomábamos un yantar escaso, notamos la presencia de otros hombres. Y antes de que nos pudiéramos preparar, de la espesura salieron quince o veinte de mal talante, con jubones de cuero y cuchillos de monte. Y el que parecía el jefe se adelantó y nos gritó de muy malos modos que le entregáramos mi caballo y mi espada, y cuantas cosas de valor tuviéramos, si en algo estimábamos nuestra vida. Y supe entonces que aquel era el momento en el que mostraría a mis compañeros cuál era mi verdadero valor por que no creyeran que Guasca de Monó era sólo caballero de palabra y no de hechos. Y tranquilizando a los ladrones eché mano a la espada como para entregársela, y me fui hacia mi caballo Alfalfo y lo tomé de la brida, como para llevarlo hasta ellos. Y entonces de un salto subí sobre sus lomos y desenvainé el acero. Y empecé a dar voces diciendo a Firentés que él y los demás se echaran sobre los ladrones sin miedo, y yo mesmo piqué espuelas al caballo y me fui contra el jefe, tirándole tan gran cuchillada en la cara que se la abrí por la mitad y los sesos se le salieron de fuera. Y los ladrones quedaron espantados y echaron a correr, perseguidos a pedradas por Firentés y nuestros hombres. Y yo me eché tras ellos a lomos de Alfalfo y los puse en fuga, matando a seis dellos. Y los nuestros celebraron aquella victoria, y reunimos nuestro primer botín. Y los ocho muertos que habíamos dejado entre los ladrones fueron despojados de sus jubones de cuero, que pasaron a cubrir nuestras finas camisas, y nuestra tropa se armó con los cuchillos de los bandidos, y unas hondas que algunos llevaban. Mas lo mejor aún no había llegado. En la saca del jefe de los ladrones hallé no menos de doscientos dinares de oro. Y todos nosotros, pobres campesinos, quedamos maravillados ante el fulgor del oro que jamás habíamos visto, mas yo hice ver con gran disimulo que ya tenía costumbre de manejar tan grandes cantidades de oro, y tras separar una parte para mí, repartí el resto entre mis compañeros, cuyos rostros relucían de regocijo por verse ricos y victoriosos cual si fuesen el mesmo rey Harlaús. 

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