jueves, 7 de abril de 2011

Manifestación

Esta tarde he estado en la manifestación de Juventud sin futuro. Mientras estaba allí, en Antón Martín, rodeado de un número respetable de personas, me he imaginado cómo debería ser. Me he imaginado un grupo más y más grande, multitudes furiosas que se agolpan en la plaza y que, cuando ya no hay más sitio, comienzan a subirse unos encima de otros, hasta que alcanzan los tejados de las casas, enarbolando pancartas y gritando. Más abajo, en el siguiente cruce, la barrera de policías y furgones se ponen nerviosos, con sus cascos, sus monos, sus botas, sus espinilleras, sus guantes, sus porras, sus esposas y sus pistolas. El tsunami humano tiembla como si fuera la superficie del mar, y finalmente se abalanza sobre las fuerzas de seguridad, barriéndolas a ellas y a todo lo demás, purificando la ciudad de toda la corrupción, la contaminación y el egoísmo que la ensucian desde hace tanto tiempo. Y los edificios y la ciudad entera se derrumban y desaparecen, y todo vuelve a ser como era antes de nuestra carrera desenfrenada hacia el vacío. Y la tierra se recupera y reverdece, inmensos campos de hierba fresca y floreada reemplazan lo que una vez fueron montañas de acero y cemento gris ennegrecido. Y los hombres aprenden de lo ocurrido y dejan a un lado la avaricia y la maldad, y comparten y respetan la tierra de la que forman parte.

Pero no ocurre así. Lo que ocurre es que se reúnen entre 1.000 y 5.000 personas, cuando hace cuatro años, en 2007 (antes de la crisis), se reunieron en madrid 15.000 para pedir viviendas. Hasta que no estemos todos sin más comida que nuestras uñas y con una caja de cartón por toda vivienda, en nuestro país no se mueve ni Cristo.

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