viernes, 3 de febrero de 2012

La escupidera -nuevo episodio

¡Es cierto! ¡Fui a su clase y sobreviví! ¿Pero por qué me dicen ustedes que estoy loco? Vean ustedes con cuánta calma y detalle les cuento mi historia, y juzguen luego si estoy loco. Me estaba reservando esta historia para cuando tuviera más datos, cuando pudiera juzgar en conjunto al personaje en cuestión, así como la penosa gestión de la universidad, pero los acontecimientos recientes me obligan a cambiar mi calendario bloguero, de igual forma que cambian los horarios de la UAM. Así que allá vamos con el siguiente episodio de «La escupidera».

Tomé primero unas breves notas sobre su forma de dar clase. Antes de reproducirlas aquí, tengo que decir que la gente probablemente ya no se acuerde, porque hace semanas que no «da» clase en el sentido estricto de la palabra, que no nos habla de manera balbuceante sobre elementos aleatorios del temario, que no nos deleita con su impecable acento. Lo que sigue a continuación se escribió el 26 de octubre, a mediados de cuatrimestre.

«El orden y la estructura de su discurso son inescrutables: sus palabras van y vienen de uno a otro tema, mientras los alumnos intentan en vano tomar apuntes. A menudo sus explicaciones están plagadas de latinajos que nadie entiende pero que se resiste a explicar. Está dominado por otra profesora a la que consulta todas sus decisiones, de tal forma que no es capaz de darnos un respuesta sobre nada hasta haberlo consultado con la jefa. Las instrucciones para los diversos trabajos que tenemos que realizar son imposibles de comprender e incluyen algún que otro imperativo terminado en –r. Los grupos de trabajo empezaron siendo de cuatro personas, y ahora mismo (a 26 de octubre) están alrededor de los veinte integrantes, por lo que la organización está siendo un caos. Si bien las razones de esto escapan al control del profesor y pertenecen más bien a la entrada incendiaria contra la UAM, la gestión del problema está siendo cuestionable por su parte.»

Esto escribí; y en cuatro meses

que su presencia gocé

en nuestra clase, no hubo lance extraño,

no hubo escándalo ni engaño

en que no se hallara G.

Por donde quiera que fue

la razón atropelló,

la virtud escarneció,

a la justicia burló

y nuestras notas bajó.

Un micrófono usó

que también nos hizo usar

malos parámetros dio

para impedirnos aprobar

mil trabajos corrigió

y en todos ellos dejó

memoria amarga de si.

Ni reconoció el esfuerzo

ni hubo quien no creyera

que su profe era un mastuerzo.

Ni hace distinción alguna

entre el vago y el currante.

Todo queda en el formato,

en las grapas y en el peso,

nada importa el contenido.

Dale un yunque; ¡daráte un beso!

Pasemos ahora a la corrección de los trabajos grupales e individuales. Para empezar, el alumno no conoce su nota hasta después de haber hecho el examen. Sin embargo, si se suspenden los trabajos, se suspende la asignatura, así que… ¿no es más lógico saber si ya estás suspenso antes de dedicarle tiempo, trabajo y papel, mucho, mucho papel a un examen?

En la corrección, no se especifica qué errores restan puntos, ni cuántos puntos. El examen está plagado de ticks y cruces, pero ningún número (ni siquiera la nota aparece en el propio trabajo). La nota se pone en relación con el resto de trabajo, no por su propio valor. Es decir, que si alguien tiene una traducción muy buena, le pondrán un 9 y a lo mejor a ti te toca un 5, aunque en sí la traducción sea pasable. Esto ya nos lo hicieron (Adobes, ¿qué tal va eso?) y no es más que una estrategia para que el alumno no se pueda quejar, para echarle la culpa a las matemáticas. Resulta imposible quejarse si los errores no tienen asignados un valor numérico: la nota es una opinión basada en la impresión general. Veamos un ejemplo. «Esto que me has puesto sobre una inconsistencia con los dos puntos y los corchetes no lo veo así» «Ah, ¿no?» «No, estos dos puntos forman parte del texto y van fuera del corchete, mientras que estos otros son míos y van dentro» «Ah… pero yo los hubiera puesto antes del corchete, no después. De todas formas, eso no es importante». No claro, nada es importante, pero me has cascado un 6, cabrón. Además, todo el mundo sabe que los signos de puntuación van después de los paréntesis y corchetes, no antes. «La lista de la compra queda como sigue (tras algunas modificaciones): cloroformo, cuchillos de cocina y cinta aislante» y nunca «queda como sigue: (tras algunas modificaciones) cloroformo, etc.» El uso de los corchetes en combinación con otros signos de puntuación es idéntico al de los paréntesis. Pero claro, G. no lo sabe. Y ni siquiera es culpa suya, porque está dando una asignatura para la que no está preparado. Uno de los errores en el trabajo de una compañera era que «el sello no está lo bastante bien centrado».

Los trabajos en grupo se valoran al peso. El contenido ya puede ser correcto o incorrecto, estar bien o mal expuesto, constituir un enfoque novedoso y original o un cortapega de instituto; lo importante es aparentar, es «el meollo», que el trabajo sea apabullante, de aspecto sesudo, inabarcable, que tire para atrás, aunque no sirva absolutamente para nada a un traductor.

El formato es suficiente para cascarte un 5: un paginado deficiente tira por tierra horas de documentación, fuentes fiables y de primera mano, documentos reales, reparto de tareas, puesta en común y corrección grupal, una exposición cuidada y didáctica, incluso amena. Todo eso no cuenta para nada si el trabajo viene en una funda de plástico y sin encuadernar.

El profesor no debería permitirse poner unas calificaciones tan bajas en una materia que no domina y empleando unos criterios tan difusos, como si fuera el mayor experto vivo en la asignatura. Ya que no es lo tuyo, y que has aprendido por el camino (todos somos testigos de ello), por lo menos sé generoso. Una nota media decentemente llevada durante tres años bajará ahora por un par de 5 injustos y puestos a la ligera. Los trabajos no estaban corregidos, no había ningún tipo de anotación, más allá de las referencias a su formato y a su extensión. La parte práctica, que requiere tiempo y esfuerzo, se ha pasado por alto; sólo importa la parte teórica, la que no sirve para nada.

Que no hemos aprendido nada, ya está fuera de toda duda: hemos dado las clases nosotros como buenamente hemos podido, dando una información sin revisar y que de todas formas era inmediatamente olvidada por su inutilidad. Lo increíble es que este tipo (pero no sólo él, ha recibido ayuda abundante) haya conseguido que lo único que queramos sea perderlo de vista, a él y a la UAM (paciencia, ya le tocará recibir en otro post).

Y quiero que quede claro que estas quejas no son personales: hay abundante apoyo por parte de la clase, incluso se escribió una carta que no se ha firmado todavía, a la espera de ver (¡ay!) si finalmente nos aprueba o nos suspende. La carta es muy completa y elocuente (witness my hand), y expongo aquí algunos de sus argumentos (convenientemente censurados), que rezan como sigue:

«El texto que debíamos traducir [en el examen final] era completamente diferente a las modalidades textuales estudiadas en clase. […] Se nos permitió llevar al examen los textos paralelos con los que habíamos trabajado y nadie tuvo la ocasión de usarlos.»

«Cito textualmente la guía docente: “clases teóricas: exposición oral por parte del profesor de los contenidos teóricos fundamentales de cada tema”. Esto no ha sido así; a excepción de las primeras semanas, […] el profesor no ha vuelto a hacer ninguna exposición sobre los texto tratados; de hecho, han sido LOS PROPIOS ALUMNOS [en minúsculas en el original] mediante exposiciones los que han desarrollado la actividad docente de la asignatura (con el inconveniente de que, al no ser expertos en la materia, los contenidos que se dan por buenos pueden ser erróneos, dado que a día de hoy no se nos han entregado dichos trabajos corregidos); en muchos casos, el papel del profesor ha sido meramente testimonial.»

«Debemos añadir las constantes contradicciones en cuanto a conceptos que el profesor ha planteado en clase […] en muchas ocasiones no tenía las ideas claras a la hora de traducir.»

«Queremos mencionar que no se ha procedido adecuadamente en el sistema de evaluación. […] el resto de notas SON ELIMINATORIAS [en minúsculas en el original], es decir, al tener una de las partes suspensas, la asignatura no puede aprobarse.»

«La ausencia de correcciones se debe […] al elevado volumen de trabajo del profesor. […] Al aceptar este puesto se comprometió con una serie de responsabilidades que no ha cumplido. No sólo no ha corregido [los trabajos], además, muchos días NO TENÍA PREPARADA LA CLASE [en minúsculas en el original].»


Como creo que con lo anteriormente expuesto ya he cumplido (más que sobradamente) con el mínimo imprescindible de argumentación que siempre debe uno esgrimir a la hora de criticar a alguien, ha llegado el momento que todos esperabais: ¡la descalificación personal! Prometo que será breve, pero realista (en los comentarios podemos empezar, si queréis, una lista más extensa de calificativos).

Es un profesor falsamente conciliador, que promete consultar los problemas que le exponemos y que las notas bajísimas que pone subirán décimas de aquí y de allá, pero luego no duda en darte el mazazo. Su aspecto exterior, educado y serio, se viene abajo cuando se pone nervioso y nos dice que «no lo tomemos por el pito del sereno» y nos echa del despacho cuando se queda sin argumentos. Es un quejica, y sus opiniones son volubles y opuestas. Habla como Rajoy.

En resumen, no sé qué va a ser de nosotros si tenemos que aguantar esto un cuatrimestre más, incansablemente, cada día.

Y «Cada día» es la canción que vamos a escuchar, compuesta por el gran Rosendo Mercado. Saludos. Encuentren, por cierto, las dos obvias referencias literarias que esconde este post.

2 comentarios:

cloda dijo...

El querido G. ha mostrado varias veces su falta de orientación (dando vueltas innecesarias por la facultad cargando con peso él y algunos alumnos desgraciados), de coordinación (yendo y viniendo varias veces para poder abrir su despacho) y de criterio lógico general, calculando malamente distancias y ángulos (ejemplo del proyector el primer día de clase). Es muy completo.

Luis dijo...

Por no hablar de: ¿Qué pasa si se me cae en Atocha?

Acojonante que un profesor te diga que tiene problemas con tu trabajo porque si no está grapado y se le cae en el anden de Atocha no va a saber organizarlo de nuevo... Si eres torpe no es problema de las grapas y obviamente los trabajos no se corrigen en un anden de estación de metro... Aunque si se corrigen tan bien como este (guiño guiño) puede que no sea tan complicado