lunes, 29 de octubre de 2012

Los Warhammer y yo: iniciación, cénit y hundimiento


Hace poco, empecé un curso de alemán en Alcalá de Henares. Al pasear por sus calles por la tarde, haciendo tiempo para comer, me acordé de pronto de una cosa: en esa ciudad fue donde compré mi primera caja de Warhammer: la caja de iniciación de pintura, con unas ocho pinturas (verde Goblin, Negro Caos, Blanco Cráneo, Rojo Sangre…) y ocho arqueros bretonianos. Pero no adelantemos acontecimientos:

Yo empecé mis andanzas lectoras con tebeos de Tintín, es bien sabido por mis conocidos. De ahí pasé a los mitos griegos y romanos, lo cual llevó inevitablemente a la Ilíada y la Odisea. De ahí, a los libros de caballerías. Ya estaba perdido para siempre en el mundo de las medievaladas, las espadas, los magos y los caballeros. Mi tía, una vez que estábamos todos reunidos en el pueblo de mi abuela, me comentó la existencia de un hobby llamado Warhammer, que consistía en unas miniaturas que tenías que pintar tú mismo, y que después se organizaban batallas. Yo me mostré claramente interesado, y cuando me dejaron un pequeño folleto, terminé de volverme loco. Los distintos ejércitos del juego, además de ser muy variados e imaginativos, están basados en la mayoría de los casos en culturas reales (los ogros son mongoles, los enanos, vikingos; los hombres lagarto, aztecas; los reyes funerarios, egipcios…), con sus vestiduras y armas. Pronto empecé a adentrarme en el mundo de Warhammer, el Viejo Mundo, con un imperio humano rodeado por todas partes de enemigos y muy escasos aliados. Las hordas de orcos y ogros, los hombres rata y hombres bestia, los elfos oscuros y, sobre todo, los ejércitos del Caos, los seguidores de cuatro dioses malignos que conceden a sus campeones habilidades sobrenaturales. Son todo pinchos, cuernos y cráneos. Pero, una vez más, no adelantemos acontecimientos. Me decidí por los enanos, una raza de tipos fornidos y bajos, barbas largas, que prefieren las hachas y los martillos y que recuerdan los agravios durante siglos. Así que me llevaron a Alcalá de Henares, el lugar más cercano donde vendían Warhammer. 

Recuerdo una tienda de juguetes regentada por un afable anciano. Allí estuve curioseando, teniendo por fin entre mis manos las cajas de miniaturas (recordad que entonces no tenía Internet, y lo único que había visto de Warhammer era aquel folleto). Un enorme yunque rúnico, unidades de guerreros de plástico, pequeños blísteres con tropas especiales de plomo… pero finalmente me decidí por la caja de iniciación de pintura, que no tenía enanos sino arqueros bretonianos (un reino cuyos ejércitos están compuestos exclusivamente por caballeros de elegantes gualdrapas y unos pocos hombres a pie, una especie de ejército medieval tardío). Me llevaron después a una juguetería Poly, donde había muchas más cosas. Compré el libro de ejército de los enanos (cada ejército tiene su libro especializado, que detalla todas las tropas, las características y el trasfondo de la raza) y tres blísteres de plomo: uno con tres rompehierros (soldados enfundados de pies a cabeza en corazas del mejor mithril), otro con tres atronadores (arcabuceros) y otro con un ingeniero enano (un jefe de rango medio experto en utilizar tecnología). Con eso ya tenía bastante para ir pintando y probar cómo iba la cosa.

Una unidad de enanos pintada y lista para la batalla, algo que yo nunca tuve

En casa de mis otros abuelos, empezó la experiencia. En el alféizar de la ventana, para tener mucha luz, empecé a pintar mis arqueros bretonianos de plástico. Quise utilizar, para las casacas, un verde azulado, así que tuve que mezclar pintura azul con verde. ¿Cómo lo hice? Abrí los dos botes y vertí algo de pintura sobre la tapa de un bote de cristal. Qué poco sabía yo que las pinturas se mezclan mojando el pincel en las dos y diluyendo con agua para aprovechar al máximo las pinturas. En aquella primera mezcla se fueron dos o tres euros, imagino. Utilicé capas y capas de pintura, acabando con los hermosos relieves de las miniaturas, dando lugar a una especie de escuadrón de Ecce Homos. Los enanos me parecían una tarea imposible: eran mucho más pequeños que los arqueros, y además estaban hechos de plomo, con lo que la pintura se negaba a adherirse a la superficie de la miniatura. Decidí replantearme mi elección de ejército, y terminé decantándome por los orcos y goblins, una raza salvaje y brutal, pero muy divertida, de enormes brutos y pequeños duendes traicioneros que cabalgan sobre jabalíes y lobos, y que utilizan máquinas tan estrafalarias como la catapulta lanzagoblins. Los pielesverdes se ganaron mi corazón cuando aprendí que los enanos los odiaban especialmente.

Un ejército orco básico

Decidí jugarme el todo por el todo y comprar la caja básica, que incluye dos ejércitos pequeños (Orcos y goblins e Imperio), además de varios dados, reglas para medir distancias y explosiones, y el libro de reglas de Warhammer, un grueso volumen de tapas rojas con el martillo imperial en portada. Me lo trajeron por Navidad, y ya me tenéis pegando piececitas con pegamento y haciendo formar a las nuevas tropas: una unidad de guerreros orcos, otra de arqueros orcos, un carro de jabalíes y un general en jabalí, del lado orco, y una unidad de lanceros, otra de arcabuceros, un gran cañón y un general a caballo, del lado imperial. No pude empezar a pintarlos hasta tener el bote de imprimación (la pintura no se adhiere ni al plomo ni al plástico, sino que primero es necesario darles una capa blanca o negra, según preferencias: imaginad cómo tuve que pintar los bretonianos sin imprimación, y que yo creyera que habían quedado aceptables). Decidí pintar a mis orcos con una especie de tosco uniforme basado en el rojo y el marrón, y para los imperiales, se me ocurrió un elegante uniforme amarillo y negro. Primero pinté los orcos, claro, empleándome a fondo pese a mis carencias a la hora de pintar. Pero se aprende enseguida, con un par de consejos y con la elección adecuada de materiales (tintas y pincel seco para dar relieve y aprovechar el detalle natural de la miniatura en tu favor, por ejemplo). Mi padre (y mi prima, en un par de ocasiones) me ayudó con los imperiales, y finalmente lo tuve todo pintado. ¡Había que probar a jugar!

Me aprendí el libro de cabo a rabo: las reglas de psicología (miedo, terror, pánico), el orden de turnos, las listas de magia… todo lo devoré. Probé a jugar sobre el suelo de mi casa, lo cual demostró ser un error. Jamás juguéis en el suelo: las probabilidades de que alguna miniatura acabe aplastada por un pie o una rodilla son muy altas. Mi primer rival fue mi padre, que no se enteraba muy bien de las reglas, como es lógico, pero terminé enterándome de que mi vecino también tenía Warhammer, aunque sobre todo tenía de los futuristas (Warhammer 40.000). Organicé unas pocas batallas entre sus elfos oscuros y mis orcos, mientras aumentaba lentamente mis filas con goblins oscuros, dos chamanes goblins y el chamán orco Wurrzag, además de un pequeño batallón de jinetes de jabalí. Mi caudillo orco ya tenía nombre: Zorko Pateakuloz (los orcos y goblins de Warhammer hablan ceceando). La revista White Dwarf me seguía poniendo los dientes largos con nuevas miniaturas e informes de batalla. Inevitablemente, en el colegio ya había empezado a hablar de mi nuevo hobby y lo mucho que me estaba gustando, y eso terminó por atraer la atención de algunos compañeros (un saludo, Rodri), que a su vez empezaron a comprar miniaturas, tanto de Warhammer como de El señor de los anillos. Pude por fin competir adecuadamente, con un ejército potente contra otro ejército potente. Otros compañeros compraron las cajas básicas pero jamás llegaron a pintar sus miniaturas, ni mucho menos a combatir.




El día de mi cumpleaños, mis padres decidieron llevarnos a mí y a mi hermana a ver castillos. Pasamos el día entero recorriendo pueblos, de Castilla y León si no recuerdo mal, viendo grandes castillos con murallas, saeteras, torres del homenaje. Aquel día cambió algo para mí. Además, muchos de mis adversarios habían optado también por los orcos. Decidí dejar de coleccionar orcos, y pasarme al Imperio. Decidí ponerme de parte de los buenos de la historia, y no prestar atención a cuál era el ejército más potente o más divertido de utilizar. Tardé un tiempo, pero amplié mi ejército del Imperio con una unidad de jinetes del lobo (caballeros barbudos armados con martillos), un hechicero con pinta de brujo de película, con un báculo de piedra bruja Skaven y una túnica morada, además de la inevitable barba blanca, un cañón de salvas (un invento infernal de nueve cañones giratorios), milicianos (civiles armados con armas improvisadas) y batidores (cazadores con arco y flechas), un regimiento de grandes espaderos (las tropas de élite, con grandes mandobles y armaduras pesadas) y unos pocos flagelantes (fanáticos religiosos que blanden mayales). Por último, Valten, la rencarnación del dios Sigmar, un héroe prácticamente indestructible que haría temblar al enemigo. Me gustó tanto mi nuevo ejército, tanto me inspiró, que terminé escribiendo mi primer gran relato, las aventuras de mi general, Santana (gracias, Rodri), contra la horda orca de Kragut Rascatripas. También empecé a leer con avidez las novelas de Gotrek Gurnisson y Félix Jaeger, un enano en busca de una muerte gloriosa y un humano que ha jurado escribir su historia. Libros de escasa calidad, pero que me permitían ahondar en ese universo que tanto me fascinaba.

Nos cedieron una habitación con grandes mesas para jugar a Warhammer, y allí nos reuníamos de cuando en cuando para pintar o echar batallas. Qué grande fue aquella época. Mi casa se convirtió en taller de pintura y modelismo ocasional, para aprovechar el creciente número de pinturas que tenía. Mi habilidad para pintar ojos (con un pincel de un solo pelo) sólo se veía superada por mi habilidad para derramar las tintas por la mesa el mismo día en que las compraba. Se sucedieron las batallas contra orcos y, de vez en cuando, contra elfos oscuros. Siempre recordaré aquella batalla en la que logré destruir a todo un ejército orco utilizando solo a mis héroes: el general Santana, el sacerdote guerrero Balandrán y el hechicero Gargamel, y sin perder más que un único lancero. Pero sin duda el momento cumbre fue una batalla a tres bandas entre mi Imperio, los orcos de Rodri y los elfos oscuros de Adrián. Allí había ciento y la madre de tropas: un dragón y una serpiente alada, varios héroes conocidos, magos, caballería pesada, proyectiles. Lo que no sabía yo era que mis adversarios se habían aliado en mi contra sin que yo lo supiera, y en cuanto comenzó la batalla, ambos se lanzaron contra mí, ignorándose mutuamente. No sé cómo fue, si gracias a mi artillería o, sin duda, a Valten, que mantuvo ocupados a un dragón, al orco Grimgor Pielhierro, a la bruja Morathi y al rey de los elfos oscuros, pero conseguí no ser arrasado inmediatamente, y fueron los orcos los que se llevaron la peor parte. Los elfos, haciendo gala de su famosa cobardía, se limitaron a rociar a mis tropas con proyectiles y se negaron a avanzar, enviando sólo a sus héroes. Los orcos sí que se lanzaron contra mis soldados, y sufrieron en sus carnes el frío mordisco del acero. Resultado: ganan los elfos, seguidos por los humanos y terminando por los orcos (si contamos las tropas supervivientes; si se hubiera contabilizado la destrucción de cada bando, igual ganaba yo y todo, al tener que enfrentarme a dos bandos).

Después de aquello, todo fue cuesta abajo. Llegó el bachillerato, hubo que estudiar, me cabreé con mi vecino, dejé de comprar la White Dwarf, dejé de tener tiempo para pintar y mucho menos para jugar. Y hoy, todo lo que queda del hobby que me apasionó durante años es una vitrina en mi casa con mis mejores miniaturas, y una vieja caja de herramientas llena de pinturas secas.

Warhammer es un hobby que se actualiza constantemente: sacan nuevas miniaturas y se retiran las antiguas, se modifican las reglas, suben los precios… Si se deja, resulta difícil retomarlo. Nada me gustaría más que una buena batalla de las de antes, sacar los orcos y los imperiales y ponerlos a darse de hostias en una mesa, lanzar desafíos entre héroes, estimar la distancia de disparo del cañón, ver la cara de disgusto del rival cuando obtiene una mala tirada de dados, que supone la retirada de sus tropas y la derrota en la batalla. Eso sí, es un hobby muy, muy caro, y al abandonarlo, mi bolsillo y los de aquellos que me rodean lo agradecieron. Aún de cuando en cuando hojeo una White Dwarf antigua, observo las miniaturas ganadoras de concursos de pintura o leo un viejo informe de batalla. Qué cosas tiene la vida.

Sé que faltan fotos de mis dos ejércitos: las publicaré próximamente.

2 comentarios:

Kahuna Nui dijo...

Yo pasé por algo parecido pero acabó siendo imposible, solo jugaba con mi primo de Salamanca, y no le podía dedicar un hobby entero a encuentros de uvas a peras con él. Empecé con Marines del Caos, luego Altos Elfos, luego Condes Vampiro. Hace poco me dio un subidón y me planteé volver a los MSC o hacer Tiránidos, pero se me ha pasado. Mis miniaturas están ahora en manos de dos friquis, uno de 40 palos y otro de veintimuchos, acabarán pintadas y quizás un día pueda tirar algún dado para ver si impactan, pero ha tenido un buen fin dentro de lo que cabe. Lo que echo de menos fue no tener un grupo grande de gente con distintos ejércitos y pasión en mi ciudad o barrio.

Loscercarlos dijo...

Qué lástima todo. Deberíamos echar unas batallas y que se joda el destino.