jueves, 29 de noviembre de 2012

Las mocedades de don Guasca de Monò - 1ª parte





El nueve de enero del presente año se halló, bajo las ruinas de una antigua iglesia, un sarcófago de piedra. Dentro descansaban los restos de un hombre adulto, un yelmo, una espada oxidada y una cota de malla. A sus pies había un grueso libro. Se me envió dicho manuscrito, pues hay quien me considera una eminencia en ese tipo de textos antiguos. Tras restaurar y estudiar el texto, concluí que el manuscrito fue redactado por el hombre que descansaba en la tumba, un tal don Guasca de Monò, el cual, ya en su senectud, decidió poner por escrito su vida y sus aventuras. El libro está dividido en varios capítulos que separan las distintas etapas de su vida. Aquí está, íntegro y sin modificaciones, el primero de estos capítulos, en el que don Guasca cuenta sus primeras peripecias como joven aventurero. Espero que lo encuentren ustedes fascinante, pues yo ya lo hice.

LAS MOCEDADES DE DON GUASCA DE MONÒ
          
           En el año del Señor de 1123 nascí yo en la villa de Tasameso, cerca del poderoso castillo de Tilbote. Hay en Tasameso pocas gentes, y las que allí habitan no poseen más que sus tristes aperos y las ropas que visten. Mi padre, a quien llamaban Guasca, fue soldado de Tilbote cuando mozo, mas al llamar a su puerta los achaques de la edad, asentó en Tasameso, casó y crió numerosa prole de doce hijos, cinco mozos y siete mozas. Yo nascí el primogénito, y dieron en llamarme Guasca, como mi padre. Aunque mi padre gustaba de la vida del campo, jamás se apartó de sus mientes el recuerdo de sus correrías militares en lejanas tierras. Cuando mis hermanos y yo alcanzamos la edad debida, nuestro padre nos instruyó en el manejo de la espada y la ballesta, ya que él fuera ballestero en las fuerzas del buen conde don Taraquías. Yo, por ser el mayor, recibí de mi padre mayor y mejor instrucción, y al cumplir los veinte años, siendo recio mozo, bien formado y fuerte, era capaz de desarmar a todos mis hermanos, y de alcanzar con la ballesta cualquier cosa que se me antojase. Y nuestra vida era dura, como acontece siempre con las gentes humildes y que dependen para trabajar no sólo de sus manos sino de los azares del clima y de la voluntad de Dios. Y era bien sabido que nuestro reino de Suadia y nuestro buen rey Harlaús entraba frecuentemente en liza y batalla con los reinos vecinos, y que, si bien el rey y sus condes lograban ricas conquistas y nobles victorias que muy a menudo daban riqueza al reino, el enemigo gustaba de desquitarse por sus derrotas atacando las aldeas en las que no habitaban sino campesinos, y ningún hombre de armas, arquero ni caballero.
         
         Y así aconteció que, en una maldita noche de junio, una bandada de jinetes se llegaron hasta Tasameso y la emprendieron a flechazos con todos aquellos que se les pusieron por en medio. De luego supe que aquellos hombres morenos, de corta estatura y largos bigotes, que gustaban de pelear a caballo y usaban arcos menudos y espadas curvas al modo sarránida, que es otro pueblo del que por entonces aún no sabía, digo que luego supe que aquellos hombres llamábanse queryitas y habitaban lejos, al norte. Y quiso Dios que nuestro rey Harlaús estuviese entonces en guerra con su rey, el Can Sanyar. Y dícenle Can no porque sean unos perros, que lo son y daré fe de ello, sino que es título muy honorable y digno de respeto entre ellos. Y los queryitas, como digo, entraron en Tasameso disparando flechas que en la punta traían bolas de estopa prendida, y así fue que las cabañas empezaron a arder con tan altas llamas que era imposible detenerlas. Y a los vecinos que salieron para apagar el fuego los atravesaron las flechas de los malhadados queryitas. Y yo quería salir fuera de la casa de mi padre para matar a cuantos enemigos pudiera con la ballesta y la espada, mas mi madre me pidió con las rodillas hincadas en tierra que no saliera a que me mataran, y abriendo una trampilla de madera me hizo bajar a una habitación escondida que utilizábamos para almacenar nuestros tristes y escasos bienes. Y mi madre corrió el cerrojo de la trampilla desde fuera y marchó a buscar a mis hermanos. Mas no volvió, y yo en vano traté de tirar la puerta abajo, que no lo pude conseguir por más que lo intenté. Y me invadió una gran congoja por estar yo allí a salvo mientras mi familia quedaba a merced de los queryitas, mas nada pude hacer. Y así pasé toda la noche hasta que llegó el alba y la trampilla terminó por ceder bajo las terribles puñadas y patadas que le daba. Y me salí de aquel maldito cuarto y llamé con grandes voces a mi padre, mi madre y mis hermanos. Y de la villa de Tasameso no quedaban sino cenizas y muertos quemados. Y entre ellos encontré a mi familia, si bien apenas reconocí sus rasgos, que estaban negros y cuarteados por el fuego.

            Y viéndome yo solo, sin familia, ni techo, ni bien alguno, y tras llorar fuertemente de los ojos por ver perdida y destruida cuanta vida había conocido hasta entonces, resolví salir de Tasameso para buscar fortuna. Dentro de lo poco que quedaba de la casa en la que crecí, hallé las armas de mi padre, su recia espada, la ballesta y unos pocos pasadores. Y tomé a Alfalfo, el caballo de mi padre, que los queryitas no habían llegado a tocar, por tener ellos más de los que precisaban, y montando y echando en un saco remendado la poca comida que hallé, me salí de Tasameso y me dirigí al poblado burgo de Pravén, ciudad muy principal del reino. Y por el camino di en pensar que, no sabiendo nadie nada de mí, ni de mi humilde condición, y siendo mi aspecto y constitución de natural gallardo, no sería imposible hacerme pasar por caballero de noble cuna, y aspirar de tal modo a riquezas y fama, entrambas inalcanzables para un plebeyo como yo. Y pensando esto, busqué un nombre de familia que inspirara bizarría y nobleza. Y luego que hube discurrido durante un buen rato, di en llamarme Guasca de Monò, nombre que me pareció sonoro y musical, propio de un ricohombre.

2 comentarios:

Javi Corpas dijo...

Cuéntanos, por favor, cómo te documentaste en el apartado lingüístico. Cuáles son tus fuentes, gentilhombre.

Loscercarlos dijo...

Mi fuente principal, dejando aparte los clásicos (Cantar de Mío Cid, Quijote) es la novela de Juan Eslava Galán "El último unicornio", escrita más o menos de esta guisa y que dejó honda huella en mi persona.