sábado, 8 de diciembre de 2012

Etapas


La religión en general, especialmente las más antiguas, tenían varias razones de ser: en primer lugar, orientar nuestra conducta. Debes hacer esto, no debes hacer esto otro. En segundo lugar, algo que tal vez pasa más desapercibido: marcar nuestras etapas en la vida e identificarnos con unas funciones, unas responsabilidades y unos derechos. La religión era la que indicaba cuándo dejábamos de ser un niño y pasábamos a ser un adulto. Mediante un rito (la comunión, la circuncisión o cualquier otro) pasábamos oficialmente a la siguiente etapa. Desde ese momento, quedaba atrás todo lo demás. El resto de la sociedad lo sabía, lo reconocía y lo respetaba. Los adultos te consideraban su igual y ya no te trataban como a un niño, y los niños se dirigían a ti con el respeto debido a un adulto. Lo mismo puede aplicarse al paso de la edad adulta a la senectud.

Esto ya no existe hoy en día. No hay un momento determinado en el que dejamos de ser niños. Hay ciertas acciones o eventos que nos dan una pista: iniciarnos en el sexo, acabar nuestra educación, alcanzar la mayoría de edad “legal”… pero ninguno de ellos garantiza que los demás nos traten como a una persona diferente, ni siquiera que nos veamos a nosotros mismos como tal. Nuestro hermano mayor nos va a seguir tratando como a un crío, nuestros padres nos van a seguir intentando controlar y dirigir, los porteros de discoteca nos seguirán pidiendo el DNI, nosotros mismos seguiremos aferrándonos al pasado. Será necesario hacer un esfuerzo personal, tener la fuerza de voluntad necesaria para dar ese paso definitivo, dejar atrás todo lo que ha sido nuestra vida (ojo, no abandonarlo ni despreciarlo, sino guardarlo en un lugar seguro para mirarlo y suspirar de cuando en cuando) y explorar con la curiosidad y los ojos nuevos de un recién nacido las posibilidades que se extienden ante nosotros. Este es uno de los valores culturales de la religión; el único que, quizá, veo necesario.

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