viernes, 11 de diciembre de 2009

Reflexiones de una cucurbitácea

No sé si quiero madurar. No sé si decir esto es muestra de inmadurez. Me da igual. No sé si madurar me va a hacer ser feliz o todo lo contrario. No sé si madurando perderé la inocencia que me pueda quedar, no sé si al final seré una persona totalmente distinta de cómo soy, no sé si eso me gustará y si olvidaré cómo fui un día. No sé si algún día ya no me daré cuenta de que al madurar me he convertido en lo que odié en otro tiempo. No sé si maduraré y acabaré en una empresa, vestido de traje, bebiendo vino y fumando puros, hablando de economía y política. No sé si se puede madurar sólo en parte manteniendo la idiosincrasia. Yo no sé nada sobre madurar.
Una vez más, recurro a mi padre. Me parece un tío maduro, responsable, que lo ha pasado mal en su juventud, que se ha esforzado y ha conseguido salir adelante (y sacar adelante a otros), que ha vislumbrado la muerte (y sus consecuencias), con un trabajo serio y que exige dedicación. Pero al mismo tiempo, no conozco a nadie que se ría más que él con un Mortadelo, que esté más abierto a todo tipo de música, que disfrute como un niño pilotando un caza en un videojuego. Es creativo y se vuelca en todo lo que hace, ayuda a los demás, siempre tiene una sonrisa cuando estás deprimido. En fin, si hay que madurar, quiero madurar como él, o puede que un poco menos. ¿Que por qué os cuento este rollo? Porque soy una cucurbitácea, y las cucurbitáceas si no maduran no se las come nadie.

2 comentarios:

Imil dijo...

es que vivir trajeado, amargado y politizado toda la vida no es madurar.
¡O eso creo!

Neza dijo...

Tú no te preocupes, que si te conviertes en algo aburrido y excesivamente maduro yo ya te aviso y te espabilo un poco.