miércoles, 6 de abril de 2011

La Ilíada

La Ilíada. Estamos hablando del poema escrito más antiguo de la literatura occidental. Estamos hablando de una historia épica, de una aventura genial que sentó las bases de cómo debía ser una obra épica y de aventuras. Y no simplemente por ser la primera, sino por ser la mejor. Veintinueve siglos desde que se conoce, y nunca he leído una historia (ni escuchado, ni visto, ni, por supuesto, escrito) que se acerque lo más mínimo a la epopeya griega. Es una historia que lo tiene todo: viajes, batallas, engaños, muertes, hazañas y heroicidades, sacrificios, guerra y desolación, dioses, portentos, ternura, tristeza y alegría. Permitidme que me ponga en modo ancianito y os cuente de cómo llegué yo a la Ilíada.
Lo cierto es que mi paso de la literatura infantil a la adulta tuvo como puente la literatura griega y la mitología. Después del genial Dioses y héroes de la antigua Grecia, de Robert Graves, y de un par de cosillas más, me dieron mis señores padres La Ilíada de la Biblioteca Araluce.
No, esta edición no, si tuviera esta edición creo que sería el tipo más feliz del mundo.
Recuerdo cómo la historia te atrapaba desde el principio, en la boda de Tetis y Peleo, a la que no es invitada Eris, diosa de la discordia. La indeseable diosa, llena de ira, deja caer una manzana de oro en la mesa del banquete, con la inscripción «Para la más bella». Por supuesto, las marujonas de Hera, Atenea y Afrodita se pelean por la manzana. Como Zeus se huele que si toma partido va a buscarse problemas, se decide que será Paris, un pastor troyano, quien decida quién es la diosa más bella. Las tres diosas le prometen el oro y el moro: Hera le ofrece hacerlo rey de reyes, Atenea lo hará invencible en la batalla y Afrodita le promete a la mujer más hermosa del mundo. Paris es un pillastre y le da la manzana a Afrodita. A partir de entonces, tendrá la protección incondicional de la diosa del amor y el odio acérrimo de las otras dos. Se descubre que Paris era en realidad hijo de Príamo, rey de Troya, que lo abandonó cuando niño por la profecía que decía que Paris acarrearía el fin de Troya. A todo el mundo le importa un bledo la profecía porque Paris es un guaperas, y Príamo lo vuelve a nombrar príncipe de Troya.
En un viaje diplomático a Esparta, Paris se encuentra con la esposa del rey Menelao, Helena, la mujer más bella del mundo, y se queda prendado de ella hasta el punto de raptarla y llevársela a Troya (con o sin su consentimiento, según versiones). Paris ha tenido mal ojo, pues multitud de reyes y príncipes hicieron el juramento de defender hasta la muerte al marido de Helena (hablamos de la flor y la nata: Agamenón, Odiseo, Aquiles, Patroclo, Áyax Telamonio, Áyax Oileo, Diomedes…) de modo que todos ellos reúnen una inmensa hueste y se dirigen a Troya para arrasarla hasta los cimientos y llevarse a Helena. Podemos ver que el destino de Troya es caer a manos de los griegos, pues ningún troyano se da cuenta de que más les vale entregar a Helena a su marido y dejarse de tonterías. Nada, todo el mundo babea por lo guapos que son los dos amantes y deciden defender su causa. Por suerte, Troya es una ciudad rodeada de pueblos aliados, que le prometen enviar hombres y suministros. El viejo Príamo ya no está en edad de llevar los asuntos de la guerra, y es Héctor, su primogénito, quien se encarga de liderar a la tropa.
Hasta aquí la introducción. Es importante señalar que la Ilíada propiamente dicha sólo narra una parte muy concreta de la historia; el resto fue completado por otras fuentes, formando una historia grandísima. Aún así, la parte homérica es la mejor, la más épica y la más humana. Tengo que confesar que yo siempre fui con los troyanos: nunca me han gustado los héroes invencibles, y Aquiles me parecía, me parece y me parecerá un engreído, egocéntrico y asesino cargado de esteroides. Héctor, en cambio, es un héroe humano, que debe su fuerza, su habilidad y su valor a su esfuerzo personal, que duda, que teme, que tiene una familia a la que defender y por la que luchar, que encuentra el valor para enfrentarse al inenfrentable. Como ocurre siempre que lees una obra cuando eres pequeño (imagino porque de mayor lo asocias a la felicidad que se siente recordando la infancia), para mí la Ilíada es una obra grandísima y perfecta, tengo como cuatro versiones y sigo con ganas de más. La película no me gustó nada, no tiene nada del espíritu de la obra, y juegan con los personajes cambiándolos a placer: Áyax muere al principio a manos de Héctor, Menelao también (¡¡!!), Aquiles vive para ver el fin de Troya, el mariquita de Paris creo que no muere… La frase más famosa que pronuncia Odiseo (Ulises) es «Aquiles, tú tienes tu espada y yo tengo… mis tretas». Creo que se les coló una «r» a los dobladores. Lo único que me gusta es el duelo Héctor-Aquiles, el momento cumbre de la obra. Por supuesto, los dioses no aparecen por ninguna parte (en el poema PARTICIPAN en la batalla, Diomedes deja fuera de combate al mismísimo Ares, dios de la guerra). Aún así, creo que es un esfuerzo digno que se dejó llevar al final por la tiranía del mercado: hay que meter pectorales, una historia amorosa (o dos) y un final que entienda la gente.
No os quiero dar más la brasa, espero que esto os haya servido para recordar la Ilíada (los que la hayáis leído) o para interesaros por ella (los que no). Saludos y que los dioses os sean propicios.

3 comentarios:

Clarus dijo...

Una gran entrada, Carlangas :] Yo me la he leído una vez entera y otra a trocitos y pese a los circunloquios y epítetos homéricos que están presentes a todas horas, es, como tú bien dices, una grandísima historia difícil de igualar. Un saludo, troyano.

Loscercarlos dijo...

He encontrado el libro de Araluce de 1951, pero está entre 30 y 50 euros...

Clarus dijo...

¡Pues no me parece tanto! Para lo que es, I mean. Deberías darte el capricho :P Te lo mereces, Loscer ^^