sábado, 14 de junio de 2008

Pukka, el heraldo de Finnbara

PUKKA, EL HERALDO DE FINNBARA


















Oscurecía. El viento soplaba con fuerza en las Montañas Negras del Este de Vakrivia. Pero eso no era de extrañar teniendo en cuenta la fama de las Montañas Negras. Se decía que eran imposibles de escalar, que el viento se volvía completamente huracanado en la parte más alta, y que todos los viajeros tenían que regresar o morir de frío o en el fondo de algún barranco. Pero eso no había amedrentado a Stubbos, vagabundo errante. Había estado en todas partes. Había atravesado el desierto de Khad a pie, evitando a las tribus nómadas khadias. También había visto Craffin, el país de los caballeros, había estado en la capital del antaño invencible Imperio Selasnogg: Aletia, la de los blancos palacios de mármol y las bellas y complacientes prostitutas. Había visitado Hossaiap antes de su destrucción, y había luchado en el asedio de Rupmul-Alauk. Había dormido bajo los árboles en el mágico y tenebroso Bosque del Otoño Perpetuo, y ahora sus correrías lo habían llevado hasta las míticas Montañas Negras. Su intención era visitar a las tribus montañesas del legendario rey bárbaro, Fest.

Stubbos no veía demasiado difícil llevar a cabo su plan. Había encontrado, gracias al azar, un estrecho paso entre dos ciclópeas montañas, resguardado del viento. Sospechaba que tal vez el paso acabara en un barranco sin fondo, pues de lo contrario mucha gente hubiera atravesado aquella barrera que se creía infranqueable. Por eso Stubbos avanzaba con recelo por el paso lleno de guijarros caídos desde lo alto de las dos montañas que lo flanqueaban, y que formaban una dura y pétrea alfombra sobre la que sus pies, calzados con botas de caminante, y su grueso cayado resbalaban continuamente. Un soplo de viento, que en la mente de Stubbos se convirtió en el relincho de un caballo, le hicieron recordar la historia que había oído de boca de un anciano en la casa en la que se había alojado antes de partir.

-¡Alto! ¿Quién merodea cerca de mi casa a estas horas de la noche?

-No soy más que un humilde peregrino sin rumbo que no necesita sino un mendrugo de pan y un camastro para esta noche.

-¡Acércate, despacio! ¡Desde aquí no veo si vas armado!

-¿Lo ves? No tengo más que este inofensivo bastón de viajero.

-Está bien, puedes pasar. Ugama está preparando un caldo de carne. Bien es cierto que no tiene carne, pero la intención es lo que cuenta.

-Gracias, honorable anciano.

-¿Quién eres, viajero?

-Stubbos el Errante, viajo de aquí para allá admirando las maravillas del mundo. Hasta ahora, sólo Nathaybell me ha podido detener, así que he venido a probar suerte por estas tierras.

-Ugama, saca un plato más. Tenemos invitados.

-Acércate al fuego, chico. Debes estar helado.

-Un poco, señora. Ese hueso que está flotando en el caldo parece algo desmejorado.

-Es el mismo hueso desde hace más de veinte años, hijo. Aquí, a los pies de estas montañas peladas donde no crece ni la más pequeña brizna de hierba, la caza no aparece muy a menudo. ¿Te acuerdas de a quién pertenecía el hueso, querido?

-Sí, creo que era del tío Kortzas. El pobrecillo vivía con nosotros, ¿sabes? Un día dijo que se había “hartado de pasar hambre y frío en esta estúpida covacha, en este chomizo infecto” y se largó montaña arriba. Volvió al día siguiente, con la cara desencajada y los pelos de punta. Se murió aquella misma noche, murmurando algo sobre un caballo. Yo sé a qué se refería. Intenté disuadirle de subir, sabía que sería su final.

-¿A qué te refieres? ¿Qué peligros puede haber en esta zona?

-Este lugar está dejado de la mano de Jaël, pero se puede vivir bien si tienes ánimo y no te desanima no comer en un mes o dos. No hay mucha compañía, de hecho nadie más vive al pie de las Montañas Negras, pero eso me anima a pensar que yo y Ugama somos únicos en el mundo.

-Sí, únicamente bobos.

-¿Decías algo, muchacho? Estaba revolviendo el codillo del tío Kortzas.

-No, nada, sólo que no has contestado a mi pregunta.

-Vinimos a vivir aquí hace ya treinta años. Éramos de Rupmul-Alauk. ¡Qué lejos quedan aquellos días! Las murallas, las tabernas, los burdeles, los mercados, la comida, las camas blanditas. ¡Ugama! ¿Por qué demonios vinimos a esta asquerosa choza?

-No podías pagar tus deudas de juego, querido.

-Es cierto. ¡Maldito Spralerto! Es un juego de azar, ¿sabes?. Es muy sencillo jugar, y todavía más sencillo perder dinero. Se sientan los jugadores en sillas, formando un círculo. Uno de ellos, con una venda atada para que no pueda ver, se coloca en el centro del corro. Lleva un mazo largo de madera en las manos. Otro jugador le da vueltas, y luego el tipo tiene que atizarle a alguien en la cabeza. El que reciba el golpe tiene que pagar. Es divertido, pero se pasa mal cuando tienes que pagar.

-¿No tenías dinero?

-No, por los porrazos. El dinero no fue un problema. Se lo quitaba al del mazo cuando le ponían la venda. Al final me pillaron y tuve que empeñar mis cosas y largarme con Ugama.

-Gracias por tu historia, pero lo que te había preguntado era por qué murió el tío Kortzas.

-Ah, sí. Pukka lo atrapó.

-¿Quién es Pukka?

-Pukka, el maléfico caballo, el heraldo del señor del mal Finnbara. Acecha por esta zona, por las montañas más bajas, y lleva a los viajeros a su destrucción. Nadie está a salvo en esas montañas. Ni se te ocurra acercarte por allí.

-Mi intención es atravesar las Montañas Negras.

-¡Loco! ¡Olvídalo! ¡Es la muerte segura!

-Cuéntame algo más acerca de Pukka.

-Llevo treinta años viendo desaparecer a viajeros que han pasado por aquí. No quieras ser el siguiente.

-Dime algo sobre Pukka y no te metas dónde no te llaman.

-Muy bien. Nadie ha visto a Pukka y ha regresado para describirlo, nadie excepto el tío Kortzas. Y teniendo en cuenta de que el pobre murió esa noche, su descripción fue bastante pobre. Pero habló de un caballo enorme, poderoso, negro como la noche, cuyos cascos resuenan contra las rocas como los truenos. Sus crines cimbrean en el viento, y sus ollares echan humo. Sus ojos son dos carbones encendidos, y aquel en quien se posa su mirada no vuelve. El viajero teme a Pukka y sabe que su visión es augurio de muerte. Te lo ruego, no vayas a las montañas.

-He oído suficiente. Creo que iré a las montañas, y creo además que Pukka es una invención tuya, o puede que del tío Kortzas, pero desde luego creo que no existe. Sírveme un poco más de esa deliciosa sopa de...de esa deliciosa sopa, por favor.

-En fin, no intentaré detenerte.

-Mejor que no, tengo mucha hambre.

-No, me refiero a lo de las montañas. ¡Ugama, sopa para Stubbos, es su última comida!

-No seas agorero, anciano.

-Y ahora, para que te lleves un buen recuerdo a la otra vida, ¿qué tal una partidita de Spralerto?




Stubbos se frotó la cabeza mientras trataba de recordar el resto de la noche. Se había acostado tarde, pero había descansado. A la mañana siguiente, se puso su ropa y su sombrero de viajero, cogió el cayado y se despidió de la pareja. Caminó durante todo el día, y luego...luego se puso a pensar sobre lo que había ocurrido la noche anterior cuando oyó el soplo de viento. Por ciero, ¿qué era aquello que seguía oyendo?

Stubbos estaba intranquilo. De noche, en aquel oscuro y angosto paso, oyendo relinchos después de que un viejo supersticioso le contara estúpidas historias sobre caballos maléficos. Stubbos era un hombre sensato, él no creía en dioses ni en demonios, en la magia o en el amor a primera vista, pero estaba ciertamente intranquilo.

De pronto, un rayo iluminó la noche. Stubbos no se había dado cuenta de que las nubes cubrían el cielo, de que una tormenta se estaba desatando. Gruesas gotas de lluvia comenzaron a caer sobre su sombrero, y los truenos resonaron en la noche. Stubbos aceleró el paso. Tenía que encontrar alguna oquedad rocosa donde pasar la noche o moriría congelado, o quizá resbalaría y caería a u abismo.

Un nuevo sonido le hizo girarse. Stubbos abrió los ojos como un ahorcado. No podía creer lo que veía, sus ojos tenían que estar engañándole. Detrás de él, muy lejos, había creído ver, recortada contra la luna llena, la silueta de un caballo enorme.

-¡Tiene que ser una alucinación! ¡Stubbos, idiota, busca un sitio o tu aventura termina aquí!

Stubbos se apartó a un lado del camino para buscar a tientas alguna cueva. La oscuridad era de pronto tan cerrada que no veía más allá de sus narices. “Esto no es normal, no puede estar tan oscuro”, pensó el viajero. En ese momento, sus dedos palparon un hueco en la pared rocosa. “Excelente, hoy dormiré aquí”. Stubbos dejó caer su bolsa y su cayado en el interior del agujero, y echó un vistazo, calándose el sombrero empapado hasta las cejas, al interior del agujero. Parecía cómodo, para ser un agujero frío, húmedo y duro. Antes de tumbarse, decidió mirar otra vez hacia atrás. Espero a que un nuevo rayo iluminara la noche y se fijó bien en la luna llena. Imposible. Era imposible. Había un caballo enorme que se estaba poniendo a dos patas. A lo lejos oyó un relincho que debía ser fortísimo, pero que Stubbos no podía oír bien. Y, ¿qué era aquello que brillaba en la silueta del caballo, aquello brillante y anaranjado?

“Te haces viejo, Stubbos, y crees en cuentos de viejas. No hay ningún heraldo del rey del mal, aquí estáis tú, tu imaginación, y este agujero piojoso. Acuéstate, y mañana todas tus preocupaciones habrán desaparecido.” Stubbos se olvidó de sus alucinaciones, se arrastró al interior del agujero y se acurrucó. Se quedó dormido en menos de dos minutos.





Stubbos notó algo en la cara, algo húmedo y caliente. Con los ojos aún cerrados, dio un manotazo para alejar a lo que fuera que se le estuviera paseando por el rostro. Su mano tropezó con algo. Stubbos abrió los ojos, asustado, y se encontró de bruces con un morro negro soplándole en la cara. Levantó la vista, y vió un gigantesco y poderoso caballo negro, que se alzó a dos patas y relinchó fuertemente. Stubbos se echó hacia atrás, tapándose los oídos. Estaba absolutamente aterrado. “No es tu imaginación, no es tu imaginación, es Pukka, el heraldo de Finnbara, y viene a por ti. Corre. ¡Corre por tu vida, Stubbos!”. Stubbos dejó el sombrero, la bolsa y el cayado, se escurrió por entre las patas de Pukka y salió corriendo como un loco, dando unas zancadas tan grandes que temía que se le desgajaran las piernas del tronco. A su espalda oyó otro relincho y unos cascos que empezaban a golpear las rocas. “Te está siguiendo, Stubbos. ¡Date prisa o te alcanzará!”. Entonces, empezó a oír una tenebrosa voz a sus espaldas, ronca y demoníaca.
-¡¡STUBBOS!! ¡¡STUBBOS!! ¡¡VAS A MORIR ESTA NOCHE, STUBBOS!!


El aterrado viajero corría como un demonio, pero el verdadero demonio le pisaba los talones. Podía sentir su cálido aliento en su nuca. Stubbos corría a ciegas, se desequilibraba, perdía pie, caía y se levantaba, todo ello en la más absoluta de las oscuridades, sin ver nada, ni el suelo, ni las montañas, ni la luna, ni a su perseguidor. No había lugar para el pensamiento, sólo para el terror, para correr y para gritar, gritar como un animal:
-¡¡¡¡AAAAAAAH!!!!¡¡AAAAAAAH!!

Y el perseguidor, Pukka, el negro corcel de Finnbara, tras él, siguiéndole y sin dejar de gritar:
-¡¡STUBBOS!! ¡¡ES INÚTIL QUE HUYAS, STUBBOS!!

Stubbos no pensó en que un caballo no podía hablar, en que tal vez fuera sólo una pesadilla. Tampoco en que tal vez sus suposiciones sobre el estrecho paso que estaba recorriendo fueran correctas. De modo que, cuando llegó al final del desfiladero, se dio de bruces con...el vacío. Un barranco, un precipicio, un abismo, la muerte segura. Stubbos cayó desde lo alto, viendo cómo Pukka se detenía al borde, con sus ojos rojos brillando en la negrura, burlándose de él. Recordó las palabras del anciano: “Pukka, el maléfico caballo, el heraldo del señor del mal Finnbara. Acecha por esta zona, y lleva a los viajeros a su destrucción. Nadie está a salvo en esas montañas”. Stubbos cayó, cayó durante mucho tiempo, dando vueltas en el aire, sin dejar de gritar:
-¡¡NOOOOOOO!!
Stubbos, con los ojos cerrados, veía en su mente, como si fuera la sombra de un fantasma, el rostro huesudo, malévolo y tocado con una corona de oro de Finnbara, el señor del mal, que se reía a carcajadas de él. Stubbos abrió los ojos para alejar aquella aterradora imagen. Entonces, por primera vez en aquella noche, Stubbos pudo ver algo aparte de la negrura, con sus ojos llorosos por el terror y el viento cortante. Debajo de él, a una distancia cada vez menor, había una alfombra de rocas afiladas como cuchillas. Entre ellas había huesos humanos. Muchos. Recordó sus propios pensamientos, antes de morir: “Tal vez el paso acabara en un barranco sin fondo, de lo contrario mucha gente hubiera atravesado aquella barrera que se creía infranqueable.”
-¡¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAH.....!!- El grito de Stubbos fue súbitamente cortado. Todo quedó en silencio, excepto por el poderoso relincho de Pukka, el heraldo de Finnbara.

2 comentarios:

valentina dijo...

¡Guau! Tío, eres un genio.
Si te digo la verdad, yo creía que:

a) La pareja de la cabaña se dedica a contar esa historia a los viajeros.

b) Luego los viajeros se asustan y con su propia imaginación crean el caballo y empiezan a correr.

c) Se caen por el precipicio y la pareja recoje sus huesos para hacer caldo, que es de lo que subsisten.

d) La pareja reutiliza los huesos hasta que llega otro viajero, al que le cuentan la historia para que se asuste y conseguir más huesos.

Tales&Loscer dijo...

Jajajajajajajajajajajajajajajaja. No me hagas que me parta, que me parto.