lunes, 15 de octubre de 2012

La extraña historia de mi examen de conducir


Hoy os voy a contar lo que me pasó en el examen práctico para el carnet de conducir. Hace poco más de un año que obtuve el permiso, y esto es una especie de celebración de aniversario. Empezamos:

Me levanté aquella mañana bien temprano, porque el examen era en Molina de Aragón, y teníamos que ir primero hasta allí en coche. Me llevó mi padre, claro (yo aún no podía conducir: that was the whole point). La verdad es que no estaba muy cómodo haciendo el examen en Molina: Sigüenza lo controlaba bien, sabía qué hacer en cada calle, en cada cruce, qué sitios podían dar más problemas, etc. Pero Molina es bastante más grande que Sigüenza. Miento, no es que sea más grande, es que está más urbanizada. Sigüenza es una ciudad medieval, y como tal sus calles están empedradas y son muy empinadas en la zona central. Esto plantea una serie de problemas automovilísticos: mucha circulación en primera y en segunda debido a la abundancia de cruces sin visibilidad o de peatones que no utilizan los pasos de cebra, o el dominio del embrague para subir una cuesta, por ejemplo. Molina, en cambio, plantea otros problemas: hay semáforos, muchísimo más tráfico que en Sigüenza y una gran variedad de entornos: calles pequeñas y estrechas llenas de peatonas, zonas de carretera, caminos, cruces muy concurridos… El caso es que en Molina sólo hice cuatro o cinco prácticas, y no me sentía totalmente cómodo. Sabía básicamente qué hacer en cada zona, gracias a mi profesor Arcadio que es un auténtico artista, pero no lo había hecho suficientemente. Y allí me presenté, con el resto de alumnos de Sigüenza y los de Molina. Me tocó ser el primero, junto con un muchacho que ahora ya considero amigo, y me tocó también ser el conductor en primer lugar. Se me comían los nervios, claro está.

Arcadio se puso en el asiento del copiloto y me tranquilizó: la examinadora, una señora mayor, era bastante simpática, y a menos que la cagara estrepitosamente, no iba a pasar nada. Yo intenté relajarme, me puse el cinturón con manos temblorosas y eché un vistazo a los retrovisores. Todo  correcto. Arcadio y la examinadora hablaban, y yo no era capaz de escuchar si el motor estaba encendido. No quería empezar a toquetear las marchas y los pedales con el coche apagado, así que eché mano a la llave para asegurarme. Arcadio me dijo en voz baja que no hacía falta, pero mi brazo estaba completamente rígido y no se me ocurrió otra cosa que darle un golpe a la palanca del limpiaparabrisas. El coche se puso a saludar a todos los demás candidatos, que me miraban extrañados. Recuerdo lo que pensé: no quería que me suspendieran antes de arrancar siquiera, sería muy ridículo, aunque una gran historia que contar.

El limpiaparabrisas se detuvo y la examinadora no me dijo nada: todo bien. Metí la marcha atrás, tiré un poco hacia atrás, puse la primera y salí de allí después de poner el intermitente e inclinarme ostentosamente hacia la ventanilla, para que se notase que no salía sin mirar. Empezamos a circular por Molina. Tuve muchísima suerte: no me llevaron por la carretera hacia la estación de servicio, ni tuve que salir hacia el bosque. Me mantuvieron dentro de Molina. No negaré que hubo dificultades: pasé por una calle atestada de gente, tuve que girar en un cruce estrechísimo con pivotes que quedaban por debajo de la vista, tuve que esperar mucho tiempo en algunos semáforos, decidir cuándo salir en varios ceda el paso, etc.

Pero sobre todo, lo más complicado fue atender a las indicaciones de la examinadora. Arcadio tuvo una actuación espléndida, dándole cuerda a la examinadora para que desviar un poco su atención, pero eso provocó un efecto secundario: como no cambiaba el tono de voz al darme indicaciones, yo no era capaz de discernir un “ahora, a la izquierda” del relato de sus vacaciones. Pregunté varias veces para que me aclarara lo que decía. Entré en una calle residencial sin salida, y cuando di la vuelta para salir, la examinadora me dijo que aparcara donde pudiera. Había un sitio grande y espacioso justo delante, a la izquierda. Me coloqué a la altura del coche de delante y ejecuté la maniobra de aparcamiento marca Arcadio: todo el volante hacia la izquiera y marcha atrás, picando el coche hasta que por el retrovisor contrario a mi asiento se viera el segundo faro del coche de atrás; enderezar el volante y seguir marcha atrás muy despacio hasta tocar el bordillo; ir hacia delante un poco con el volante hacia la izquierda, deshaciendo el giro y separándonos un poco del bordillo (ese es el paso vital) y, finalmente, colocarnos en paralelo y ajustar la distancia al coche de atrás o de delante según se necesite. ¡Perfecto! ¡Lo había conseguido! Me bajé del coche y se subió mi compañero, al que di una palmada de ánimo en el hombro. Estaba a salvo.

Me acomodé en el asiento de atrás, junto a la examinadora, y traté de averiguar si en las notas que tomaba había algo referente a mi aprobado. Era evidente que si no me había dicho nada, estaba aprobado, pero yo en aquel momento era un manojo de nervios y no estaba para dar nada por sentado. Pero no vi nada, y la examinadora ocultaba la hoja de examen de mi vista. Decidí dejar de mirar, no fuera a ser que me suspendiera por pesado. Me quedé inmóvil hasta que terminamos y pude bajar del coche. Para mi desesperación, Arcadio se llevó a otros dos alumnos antes de que pudiera hablar con él o preguntarle si estaba aprobado. Se fue, y yo me quedé allí esperando. Y esperando, y esperando. Al final decidí ir a tomarme algo con mi compañero a un bar cercano, y al rato llegó mi padre, al que no pude decirle si estaba aprobado o no. Arcadio terminó por volver y por fin me dio la buena nueva: efectivamente, había aprobado, y me podía dar mi señal de conductor novel inmediatamente. Y así se hizo. Y hubo gran regocijo.

Sí, estoy viendo los putos dibujos. No me juzguéis

No hay comentarios: