jueves, 11 de junio de 2009

Cosas que me vienen a la cabeza y que tengo que escribir en lugar de ponerme con Inglés II.

Estaba tranquilamente en mi casa, leyendo apuntes de Documentación, algo sobre una herramienta infernal, obra de Belcebú, prole de Necken y del diablo, llamada WordNet. Llevaba como una hora con ello, no me enteraba de nada y necesitaba despejarme, de modo que me levanté y puse un disco, el Triumph of Steel de Manowar. Busqué el corte seis y me fui a la cocina a por lo que hubiera en la nevera, tanto daba si era zumo, helado, judías verdes o baba de sapo. Crucé el salón y abrí la puerta. En la cocina había un tipo armado con una espada y un escudo, yelmo y coraza. En el pecho lucía una gran cruz roja. Al verme, exclamó algo en francés y se abalanzó sobre mí. Logré esquivarlo, le agarré la muñeca derecha y conseguí que soltara la espada golpeándole el brazo contra una mesa. Todo fue cuestión de coger la espada con ambas manos y descargarla sobre su cuello. La sangre me salpicó la cara. El cruzado cayó al suelo entre estertores de agonía. Cogí su escudo y salí de la cocina. Como esperaba, allí había no menos de diez cruzados, armados con espadas, lanzas y mayales. También vi alguna que otra ballesta. «Genial- pensé -, todos los días igual, no puede uno estudiar tranquilo.» De modo que, espada en mano, me lancé sobre los guerreros.
El primero cayó (y calló) mientras intentaba apuntarme con su ballesta. Su cabeza rebotó en el sofá y se quedó mirándome. Levanté el escudo justo a tiempo para detener una flecha que buscaba mi cuello. El resto de los guerreros intentaban rodearme antes de atacar. No tuve más remedio que volver a la cocina y despojar al cruzado muerto de su armadura. Mientras me la ponía, oía a los guerreros de ahí afuera hablar entre ellos, seguramente discutiendo sobre la estrategia que les convenía seguir. Por lo menos me dejaron ponerme la coraza en paz. Busqué en los armarios de la cocina las grebas y los guanteletes. Cuando consideré que estaba preparado, abrí la puerta de la cocina. Los cruzados estaban sentados en el sofá y en el suelo, y se pusieron de pie al verme aparecer.
Atacaron todos a la vez. Detuve dos espadas con el escudo, una lanza rebotó en el espaldar y un mayal se enganchó en la espada. Fui más rápido que su dueño, y de un tirón…no, se había puesto la correa alrededor de la muñeca y no se lo pude arrebatar. Él estiró a su vez, y la espada salió volando por los aires. A toda velocidad, cogí el escudo con ambas manos y le di un tremendo golpe en la cara al listillo del mayal, que no llevaba casco. Su nariz se partió y el tipo empezó a caminar a ciegas, estorbando a sus compañeros y permitiéndome quitarle su arma. Empecé a hacer girar el mayal, cada vez más rápido. Si me detenía, sería presa fácil, pero si me pasaba con la velocidad, me acabaría golpeando yo. El secreto era encadenar golpe tras golpe en el momento justo. Detuve una flecha y golpeé al primer guerrero que tuvo la osadía de acercarse. Lo bloqueó por los pelos. Me fui acercando al ballestero, que intentaba cargar su arma a toda prisa. Sus compañeros no podían hacer nada por socorrer al nervioso guerrero, porque el mayal seguía en movimiento. Una vez estuvo a mi alcance, le solté un golpe con el mayal en la cabeza. Los pinchos se clavaron y…no quiero seguir describiendo. Di la espalda al cadáver y me encaré con el resto de los asaltantes. Quedaban ocho, si contábamos al cruzado desarmado, al que a partir de ahora llamaremos Nariz Rota. Pues bien, Nariz Rota buscaba un objeto contundente mientras sus compañeros atacaban. El primero que se acercó llevaba una lanza, de modo que tenía ventaja, pero no se esperaba lo que iba a hacer. Cuando me golpeó, bloqueé el golpe con el escudo al tiempo que soltaba el mayal, agarraba el astil de la lanza y se la arrancaba de la mano. Así, como quien no quiere la cosa. La giré, apunté a su cara y…en fin.
Yo quería una espada, mierda. Una sencilla espada, nada de lanzas ni mayales. Busqué la espada que me había arrebatado Nariz Rota. Nariz Rota la había recogido y la blandía con ojos de odio. No parecía buen esgrimista. Lo suyo eran los mayales. Me dirigí hacia él. Estaba harto de aquel lentísimo combate de observación y paciencia. Con un hábil volatín empuñé la lanza para arrojarla. Nariz Rota se arrojó desesperadamente a un lado, soltando la espada. La lanza le rozó una oreja y le arrancó un trozo. Nariz Rota Media Oreja se estaba cabreando, pero yo ya tenía espada. Era hora de llevar la iniciativa.
Las cabezas empezaron a volar y las entrañas a desparramarse. Por suerte para mí, los guerreros apenas llevaban armadura, sólo algunas piezas de metal y acolchados de cuero. No tenían nada que hacer. Uno de ellos blandió la espada con ambas manos y la descargó sobre mí. Me aparté al mismo tiempo que le cortaba una pierna de un tajo muy al estilo Leónidas. Ya quedaban pocos. La música de Manowar empezaba a ser tapada por los quejidos y aullidos, el ruido de las armas y la sangre. Los cruzados seguían jurando y maldiciendo en francés, pero tenían poco que hacer. Seguí repartiendo muerte entre aquellos bastardos. Oí un grito a mi espalda, y giré mientras blandía la espada. Una mano salió volando. Nariz Rota Manco Media Oreja estaba muy enfadado, y con razón. Empezaba a quedarse solo. Quedaban tres de sus compañeros. Partí por la mitad la cabeza de uno que buscaba mi flanco, aparté con el escudo a otro y atravesé al tercero. El segundo volvió a atacar, pero le golpeé con la espada en un brazo (no queráis saber cómo quedo) y lo rematé con un revés. En ese momento, Nariz Rota Manco Media Oreja me atacó por la espalda. Caí al suelo con mi pesada armadura. No había modo posible de ponerse en pie. El canalla me dio la vuelta y sacó el puñal de misericordia de su jubón. Buscó un hueco en la coraza. Si esperaba que suplicara, lo llevaba claro. Parecía haberle gustado el hueco de mi celada. Desde el interior, podía ver el puñal moviéndose, buscando mi rostro. Nariz Rota Manco Media Oreja levantó su arma, la descargó sobre mí y…desapareció con una gran explosión y mucho humo azulado.
Me levanté. No había rastro del combate. Ni cadáveres, ni sangre, ni cabezas cortadas, ni armas. Yo ya no llevaba armadura alguna. Me encogí de hombros y fui a la cocina. Abrí la nevera, escogí un sándwich y una manzana y volví a sumergirme en los inescrutables secretos de WordNet.

11 comentarios:

*[( SäNdRâ ])* dijo...

Estás zumbado, lo sabías? Yo sí. Tantos juegos te van a volver más loco todavía. Fue ayer cuando me estuviste hablando del Gothic II(?) y diciendo lo que te gustaba vivir esas vidas, la emoción, combatir...ya sabes, todo eso que has descrito TAN detalladamente (no tanto como la peli de watchmen..pero no está mal)
Encantada de leerte de nuevo, ovejoso =) (K)

Algunenano dijo...

Vaya, ¿dónde se había metido el Loscer que escribía estas historias tan interesantes? Ya se le echaba de menos...

TalesLoscer dijo...

Y el Raúl que me comentaba, dónde estaba??

*[( SäNdRâ ])* dijo...

Eso ha sido un golpe bajo...te estás volviendo malo...

Anónimo dijo...

siiiii? y k tal premoh!?

Anónimo dijo...

Eres un personaje de cuidao amigho loscertalessss,tanta play 3 te esta atorando la cabezaXD

TalesLoscer dijo...

No sé quién eres. Lo de "premoh" apunta a Guito. Lo de "atorar"... no me suena a español de España.

Anónimo dijo...

maricón donde los halla hoyga

Anónimo dijo...

y buen amigo tmb oyga

Anónimo dijo...

la gente quiere vas historiass, escribe que ya as acabado los examnes hoyga

Algunenano dijo...

Loscer:
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2- Estaba esperando algún post bueno para comentar, pero tardó en llegar xD
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