jueves, 13 de diciembre de 2007

OLÉ ganadora de otro Oscar

Este relato no tiene ninguna connotación anti-británica a pesar de lo que pueda parecer. Sólo trata de concienciar sobre la auténtica salvajada que representa una antigua tradición ibérica que se niega a desaparecer, aferrándose como puede a la vida con sus pútridos y sarmentosos dedos.


Ernest Shinewood, de Gran Bretaña. Veintitrés años, hijo menor de una familia de clase alta. Atraído a España por las promesas de diversión y juerga de aquellos de sus amigos que ya habían estado allí, Ernest se hospedaba junto con ellos en un hotel de Sevilla. Una vez puso un pie en tierras andaluzas, Ernest acompañó a sus amigos a comprar entradas para la corrida de toros de la tarde siguiente. Junto a la taquilla había un grupo de hombres jóvenes en el cual los ingleses no repararon. Aquellos individuos los observaban con ojos severos. Ernest y su pandilla compraron las entradas y pasaron el resto del día visitando la ciudad e informándose de dónde estaban los mejores lugares para divertirse por las noches.
El anochecer llegó por fin, y en aquella calurosa noche de verano Ernest y sus amigos condujeron hasta una de las mejores discotecas andaluzas. Aparcaron sus coches en la entrada y se internaron en el local. Tras ellos, un grupo de jóvenes que no nos resultan del todo desconocidos.
Ernest y sus colegas se dispersaron por la discoteca, y enseguida se hicieron los reyes de la noche. Conocieron a mucha gente, bebieron, bailaron, rieron y consumieron todo tipo de estupefacientes. Ernest conoció a una chica rubia y no demasiado alta, que dijo llamarse Laurita, que le invitó a otra copa. Mientras Ernest, que ya empezaba a verlo todo doble, cabeceaba, Laurita vació el contenido de una pequeña probeta en el vaso de su compañero. Ernest, ignorante de lo que su vaso contenía, y para demostrar su hombría inglesa y su resistencia de hooligan, se bebió de un trago el brebaje. No notó nada raro.
Laurita le propuso a Ernest seguir con la conversación en su apartamento, y Ernest asintió con la cabeza, completamente cocido. Laurita lo llevó del brazo hasta el aparcamiento, donde Ernest trató de abrir la puerta de su coche. Una hora después, cuando por fin lo consiguió, Ernest se sentó en el asiento del conductor y trató de arrancar el coche. Al no encontrar el lugar donde insertar la llave, decidió que era el momento de cederle a Laurita su puesto en el coche. Ernest se pasó al asiento del conductor, y Laurita puso en marcha el vehículo. Condujo durante mucho tiempo, campo a través, hasta que Ernest se quedó plácidamente dormido. En ese momento, Laurita detuvo el coche y se bajó. Sacó un teléfono móvil del bolsillo trasero de sus vaqueros, marcó un número y se puso a hablar durante unos segundos. Sólo tuvo que esperar unos minutos, pues enseguida llegaron un coche y una furgoneta. Del coche bajó el grupo de jóvenes que habían estado siguiendo a los ingleses toda la noche. Les acompañaban varias chicas más. Entre dos sacaron a Ernest del coche y lo depositaron en la furgoneta, junto al resto de sus amigos, también dormidos. Aseguraron las puertas y subieron al coche.
Antes de irse, otro de los jóvenes subió en el coche de Ernest y buscó un buen lugar para ocultarlo. Para asegurarse de que nunca lo encontraran, lo llevó hasta un barranco de una zona poco frecuentada y lo empujó pendiente abajo. El coche y los matorrales del fondo del desfiladero fueron engullidos por una bola de fuego al explotar el vehículo. El chico volvió con su grupo y pusieron en marcha su propio coche. La furgoneta que transportaba a los ingleses, escoltada por el coche, viajó durante horas hasta detenerse en algún lugar de las tierras andaluzas. Allí se erguía una impresionante plaza de toros. Apenas había empezado a amanecer cuando los ingleses fueron introducidos en un cajón de madera, despojados de todas sus ropas. Aprovechando lo que les quedaba de día, el grupo de secuestradores se preparó para la faena. Se vistieron con sus brillantes trajes de luces y afilaron estoques y banderillas. Limpiaron la sangre de faenas anteriores de los capotes y, con sonrisas de satisfacción, vieron acercarse una caravana de coches que aparcaron cerca. Los viajeros se apearon y, tras pagarle una exorbitante cantidad de dinero a uno de los jóvenes que se habían apostado en la puerta, se fueron sentando en las gradas para asistir a aquel espectáculo sangriento y denigrante.
Ernest Shinewood abrió los ojos lentamente. Cuando se dio cuenta de que estaba desnudo, lo achacó sin duda a la noche de pasión que había pasado con Laurita. Pero cuando descubrió que no estaba en una cama sino en un cajón de madera, y que a su lado no había una chica despampanante sino sus amigos, empezó a preocuparse seriamente.
Ernest se hizo algunas preguntas retóricas a sí mismo, en inglés. No sabía dónde estaba, y la única luz que iluminaba levemente aquel cajón oscuro y sucio provenía de una rendija entre los tablones. Lo único que sabía es que fuera había una gran multitud, cuyos ensordecedores gritos de impaciencia agravaban su resaca, llevándola hasta cotas impensables. Ernest echó un vistazo por la rendija, mientras sus amigos despertaban. El sol le cegó momentáneamente, pero poco a poco comenzó a ver con claridad. Vio un montón de gente sentada en unas gradas. Vio una especie de arena de coliseo y dos hombres que avanzaban hacia “su cajón”. Uno de ellos llevaba un extraño taje de colores y un capote rosa y amarillo. Sobre la cabeza lucía una montera negra. El tipo que caminaba a su lado vestía de manera normal, pero llevaba una pistola en la mano derecha. El torero se detuvo en el centro de la plaza, mas el pistolero se acercó a ellos y abrió el candado que mantenía el cajón de madera cerrado. Los dos hombres que montaban guardia en la puerta arrastraron a Murray, amigo de Ernest, mientras el pistolero les encañonaba. La puerta del cajón se cerró de nuevo, dejándoles en la más absoluta oscuridad. Ernest volvió a mirar por la rendija. Mientras Murray era arrastrado hacia el centro de la plaza, fue recibido por una fanfarria de clarines y timbales. El público vociferaba. El torero desafió a Murray a que le atacara. El aturdido Murray no sabía donde estaba, qué hacía allí ni quién era aquel tipo tan extravagante. El inglés trató de darse la vuelta y marcharse, pero el pistolero le apuntó con su arma y le gritó algo en español, así que Murray decidió intentar derribar a aquel tipo tan raro.
En la primera embestida del inglés, el torero se hizo ágilmente a un lado, haciendo una finta con su capote mientras el público gritaba a la vez: “¡Olé!”. Murray se rehizo, y le asestó un puñetazo en la mandíbula al torero, que dio con sus huesos en el suelo. Murray, viendo su oportunidad, se arrojó sobre el torero, buscando su garganta con sus manos. Enseguida acudieron tres o cuatro toreros más, que alejaron a Murray del “matador”, el cual se puso en pie, visiblemente decepcionado y furioso. El torero tomó las dos banderillas que le tendían sus compañeros, y se acercó a Murray despacio, con las manos alzadas y las banderillas apuntando al inglés. Ernest decidió apartar la mirada.
Esperó impaciente en la oscuridad del cajón, oyendo de cuando en cuando gritos, tanto de dolor como de júbilo o desafío. Pronto la tierra tembló con los vítores de la gente, y Ernest supo que Murray estaba muerto. Se atrevió por fin a asomarse a la rendija.
Los niños, animados por sus padres, aullaban como locos, y las mujeres meneaban a toda prisa sus abanicos. Los hombres fumaban grandes puros, y los otros toreros esperaban su turno, impacientes. Ernest prefirió no mirar el cadáver de Murray.
Gruesas gotas de sudor perlaron la frente de Ernest y sus compañeros al oír el cajón de madera rechinando. El pistolero y sus compañeros aparecieron de nuevo en la puerta, mientras la fanfarria de clarines y timbales resonaba de nuevo en la plaza, cuya arena estaba llena de flores. En pocos minutos, volvió a oírse aquel grito infame y vil, aquel grito que expresaba admiración hacia un carnicero que mataba para diversión de los demás y degradación de su persona, que se llamaba a sí mismo “artista” y que no sabía lo que significaba esa palabra. Aquel grito, decía, que parece que tendremos que soportar durante algún tiempo más, mientras siga habiendo seres que asistan a este cuanto menos peculiar evento:
-¡Olé!

2 comentarios:

el_bibliófilo dijo...

He llegado hasta aquí para recuperarme del aburrimiento. En principio mi comentario iba a ser otro pero las inclemencias del tiempo me lo han impedido. No sé cómo lo ha hecho pero el autor ha hecho un texto que es el antónimo al que podía haber hecho cualquier otro autor, es decir, cualquier autor genial hubiese elogiado el arte del toreo pero esta vez no ha sido así. No voy a desgastarme en lanzar improperios contra semejante escritor, no los merece. Merece una alabanza por la caricaturación de costumbres que hace en su relato, por la originalidad de la narración y la vasta cultura que despliega en el texto. Todo esto se contrarresta con una visión reducida del mundo de los toros aunque no por ello escasa en valor.
Nada más, solo decir que Dios guarde al que halla escrito tal embrollo por mucho tiempo, Dios o quién sea, para que pueda un servidor recuperarse del aburrimiento.

Tales&Loscer dijo...

Bienvenido, Bibles. Muy bueno tu comentario. Efectivamente, yo tampoco creo ser merecedor de tus improperios. Visión reducida? Vamos a dejar las cosas como están.
Cualquier autor genial hubiese elogiado el ARTE del toreo? Uff. Mejor no intento convencerte, sería un derroche de tiempo y neuronas.